saber-y-poder

Carlos Caso-Rosendi

En su fascinante libro de reciente aparición en inglés, Knowledge and Power George Gilder comenta: “La guerra entre la fuerza centrífuga del conocimiento y la fuerza centrípeta del poder continúa siendo el conflicto primario en todas las economías.” En este artículo analizaremos por qué es que la riqueza es esencialmente saber o conocimiento. Ya en 1971 el destacado pensador de Stanford, Thomas Sowell, escribía que “todas las transacciones económicas se basan en una diferencia de conocimiento,” o sea de cosas diferentes que cada uno de nosotros conocemos mejor o peor que otras personas. De hecho, Sowell agrega que el hombre primitivo en su cueva poseía los mismos recursos materiales que nosotros dominamos hoy. La diferencia entre las edades prehistóricas y esta era de abundancia en la que vivimos radica en la acumulación de conocimientos. No hay duda que vivimos en una economía del saber y sin embargo el conocimiento no es algo parecido a la riqueza material o algo que se asocia con ella, sino que es esa riqueza en un sentido real y eso es exactamente lo que comerciamos o intercambiamos dentro de una economía. Cuando voy a un almacén y compro algo, el almacén posee el conocimiento necesario para adquirir, guardar y tener listo para la venta eso que yo quiero comprar. Sin el almacén yo tendría que adquirir el saber necesario para obtener ese producto de otra manera. Cuando compro ese producto, intercambio mis conocimientos por los del almacenero. Por ejemplo digamos que a mí me pagan por ser mecánico y así gano el dinero necesario para comprar lo que necesito. De esa manera dos acumulaciones de conocimiento interaccionan en la economía natural. Saber cómo ser un mecánico me ha dado el poder suficiente como para adquirir una medida de lo que deseo.

Al considerar el origen de la Teoría de Información comenzamos negando que el capitalismo sea principalmente un sistema de incentivos. Encontramos en cambio que es un sistema de información y que tal información se puede definir mejor por su capacidad de sorprender. Para facilitar la comprensión de esta propuesta, llamaremos a esa capacidad de sorprender “sorpresa”. Ahora bien ¿cuáles son entonces los incentivos? Los incentivos están por todas partes pero no podemos describir el impulso capitalista usando exclusivamente incentivos de la misma manera que no podemos decir que la razón por la que se caen a veces los aviones es porque existe la gravedad. La ambición y los incentivos están por todos lados pero no pueden por sí mismos explicar la inmensa creación de riqueza que hemos presenciado en los últimos cuatro o cinco siglos. Hasta los burócratas soviéticos respondieron a ciertas clases de incentivos que se les presentaban asiduamente. La diferencia entre ellos y sus pares capitalistas residía en el sistema de conocimientos que cada uno manejaba y que era generado por un proceso de acumulación de información. Esto se ve claramente cuando se considera la curva de aprendizaje en cualquier actividad. A medida que realiza acciones similares muchas veces, el ser humano encuentra maneras más eficientes de realizar una determinada tarea. Esto aplica tanto a la venta de seguros como a plantar zanahorias o cualquier otra actividad. Gradualmente llegamos a refinar la obra llegando a tener la mejor práctica posible.

Quienes estudian la curva de aprendizaje en las diversas industrias pueden ver fácilmente que el costo de producir un servicio baja un 20% o 30% cada vez que la práctica del servicio se multiplica por dos. O sea el costo de producir un millón de unidades de algo, se reduce así cuando se producen dos millones de unidades.

