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La autoridad de la Iglesia en las Escrituras

La obligación de obedecer las enseñanzas de la Iglesia surge naturalmente de la obligación de obedecer las enseñanzas de Cristo, quien estableció la Iglesia ordenando a sus discípulos a ser testigos de su doctrina en todo el mundo. Además es obligación de la Iglesia el ofrecer la salvación a todas las almas. Sin embargo esa autoridad es firmemente resistida por otros cristianos que eligen estar fuera de la fe Católica. Este hecho histórico no exime a las comunidades cristianas de la obligación de reflejar la unidad de Dios mismo: Padre, Hijo y Espíritu Santo en la unión perfecta de la Santísima Trinidad.

Hay muchos grupos eclesiales cristianos, comúnmente llamados “denominaciones cristianas” que crecen separados de la Iglesia Católica. Sin embargo, Cristo no creó una denominación cristiana. Esas denominaciones son creación de individuos como Lutero, Calvino, Zwinglio y otros católicos que comenzaron a proclamar sus propias interpretaciones del Evangelio, rompiendo así una tradición de autoridad que se extendía desde el tiempo de los apóstoles por más de quince siglos.

1 Timoteo 3: 15-16 — Y si me tardo, para que sepas cómo debes comportarte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente, baluarte y cimiento de la verdad. Grande es en verdad, el misterio de la religión que confesamos: que fue manifestado en la carne, vindicado en el Espíritu, contemplado por ángeles, predicado entre las naciones, creído en el mundo, y elevado en gloria.

San Pablo enseña que la Iglesia — y no la Escritura — es el cimiento y baluarte de la verdad. Entonces pasa a declarar el misterio de la Encarnación en detalle, sin citar ni una sola Escritura de su tiempo sino simplemente declarando que Cristo vino al mundo como hombre; se hizo manifiesto en la carne; fue claramente vindicado por la llegada del Espíritu Santo después de las humillaciones del Calvario, no sólo a seres humanos sino también al ejército de los cielos; y se hizo conocer a todas las naciones por la predicación de la Iglesia, congregando a creyentes del mundo entero, siendo finalmente elevado a la gloria celestial. Todas estas cosas se declaran en la Escrituras después que los apóstoles las enseñaran a la Iglesia. El depositum fidei, depósito de la fe[1] es así guardado en la comunidad de los creyentes.

1 Timoteo 4: 11-16 — Exhorta y enseña estas cosas. Que nadie tenga en menos tu juventud, pero dale a todos los creyentes un ejemplo en habla y en conducta, en amor, en fe, en pureza. Hasta que yo venga, dedícate a la lectura pública de las escrituras, a la prédica, a la enseñanza. No descuides la gracias que tienes, que te fue dada por expresión profética cuando los ancianos te impusieron las manos. Practica estos deberes, dedícate a ellos, de forma que todos observen tu progreso. Obsérvate a ti mismo y a tu enseñanza; cíñete a ella, porque haciendo así te salvarás a ti mismo y a quienes te escuchan.

Aquí notamos que la lectura de la Escrituras es una de las muchas tareas asignadas a Timoteo. El debe seguir mejorando en su enseñanza y usando bien las gracias que ha recibido. Timoteo debe hacerlo para salvarse a sí mismo y quienes le escuchan, la comunidad de los creyentes.

Hebreos 13: 17 — Obedeced a vuestros pastores y someteos a ellos; porque ellos son responsables por vuestras almas, como hombres que deben dar cuenta. Permitid que lo hagan con alegría, y no con suspiros, porque eso no sería ventajoso para vosotros.

La Iglesia no es una democracia sino una jerarquía. Cada alma dentro de la Iglesia se beneficia reconociendo y sometiéndose a las autoridades superiores. La Iglesia está organizada de tal manera que todos sus dirigentes humanos son responsables por las almas de los feligreses. Un día ellos tendrán que dar cuenta a Dios por el rebaño confiado a su cuidado.

Mateo 28: 18-20 — Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Id pues y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con vosotros hasta el fin de la era.”

La Iglesia tiene una misión profética

Quienes se separan de la Iglesia para predicar sus propias interpretaciones rechazan la autoridad de la Iglesia. La Iglesia Católica nunca perecerá porque está investida de la autoridad de Cristo. El permanece con nosotros en persona y también en sus enseñanzas. Es nuestro deber seguir a Cristo por medio de enseñar a otros lo que él nos enseñó.

