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Vademécum de Apologética Católica

La Iglesia recibe su autoridad para efectuar la salvación

Hemos demostrado que la autoridad de la Iglesia proviene de Jesús; quien dio esa autoridad a sus apóstoles y a sus sucesores de manera que puedan enseñar en su nombre ¿Cuál es entonces el objetivo, o misión de la Iglesia después que recibe esa admirable autoridad? Esa misión es trabajar con Cristo para salvar a la humanidad.

Mateo 20: 23-28 — Pero Jesús los congregó y les dijo: “Vosotros sabéis como los gobernantes de las naciones se enseñorean y como sus hombres fuertes imponen su autoridad sobre ellas. No debe ser así entre vosotros; sino que quienquiera desee ser grande entre vosotros debe ser siervo de todos, y quienquiera que desee ser el primero entre vosotros debe ser esclavo de todos; así como el Hijo del Hombre vino, no para ser servido sino para servir y para dar su vida en rescate para la redención de muchos.”

Los Evangelios muestran como Jesús da a sus discípuos la gracia de la paz con estas palabras:

Juan 14: 27 — “Mi paz os dejo; mi paz os doy; no como la da el mundo os la doy.”

La gracia de la autoridad es dada de esa misma manera y los discípulos la tienen que ejercer de un modo diferente del mundo. La Iglesia usa la autoridad para salvar almas, para hacerlas libres. La Iglesia no está autorizada a gobernar despóticamente o a subyugar tal como lo hacen los gobernantes del mundo. Por el contrario, la Iglesia ha sido puesta en el mundo para guiar a los hombres a la libertad por medio de hacerlos hijos de Dios.

Romans 8: 28 — “porque la creación misma será liberada de los lazos que la atan a la corrupción para obtener así la gloriosa libertad de los hijos de Dios.”

Antes de la última cena Jesús tomó unos momentos para enseñar a sus discípulos una importante lección que los católicos recuerdan cada año durante la celebración de la Pascua.

Juan 13: 3-17 — Sabiendo Jesús que el Padre había puesto todas las cosas bajo su dominio, y que había salido de Dios y a él regresaba, se puso de pie, se quitó sus vestiduras, y se ciñó con una toalla. Entonces, puso agua en una bacinilla y arrodillándose comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con la que se había ceñido. Se acercó a Simón Pedro; y Pedro le dijo: “Señor ¿tú vas a lavar mis pies?” Jesús le respondió, “Lo que estoy haciendo no lo puedes entender ahora, sin embargo luego lo entenderás.” Pedro le respondió, “¡Tú nunca lavarás mis pies!” Jesús le respondió: “Si no lavo tus pies, no tienes parte conmigo.” Simón Pedro le dijo entonces: “¡Señor, no solamente mis pies sino mis manos y mi cabeza!” Jesús le respondió: “Quien se ha bañado no tiene necesidad de lavarse más que los pies, porque está todo limpio; pero no todos vosotros estáis limpios.” Dijo esto porque sabía quién le traicionaría. Por eso dijo: “No todos vosotros estáis limpios.” Una vez que hubo lavado los pies de ellos y se hubo vestido, y sentado a su lugar, les dijo: “¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y hacéis bien en hacerlo porque lo soy. Si entonces yo que soy vuestro Señor y Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. Por eso os he dado el ejemplo, para que hagáis entre vosotros lo que con vosotros yo he hecho. Ciertamente os aseguro que ningún siervo es más que su amo, y ningún enviado es más que quien lo envió ¿Entendéis esto? Dichosos seréis si lo ponéis en práctica.

Nótese cómo Simón Pedro tiene que des-aprender los modos del mundo y gentilmente permitir que su Señor y Maestro le lave los pies, una tarea que normalmente estaba reservada al menor de los sirvientes de una casa, o generalmente a un niño. La Iglesia se conduce así en el servicio humilde al prójimo. Nuestro Señor nos ha servido hasta la Cruz. La Iglesia no es más grande que su Señor y Maestro; su vida debe ser una vida de servicio y sacrificio por otros. El lavar los pies de los discípulos ilustra el poder divino de quitar el pecado. Los pies que llevan la Buena Nueva al mundo, deben estar limpios. Considere en los siguientes versículos la diferencia entre los pies del mensajero de la salvación con los pies de aquel que está inclinado a correr tras el pecado.

Isaías 52: 7 — ¡Cuán hermosos son sobre las montañas los pies del mensajero que trae buenas noticias, las buenas nuevas de paz y salvación, las nuevas que ya reina el Dios de Israel!

Proverbios 6: 16-19 — Hay seis cosas que odia el Señor, siete que son una abominación para él: ojos altaneros, una lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que fragua planes malvados, pies que se apresuran al encuentro de la maldad, un falso testigo que declara mentiras, un hombre que siembra la discordia entre hermanos.

El Señor Jesús lavó los pies de los discípulos para enseñarles el papel de la humildad en el ejercicio de la autoridad. La Iglesia está obligada a vivir esta regla de sacrificio y servicio humilde dada por Jesús mismo.

La Iglesia tiene autoridad para reconciliar a los pecadores con Dios

La autoridad de la Iglesia tiene también la intención de reconciliar a los hombres con Dios, a ser un instrumento de servicio a la humanidad buscando siempre la salvación de todos. Todas las acciones de Jesucristo que han quedado registradas en los Evangelios están dirigidas a la salvación de las almas. Lo mismo sucede con la Iglesia. La autoridad recibida de manos de Jesús y del primer Cuerpo Apostólico persiste en la Iglesia junto con la misión de salvar almas.

Catecismo de la Iglesia Católica §1444 — Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: “A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.” (Mateo 16:19) “Consta que también el colegio de los Apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro (Mateo 18:18; 28:16-20)” Lumen Gentium§22).

Considere cómo esa autoridad divinamente concedida es el centro de todas las respuestas a las objeciones que se hacen contra las doctrinas y tradiciones católicas. La Iglesia afirma ser la única Iglesia fundada por Jesús, quien pasó su propia autoridad a los apóstoles para que ellos pudieran llevar la Buena Nueva de la salvación a la humanidad. Esos hombres y sus sucesores tienen la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia por el poder y autoridad de Jesucristo. Del mismo modo ellos pueden absolver los pecados, dispensar indulgencias, enseñar los caminos de Cristo, y hasta liberar a las personas que sufren bajo el poder de los demonios. Como ya hemos aprendido, la enseñanza de la Iglesia es infalible en lo que toca a la doctrina y la moral. Bajo la guía de los obispos en unión con la cátedra petrina, la Iglesia pastorea el rebaño de Cristo a través de las edades, interpretando las Escrituras, administrando los sacramentos, y representando a Cristo en la tierra hasta que él retorne en gloria.

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