Un caso bien conocido es la llamada Ley de Moore que surgió de la historia de la producción de transistores. La Ley de Moore observa que, a lo largo de la historia de la producción de computadoras, el número de transistores en un circuito integrado se duplica aproximadamente cada dos años. La ley se llama así en honor a uno de los fundadores de la compañía Intel, Gordon E. Moore, quien observó esa tendencia en un trabajo presentado en 1965. La predicción de Moore ha resultado certera, en parte porque justamente esa observación se usa normalmente para determinar los objetivos de desarrollo de la industria. Debido a eso y al hecho que los transistores hoy se producen por trillones, los productores han podido encontrar nuevas formas más eficientes de producir más y mejores transistores a mayor velocidad. Ese es el centro de la revolución informática que ha cambiado completamente la faz de las economías mundiales de manera que nadie hubiera podido predecir en 1947 solo un año antes que se inventara el primer transistor.

Observemos que los recursos materiales son siempre los mismos. El hombre primitivo de nuestro ejemplo, en su cueva primigenia, tenía en este planeta todos los elementos necesarios para producir trillones de transistores. Solamente le faltaba el conocimiento para hacerlo y el tiempo para acumular ese conocimiento hasta dominarlo.

Lo que quiero decir con nadie hubiera podido predecir en 1947 ni el transistor, ni tampoco cómo el transistor iba a cambiar el mundo, es justamente la cualidad de sorpresa que las transacciones de conocimientos deben tener para ser esencialmente útiles. De hecho la información se puede definir como una sorpresa: si ya lo sabemos, no la necesitamos. De hecho la creatividad siempre llega a nosotros como una sorpresa. Si el trabajo creativo no nos sorprendiera simplemente no lo necesitaríamos.

El absoluto contrario, casi una negación de la sorpresa, es el planeamiento. En ciertos tipos de economía como el Socialismo o el Comunismo —o en sistemas económicos capitalistas que tienden en esa dirección— el énfasis de la actividad económica se pone sobre la capacidad de predecir la producción de bienes y las necesidades que deben ser solventadas. En tal sistema, la sorpresa es un elemento casi indeseable. Ahora bien, si la sorpresa es el elemento que descubre a nuestros ojos una mejoría en la calidad de las soluciones, lo que el planeamiento hace de hecho es aplastar la curva de aprendizaje en favor de maximizar la capacidad de predicción y minimizar la sorpresa. Así se entiende por qué las economías centrípetas de planeamiento y centralización deben por fuerza descansar en sistemas que acumulan fuertes poderes y que históricamente producen más desolaciones que soluciones, generando pobreza en vez de generar riqueza para la población. Si la centralización y el planeamiento de baja sorpresa funcionaran, entonces el Socialismo y el Comunismo hoy serían sistemas históricamente exitosos.

En 1948, el mismo año en que fue creado el primer transistor y 80 años después de que Karl Marx presentara al mundo Das Kapital, Claude Elwood Shannon presentó su Teoría de la Información. Fue Shannon quien primero definió la información como algo mayormente compuesto de sorpresa y como la materia prima del conocimiento en todas las empresas humanas. Desde la base teórica de Shannon se puede deducir sin mucho trabajo que, el crecimiento asombroso de la economía de Occidente que ha hecho posible el progreso de nuestro tiempo se debe mayormente a la capacidad de usar la acumulación histórica de conocimientos en forma creciente para producir una economía rica en innovaciones, o sea sorpresa. Por el contrario la teoría marxista declara conocer no solamente el total de los mecanismos internos de la economía humana sino que también presume de conocer el sentido y el fin de la historia. Resumiendo, el marxismo es la negación misma del factor sorpresa en la historia y luego como consecuencia, en la misma economía que dice conocer “científicamente”. No es maravilla que la ideología marxista produjera sistemas centralizados y altamente planificados, de los cuales lo único que siempre se puede predecir con certeza es que fracasarán. Pero volviendo a Shannon y esa teoría que silenciosamente comenzó a dar frutos cada vez más sorprendentes…

Por primera vez fue posible crear una ciencia de la economía que pudiera capturar la innovación en la creatividad de los hacedores de lo económico, los desconocidos generadores de sorpresas ocultos entre los millones de iniciativas humanas que se generan todo el tiempo. Por primera vez se veía a las fuerzas que mueven la economía en forma desnuda y no se seguían sus consecuencias (al estilo de Marx) como si fueran meros derivados de diferencias de precio, de meros acuerdos de transacción y otras cosas que “científicamente” se observaban como si fueran nada más que los elementos atómicos de una molécula compleja.