Si nos desviamos de la doctrina de Cristo y de la Iglesia, nos arriesgamos a perder nuestras almas. Esta escritura nos muestra que la autoridad y el poder de Jesús validan y sostienen los mandamientos y la doctrina de la Iglesia. Cristo garantiza que permanecerá con nosotros hasta que la misión esté terminada. Por lo tanto, separarse de la Iglesia es separarse de Cristo que está presente en la Iglesia.

Efesios 3: 7-12 — De este Evangelio, yo fui constituido ministro por el don de la gracia que recibí de Dios, en virtud de la eficacia de su poder. Yo, el menor de todos los santos, he recibido la gracia de anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo, y poner de manifiesto la dispensación del misterio que estaba oculto desde siempre en Dios, el Creador de todas las cosas, para que los principados y las potestades celestiales conozcan la infinita variedad de la sabiduría de Dios por medio de la Iglesia. Este es el designio que Dios concibió desde toda la eternidad en Cristo Jesús, Nuestro Señor, por quien nos atrevemos a acercarnos a Dios con toda confianza, mediante la fe en él.

A través de las edades la sabiduría de Dios se comunica a la humanidad y los ángeles por medio del testimonio vivo de la Iglesia. La Iglesia tiene la responsabilidad de representar a Dios delante de toda la creación, revelando los sagrados misterios a los judíos, a los gentiles y aún al ejército de los ángeles en los cielos. San Pablo muestra aquí como Dios se revela en todas las edades de la historia a través de las enseñanzas de la Iglesia.

Juan 11: 45-53 — Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. Pero otros fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un Consejo y dijeron: “¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Templo y nuestra nación.” Uno de ellos, llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, les dijo: “Vosotros no comprendéis nada. ¿No os parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?” No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote que Jesús iba a morir por la nación, y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos. A partir de ese día, resolvieron que debían matar a Jesús.

San Juan declara aquí que el Espíritu Santo inspiró a Caifás cuando — declarando desde la cátedra de Moisés sin faltar a la verdad — dijo que Jesús debía morir para beneficio de la nación entera. Caifás habló como Sumo Sacerdote de los levitas, aunque él personalmente no fuera merecedor de comunicar la verdad de Dios. De la misma manera, el Espíritu Santo ha guiado a aquellos que ascendieron al trono de Pedro, a pesar de sus fallas y de su ocasional falta de integridad. Dios permitió que Caifás usara su libre albedrío para complotar en contra de Cristo. De todos modos, cuando Caifás habló para instruir al pueblo de Israel, fue inspirado a decir la verdad — aún cuando él mismo no entendía completamente la importancia trascendental de su propia expresión.

El cristiano católico tiene la obligación de creer y obedecer los dictámenes de la jerarquía eclesiástica de la Iglesia según se expresa en la ley canónica y en la liturgia. Puede que algunas de esas cosas no sean agradables. Hasta podemos estar interiormente en desacuerdo con ellos. Aún así tenemos el deber de obedecerlos. Si el Papa o los obispos expresan su opiniones personales en asuntos fuera de la doctrina, la fe, o la moral, entonces los católicos no estamos obligados a estar de acuerdo con ellos.

La Iglesia tiene derecho a exigir obediencia

La Iglesia no es una democracia sino una monarquía, con un rey eterno que es Jesucristo. Naturalmente se requiere obediencia a las disposiciones reales, o sea a la ley inmutable de la Iglesia. No importa la calidad moral de quienes están temporariamente a cargo de la Iglesia, siempre debemos obedecer sus leyes. Los hombres pasan, sean éstos buenos o malos, pero las leyes son permanentes.

Mateo 23: 1-3 — Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; vosotros haced y cumplid todo lo que ellos os digan, pero no os guiéis por sus obras, porque no hacen lo que dicen.”

Jesús enseñó a sus seguidores a obedecer a las legítimas autoridades religiosas de su época y a practicar la doctrina que ellos enseñaban, aún cuando esos maestros no predicaran con el ejemplo. En el siguiente pasaje, San Juan nos enseña a prestar atención al cuerpo apostólico. La fidelidad y la obediencia son signos de la presencia del Espíritu Santo.

