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Carlos Caso-Rosendi

Era el 12 de diciembre de 1531. El día del solsticio de invierno para el hemisferio norte, cuando todavía se usaba el Calendario Juliano, un hombre humilde llamado Juan Diego Cuauhtlatoatzin, de origen chichimeca, se estaba moviendo rápidamente hacia México con una misión. Era un nativo mexicano, testigo de la caída del Imperio Azteca y de la conquista española. Era también un converso a la fe de los conquistadores que los sacerdotes enviados a España por el rey Carlos V le habían predicado pacientemente.

En un día como el de hoy, Cuauhtlatoatzin el ‘Águila que Habla’ iba en camino a ver a Don Luis Zumárraga, el obispo católico enviado por el rey de España y dotado con extraordinarios poderes temporales. México era un polvorín listo para encenderse en una guerra civil. Zumárraga se esforzaba por ver cómo podía preservar a sus fieles del ataque de los partidos hostiles: los nativos que se negaban a convertirse a la fe, y el partido de los codiciosos españoles que querían mantener a los nativos para siempre ignorantes y paganos con la intención de explotarlos a voluntad.

El pobre Don Zumárraga había pasado la noche anterior orando y pidiendo ayuda a Dios. La tarea que le habían asignado era abrumadora, casi imposible. Poco antes había enviado una triste pero sincera evaluación de la situación en un mensaje secreto al Rey Carlos:

“A menos que haya ayuda sobrenatural, el país está perdido.”

Rezó de rodillas hasta tarde, rogando por la ayuda de Dios. La situación lo sobrepasaba, se estaba quedando sin tiempo mientras las fuerzas sociales en juego se preparaban para un choque violento. Aproximadamente en el momento en que el obispo terminó sus oraciones y se fue a dormir, el Águila Cuauhtlatoatzin comenzaba su descenso desde la colina de Tepeyac.

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El águila desciende en el lago

Juan Diego portaba un mensaje del cielo: envueltas en su tilma iban muchas frescas y fragantes rosas de Castilla. No iba caminando, sino corriendo con ese trote indio incansable que devora las distancias. Había aprendido de sus antepasados el secreto de coordinar el movimiento y la respiración. Su gente cruzaba al trotecillo las altas llanuras de México desde tiempos inmemoriales. La estrella de la mañana se alzaba sobre la ciudad, todavía dormida, cuando vio los puentes y el lago a lo lejos,  que aún reflejaban la luna y las estrellas. Atravesó las puertas de la ciudad con la primera luz del día y marchó a la residencia del obispo.

Allí esperó varias horas hasta la media mañana. Los guardias y los asistentes del obispo se abusaron de la paciencia del pobre Juan y lo dejaron esperar largo rato mientras Don Zumárraga hacía su rutina matinal. Después de terminada la misa de la mañana, el obispo fue abordado por una familia nativa – sabemos todo esto por deducción. La joven pareja vino a saludarlo después de presentar a su bebé recién nacido para el bautismo. Los amigos de la familia estaban allí: el padrino y la madrina, el recién nacido, su otro hijo y un hombre que tocaba música. La música no era meramente para entretener. Los mexicanos asocian la música con todo tipo de eventos: llegadas, salidas, cumpleaños, funerales, matrimonios… ya entonces entendían instintivamente que la música era una conexión con el mundo más allá, un sonido con el misterioso poder de alegrar o ensombrecer el alma. Recordemos que el primer contacto de Juan Diego con Nuestra Señora fue a través del canto de los pájaros. Nuestra Señora de Guadalupe se presentó así de una manera muy mexicana, con música.

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El grupo de trece personas estaba reunido detrás de las pesadas puertas de entrada a la parroquia. Ahí afuera, todavía esperando después de cinco o seis horas de soportar estoicamente la fría temperatura, estaba nuestro hombre, Juan Diego. No tenía intención de irse. Estaba callado, como el águila que guarda el nido y soporta el viento frío, posada tranquilamente en la cima de la montaña. Los ojos de Juan Diego estaban fijos en lo eterno, como los ojos de águila que exploran el valle profundo desde las inaccesibles alturas.

