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Vademécum de Apologética Católica

La doctrina protestante conocida como «Sola Scriptura» no proviene de las Santas Escrituras. Dicha doctrina afirma que cualquier lector de la Biblia puede interpretar las Escrituras, sin error, gracias a la inspiración del Espíritu Santo. En pocas palabras, le garantiza la infalibilidad a cualquiera que simplemente lea la Biblia, sin importar si esa persona tiene educación, sensibilidad o si vive su vida en espiritualidad y conducta cristianas. Es, por lo tanto, una doctrina realmente peligrosa ya que deja a cristianos fieles y creyentes, expuestos a líderes inescrupulosos, que no tienen que responder a nadie por sus acciones. En las palabras del autor Robert Sungenis, «Hombres falibles producirán, invariablemente, interpretaciones falibles de las Escrituras.» Nuestro Señor y Salvador nos ama demasiado para dejarnos bajo la peligrosa influencia de «profetas falsos, que se acercan disfrazados de ovejas pero que son realmente lobos hambrientos.» (Mateo 7, 15). Por esa razón, El estableció su Iglesia, ordenándole a Pedro a que cuidara de sus ovejas (Juan 21, 16) y prometiéndole que enviaría a su Espíritu para guiar a la Iglesia a toda la verdad según se explica en Juan 16, 13.

2 Tesalonicenses 2, 15 — Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.

San Pablo afirma claramente ambas, la tradición y las enseñanzas orales y ordena a los fieles a preservar esas enseñanzas. Si la doctrina de «Sola Scriptura» fuera cierta, él hubiera exigido a sus lectores a seguir las Escrituras y nada más. Claramente ni él ni ninguno de los otros apóstoles hace ese tipo de declaración. Por lo tanto, el principio de «Sola Scriptura» se niega a sí mismo. El principio declara en los hechos, «las Escrituras son la autoridad suprema en todos los principios de fe, excepto para probar esta doctrina, que no se encuentra y ni siquiera se insinúa en ninguna parte de las Escrituras.»

2 Tesalonicenses 3, 6 — Hermanos, os mandamos en nombre del Señor Jesucristo que os apartéis de todo hermano que viva desordenadamente y no según la tradición que de nosotros recibísteis.

Aquí nuevamente San Pablo requiere que sus seguidores reconozcan la autoridad de la tradición oral y no solamente sus cartas. De hecho, en cada instancia, él escribe sus cartas para reiterar las enseñanzas que previamente había impartido verbalmente.

1 Corintios 11, 2 — Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido.

La tradición apostólica parece ser suficientemente importante para ser preservada, al menos de acuerdo a San Pablo.

Mateo 23, 1 — Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: «Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; vosotros haced y cumplid todo lo que ellos os digan, pero no os guiéis por sus obras, porque no hacen lo que dicen.

En este pasaje, Jesús mismo reconoce ambas, la autoridad de la jerarquía religiosa de su tiempo y de la tradición oral. La autoridad de los fariseos no provenía de la rectitud de sus acciones, ya que, con sus corazones endurecidos, no eran líderes dignos de ser emulados. La autoridad de ellos tenía su origen y justificación en su posición como líderes religiosos de la comunidad. Note también que Jesús usa la frase «la cátedra de Moisés». No hay registro de tal «cátedra» en el Antiguo Testamento, lo cual demuestra que el mismo Jesús se estaba adhiriendo a la tradición oral de los judios cuando presentó esta enseñanza. Es claro que «Sola Scriptura» no se encuentra en la Biblia, ni en forma escrita ni en la práctica tradicional del cristianismo. Se puede concluir entonces que «Sola Scriptura» es una de las «tradiciones de hombres» contra las cuales San Pablo nos previene in Colosenses 2, 8.

Hechos 8, 30-31 — Felipe corrió hasta él y le oyó leer al profeta Isaías y le dijo: «¿Entiendes lo que vas leyendo?» El contestó: «¿Cómo lo puedo entender si nadie me hace de guía?» Y rogó a Felipe que subiese y se sentase con él.