1 Juan 4: 6 — Nosotros, en cambio, somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha, pero el que no es de Dios no nos escucha. Y en esto distinguiremos la verdadera de la falsa inspiración.

La Iglesia es una jerarquía

La palabra castellana “jerarquía” viene del griego ἱεραρχία (hierarchia) y significa “gobierno del sumo sacerdote” o sea “jerarca” ἱεράρχης (hierarkhes) que significa “jefe del ritual sagrado.” Es el término apropiado para describir cómo la Iglesia fue organizada por Jesús desde el principio como un cuerpo de personas con responsabilidades bien definidas por orden jerárquico o rango.

Efesios 2: 19-22 — Por lo tanto, vosotros ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Vosotros estáis edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor. En él, también vosotros sois incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu.

La Iglesia es la casa de Dios, un templo construído sobre Jesucristo que es la piedra fundamental, los apóstoles y profetas. El edificio entero está organizado en un orden jerárquico. Los que permanecen en unión con la Iglesia Católica son piedras vivas que forman parte de esa estructura.

Mateo 18: 15-18 — Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si él se niega a hacerles caso, dilo a la Iglesia. Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, considéralo como pagano o publicano. Os aseguro que todo lo que vosotros atéis en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Cristo muestra aquí los tres pasos que deben seguirse en la resolución de disputas entre los fieles. El consejo muestra que la autoridad de la Iglesia es final. Aquellos que desobedecen a la Iglesia están desobedeciendo a Cristo mismo y por lo tanto contándose entre sus enemigos.

Mateo 12: 30 — El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

La autoridad de juzgar en asuntos de fe y moral

Queda claro que Dios le ha dado a la Iglesia la autoridad para guardar la paz entre los fieles por medio de darle el poder de decidir en asuntos de doctrina, fe y moral. Tal autoridad jamás le fue dada a las Escrituras, ya que las interpretaciones humanas son variables y alguien tiene que tener la última palabra. Quienes se separan de la Iglesia para predicar sus propias interpretaciones, se encuentran rápidamente con otros que tienen asimismo otras interpretaciones personales. Los grupos eclesiales que carecen de la piedra angular que es Cristo, y la fundación del cuerpo apostólico, tienden a dividirse en grupúsculos más pequeños tal como lo muestra la historia hasta hoy.

Deuteronomio 17: 8-12 — Si te resulta demasiado difícil juzgar un pleito por homicidio, por reclamación de derechos, por lesiones, o cualquier otra causa que se haya suscitado en tu ciudad, subirás hasta el lugar que el Señor, tu Dios, elija, y te presentarás a los sacerdotes levitas y al juez en ejercicio. Tú les expondrás el caso, y ellos te harán conocer la sentencia. Deberás ajustarte a lo que ellos te digan en el lugar que elija el Señor, tu Dios, procediendo en todo conforme a sus instrucciones. Procedentes de acuerdo con la decisión que ellos tomen y con la sentencia que pronuncien, sin apartarte de lo que ellos te indiquen ni a la derecha ni a la izquierda. El que obre presuntuosamente, desoyendo al sacerdote que está allí para servir al Señor tu Dios, o al juez, ese hombre debe morir. Así harás desaparecer el mal de Israel.

En el Antiguo Testamento encontramos prácticamente la misma autoridad magisterial de Dios para preservar la enseñanza correcta de la fe dada a los israelitas. En el orden levítico, todos los desacuerdos eran llevados delante de los sacerdotes y jueces que tenían la autoridad dada por Dios para juzgar. No hay evidencia alguna del uso de interpretaciones personales para dirimir desacuerdos. No encontramos en el Viejo Testamento — ni en el Nuevo Testamento — ninguna afirmación de que las Sagradas Escrituras sean la suprema autoridad en asuntos de fe. En el capítulo 15 de los Hechos vemos claramente como los apóstoles resuelven un desacuerdo doctrinal. La decisión apostólica resolvió el problema permanentemente, prevaleciendo aún sobre ciertos mandamientos del Antiguo Testamento y la tradición judía de la época.

Efesios 3: 4-6 — Al leerlas, os daréis cuenta de la comprensión que tengo del misterio de Cristo, que no fue manifestado a las generaciones pasadas, pero que ahora ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas. Este misterio consiste en que también los gentiles participan de una misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo y beneficiarios de la misma promesa en Cristo Jesús, por medio del Evangelio.

