tan-grande-amor

Carlos Caso-Rosendi

El apologista cristiano C. S. Lewis relata una conversación que tuvo con un amigo ateo que veía la historia de Cristo meramente como otro mito solar. Despues de considerar cuidadosamente el texto de los Evangelios, tanto Lewis como su amigo se dieron cuenta que la narración del Evangelio tenía forzosamente que ser un relato histórico. Conocedor de todos los casos de un dios resucitado en las mitologías de muchos pueblos, el amigo de Lewis concluyó: “Cosa rara, realmente parece que debe haber pasado al menos una vez”. Las coincidencias de la historia de Cristo con el típico mito solar son muchas y no pueden ser descontadas pero lo más importante es la dinámica que el mito solar imprime en la entera imagen de la vida de Cristo. En mi opinión todos estamos hechos para Cristo, no solamente en lo espiritual sino también en lo físico e intelectual. Hay en nosotros un deseo insatisfecho que no se apaga hasta que le encontramos, como lo dijo tan acertadamente San Agustín. Por esa razón los hombres privados de conocerlo a través de la historia tuvieron que inventarse el mejor Cristo que pudieron. Lo llamaron Osiris, Marduk, Apolo, Sigfrido, etc. La humanidad multiplica esas crudas alternativas a la gloriosa realidad de Cristo hasta el día de hoy. Todo héroe es primeramente el deseo del Héroe arquetípico; cada uno es la realización de nuestro deseo de tener a Cristo. Un elemento clave en la satisfacción final de ese deseo en la historia es Nuestra Madre Santísima pero para entender su papel en la historia debemos volver al mismísimo principio, al jardín del Edén.

Un ángel caído insinuó en el alma de Eva la envidia por la divina felicidad y poder, haciéndola comer del fruto prohibido del árbol (xylon) del conocimiento. En la plenitud de los tiempos un ángel santo le comunicó a María su misión de dar a luz al Salvador. ¿Cómo fue que esa misión balanceó perfectamente la envidia original que hundió a la humanidad en el pecado? Su propia vida le enseñó a María la respuesta a esa pregunta y la llevó a ese momento en el tiempo en que ella misma compensaría la falta de Eva con un majestuoso acto de amor.

Cuando Cristo, como el sol en toda su mítica realidad fue “alzado” en la Cruz, El pudo finalmente irradiar vida a la humanidad tal como el sol irradia su luz en pleno mediodía. Lo que Cristo irradia es amor y vida pero el medio mismo que El usa es el dolor. El dolor de la Cruz es el acto de amor más puro que jamás se haya llevado a cabo. La agonía de la Cruz es paradójicamente el más grande éxtasis jamás experimentado, un acto de Divina Potencia más poderoso que el acto original de la creación. Los elementos esenciales de esa acción son la agonía y el sufrimiento que se irradian de la misma manera que el sol ilumina, calienta y da la energía de vida a todo.

Delante de este otro árbol, el madero, (xylon) hay esta vez una mujer diferente. Este árbol es santo, reservado solamente para Dios tal como lo era ese otro antiguo árbol en el jardín del Edén. Los Padres de la Iglesia imaginaron que la Cruz fue hecha con la madera del viejo árbol del conocimiento del bien y del mal. Frente a él María debe completar su misión y aceptando debe enfrentar fuerzas titánicas con su pequeña voluntad. Para hacerlo Dios le ha dado la gracia de la maternidad. En un acto supremo de auto infringida violencia emocional e intelectual María envidia santamente la Cruz, su Corazón Inmaculado desea para sí la Cruz de su Hijo. Con la misma intensidad que Eva deseó la felicidad de Dios, María desea para sí el sufrimiento de Dios. Así con esa acción de María — María pura, María humana — el cosmos comienza a ordenarse. Ella desata la maldición de Eva con el amor más puro que se pueda imaginar, el amor de una Virgen que es Madre. Desde ese momento ella estará para siempre envuelta en la gloria de su Hijo y nosotros, vueltos a nacer de ella, aprenderemos por medio de su maternidad la terrible paradoja de la Cruz: que las puertas del Edén están abiertas de nuevo y que podemos entrar y comer del fruto del árbol de la vida en la Eucaristía.

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