Las mismas Escrituras nos dicen que ellas no se revelan por sí mismas. El Espíritu Santo no infunde la sabiduría o el conocimiento de las Escrituras a nadie por el simple hecho de leer un libro.

Efesios 3, 8-10 — A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo y esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en Dios, creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada a los principados y a las potestades en los cielos, mediante la Iglesia.

San Pablo nos dice que es la Iglesia—y no las Escrituras—quien enseña hasta a los mismos ángeles.

2 Timoteo 3, 16-17 — Tú [Timoteo], en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena.

Este es el pasaje más frecuentemente citado por aquellos que tratan de defender la doctrina de «Sola Scriptura». Sin embargo, aquí San Pablo no nos está diciendo nada sobre las Escrituras como fuente de autoridad, ni está comparando las Escrituras a otras fuentes de dicha autoridad espiritual. El sólo está diciendo que las Escrituras son muy beneficiosas para preparar a los creyentes a la vida en el espíritu—lo cual, obviamente, no está en disputa.

1 Corintios 2, 12-13 — Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales.

Además de sus escritos, las enseñanzas orales de San Pablo también están inspiradas por el Espíritu Santo. Por supuesto, «Sola Scriptura» nos haria ignorar todo excepto las revelaciones hechas en forma escrita. Si los Corintios—a quienes San Pablo estaba escribiendo—hubieran estado suscritos a «Sola Scriptura», ellos hubieran ignorado estas enseñanzas, prestando atención solamente a sus cartas. Eso hubiera sido claramente absurdo. Sin embargo, esta es la posición que los adherentes a «Sola Scriptura» esperan que tomemos hoy en dia.

Hechos 17, 11 — Inmediatamente, por la noche, los hermanos enviaron hacia Berea a Pablo y Silas. Ellos, al llegar allí, se fueron a la sinagoga de los judíos. Estos eran de un natural mejor que los de Tesalónica y aceptaron la palabra de todo corazón. Diariamente examinaban las Escrituras para ver si las cosas eran así.

Este es probablemente el texto primordial usado para apoyar «Sola Scriptura». Sin embargo, lo que hace en realidad es apoyar la autoridad dual de la Sagrada Tradición y las Escrituras ya que en ninguna parte este pasaje sugiere que los creyentes de Berea hubieran podido concluir que Jesús de Nazareth era el Mesías sin las enseñanzas orales de San Pablo. Seguramente nunca hubieran podido hacerlo. Si uno lo piensa un momento, se puede decir que efectivamente había un grupo en el Nuevo Testamento que realmente se aferró a «solamente las Escrituras» y se rehusó a creer testimonios orales del mismo Jesús: los fariseos. Ellos eran los que buscaban contrarrestar la influencia de Jesús con verso tras verso de la Escritura. Sin embargo, la verdad no se les transmitió a través de «solamente las Escrituras». Fue necesario que San Pablo les enseñara a los creyentes de Berea cómo poder entender las verdades sobre Cristo contenidas en el Antiguo Testamento. El Espíritu Santo no iluminó directamente a cada uno de ellos.

2 Pedro 1, 20 — Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia.

La interpretación personal nos puede llevar al error. No tenemos la autoridad de llegar a una interpretación definitiva de las Escrituras por nosotros mismos. Nótese que San Pedro le da a ésto una importancia primordial. Ante todo, los cristianos deben saber que nada se revela privadamente.

2 Pedro 3, 16 — La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe [él] también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente—como también las demás Escrituras—para su propia perdición.

La Biblia puede ser mal interpretada, intencionalmente o no. Dios nunca garantizó que nuestra interpretación personal de las Escrituras iba a estar libre de errores. Sin una autoridad—guiada por el Espíritu Santo—que nos interprete las Escrituras, es inevitable llegar a interpretaciones discordantes. Esto es lo que vemos en decenas de miles de denominaciones protestantes que existen en hoy en dia. Todas ellas están de acuerdo que las Escrituras son la autoridad fundamental pero no hay dos denominaciones que estén de acuerdo en lo que las Escrituras realmente enseñan. Esta trágica situación puede resultar en la pérdida de la fe cuando surgen desacuerdos doctrinales o cuando los dirigentes cambian las doctrinas y esperan que los fieles las adopten o se separen. Estas constantes separaciones y desacuerdos no son obra del Espíritu Santo.

