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Carlos Caso-Rosendi

Con frecuencia la gente pregunta por qué se requiere que los sacerdotes católicos sean célibes. Algunos cuestionan la disciplina del celibato sacerdotal porque aparentemente exacerba el peso de la concupiscencia. Normalmente, respondemos que los sacerdotes deben imitar a Cristo en todo, ya que Cristo es nuestro Sumo Sacerdote y el modelo eterno a seguir por todo sacerdote. Muy rara vez se va más allá de esa simple explicación. Veamos si podemos profundizar un poco más. Examinemos estas palabras de San Pedro:

A los esclavos y a las esclavas les mando que obedezcan a sus amos y que los respeten. Pero no sólo a los que son buenos y comprensivos, sino también a los que son malos. Dios bendice a los que, por ser fieles a él, sufren injustamente y soportan el sufrimiento. Si alguno es castigado por hacer algo malo, y soporta con paciencia el castigo, no está haciendo nada extraordinario. Pero si uno sufre y soporta el sufrimiento por haber hecho algo bueno, Dios lo bendecirá.  Si acaso sufrís injustamente, recordad que Dios os ha ordenado sufrir con paciencia. Y en eso Cristo os ha dado el ejemplo, para que le imitéis cuidadosamente, pues él sufrió por vosotros. Cristo no pecó nunca, y jamás engañó a nadie. Cuando lo insultaban, jamás contestaba con insultos, y jamás amenazó a quienes le hicieron sufrir. Más bien, dejó que Dios lo cuidara y se encargara de todo, pues Dios juzga a todos con justicia. Cristo hizo suyos nuestros pecados, y por eso murió en la cruz. Lo hizo para que nosotros dejemos por completo de hacer el mal, y vivamos haciendo el bien. Cristo fue herido para que por sus heridas vosotros fuerais sanados. Antes, vosotros andabais como ovejas perdidas, pero ahora habéis regresado a Cristo, que es como un pastor que os cuida y os protege. — 1 Pedro 2:18-25.

Notemos que San Pedro habla de la cuidadosa imitación de Cristo – algunos traducen este pasaje como “siguiendo cuidadosamente sus pasos” –  pero nuestro primer Papa también menciona las cualidades curativas de las heridas de Cristo. Todos hemos oído de sus cinco heridas pero rara vez pensamos en las otras cosas que Cristo sacrificó.

Tened la misma manera de pensar que tuvo Jesucristo: Aunque Cristo siempre fue igual a Dios, no insistió en esa igualdad. Al contrario, renunció a esa igualdad, y se hizo igual a nosotros, haciéndose esclavo de todos. Como hombre, se humilló a sí mismo y obedeció a Dios hasta la muerte: ¡murió clavado en una cruz! Por eso Dios le otorgó el más alto privilegio, y le dio el más importante de todos los nombres, para que ante él se arrodillen todos los que están en el cielo, y los que están en la tierra, y los que están debajo de la tierra; para que todos reconozcan que Jesucristo es el Señor y den gloria a Dios el Padre. — Filipenses 2:5-11

Primero, Cristo se negó a sí mismo al hacerse un hombre. Eligió ser un humilde carpintero en una pobre aldea fronteriza del Imperio Romano. Mientras estuvo en este mundo entre nosotros no tomó una esposa, se negó los placeres de la vida matrimonial y el gozo de criar hijos ¿Cómo se conecta eso con nuestra salvación? El mismo lo explica:

Mi Padre me ama porque estoy dispuesto a entregar mi vida para luego volver a recibirla. Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego porque así lo quiero. Tengo poder para entregar mi vida, y tengo poder para volver a recibirla, pues esto es lo que mi Padre me ha ordenado hacer. — Juan 10:17-18.

