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Carlos Caso-Rosendi

“Llamaré a mi libro The Purple Land ¿Qué mejor nombre se puede encontrar para un país tan manchado con la sangre de sus hijos? “ — William Henry Hudson

En las primeras horas del 9 de agosto de 2018, el Senado argentino rechazó la legalización del aborto: 38 en contra, 31 a favor. Dos senadores declinaron el voto. Desde el principio la ley contenía varias contradicciones legales flagrantes. Por ejemplo, el texto recibido por el Senado afirmaba que el aborto “es un derecho” –de hecho, un derecho absoluto y exclusivo de las mujeres– aunque la Constitución argentina reconoce claramente que la vida de todos los seres humanos está protegida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.

El movimiento para legalizar el aborto en Argentina ha sido financiado en su mayoría por organizaciones extranjeras con sede en los Estados Unidos y Gran Bretaña, con el apoyo adicional de fondos públicos provenientes de varios niveles del gobierno. También hay un apoyo estatal considerable expresado a través de los medios de comunicación locales que pertenecen en su mayoría a empresas de noticias extranjeras. Es fácil ver que este es otro ladrillo en el muro anti-vida que los globalistas están construyendo en todo el mundo.

Desde el fin del dominio colonial español, grupos de argentinos se han enfrentado de vez en cuando con acendrada ferocidad. Los desacuerdos sobreviven durante décadas, dividiendo a hermano contra hermano en guerras amargas que escandalizarían a los legendarios Hatfields y McCoys.

La reciente campaña para legalizar el aborto no fue una excepción. Los católicos y otros grupos cristianos se opusieron a la nueva ley.  En la acera opuesta aparecieron algunos grupos pequeños pero ruidosos, además de los principales medios de comunicación. Ambos claramente financiados por poderosas corporaciones globalistas en Europa y América.

Los partidarios de la lucha contra el aborto realizaron varias marchas y eventos, entre ellos una manifestación masiva pacífica a nivel nacional organizada por grupos de acción católicos. Personas de todos los ámbitos sociales marcharon en toda el territorio nacional, contra la nueva ley propuesta y también en otra marcha multitudinaria en Buenos Aires, organizada por cristianos no-católicos con el apoyo y la asistencia de simpatizantes pro-vida católicos. Esas demostraciones fueron tan ordenadas y limpias como pacíficas y masivas.

El lado pro aborto recurrió al vandalismo, la agresión física y verbal, la blasfemia, la desnudez y los ataques a los lugares de culto católicos, principalmente en Buenos Aires. Fueron apoyados por los principales noticiarios de radio y televisión donde los argumentos de la oposición fueron descritos por los “expertos” como supersticiones medievales que no son dignas de una sociedad del siglo XXI.

Durante las semanas previas a la votación final en el Senado, la Iglesia Católica reunió obedientemente firmas, expresó su preocupación y propuso soluciones razonables (con un conspicuo silencio de Roma). Un sacerdote católico que conozco se lamentaba de que la mayoría de sus compañeros sacerdotes y obispos estaban más interesados en “no hacer olas” que en defender la verdad y la vida. El comentario no me sorprendió en absoluto.

Aunque el campo pro-aborto culpó a “la poderosa jerarquía católica” por su contundente derrota, la verdadera oposición provino de los laicos católicos que rápidamente se organizaron para defender la vida en varios frentes, y estaban listos para eventualmente desafiar la constitucionalidad de la ley si llegaba a ser aprobada. Los obispos mostraron su apoyo público una vez que el movimiento alcanzó cierta masa crítica, unas semanas antes de la votación en el Senado.

El debate en el Senado tuvo lugar mientras fiscales federales y jueces arrestaban a más de una docena de empresarios importantes, conectados a una vasta red de sobornos y malversación que, según algunos cálculos tempranos, ha saqueado el tesoro nacional por una suma de cien mil millones de dólares estadounidenses durante la última década. El escándalo aparenta tener ramificaciones internacionales que se revelarán en las semanas y meses por venir.

Uno de los subproductos de esa gigantesca estafa ha sido el crecimiento exponencial –que ahora se aproxima al 50 por ciento– de la población argentina que vive por debajo del umbral de la pobreza. El crecimiento de la pobreza y el impulso de la legalización del aborto es una combinación muy peculiar. ¿Por qué? Porque los mismos políticos que causaron esas condiciones miserables robando a las clases más pobres, ahora argumentan que una mujer embarazada debería tener el “derecho” de abortar si resulta ser tan pobre que no puede criar al niño.

Llamar cínico a ese argumento es ciertamente insuficiente, pero no tengo otros términos que pueda usar en esta publicación de alcance familiar.

Para Argentina, este es el final de un siglo de decadencia. ¿Qué puede ser más decadente que reunir a los legisladores de la nación para dar a ciertos ciudadanos la licencia de matar a los más débiles e indefensos? ¿Cómo reaccionaría el mundo ante una ley que despenalizara la esclavitud, el asesinato de judíos, o la violación de mujeres? ¿Hay alguna diferencia sustancial entre cualquiera de esas propuestas y el aborto?

La otrora orgullosa y opulenta República Argentina ha tocado fondo. El exclusivo club de secuaces que eufemísticamente llamamos “los grandes empresarios” han logrado arruinar la poca economía que quedaba, ayudados por políticos inmorales, un sistema de justicia corrupto y una población que sigue hipnotizada por el canto de sirena del populismo y las desgastadas consignas setentistas de la ahora envejecida izquierda política.

En medio de ese desastre total, me alegra ver que los católicos de a pie han tenido las agallas de ganar la calle y mostrar a los corruptos entre sus líderes políticos, empresariales y eclesiásticos que no van a permitir que los globalistas exterminen a nuestra población.

El “orden” social que hemos estado soportando por tanto tiempo, está llegando a su fin. Después de todo, es natural que la cultura de la muerte se muera alguna vez. Los poderosos no esperaban que esto sucediera. Este es también un llamado a los católicos de todo el mundo a prestar atención a las palabras de nuestro Pontífice: “hagan lío” porque tenemos una Iglesia que limpiar, y un mundo lleno de almas que bien vale la pena salvar.

Publicado originalmente en inglés en The Catholic Thing. Todos los derechos reservados.

 

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