1 Corintios 11, 27-34 — Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles y mueren no pocos. Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos castigados. Mas, al ser castigados, somos corregidos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo. Así pues, hermanos míos, cuando os reunáis para la Cena, esperaos los unos a los otros. Si alguno tiene hambre, que coma en su casa, a fin de que no os reunáis para castigo vuestro. Lo demás lo dispondré cuando vaya.

San Pablo aquí es explícito. En esta cuestión tan seria—el abuso de la Eucaristía que está causando enfermedad y muerte entre los abusadores—San Pablo explica que él tiene enseñanzas que quiere impartir en persona, aparte de su mensaje escrito. Sin embargo la doctrina de «Sola Scriptura» no nos dejaría considerar la autoridad o la inspiración de esas enseñanzas orales.

Gálatas 1, 6-9 — Me maravillo de que abandonando al que os llamó por la gracia de Cristo, os paséis tan pronto a otro evangelio—no que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren deformar el Evangelio de Cristo—Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!. Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema!.

Nótese que San Pablo se está refiriendo a la verdad del Evangelio que ha sido oralmente transmitida y no «escrita» a los fieles. En ninguna parte él instruye a los apóstoles a adherirse sólo a los evangelios en forma escrita.

2 Tesalonicenses 2, 5 — Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el hombre impío, el hijo de perdición, el adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios. ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros?

Cuando San Pablo se refiere al «hombre impío», está citando su enseñanza oral y profecías impartidas con anterioridad. El apóstol espera que sus lectores recuerden y obedezcan tales instrucciones. Los lectores de la carta apostólica deben tener en cuenta la enseñanza oral ya recibida con anterioridad para poder discernir la verdad. La intención del apóstol San Pablo es que sus escritos apoyen y refuercen sus enseñanzas orales y sus sermones y nunca que se consideren aparte como con mayor autoridad.

Lucas 24, 13-35 — Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. El les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» El les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él, el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.» El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Jesús tenía que explicarle a sus discípulos el significado de las Escrituras antes de que ellos pudieran entenderlas. «Sola Scriptura» no era suficiente para ellos. Conviene tener en cuenta que muchos creen que la Santa Tradición de la Iglesia contiene mucho de lo que el Señor enseñó a sus seguidores en el camino a Emaús: específicamente los paralelos entre Adán y Jesús, Moisés y Jesús, los profetas y Jesús y también los notables paralelos entre el Calvario y la Pascua. Sin embargo, como éstas son interpretaciones que nos han dejado en su enseñanza los primeros padres de la iglesia y no se encuentran formalmente en las Escrituras, los seguidores más fundamentalistas de «Sola Scriptura» nos harían rechazarlas.

Lucas 7, 18-23 — Sus discípulos llevaron a Juan todas estas noticias. Entonces él, llamando a dos de ellos, los envió a decir al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» Llegando donde él aquellos hombres, dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a decirte—¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias y de malos espíritus y dió vista a muchos ciegos. Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»

Ni siquiera Juan Bautista que estaba lleno del Espiritu Santo desde antes de nacer (Lucas 1, 15), podía discernir la verdadera naturaleza de Jesús apoyándose en la «Sola Scriptura». El mandó a sus seguidores a preguntarle a Jesús. Notemos que Jesús no les contestó con una proclamación directa. En vez de eso, les interpretó la verdad contenida en las Escrituras. Los seguidores de Juan no obtienen ninguna información nueva. Solo una interpretación autorizada de las Escrituras. Si «Sola Scriptura» fuera cierta—que no necesitamos ninguna autoridad que nos interprete las Escrituras—Juan y sus seguidores no hubiesen necesitado esta clarificación de Jesús.