La revelación divina viene a nosotros a través de la Iglesia. No hay razón para creer que un creyente cualquiera puede recibir inspiración del Espíritu Santo en forma espontánea, directa y personal. Esto es especialmente cierto si tal ‘revelación’ contradice los dogmas apostólicos. Algunos usan esta escritura para justificar la interpretación personal, pero el contexto muestra claramente que Pedro y los otros miembros del cuerpo apostólico fueron guiados por el Espíritu Santo a aceptar a los gentiles en la Iglesia. El Espíritu no reveló esa maravillosa verdad a todos los creyentes sino solamente a los apóstoles y a los obispos.

Hechos 15: 30-31 — Los delegados, después de ser despedidos, descendieron a Antioquía donde convocaron a la asamblea y entregaron la carta. Esta fue leída y todos se alegraron por el aliento que les daba.

Hechos 16: 4 — Por las ciudades donde pasaban, transmitían las decisiones tomadas en Jerusalén por los Apóstoles y los presbíteros, recomendandoles que las observasen.

Los apóstoles y otros pastores de la Iglesia difundieron el Evangelio enseñaron los dogmas de la Iglesia al mundo entero. Los apóstoles contaban con la obediencia de los fieles porque tanto ellos como sus sucesores recibieron su propia autoridad de Dios. Ellos no esperaban ser obedecidos luego de apelar a una doctrina de Sola Scriptura. La autoridad de ellos existía fuera de las Escrituras y — siendo que sus enseñanzas venían del mismo Dios que inspiró las Escrituras — nunca existió contradicción entre lo que ellos enseñaban y la Escritura misma. Esta es una gran gracia dada a los fieles. No tenemos que preguntarnos si cierto dogma es correcto. Por el contrario cuando sea que nuestro entendimiento de un asunto se contradice con lo que la Iglesia afirma, sabremos con certeza que estamos equivocados y que debemos esforzarnos un poquito más para entender ese asunto correctamente.

La Iglesia es santa, ha sido santificada para llevar el Evangelio al mundo

La Iglesia es santa primeramente porque su fundador es santo. La obra de Jesucristo es sagrada pues su propósito ha sido santificado por Dios y consagrado a Dios. En segundo lugar la Iglesia es santa en virtud de ser instrumento de Cristo que obra para la salvación del hombre. En tercer lugar, la Iglesia es santa en sus miembros, por ser el hogar de muchos santos servidores de Dios a través de los siglos y a pesar de los muchos pecadores que también la habitan. De estos últimos se espera que aprendan en la Iglesia los caminos de la santidad. Como se suele decir con bastante razón: “La Iglesia no es solamente un hotel para santos sino también un hospital para pecadores.”

Efesios 5: 25-27 — Maridos, amad a vuestras esposas, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla. El la purificó con el bautismo del agua y la palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada.

Cristo fue crucificado para santificar a la Iglesia. Por eso la salvación viene a través de Jesús. En el misterio de la Encarnación, Dios preparó un cuerpo humano para Jesús. Ese cuerpo era, es y será un cuerpo santificado, carne separada para ser un sacrificio sagrado, dedicado a Dios. La palabra “santificado” significa esencialmente “separado para un propósito sagrado.”

Hebreos 10: 5 — Por eso, Cristo, al entrar en el mundo, dijo: “Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio, me has dado un cuerpo.”

Efesios 1: 22-23 — El puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo y la plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas.

Como la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, es perfectamente lógico deducir que sus miembros no pueden ser separados y que el cuerpo entero ha sido reservado, santificado para un propósito divino. La Iglesia es una y es santa porque su misión es santa.

