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Nicholas Senz

Una de mis escenas favoritas de la película Becket (si se puede apartar una hebra de esa obra maestra) es el momento en que el arzobispo del mismo nombre se enfrenta a los esbirros del rey Enrique, quienes intentan arrestarlo bajo cargos falsos. El arzobispo Becket aparece completamente investido, con su palio y mitra, y con su báculo en la mano. Cuando se acerca a la multitud de soldados y nobles, extiende el báculo coronado por el crucifijo, haciendo que los matones retrocedan. Cuando Robert de Beaumont comienza a leer los cargos, Becket lo llama por su primer nombre y luego le advierte: “Robert de Beaumont, escúchame por tu alma, que está en el peligro más grave.”

Luego niega los cargos y anuncia a la muchedumbre reunida: “Como cabeza de la Iglesia de Inglaterra y como su padre espiritual, os prohíbo juzgarme. Os ordeno a vosotros y a todos los que me acusan de mantener vuestra paz so pena de poner en peligro vuestras almas inmortales. “Cuando comienza a irse y se enfrenta con un soldado, le reprende, “¡Envaina tu espada, Morville, antes de que atravieses con ella tu alma!” Después de eso, le permiten a Becket partir.

Es difícil imaginar ese escenario hoy en una película, y mucho menos en el mundo occidental. ¿Un obispo que se enfrente a tal animosidad se enfrentará a sus acusadores e invocará su autoridad apostólica? ¿Acaso semejante chusma retrocedería en lugar de simplemente prender al clérigo y echarle los grillos, preludiando algo mucho peor?

Estas preguntas parecen académicas, historias relacionadas tan solo con un mundo que ya no existe. Sin embargo, en ciertas partes del mundo de hoy, esa clase de encuentros espirituales y morales se repiten. China no tiene reparos en arrestar obispos o en retenerlos durante años hasta que mueran en prisión. E incluso en naciones con profundas raíces cristianas, como Nicaragua, que se está desintegrando rápidamente, los obispos y los cardenales son atacados.

Pero sin duda, todo eso es cosa de dictaduras y estados fallidos, decimos. Seguramente no podría suceder aquí.

Yo creo que no pasará mucho tiempo antes que lleguemos a verlo.

La animosidad hacia la Iglesia está aumentando en países que hasta hace poco eran cristianos. Después de que los votantes eliminaron la protección constitucional de Irlanda para los no nacidos, el gobierno irlandés ha dicho que los hospitales católicos que deseen mantener su financiación del gobierno deberán realizar abortos. Esto ocurre en una nación que aún televisa el Ángelus todos los días. Y algunos estados australianos aprobaron recientemente una ley que exige que los sacerdotes que escuchan sobre abuso sexual infantil y otros delitos graves en el confesionario rompan el sello sacramental y lo denuncien a la policía.

Muchos sacerdotes australianos y al menos un obispo han declarado públicamente que no cumplirán con la ley, lo que, según el estado, significaría una multa considerable o incluso la cárcel.

¿Lo harán si se dan las circunstancias? ¿Ayudarán los obispos a pagar las multas de sus sacerdotes, o los visitarán si son encarcelados? ¿Los obispos irlandeses estarán dispuestos a renunciar al financiamiento del gobierno en lugar de someterse al nuevo régimen de aborto?

Uno puede esperar que los obispos tengan la valentía para mantener sus convicciones cuando llegue el momento. Aún en este tiempo de creciente secularización y hostilidad hacia la Iglesia en los países occidentales, los obispos son figuras respetadas en gran medida. Están invitados a importantes funciones civiles y ocupan lugares de honor. Reciben a políticos y se complacen en publicar declaraciones sobre proyectos de leyes propuestas en las legislaturas.

Pero las cosas podrían cambiar con bastante rapidez. De hecho, parece probable que así ocurra. Quizás el difunto cardenal Francis George estaba en lo cierto cuando dijo cuando dijo: “Espero morir en la cama, mi sucesor morirá en prisión y su sucesor morirá como mártir en el cadalso.”

¿Muy fuerte? Quizás. Tal vez no. Pero además considere esto: imagínese si la oportunidad de dar un testimonio vivo de la fe se presenta de golpe. Cuando Alfie Evans agonizaba en un hospital de Liverpool (mientras sus padres no podían llevárselo para buscar ayuda), un comentarista escribió: “¿Qué pasaría si el arzobispo entrara al hospital y dijera: ‘Este chico y su familia se van conmigo?’” Si se le permitiera irse, ¡qué consuelo habría dado a la familia! Y si fuera arrestado, ¡qué testimonio tan poderoso hubiera presentado!

Pronto puede ocurrir que la sociedad no solo rechace las enseñanzas de la Iglesia; puede sentirse obligada a silenciar y aplastar a la mismísima institución.[1] Pero esto no será porque la sociedad secular se está fortaleciendo y desea aplastar a un rival. Será porque la sociedad, habiendo rechazado la verdad, se encuentra terminalmente enferma, y se enfurecerá con el médico cuyo diagnóstico es correcto pero no deseado.

Entonces, si Dios quiere, la última parte de la declaración del Cardenal George puede llegar a ocurrir: “Su sucesor recogerá los fragmentos de una sociedad en ruinas y lentamente ayudará a reconstruir la civilización, como la iglesia ha hecho con tanta frecuencia en la historia humana.”

©2018 The Catholic Thing. Todos los Derechos Reservados. Domingo 22 de julio de 2018. The Catholic Thing es un foro de comentario católico. Las opiniones expresadas son estrictamente propias de los escritores correspondientes.


[1] NOTA DEL TRADUCTOR. Nótese que hay registros claros de violencia estatal contra la Iglesia en las sociedades latinoamericanas: sacerdotes y religiosas católicas fueron ejecutados durante la dictadura de Plutarco Elías Calles en México, a principios del siglo XX. Y promediando el mismo siglo, cuando el gobierno de Juan Perón ordenó subrepticiamente la quema y saqueo de las Iglesias de Buenos Aires, Argentina; sólo por citar dos ejemplos de entre muchos otros, como la implacable persecución de la Iglesia Católica durante la Guerra Civil Española.

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