Juan 5, 38-40 — Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que El ha enviado. Vosotros investigáis las Escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí y vosotros no queréis venir a mí para tener vida.

Si «Sola Scriptura» fuera verdad, el Espíritu Santo hubiera inspirado a los líderes del templo a discernir la verdad completamente a través de las Escrituras que ellos analizaban escrupulosamente. En cambio, Jesús los condena por reducirse solamente en las Escrituras. Sabemos que las Escrituras testificaban sobre Jesús. Pero los fariseos, basándose solo en «Sola Scriptura», no podían discernir esa verdad. Ni siquiera los mismos seguidores de Jesús podían (Lucas 24, 13-35). Ellos necesitaban que Jesús les abriera la verdad del significado de las Santas Escrituras.

Juan 16, 12-13 — Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir.

Jesús dice que El no nos va a revelar «toda la verdad» durante su tiempo en la tierra. Dice que enviará al Espíritu Santo, que está por venir; esta es una clara afirmación con relación a la enseñanza inspirada y a la profundización en nuestra comprensión de la fe.

Efesios 3, 3 — […] cómo me fue comunicado por una revelación el conocimiento del misterio, tal como brevemente acabo de exponeros.

San Pablo afirma abiertamente que no ha impartido la totalidad de la revelación en sus escritos y que hay una porción que él enseña verbalmente. La intención de sus escritos es la de apoyar y reforzar su predicación, no la de ser autónomos y completos. Notemos que San Pablo no se hizo seguidor de Cristo por medio de leer la Biblia, sino por una aparición milagrosa del Señor. Es más, en ninguna parte de la Biblia encontramos una sola persona que se haya convertido exclusivamente por la lectura de las Escrituras, ni tampoco encontramos a ningún santo que apele a las Escrituras como su máxima autoridad. En la Biblia, sólo Satanás, los fariseos y los escribas proceden de este modo para tratar de entrampar a Jesús ni bien tienen oportunidad.

1 Timoteo 3, 15 — […] la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.

San Pablo dice que el fundamento de la verdad es la Iglesia, no las Escrituras. Esto es lógico, dado que fue la Iglesia quien declaró cuáles, de entre los textos que los primeros creyentes leían durante la Misa, eran de hecho inspirados. Por eso decimos que la historia nos muestra que la Biblia descansa en la autoridad de la Iglesia y no lo contrario. La Sagrada Tradición es la memoria de la Iglesia que recuerda en comunidad y mantiene vivas las enseñanzas de los apóstoles.

Lucas 10, 16 — Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha.

Jesús defiende la enseñanza oral, diciendo a sus seguidores que salgan a predicar lo que El les ha enseñado. Quienes escuchan a los fieles seguidores de Cristo, escuchan a Cristo.

1 Juan 4, 6 — Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

El someterse a la autoridad apostólica—y no el adherirse a la «Sola Scriptura»—es la garantía de la integridad y veracidad de nuestra fe.

Hebreos 13, 17 — Obedeced a vuestros dirigentes y someteos a ellos, pues ellos velan sobre vuestras almas.

El autor urge a los creyentes a la obediencia y no a que desarrollen una interpretación individual de la Biblia, ni tampoco a un estudio exhaustivo de lenguas, culturas y costumbres antiguas de manera que puedan llegar a una comprensión más completa de las Escrituras. Aquellos de nosotros que estamos demasiado ocupados con nuestras responsabilidades cotidianas—trabajo, familia, etc.—como para embarcarnos en tan monumental empresa escolástica, no debemos preocuparnos. Mientras sigamos las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, guiado por el Espíritu Santo y nos sometamos a él, no seremos confundidos y permaneceremos en la verdad.