1 Corintios 12: 12-27 — Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo – judíos y griegos, esclavos y hombres libres – y todos hemos bebido de un mismo Espíritu. El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos. Si el pie dijera: “Como no soy mano, no formo parte del cuerpo” ¿acaso por eso no seguiría siendo parte de él? Y si el oído dijera: “Ya que no soy ojo, no formo parte del cuerpo” ¿acaso dejaría de ser parte de él? Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Y si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato? Pero Dios ha dispuesto a cada uno de los miembros en el cuerpo, según un plan establecido. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? De hecho, hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito” ni la cabeza, a los pies: “No tengo necesidad de vosotros.” Más aún, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles también son necesarios, y los que consideramos menos decorosos son los que tratamos más decorosamente. Así nuestros miembros menos dignos son tratados con mayor respeto, ya que los otros no necesitan ser tratados de esa manera. Pero Dios dispuso el cuerpo, dando mayor honor a los miembros que más lo necesitan, a fin de que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros sean mutuamente solidarios. ¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría. Vosotros sois el Cuerpo de Cristo, todos y cada uno, miembros de ese cuerpo.

San Pablo es claro. La salvación viene por medio de Cristo y por lo tanto, a través de su Iglesia. No hay manera de justificar la división del Sagrado Cuerpo de Cristo.

Efesios 4: 11-16 — El comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, para servir a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y al conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo. Así dejaremos de ser niños, sacudidos por las olas y arrastrados por el viento de cualquier doctrina, a merced de la malicia de los hombres y de su astucia para enseñar el error. Por el contrario, viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo. El es la Cabeza, y de él, todo el Cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa de todos los miembros. Así el Cuerpo crece y se edifica en el amor.

San Pablo enseña que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Así como el cuerpo Humano no puede existir dividido en pedazos, el cristianismo no puede existir dividido. Las divisiones son un escándalo para los que están fuera de la fe; y además son una carga pesada para aquellos que deben llevar el Evangelio a los que no son creyentes. El reconocido apologista anglicano C. S. Lewis, uno de los escritores cristianos más prolíficos del siglo XX, admitió:

“Las divisiones entre cristianos son un pecado y un escándalo, y los cristianos debieran contribuir a la reunificación en todo tiempo, aunque más no sea con sus plegarias.”[2]

La autoridad de la Iglesia no puede ser cuestionada

Por lo que hemos considerado hasta ahora, es obvio que la Iglesia es de Cristo y que él está presente en ella “hasta el fin de la era.” Es por eso que cualquier acto de rebeldía contra la autoridad eclesiástica es evidencia de falta de fe en Cristo. Es el Señor el que lleva la barca de Pedro a buen puerto, y no el talento del pueblo católico. La Iglesia no es una república, sino que es una monarquía con un solo rey, Jesucristo.

1 Tesalonicenses 5: 12-13 — Os rogamos, hermanos, que seáis considerados con quienes trabajan entre vosotros, es decir, con aquellos que os presiden en nombre del Señor y os aconsejan. Estimadlos profundamente, y amadlos a causa de sus desvelos. Vivid en paz unos con otros.

Cuando los hermanos de Moisés, Miriam y Aarón se rebelaron contra la autoridad de Moisés, Dios los castigó públicamente. Miriam se enfermó con lepra como consecuencia de no querer someterse a aquellos a quienes Dios había elegido para gobernar a Israel. Las objeciones de Miriam a la autoridad son las mismas objeciones que algunos hacen hoy para desobedecer los mandamientos de la Iglesia.

Números 12: 1-15 — Miriam y Aarón se pusieron a murmurar contra Moisés a causa de la mujer cusita con la que este se había casado. Moisés, en efecto, se había casado con una mujer de Cus. “¿Acaso el Señor ha hablado únicamente por medio de Moisés? decían. ¿No habló también por medio de nosotros?” Y el Señor oyó todo esto. Ahora bien, Moisés era un hombre muy humilde, más humilde que cualquier otro hombre sobre la tierra. De pronto, el Señor dijo a Moisés, a Aarón y a Miriam: “Id los tres al Tabernáculo del Encuentro.” Cuando salieron los tres, el Señor descendió en la columna de la nube y se detuvo a la entrada de la Tienda. Luego llamó a Aarón y a Miriam. Los dos se adelantaron, y el Señor les dijo: “Escuchad bien mis palabras: Cuando aparece entre vosotros un profeta, yo me revelo a él en una visión, le hablo en un sueño. No sucede así con mi servidor Moisés: él es el hombre de confianza en toda mi casa. Yo hablo con él cara a cara, claramente, no con enigmas, y él contempla la figura del Señor. ¿Por qué entonces vosotros os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?” Y lleno de indignación contra ellos, el Señor se alejó. Apenas la nube se retiró de encima del Tabernáculo, Miriam se cubrió de lepra, quedando blanca como la nieve. Cuando Aarón se volvió hacia ella y vio que estaba leprosa, dijo a Moisés: “Por favor, señor, no hagas pesar sobre nosotros el pecado que hemos cometido por necedad. No permitas que ella sea como el aborto, que al salir del seno materno ya tiene consumida la mitad de su carne.” Moisés invocó al Señor, diciendo: “¡Te ruego, Dios, que la cures!” Pero el Señor le respondió: “Si su padre la hubiera escupido en la cara, ¿no tendría que soportar ese oprobio durante siete días? Que esté confinada fuera del campamento durante siete días, y al cabo de ellos vuelva a ser admitida.” Así Miriam quedó confinada fuera del campamento durante siete días, y el pueblo no reanudó la marcha hasta que fue admitida de nuevo.