Al pensar en esto me viene a la memoria el proverbio bíblico: “Porque la Sabiduría vale más que las perlas, y nada apetecible se le puede igualar” (Proverbios 8:11).

La creatividad es el centro de la economía humana pero como dice otro dicho bíblico: “Quien aumenta en sabiduría aumenta en dolor.” (Eclesiastés 1:18) Es bien sabido que la innovación debe circular en la sociedad humana en medio de mucha resistencia o mal ruido de fondo que a veces la sepulta y la oculta de aquellos mismos a quienes busca beneficiar. Como analogía se puede usar la transmisión telefónica. Cuando nadie habla en la línea telefónica, se escucha un zumbido leve, un ruido ‘a fritura’ que es generado por la resistencia de los conductores, estática en la atmósfera, rayos cósmicos y toda clase de otras señales que pululan a nuestro alrededor. Pero cuando alguien habla desde el otro lado de la línea, sus palabras se escuchan de forma distinta por sobre el zumbido habitual. Esa diferencia sobre lo que normalmente podemos esperar oír (ruido de fondo) y lo que oímos cuando alguien dice algo en la línea, es la sorpresa en esa comunicación. La señal es diferente al ruido de fondo en el canal de comunicación. El ruido de fondo es una característica predecible del canal, la señal no lo es; la señal es sorpresa. La paradoja se hace evidente cuando damos vuelta este razonamiento: para que exista la posibilidad de una sorpresa se necesita un canal que tenga un ruido de fondo predecible. Si el ruido de fondo es impredecible entonces todo es sorpresa y no se puede o cuesta mucho decodificar lo útil de lo que no lo es.

Una línea de teléfono en buen funcionamiento es un canal de baja entropía o sea que tiene un grado de orden que hace predecible el ruido de fondo. En los sistemas modernos de fibra óptica, la entropía del canal es cercana a cero, se acerca al ideal de predictibilidad que es en este caso ruido de fondo cero.

Es por eso que muy temprano en la historia de las comunicaciones de este tipo se pudo predecir que todas las señales migrarían hacia una frecuencia conveniente del espectro electromagnético, donde siempre es posible separar la señal del ruido de fondo natural al canal de transmisión. En el espectro electromagnético el canal está garantizado a tener la velocidad de la luz, que en este Universo en que vivimos es una de las constantes absolutas. Gracias a esa preciosa constante que Dios nos dio, podemos distinguir la señal del medio que la transporta.

Teniendo en cuenta esta alegoría podemos aventurar la conclusión: ningún esquema determinista-racional puede contener la entropía natural que rodea a la señal que en la economía es representada por la sorpresa. En otras palabras, reforzamos lo antes dicho de otra manera: ninguna economía centralizada y planificada puede realizar o controlar completamente su propio plan. En un sistema socialista o en un sistema capitalista con impulsos socialistas, la planificación introduce ruido en el sistema de comunicación natural que determina el valor real de las cosas que se intercambian.

Para los que han estudiado comunicaciones o tienen un interés profundo en aprender más de lo que aprende el ciudadano promedio, les animo a pensar esto ahora en relación al Algoritmo de Viterbi. Las tecnologías originadas por ese algoritmo están siendo superadas hoy día pero en su tiempo fue justamente eso lo que hizo posible las comunicaciones digitales baratas y confiables que nos dieron los primeros teléfonos celulares. No quiero adentrarme en este asunto y complicar demasiado mi exposición pero baste decir aquí que la conclusión obvia de estas observaciones analógicas es que la economía, siendo una forma de comunicación difusa, pero comunicación al fin, necesita leyes predecibles; impulsos (líderes) predecibles; derechos de propiedad predecibles y en suma un ambiente que, justamente por ser predecible, sea indistinto del ruido de fondo natural de las comunicaciones humanas.