2 Timoteo 2, 2 — […] y cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros.

San Pablo nunca enseña la «Sola Scriptura». Al contrario, lo encontramos invocando la sucesión apostólica dentro de una tradición oral. San Pablo—que es un cercano contemporáneo de Jesús—le escribe al joven Timoteo acerca de compartir la verdad del Evangelio con las generaciones venideras. En esta exhortación, San Pablo no menciona la palabra escrita. Timoteo es instruído explícitamente a preservar las enseñanzas orales recibidas de San Pablo. Timoteo obedeció esta instrucción y también lo hicieron sus sucesores. De esta manera el depósito de la Sagrada Tradición ha pasado de generación en generación hasta nuestros días.

1 Tesalonicenses 2:13 — De ahí que también por nuestra parte no cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogísteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes.

San Pablo nos dice que su discurso es tan inspirado y tiene tanta autoridad como sus escritos. La palabra no es estática ni limitada a la página escrita—es dinámica—viva en la mente, en los labios y en el corazón de la Iglesia que él ha fundado en Cristo.

Romanos 10, 14-15 — ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: «¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!»

Una vez más, no vemos a San Pablo invocando la autoridad de la Escritura, sino la autoridad de aquellos que predican. Aquellos que anuncian las Buenas Nuevas las declaran en voz alta.

Deuteronomio 19, 15 — No basta un solo testigo para declarar a un hombre culpable de crimen o delito; cualquiera sea la índole del delito, la sentencia deberá fundarse en la declaración de dos o más testigos.

La Escritura por sí misma requiere de más de un testigo para establecer la verdad. Es por eso que los hebreos nunca habrían sostenido la «Sola Scriptura», ya que si así fuera, confiaríamos en el testimonio de un solo testigo: únicamente la Escritura.

Juan 8, 17 — Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo y también el que me ha enviado, el Padre, da testimonio de mí.

Jesús afirma el hecho de que un solo testigo no es suficiente, incluso cuando es Jesús mismo quien atestigua. Jesús no esperaba que su propio testimonio fuera aceptado sin que otro lo corroborara: Dios el Padre. Sin embargo, la posición protestante pretende que nos guiemos por un solo testigo: la Escritura.

2 Corintios 13, 1 — Por tercera vez voy a vosotros. «Por la palabra de dos o tres testigos se zanjará todo asunto».

La enseñanza de San Pablo refuerza el pasaje anterior. Pero la doctrina de «Sola Scriptura» nos impone la idea de que un solo testigo—la Escritura—es suficiente.

Efesios 4: 11-16 — El mismo dió a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios… para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana.

Los autores de la Escritura por sí mismos no bastan para la «edificación del Cuerpo de Cristo». La variedad de dones del Espíritu existe en la comunidad de fieles y no en documentos.

Romanos 10, 17 — Por tanto, la fe viene de la predicación y la predicación, por la Palabra de Cristo.

San Pablo defiende la instrucción oral y la tradición. Es más, en ninguna parte de la Biblia vemos que alguien se haya convertido solamente con la lectura de las Escrituras.

Éxodo 28, 30 — En el pectoral del juicio de Dios introducirás, además, el Urím y el Tumím, a fin de que Aarón los tenga sobre su pecho cuando se presente delante del Señor. Así Aarón llevará siempre sobre su pecho, en la presencia del Señor, el dictamen de Dios para los israelitas.

El oráculo de Dios es pronunciado a través del sumo sacerdote por medio del Urím y el Tumím. Estos misteriosos dispositivos no eran, en modo alguno, escriturales. No obstante, las Escrituras nos dicen que en tiempos antiguos los israelitas los consultaban regularmente para determinar la cuál era la voluntad de Dios. De esta manera, el pueblo judío no dependía para su guía de interpretar la Palabra de Dios al estilo de la «Sola Scriptura».

Deuteronomio 17, 8-12 — El que obre presuntuosamente, desoyendo al sacerdote… morirá.

El Antiguo Testamento tenía su propia modalidad magisterial, en la cual los desacuerdos debían ser resueltos por los sacerdotes y los jueces. Los sumos sacerdotes hablaban con la autoridad de Dios. Este pasaje por sí solo es una refutación a la «Sola Scriptura». En ninguna parte del Antiguo o Nuevo Testamento se enseña que las Escrituras son la máxima autoridad de nuestra fe.

