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Carlos Caso-Rosendi

Hubo un momento en la historia argentina en que tanto los gobernantes como los gobernados coincidían en una cosa importante: “Nuestro territorio está vacío, necesitamos aumentar nuestra población”. Argentina abrió sus puertas a la inmigración, y aproximadamente entre 1840 y 1940, muchos inmigrantes europeos llegaron a vivir principalmente en Buenos Aires, Rosario y Córdoba, las ciudades más grandes del país. Una ley ordenaba que el séptimo hijo varón de cualquier familia debía ser el ahijado del presidente. Era la manera de honrar a las familias grandes, especialmente a aquellos que traían hombres fuertes a la cosecha y jóvenes a las filas del ejército.

El país de esa época no solo era fértil sino también socialmente vigoroso y ferozmente optimista. Sí, hubo socialistas en esa época, incluso algunos que eran rabiosamente anticlericales, pero se los consideraba una minoría pintoresca e inofensiva que habitaba permanentemente en los elegantes cafés de Buenos Aires. Eso cambió con la inmigración europea posterior a 1910. Revolucionarios, anarquistas, carbonarios, socialistas, comunistas, fascistas y muchos otros, cada uno con cada extraña idea que hervía en las cabezas más podridas de Europa, comenzaron a llegar y a acomodarse en los años prósperos de principios del siglo XX. Su llegada cambió el paisaje moral del país. La somnolienta Iglesia Católica de Argentina hizo poco o nada sustancial para frenar esa ola. Demasiadas personas llegaron sin parar durante décadas, cambiando las costumbres de nuestra venerable herencia española y transformándola en una caótica Babilonia. Esa inmigración incontrolada acabó por detener el desarrollo de una sociedad que prometía un futuro brillante.

Aproximadamente cien años después de que el primer miembro del Partido Radical fuera elegido presidente, seguido del auge y la caída del peronismo, docenas de golpes de estado y una serie de desastres económicos, la Argentina aún lucha por aceptar su propia decadencia y—horror de horrores para la psiquis argentina—su irrelevancia en el concierto de las naciones. Siendo todavía un país vacío que carece de suficiente masa crítica para generar una economía decente, ahora Argentina está una vez más debatiendo la legalización del aborto.

La conversación se enmarca dentro de los límites del relativismo. Duele escuchar a ciertas personas, por ejemplo el filósofo—y por lo demás una persona muy inteligente— Santiago Kovadloff, decir cosas como:

“Un país tiene la posibilidad de crecer si admite que el consenso es un acuerdo al que se llega renunciando a la verdad revelada, y esto genera una posibilidad enorme de convivencia, porque si yo no tengo toda la razón y admito que usted en parte la tiene también; prescindir de usted es prescindir de la verdad.” [Citado del programa Luis Novaresio Entrevista, 1 de marzo de 2018]

La declaración, proveniente de un destacado pensador argentino, es realmente inquietante. Comentarios como ése son comunes entre la intelligentsia local. A menudo esos largos pseudo-argumentos pueden reducirse a “fabricamos nuestra propia verdad por consenso, no hay una verdad objetiva, y quien no está de acuerdo con nosotros es un cavernícola, un resabio de la Edad Media y un agente de la más inicua y odiosa oscuridad.” Ciertas verdades objetivas y científicamente comprobadas son completamente ignoradas. Por ejemplo, “Después de la fertilización, los aportes del ADN de un hombre y  una mujer forman un nuevo genoma humano”. Esta es una afirmación que es perfectamente aceptable para determinar la paternidad y las responsabilidades legales del padre en la legislación argentina, pero ese principio está ausente—de hecho , se evita expresamente—cuando se discute si el aborto mata a un ser humano real o no. Es que nuestros brillantes intelectuales no quieren ser “dogmáticos”, pero un minuto después estarán dispuestos a cortarle la cabeza a cualquiera que niegue que el dióxido de carbono en la atmósfera está alterando el clima de la Tierra. La verdad científica les resulta buena para unas cosas pero para otras no.

Desafortunadamente, ninguno de los muchos británicos, alemanes, griegos o italianos que llegaron a las costas argentinas pudieron producir un filósofo de importancia. En ese sentido, Argentina sigue siendo estéril. El pésimo estado del país es el resultado directo de una clase intelectual mediocre. ¿Qué ha hecho la Iglesia para ayudar? No diré que la Iglesia no ha hecho nada. Eso no sería verdad. La Iglesia de Argentina tiene un historial de ignorar o incluso perseguir a sus mejores y más brillantes pensadores. Me viene a la mente el padre Leonardo Castellani. Por otro lado, la mediocridad siempre ha sido debidamente alentada. Para usar una frase coloquial pronunciada a menudo por los sufridos argentinos: “Es lo que hay” y no hay nada que hacerle.

En ese triste contexto, decenas de miles de argentinos marcharon este Domingo de Ramos para protestar contra la legalización del aborto. Fue una marcha grande, pacífica y de alcance nacional que contrastó con las habituales hordas de caos y destrucción que marchan para exigir el aborto. Obispos y muchos sacerdotes fueron vistos caminando con sus congregaciones. Espero que eso marque el comienzo de un retorno de los pantanos de la teología de la liberación y el marxismo en general—Señor, escucha nuestra súplica.

Los periódicos locales informan que durante la marcha, Patricia, una ciudadana estadounidense—ex empleada de una clínica abortista de EE. UU., con tres abortos en su haber—dio un relato desgarrador de cómo logró abandonar su antiguo estilo de vida de sexo y drogas. Ahora participa apoyando movimientos pro-vida en todo el mundo. Como el aborto se practica de forma ilegal en algunas de las elegantes clínicas de Buenos Aires, no faltaron argentinas que advirtieran sobre los horrores de la vida post-aborto.

Fue apropiado tener esa marcha el Domingo de Ramos cuando el Logos, el Autor de la Vida Encarnado, entró en Jerusalén aclamado por la multitud. Solo unos pocos días después, sería arrestado en el Jardín de Getsemaní. Recuerde que nuestra palabra “aborto” proviene de dos palabras latinas, ab (afuera, arrancado) y hortus/ortus (jardín / nacimiento) ‘lo que está fuera del jardín’ o ‘lo que no florece’. Líderes religiosos mediocres y políticos pusilánimes, cometieron el peor crimen de la historia al clavar a un hombre perfectamente inocente a una cruz romana. Sería una buena señal para Argentina—después de un siglo de oscuridad—si sus legisladores tuvieran las agallas para afirmar la vida, sin prestar atención a la multitud que grita: “¡Crucifícalo!”

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