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P. Andrés Esteban López Ruiz

Testimonio

Les comparto mi testimonio para gloria de Dios y en honor de San Juan Pablo II: mi vocación sacerdotal es, como cualquier otra, un don divino, que nace del designio amoroso de Dios en la eternidad y que se manifiesta de modos distintos en la persona como un misterio de la gracia.

Dios mismo habla a la persona y la “llama”, con el lenguaje de la fe y en el interior del corazón. Él llama a seguirlo, a dejarlo todo, a servir al Evangelio, a servir a la Iglesia. Algunos perciben este llamado desde pequeños, otros, incluso desde que tienen conciencia. Otros, como yo, perciben este llamado más tarde, incluso lo perciben no como una moción gradual sino como un hecho puntual, un “acontecimiento” que transforma la vida. Esta es la historia de mi vida, la historia de mi vocación.

Yo no hice planes para ser religioso, ni pensé en ser sacerdote. Era algo que respetaba pero a lo que yo no aspiraba ni hubiera pretendido para mí de ninguna manera. Había desarrollado un proyecto de vida, tenía muy claras mis prioridades, había tomado decisiones profesionales, estudiaba en la mejor escuela de Economía del país, tenía beca de excelencia y todo caminaba naturalmente.

Hasta que algo pasó. Pasó algo que cambio mi vida totalmente. ¿Qué pasó? Era la mañana (en México) del 2 de abril de 2005. Pasó que Juan Pablo II entró al cielo. Él murió, regresó a la casa del Padre. Y en el momento en el que Él murió, mi oración llena de conmoción se dirigía a Nuestro Señor Jesucristo, “reclamando” la orfandad experimentada por habernos dejado sin Él. ¡Cuanto lo quería y cuanto lo amo! Pero el Señor no aceptó mi reclamo. Yo le dije: “Necesitamos pastores como él, valientes, sacrificados, que con amor nos enseñen a vivir el Evangelio y nos conduzcan hacia ti”. Él me miró con ternura y con gran firmeza me dijo: “Tú Andrés, yo quiero que tu seas pastor de mi Iglesia”.

Ese día todo cambió para mi. Yo nunca volví a ser el mismo. Él me transformó, y a pesar de que le dije varias veces que yo no quería ser sacerdote Él siguió insistiendo hasta que yo acepté. ¿Cómo es este llamado? ¿Cómo fueron estas palabras? No lo se. No lo puedo explicar. Es un misterio de la gracia, que sucede en lo más profundo del corazón, allí donde nos encontramos con Dios. Es un don, una palabra que “recrea”, que “transforma”, que “estremece” que se percibe “salida” de Él con tanta fuerza que el tiempo se detiene.

Hoy que celebramos la memoria de San Juan Pablo II, doy testimonio de un auténtico milagro: en el momento en el que Juan Pablo II llegó a la presencia de Dios para recibir la corona de la gloria, en ese mismo momento el Señor me llamó. Yo sé bien que este “don” que el Señor me concede a mi, sin merecerlo de ningún modo, fue un “don” en el que Juan Pablo II estuvo involucrado, quizá intercediendo por las vocaciones, quizá también mostrándome su cariño, y no es un don sólo para mi, es un don para la Iglesia porque toda vocación esta puesta para servir a la Iglesia y para interceder por ella.

Doy gracias a Dios por este gran santo que cambió la vida de tantas personas durante su ministerio terreno y lo sigue haciendo como gran intercesor en el cielo. Yo soy uno de ellos.

San Juan Pablo II, ruega por nosotros

Oh Dios, rico en misericordia, que has querido que San Juan Pablo II, Papa, guiara toda tu Iglesia, te pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos concedas abrir confiadamente nuestros corazones a la gracia salvadora de Cristo, único redentor del hombre. Él, que vive y reina.

 

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