La familia de Dios nunca ha sido una democracia. Esta parte de las Escrituras muestra lo que Dios piensa de aquellos que usan presuntuosamente los dones de Dios para sus propósitos personales, desobedeciendo a aquellos que Dios ha nombrado para pastorear su rebaño.

Números 16: 1-35 — Coré – hijo de Ishar, hijo de Quehat, hijo de Leví – junto con Datam y Abiram, hijos de Eliab, y On, hijo de Pelet – estos últimos eran descendientes de Rubén – decidieron sublevarse contra Moisés, secundados por otros doscientos cincuenta israelitas, todos ellos jefes de la comunidad, representantes de la asamblea y personas de renombre. Se amotinaron contra Moisés y Aarón, y les dijeron: “¡Vosotros os habéis excedido en vuestras atribuciones! Toda la comunidad es sagrada, y el Señor está en medio de ella. ¿Por qué entonces vosotros os ponéis por encima de la asamblea del Señor?” Cuando Moisés oyó esto, cayó con el rostro en tierra. Luego dijo a Coré y a todos sus secuaces: “Mañana, el Señor pondrá de manifiesto quién es el que le pertenece y quién está consagrado; y permitirá que se le acerque el que ha sido elegido por él. Por eso, haced lo siguiente: tú, Coré, y todos tus secuaces, tomad unos incensarios, poned fuego en ellos, y mañana quemad incienso en la presencia del Señor. Aquel a quien el Señor elija será el consagrado. ¡Vosotros, hijos de Leví, os habéis excedido en vuestras atribuciones!” Luego Moisés siguió diciendo a Coré: “Escuchadme, hijos de Leví ¿No os basta que el Señor os haya separado de toda la comunidad de Israel y os haya acercado a él, para prestar servicios en la Morada del Señor y para estar como ministros al frente de la comunidad? El Señor te promovió a ti y a todos tus hermanos, los descendientes de Leví, ¿y todavía reclamáis el sacerdocio? En realidad, tú y tus secuaces os habéis confabulado contra el Señor. Porque ¿quién es Aarón para que vosotros protestéis contra él?” Moisés hizo llamar a Datam y a Abiram, hijos de Eliab. Pero ellos replicaron: “¡No iremos ¿No te basta con habernos sacado de una tierra que mana leche y miel, para hacernos morir en el desierto, que todavía quieres dominarnos? El lugar al que nos has traído no es una tierra que mana leche y miel, y no nos has dado como herencia campos y viñedos. ¿O pretendes impedir que esta gente vea? No iremos.” Moisés se indignó profundamente y dijo al Señor: “No aceptes su oblación. Yo no les he quitado ni un solo asno ni he perjudicado a ninguno de ellos.” Entonces Moisés dijo a Coré: “Tú y tus secuaces compareceréis mañana delante del Señor, y también comparecerá Aarón. Cada uno de vosotros tomará su incensario, le pondrá incienso y lo ofrecerá al Señor: serán doscientos cincuenta incensarios en total. También tú y Aarón llevarán cada uno el suyo.” Cada uno tomó su incensario, le puso fuego y le echó incienso. Luego ellos ocuparon sus puestos a la entrada del Tabernáculo del Encuentro, junto con Moisés y Aarón. Y una vez que Coré convocó contra ellos a toda la comunidad, a la entrada del Tabernáculo del Encuentro, la gloria del Señor se apareció a toda la comunidad, y el Señor dijo a Moisés y a Aarón: “Separaos de esta comunidad, porque los voy a exterminar en un instante.” Pero ellos cayeron con el rostro en tierra y exclamaron: “Dios, tú que das el aliento a todos los vivientes, ¿te vas a irritar contra toda la comunidad cuando el que peca es uno solo?” El Señor dijo a Moisés: “Habla en estos términos a la comunidad: “Alejaos de los alrededores de la Morada de Coré, Datam y Abiram.” Moisés se levantó, fue adonde estaban Datam y Abiram, seguido de los ancianos de Israel, y dijo a la comunidad: “Apartaos de las tiendas de estos hombres perversos y no toquéis nada de lo que les pertenece, porque de lo contrario también vosotros seréis exterminados a causa de vuestros pecados.” Y todos se separaron de las moradas de Coré, Datam, y Abiram. Datam y Abiram, por su parte, salieron y se pusieron de pie a la entrada de sus tiendas, junto con sus mujeres, sus hijos y sus pequeños. Moisés dijo: “En esto conocerán que ha sido el Señor el que me envió a hacer estas cosas, y que no es un capricho mío: si estos hombres mueren de muerte natural y su suerte es igual a la de todos los hombres, no ha sido el Señor el que me envió. Pero si el Señor realiza algo inusitado – si la tierra abre sus fauces para tragarlos con todos su bienes y ellos bajan vivos al Abismo – vosotros sabréis que esta gente ha despreciado al Señor.” Apenas Moisés terminó de pronunciar estas palabras, el suelo se partió debajo de sus pies, la tierra abrió sus fauces y los tragó junto con sus familias, con toda la gente de Coré y con todos sus bienes. Ellos bajaron vivos al abismo, con todo lo que les pertenecía. La tierra los cubrió y desaparecieron de en medio de la asamblea. Al oír sus gritos, todos los israelitas que estaban cerca de ellos huyeron, diciendo: “¡Que no nos trague la tierra!” Luego bajó fuego del Señor y consumió a los doscientos cincuenta hombres que habían ofrecido incienso.