Dos de los sirvientes decidieron interrogar a Juan Diego. No lo querían allí. El obispo no había sido informado de que un hombre lo estaba esperando afuera. Los sirvientes se acercaron a Juan Diego y exigieron ver lo que llevaba. Como se negó, trataron de agarrar el borde de su capa. Juan Diego se dio cuenta que no podía guardar su preciosa carga de la curiosidad de esos dos hombres. Decidió entonces permitirles echar un vistazo a las flores. Por supuesto, los dos hombres se sorprendieron de que flores tan hermosas pudieran brotar durante el invierno. Intentaron sacar una rosa, pero cada vez que trataban, la flor desaparecía en el ayate y no podían asirla. Tres veces trataron y luego se asustaron. ¿Sería un hechicero ese hombre? ¡Podría ser el mismo diablo o un demonio!

Asustados, irrumpieron en la cámara donde el obispo estaba recibiendo a aquella familia … Uno de ellos arrastró a Juan Diego ante el obispo. Todo sucedió tan rápido que Juan Diego no tuvo la oportunidad de quitarse el sombrero. Allí estaba él, ante toda esa gente importante, todavía con el sombrero puesto, como un rey coronado presidiendo su corte. Nuestra Señora le había prometido: “Te concederé honor y gloria” y ese era el momento. Juan Diego estaba entrando en la historia. El Águila había llegado de la misma manera que aquella otra águila de la leyenda azteca se había posado en el nopal. Allí estaba en medio del lago, frente al hombre más poderoso de México, el obispo Zumárraga, el enviado oficial del rey Carlos V de España, Emperador del Sacro Imperio Romano.

Juan Diego entró en la habitación y se presentó ante el Prelado diciéndole una vez más las maravillas que había visto: “Querido Obispo, he hecho lo que me pediste que hiciera. Le dije a la Señora del Cielo, mi Señora, mi amada celestial, Santa María, la Madre de Dios, que le has pedido una señal para que puedas creer en mi mensaje: que una pequeña casa sea construida en el lugar donde ella lo pidió. También le dije que te había prometido que regresaría con un signo, una prueba de su voluntad, tal como lo pediste. Ella escuchó tu insistencia, tus palabras, y estuvo complacida de recibir tu petición de una señal para que se cumpla su preciosa voluntad. A primera hora de hoy, cuando aún estaba oscuro, ella me dijo que fuera a verte. Le recordé que ella había prometido darme una señal para traerte.

Ella cumplió inmediatamente su palabra. Me envió a la cima de la colina donde la había visto antes, para cortar varios tipos de rosas y una vez que los corté se los presenté. Ella los tomó en sus santas manos y los colocó en mi ayate para que pudiera traerlos y dártelos en persona. Sabía muy bien que la cima del Tepeyac no era un lugar para encontrar flores, ya que es un lugar donde no crece nada excepto arbustos espinosos, tunas y mezquites en medio de peñascos y rocas, pero no dudé en ir. Cuando subí a la cima de la colina, encontré un paraíso. Había todo tipo de hermosas flores, las mejores, cubiertas de gotas de rocío, que florecían espléndidamente, así que procedí a cortar una cantidad. Luego la Virgen me indicó que le diera estas flores en su nombre para que su preciosa voluntad se cumpliera una vez que vieras la prueba que habías solicitado. Ahora, cree la verdad de mis palabras. Aquí los tienes, por favor acéptalos.”

