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James V. Schall

El principio básico de la civilización es la norma socrática de que nunca es provechoso hacer el mal. El corolario de este principio es que nada malo puede sucederle a un buen hombre. La muerte, entonces, no es el peor mal. Por lo tanto, si aun en manos del estado, uno muere defendiendo el bien, se afirma la validez del principio original y no se niega al afirmar que lo que es [en apariencia] malo es bueno.

De numerosas maneras, la revelación simplemente reafirma este principio socrático expresado en forma más profunda en la muerte de Cristo. Para ser católico, uno acepta la razón y la revelación como directamente relacionadas entre sí de una manera no contradictoria. Distinguir qué cosa pertenece a otra, es una función del intelecto, a medida que busca saber lo que es cada cosa.

Ser católico incluye los principios únicos y las promesas que se encuentran en la revelación, en la ley divina. Para mantener vivos estos principios en edades posteriores a Cristo, se estableció una Iglesia con autoridad visible y permanente.

La lectura normal de “las Puertas del Infierno no prevalecerán contra [la Iglesia]” significaba que la autoridad central de la Iglesia no contradice ni puede contradecir la razón o la revelación. Ella es la encargada de mantener ambas cosas.

Si esta autoridad contradice su misión original, lo que sigue no es simplemente una aberración de algún prelado, sino una prueba en sí misma de que todo el proyecto de la revelación fue defectuoso desde el principio.

En la Iglesia de hoy, a mucha gente, silenciosa o públicamente, le preocupa este punto. ¿Contradice la Iglesia, en uno o más asuntos básicos, su propia misión? En la historia de la Iglesia, un par de incidentes muy discutidos parecen encarnar esa condición. Pero hubo [en su tiempo] suficientes dudas sobre esas enseñanzas para impedir cualquier intento de probar la contradicción.

Si bien esta preocupación ha aparecido en los medios religiosos, los medios seculares solo recientemente han comenzado a ver lo que está en juego. Esta lentitud quizás se deba a las tendencias ideológicas de los medios. La Iglesia de repente parecería estar aprobando sistemáticamente los mismos principios básicos del mundo moderno.

Los críticos modernos de la religión la han castigado por mucho tiempo, especialmente al catolicismo, que reclama una fuente de autoridad independiente que trasciende al estado. Esta autoridad permanente significaba que el principio socrático que limitaba moralmente el estado a solamente usar lo que era bueno, permanecía activa en cada estado sin importar su configuración o su edad. El estado era limitado, no absoluto. Ningún parlamento mundial de religiones bajo la única autoridad del estado o de las Naciones Unidas era posible. La libertad de todos los ciudadanos de cualquier estado real tenía sus raíces en el principio socrático.

Lo que hoy preocupa a muchos observadores, tanto católicos como no católicos, es si la Iglesia, en efecto, ha rechazado el principio socrático y la ley divina revelada que se relaciona con ese principio. Muchos, sin duda, están confundidos y lo dicen. Es raro que alguien no se pregunte, cuando surge el tema: “¿Qué está pasando en Roma?” Preocupa la lealtad de la Iglesia a sí misma, a la misión que se le dio desde el principio.

Se escuchan varios clases de respuestas. Un grupo piensa que la Iglesia está pasada de moda y debería cambiar a paradigma de la modernidad. Para esos, las cosas van bastante bien. Otro grupo no quiere decir nada, “si lo ignoramos, ya pasará”. Algunos están profundamente molestos, pero sostienen que, hasta que algo expresado ex oficio sea tan claro que no puedan haber dudas de una desviación, continuarán pensando que las cosas están bien.

Otros hablan sobre papas heréticos en [la obra] de Bellarmine y Suarez. La conclusión general de esas fuentes ancestrales es que, si un Papa es herético, deja de ser  Papa. Solo es asunto de ver quién lo señala oficialmente.

Frank Sheed, en su discusión sobre la infalibilidad papal en A Map of Life (Un Mapa de la Vida) en la década de 1930, sostuvo que el Espíritu Santo evitaría que un Papa herético dijera algo [errado]. Otros esperan un cambio en el papado mismo, ya sea por muerte o dimisión. La agitación proviene de unos pocos obispos sobre su responsabilidad de reafirmar la tradición de la ley socrática-divina.

Ser católico en cualquier edad es sin duda una cosa incierta. La mayoría de nosotros siempre hemos supuesto que los problemas siempre vendrían del exterior. Pero los problemas hoy en día a menudo parecen venir de adentro. La Iglesia Católica ha sido, de hecho, el último bastión del principio socrático en el mundo moderno. Claramente, si su autoridad se contradice efectivamente a un nivel profundo, algo ha salido mal.

Aquí no expreso ninguna opinión sobre los hechos, sino que busco aclarar lo que está en juego, a saber: 1) la permanencia en el tiempo de los principios de derecho socrático- divino como fundamento de la civilización, y 2) la integridad del depósito de la fe en el tiempo.

Publicado originalmente en The Catholic Thing.
Traducción por Carlos Caso-Rosendi

 

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