Coré, Dathan, and Abiram usaron el mismo argumento para desafiar la autoridad de Moisés y pagaron con sus vidas por su desobediencia. El apóstol San Judas también nos advierte que no caigamos en semejante necedad:

Judas 1: 11 — ¡Ay de ellos! Porque siguieron el camino de Caín y por amor al dinero cayeron en el extravío de Balaam y perecieron en la rebelión de Coré.

San Judas Tadeo condena a algunos en la comunidad cristiana de su tiempo que resistieron a las autoridades de la Iglesia. Claramente esa autoridad dada por Dios no reside en cada individuo sino en los sucesores de los apóstoles que la recibieron de Jesucristo.

Números 11: 27-29 — Un muchacho vino corriendo y comunicó la noticia a Moisés, con estas palabras: “Eldad y Medad están profetizando en el campamento.” Josué, hijo de Nun, que desde su juventud era ayudante de Moisés, intervino diciendo: “Moisés, señor mío, no se lo permitas.” Pero Moisés le respondió: “¿Acaso estás celoso a causa de mí? ¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su espíritu!”

1 Corintios 14: 37-38 — Si alguien se tiene por profeta o se cree inspirado por el Espíritu, reconozca en esto que les escribo un mandato del Señor, y si alguien no lo reconoce como tal, es porque Dios no lo ha reconocido a él.

En estos versículos podemos ver claramente que existe una diferencia entre el don de la profecía y la autoridad. El Espíritu Santo no da a cualquier creyente el poder de proferir profecías. Y sin embargo ese es el argumento elemental que usan los que creen en la falsa doctrina de Sola Scriptura: ¡que Dios guiará a todos a la verdadera interpretación de la Escritura, haciéndolos a todos profetas! Se puede afirmar con certeza que Dios nunca permitió a ningún profeta a expresarse en contra de la doctrina de la Iglesia.

2 Pedro 1: 20-21 — Pero tened presente, ante todo, que nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía de la Escritura. Porque ninguna profecía ha sido anunciada por voluntad humana, sino que hombres han hablado de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo.