2 Timoteo 3, 14 — […] Tú, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste […]

En otras palabras, la autoridad espiritual se deriva de la sucesión apostólica, no de la «Sola Scriptura». De hecho, este planteamiento implicaría que las palabras de los apóstoles que no dejaron nada escrito—Andrés, Natanael, Bartolomé y los demás— tenían poca o ninguna autoridad, dado que sus escritos no se sobrevivieron como parte del canon de las Escrituras. Esta afirmación de San Pablo indica claramente que la autoridad de la Iglesia, en su nivel más fundamental, se deriva del apostolado, no de las Escrituras. La enseñanza de los apóstoles sobrevive en los hombres a quienes ellos entregaron el depósito de la fe, los obispos y presbíteros a quienes ellos educaron en la doctrina de Cristo y a quienes les impusieron las manos, confiándolos a la guía del Espíritu Santo.

1 Corintios 15, 11 — […] esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

De nuevo San Pablo defiende la tradición oral. Nunca en las Escrituras aparece el caso de ningún individuo cuya conversión esté basada en «Sola Scriptura». Y San Pablo nunca afirma «esto es lo que escribimos; esto es lo que habéis creído».

Hechos 2, 42 — Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles.

San Lucas defiende la enseñanza oral. La afirmación no alude a «los escritos de los apóstoles», a los que San Lucas nunca hace referencia.

Mateo 2, 23 — Así se cumplió lo que había sido anunciado por los profetas.

La tradición oral es citada como autoridad. Notemos que no todos los profetas escribieron. Sin embargo, «Sola Scriptura» nos hace creer que sus palabras no tendrían autoridad hasta no ser escritas en los textos sagrados.

Mateo 10, 19-20 — Cuando os entreguen, os preocupéis de cómo váis a hablar o qué váis a decir: lo que debáis decir se os dará a conocer en ese momento, porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará en vosotros.

Jesús testifica el hecho de que el Espíritu Santo no inspira solamente las Escrituras. Por eso, también puede inspirar nuestro discurso y ayudarnos a declarar el Evangelio. Es importante destacar que esta escritura no declara que el cristiano recibe la asistencia del Espíritu Santo para discernir doctrinas por sí mismo.

Juan 21, 25 — Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.

No todo lo que Cristo dijo o hizo se encuentra en la Escritura ¿Son estos hechos indignos de consideración porque no fueron escritos? Es obvio lo absurda que resulta esta idea, sin embargo la doctrina de «Sola Scriptura» sostiene equivocadamente esta posición, porque niega la autoridad de las palabras de Jesús que no fueron registradas por escrito.

Isaías 59, 21 — […] mis palabras que yo he puesto en tu boca, no se apartarán de tu boca, ni de la boca de tus descendientes.

La tradición oral inspirada pasa de generación en generación. Nótese que el profeta se refiere a la palabra hablada. Esta es una clara referencia a la Sagrada Tradición que es preservada y transmitida de una generación a la siguiente. Es la intervención del Espíritu Santo, la que inspira el discurso del profeta. Al parecer, el hálito (pneuma) de Dios no está limitado a la «Sola Scriptura».

1 Corintios 14, 3 — Por el contrario, el que profetiza, habla a los hombres para su edificación, exhortación y consolación.

No toda la verdad de Dios es impartida a través de la Escritura. San Pablo dice que los profetas son movidos por el Espíritu Santo para bien de los creyentes.

2 Pedro 3, 1-2 — Acordaos de las predicciones de los santos profetas y del mandamiento de vuestros apóstoles que es el mismo del Señor y Salvador.

La palabra clave es «predicciones», que frecuentemente se traduce como «oráculos». El apóstol no se refiere aquí a expresiones escritas.

2 Crónicas 19, 6-10 — […] dijo a los jueces: «Mirad lo que hacéis, pues no juzgáis en lugar de los hombres, sino en lugar del Señor que está con vosotros cuando hacéis justicia. Ahora pues, que el temor del Señor esté sobre vosotros; tened cuidado en lo que hacéis, porque con el Señor nuestro Dios no hay injusticia ni acepción de personas ni soborno».