Entonces Juan Diego abrió el pliegue de su tilma donde estaban las flores. Mientras permitía que las hermosas flores cayeran al suelo, se transformaron en un signo: la imagen amada de la Virgen Perfecta Santa María, Madre de Dios, apareció de repente en la misma figura que ahora contemplamos en su pequeña casa preciosa, su santo pequeño lugar en Tepeyac que se llama Guadalupe. Y cuando el Obispo y todos los que estaban allí la vieron, cayeron de rodillas y se maravillaron mucho con ella. (Tomado del libro Guadalupe: Un río de luz citando al Nican Mopohua de Antonio Valeriano).

Nuestra Señora le había prometido al Águila: “Te daré honor y gloria” y allí estaba Juan Diego, de pie en medio de un círculo de personas arrodilladas delante suyo como si él fuera un rey. La familia representa a la gente de México, los españoles representan a la raza que vino del otro lado del mar, Don Zumárraga representa al Papa y al Sacro Emperador Romano … pero Juan Diego, “Juan Diegotzin, mi pequeño” representaba a la Madre del Rey de Reyes, Dios mismo, que había enviado a su embajador a México, el Águila Cuauhtlatoatzin.

“Es cosa pequeña que seas mi siervo,
y que restaures a las tribus de Jacob,
que hagas volver a los de Israel,
a quienes he preservado.
Yo te pongo ahora como luz para las naciones,
a fin de que lleves mi salvación
hasta los confines de la tierra.” (Isaías 49: 6)

No ha tratado así con ninguna otra nación

La Ley dada a Israel lleva en sí misma la prueba de su origen divino. El Evangelio de Jesucristo dado a su Iglesia también es una maravilla de evidente origen sobrenatural. La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es también una comunicación milagrosa y un signo. La situación histórica, las personas involucradas, la manera en que el milagro sucedió; todo lo relacionado con los acontecimientos de 1531 en México no son más que una gran parábola puesta en escena por el insondable poder de Dios para enseñarnos algo que se parece a la Ley y al Evangelio. Este mensaje de salvación es un llamado a la acción. Las Américas de entonces eran un mundo muy parecido a nuestra propia civilización global, completamente controlado por las fuerzas espirituales del mal. A través de un milagro de comunicación que supera cualquiera de los logros tecnológicos modernos del hombre, Nuestra Señora de Guadalupe dio a luz a una nueva nación usando ese lienzo imposible, la tilma de Juan Diego. Impreso en ese humilde manto dejó un mensaje para México y para el mundo que aún resuena a través de los siglos hasta nuestra época.

Hoy, las Américas están volviendo a la oscuridad del error y el paganismo. Las viejas prácticas abominables vuelven como malezas que crecen en un campo trillado. Incluso la Iglesia ha sido infectada con las prácticas de las antiguas religiones nativas: la homosexualidad ritual, el sacrificio humano en forma de aborto, y cosas peores. Este es el momento de orar como Don Juan Zumárraga en la víspera del 12 de diciembre de 1531:

“A menos que haya una intervención sobrenatural, el país está perdido”.

En tu día, querida Madre, oramos. Por favor obtén para nosotros la gracia de purificar y salvar nuestro mundo y nuestra Iglesia para que sigamos el ejemplo de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y enviemos tu palabra pura de salvación a esta generación perdida en la oscuridad.

Dios viene y su gloria cubre el cielo
su alabanza llena la tierra.
Su brillantez es la del relámpago;
Una plaga mortal lo precede,
un fuego abrasador le sigue los pasos.
Se detiene, y la tierra se estremece;
lanza una mirada, y las naciones tiemblan.
Se desmoronan las antiguas montañas
y se desploman las viejas colinas,
pero los caminos de Dios son eternos.
Saliste a liberar a tu pueblo,
saliste a salvar a tu ungido.
Aplastaste al rey de la perversa dinastía,
¡lo desnudaste de pies a cabeza!
Con tu lanza les partiste la cabeza a sus guerreros,
que enfurecidos querían dispersarme,
que con placer arrogante se lanzaron contra mí,
como quien se lanza contra un pobre indefenso.
Pisoteaste el mar con tus corceles,
agitando las inmensas aguas. (Habacuc 3)

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