Dios Espíritu Santo no puede llevar a los hombres a la confusión por medio de darles interpretaciones contradictorias. El Magisterio de la Iglesia no puede ser contrariado con meras interpretaciones personales o visiones. Quien contradice la enseñanza apostólica se separa de la gracia de Dios.

Gálatas 1: 8 — Pero si nosotros mismos o un ángel del cielo os anuncia un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡que sea anatema!

Los falsos maestros también hieren el Cuerpo Místico de Cristo, llevando almas a su destrucción eterna.

2 Pedro 2: 1-2 — En el pueblo de Israel hubo también falsos profetas. De la misma manera, habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán solapadamente desviaciones perniciosas, y renegarán del Señor que los redimió, atrayendo sobre sí mismos una inminente perdición. Muchos imitarán su desenfreno, y por causa de ellos, el camino de la verdad será objeto de blasfemias.

2 Pedro 3: 16 — Tened en cuenta que la paciencia del Señor es para nuestra salvación, como os ha escrito nuestro hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le ha sido dada y lo repite en todas las cartas donde trata este tema. En ellas hay pasajes difíciles de entender, que algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente – como, por otra parte, lo hacen con el resto de la Escritura – para su propia perdición.

El Espíritu Santo guía a la Iglesia

En la última cena, Jesús prometió estar siempre presente para guiar a sus apóstoles y a sus sucesores a la verdad, por medio del Espíritu Santo.

Juan 14: 16-18 — Oraré al Padre y él os enviará un Consejero que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad que el mundo no puede recibir, porque ni lo ve ni tampoco lo conoce. Vosotros lo conocéis porque él mora en vosotros. “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.”

Juan 14: 26 — Yo os digo estas cosas mientras permanezco con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre os enviará en mi Nombre, os enseñará todo y os recordará lo que os he dicho.

Juan 16: 13 — Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él os llevará a toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que os dirá lo que ha oído y os anunciará lo que irá sucediendo.

San Pedro exhorta a los fieles a respetar a sus pastores comportándose humildemente delante de Dios. Todos ellos son animados a perseverar en la fe. Es obvio que sólo alguien en una posición de autoridad puede dirigirse de esa manera a otros obispos y a los fieles.

1 Pedro 5: 1-3 — Exhorto a los presbíteros que están entre vosotros, siendo yo presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo y copartícipe de la gloria que va a ser revelada. Apacentad el Rebaño de Dios, que os ha sido confiado; velad por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que os han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el Rebaño.

Cristo dio a la Iglesia la autoridad para enseñar la verdad, de dar testimonio de la Resurrección, y de reconciliar con Dios a los pecadores. El trabajo y la doctrina de la Iglesia son esenciales para la salvación de los hombres y está firmemente enraizado en las Santas Escrituras. La Iglesia tiene también la misión profética de llamar a todas las almas a Cristo. Organizada como una jerarquía con Cristo como su Rey y el Pontífice Romano como su vicario, la Iglesia en su legítimo derecho exige la obediencia de los fieles en asuntos de doctrina, fe y moral.

La Iglesia es santa porque su fundador es santo, porque su misión es santa, y porque ha sido separada del mundo para declarar el Evangelio de Jesucristo a todas las naciones por el testimonio de los santos.

El Espíritu Santo guía a la Iglesia y es el signo de la presencia constante de Cristo entre los fieles. Es por eso que la autoridad de la Iglesia no puede ser cuestionada y sus decisiones doctrinales son ley para todos los fieles católicos.

Hasta que el Señor vuelva en su gloria, habrá siempre quienes creen que pueden seguir sus propias opiniones y ser su propia autoridad. Ese espíritu de independencia que prevalece en el mundo de hoy es la razón por la cual no pocos fieles han perdido el sentido de la fe.

Dios nos ha dado suficiente libertad para vivir nuestras vidas pero también nos ha dado la Iglesia, para que ella sirva como una voz que nos guía a la salvación. Dios espera que escuchemos su llamado maternal y la obedezcamos. La autoridad de la Iglesia y la certeza de su Magisterio infalible son signos cuya función es guiar a la humanidad obediente a la salvación eterna.


[1] El sagrado depósito de la fe que consiste en las Sagradas Escrituras y la Sagrada Tradición.

[2] C. S. Lewis; Answers to Questions on Christianity (Respuestas a preguntas sobre el cristianismo.)

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