Cuando Dios instruye a los sacerdotes acerca de cómo resolver las disputas, no les enseña a acudir a las Escrituras para tomar una decisión.

Malaquías 2, 7 — Porque los labios del sacerdote guardan la ciencia y de su boca se busca la instrucción, porque es el mensajero del Señor de los Ejércitos.

El sacerdote tiene la autoridad para instruir, no solo para leer de las Escrituras.

Romanos 6, 16-17 — […] habéis obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados.

Pablo es explícito. Debemos nuestra obediencia a la enseñanza apostólica, no a la Escritura. De hecho, la Escritura no fue redactada con la intención de enseñar la fe, sino de fortalecer a los creyentes en su fe. En la Biblia, vemos individuos que se instruyen por medio de la enseñanza y la predicación —nunca, ni siquiera una sola vez—por medio de la «Sola Scriptura».

Génesis 17, 14 — Y el incircunciso, aquel a quien no se haya cortado la carne de su prepucio, será excluído de su familia, porque ha quebrantado mi alianza.

Los apóstoles no se adherían a la autoridad de la «Sola Scriptura» cuando revocaron este claro y antiguo precepto y declararon que los conversos gentiles no necesitaban ser circuncidados. Los apóstoles sentían que tenían la autoridad de recibir inspiración aparte de las Escrituras, específicamente la guía del Espíritu Santo. Fue así como los Santos Pedro y Pablo aceptaron a los gentiles incircuncisos en la Iglesia—que las lanza hacia un derrotero totalmente nuevo e inesperado. Cualquier fiel judío que se adhiriera a la «Sola Scriptura» en ese tiempo habría estado escandalizado, indignado y equivocado.

Jeremías 23, 1-4 — Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países adonde las había expulsado y las haré volver a sus praderas, donde serán fecundas y se multiplicarán. Yo suscitaré para ellas pastores que las apacentarán y ya no temerán ni se espantarán y no se echará de menos a ninguna—oráculo del Señor.

En ninguna parte ha dicho Dios que protegerá a sus ovejas proveyéndoles las Escrituras. En cambio, levanta líderes de entre la comunidad para que ellas los sigan, pastores que El usa para guiarlos. Aún en nuestros días Dios sigue actuando del mismo modo.

El canon de las Escrituras fue establecido por el Papa San Dámaso I alrededor del año 400 d. C. Antes de eso, no existía acuerdo en la Iglesia primitiva acerca de cuáles—entre los cientos de textos considerados por algunos como sagrados—eran en realidad inspirados. Entonces durante casi 400 años—un tiempo considerable—no hubo Biblia que le sirviera como referencia a ningún cristiano. Todos aquellos que aprendieron la fe fueron instruidos por otros—siguiendo el mismo método usado por los apóstoles. Eventualmente, la Iglesia en su autoridad, bajo la inspiración del Espíritu Santo, determinó el canon de las Escrituras, que provee a los creyentes con una referencia confiable a la hora de edificar la fe. Si creemos que las Escrituras son verdaderamente inspiradas, de eso se deduce naturalmente que la Iglesia es infalible, ya que fue por su autoridad—no las Escrituras en sí mismas—que se declaró a esos escritos como específicamente inspirados por Dios. Ahora bien, si la Iglesia no es infalible en sus enseñanzas, no podemos asumir que las Escrituras validadas por ella son inspiradas por Dios, dado que, la autoridad que las declaró como tales, no sería digna de confianza. Por lo tanto, no se puede afirmar al mismo tiempo que la Iglesia Católica puede errar sin condenar, al mismo tiempo, el origen y la selección de las Escrituras que ella nos transmitió. Confiar en la Biblia y desconfiar de la Iglesia que reunió, pronunció y luego protegió la Biblia a través de los tiempos es algo que traiciona tanto a la lógica como a la historia. Sin la Iglesia Católica, la Biblia nunca habría existido.