Escuchamos esta explicación en el contexto de la parábola del Buen Pastor. El da su vida voluntariamente para ganar el derecho a salvarnos. Cuando él presenta su sacrificio perfecto al Juez Supremo, Cristo gana el derecho legal a ser compensado por todas sus pérdidas ¿Por qué? Porque según la Ley, él es perfectamente justo y no se halla ninguna falta en él. Eso resulta en que Dios el Padre le dé la gloria que tenía antes de rebajarse a ser un mero hombre, y con eso también su derecho a ser padre —poder que potencialmente tuvo cuando vivió en el mundo— En compensación, Cristo libremente reclama para sí a los hijos e hijas de Adán. Por medio de negarse a sí mismo en la Cruz, Cristo nos “compró”, consiguiendo así para nosotros la vida eterna.

Si observamos cuidadosamente en las Escrituras, hallaremos ese principio proféticamente representado de varias maneras: en la historia de Judá y Tamar, y la de de Ruth y Boaz, y en muchos otros lugares. La Ley de Moisés fue dada para que Cristo pudiera redimir a la humanidad. La perfecta pureza de Cristo es el medio usado para ese propósito.

Todos sabemos que la Iglesia es la preciada posesión de Cristo. Nuestros sacerdotes tienen la asombrosa responsabilidad sagrada de dispensarnos el Santísimo Sacramento. En cada Misa, y en cada Confesión, el sacerdote actúa in persona Christi, está allí en lugar de Cristo. Cuando los Papas, obispos y sacerdotes enseñan la Doctrina de los Santos Apóstoles, ellos están inseminando espiritualmente a la Iglesia con la palabra vivificante de Cristo. Nueva vida es creada en nosotros de la misma manera en que el Logos creó toda vida por su Palabra. Cuando esas acciones del sacerdote no son acompañadas por una imitación fiel de Cristo — cuando el signo de la perfecta virginidad está ausente  —  la luz de la doctrina es oscurecida.

Llegará el día, cuando los tiempos y las sazones de Dios se hayan cumplido, en que seremos gobernados por vírgenes. San Juan escribe en el Apocalipsis:

Entonces miré, y vi al Cordero de pie en el monte Sión. Junto a él estaban ciento cuarenta y cuatro mil seguidores suyos, que tenían escritos en la frente los nombres del Cordero y del Padre. Después oí una voz que venía del cielo. Era como el estruendo de enormes cataratas, o como el fuerte resonar del trueno; era un sonido semejante al de muchos músicos tocando arpas. Los ciento cuarenta y cuatro mil estaban de pie delante del trono, y delante de los cuatro seres vivientes y de los veinticuatro ancianos, y cantaban una canción que nunca antes se había escuchado. Nadie podía aprenderse la letra de aquella canción, a no ser los que fueron salvados de entre la gente de este mundo. Estos son los que no se contaminaron con mujeres, porque son vírgenes. Todos ellos siguen al Cordero por dondequiera que él va, y han sido salvados para ser la primera ofrenda que se ofrece a Dios y al Cordero, pues nunca mintieron ni hicieron lo malo. — Apocalipsis 14:1-5.

Pero ¿qué hay de nosotros los que hemos perdido nuestra virginidad por causa del pecado, la debilidad, o la ignorancia de las leyes de Dios? Aún cuando se pueda perder la virginidad física, la castidad puede reconstruirla por medio de la espera paciente. En el sacramento del matrimonio, para estar preparado para ese “Sí, quiero” se requiere examinar previamente la importancia de nuestro compromiso final: “Te amo para siempre, nunca miraré hacia atrás. Aquí está completo el inventario de mi alma para que lo inspecciones y lo poseas. Antes de conocerte, me mantuve puro para ti.” Tal es el precioso sacrificio del amor castísimo. Nuestros sacerdotes y obispos  deben ofrecer ese sacrificio cuando “se casan” espiritualmente con la Iglesia.

La Iglesia primero, nuestros sacerdotes y luego el mundo entero, necesitan volver a la castidad y la pureza. Si queremos la gracia de la vida eterna en esta edad impura en que vivimos, debemos ser como vírgenes que ansiosamente esperan la llegada del Divino Novio. Todos nuestros obispos y sacerdotes deben ser hombres con el coraje de ser vírgenes hasta su último día. Pueda ser que Dios nos dé la gracia de tener sacerdotes santos. El mundo y la Iglesia mucho lo necesitan.

 

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