Aquí llegamos como siempre a una paradoja que, lo confieso, me tuvo preocupado por un tiempo hasta que le apliqué los mismos principios que he estado tratando de describir en este escrito. Esa paradoja es que los sistemas estables y predecibles no pueden ocurrir espontáneamente, sino que son generados, o impuestos como sistemas de baja entropía por los visionarios, los líderes que aparecen de tanto en tanto en la historia y que entienden instintivamente la constitución de los sistemas sociales humanos. Nota: Marx no fue uno de esos, por lo que vemos hasta este punto y lo que veremos a continuación.

A esta altura de la Historia sabemos que las sociedades estables tienen sistemas de derecho consistentes; leyes estables; mecanismos coherentes para resolver disputas; sistemas monetarios confiables; entidades financieras honorables; sistemas de educación que forman el intelecto, la estructura ética y el carácter de los futuros ciudadanos. Así resultan en sociedades prósperas porque en ellas se puede creer en el futuro. Y la explosiva declaración que sigue es necesaria porque cae en nuestras manos como un fruto maduro: estos sistemas de baja entropía históricamente han surgido de sociedades que viven más o menos escrupulosamente de acuerdo a una fe religiosa que infunde en los ciudadanos la confianza en el orden trascendente del universo.

Esta conclusión pareciera contradecir completamente la naturaleza revolucionaria de los conceptos que estamos discutiendo. Hemos avanzado juntos y hemos visto el potencial de estas ideas hasta ver en el horizonte futuro, no la Sodoma global que ya por décadas se ha venido anunciando, sino un pequeño pueblo de provincias, con su campanario, su alcaldía y la plaza central quieta y vacía al sol de la hora de la siesta ¿Cómo se entiende que esta revolución nos lleve a un lugar tan inesperado? Es justamente la necesidad que nuestras economías tienen de un ruido de fondo predecible, un orden que oficie de telón absoluto contra el cual se pueda ver recortada la silueta de los actores para inferir correctamente la acción que está transcurriendo. Las economías son entes matemáticos duros conectados de manera misteriosa a cosas efímeras y humanas: necesidades, sueños, ambiciones, miedos. Es necesario distinguir estas cosas para poder tener una comunicación fluida, definiendo los términos de esa comunicación la manera más cercana posible a la forma ideal. Karl Popper nos ilumina diciendo: “Cualquier proposición científica para ser sostenida debe ser al mismo tiempo falsificable.” Uno no puede extraer conocimiento científico de una propuesta que no pueda ser reproducida y en consecuencia, analizada en el laboratorio. Si el resultado del experimento está garantizado, entonces no se puede extraer nuevo conocimiento de ese experimento. No hay sorpresa y por lo tanto no se puede obtener crecimiento económico y riqueza. Es por eso que, cuando los políticos garantizan el resultado de una inversión, o aseguran el interés de los bancos y las financieras, sin quererlo logran lo opuesto de lo que se proponen, pues al hacerlo destruyen toda la novedad que el experimento pudiera generar. Es por eso que la expansión de la base monetaria nunca genera nuevos empleos y siempre genera inflación porque suprime las motivaciones que constituyen la economía misma.

Con esto volvemos al tema de la economía en función de ciertas cualidades humanas que no pueden ser abolidas sin serias consecuencias económicas. Gilder llega a algunas conclusiones sorprendentes en este principio del siglo XXI. “Un hecho principal de la vida es la superioridad sexual de las mujeres. Ellas transforman el crudo impulso sexual masculino en amor, encaminan la promiscuidad masculina convirtiéndola en trabajos, hogares y familias. Transforman al cazador y lo vuelven padre, re-orientan la voluntad del varón hacia el poder y el impulso creativo.” Una cosa que es crucial para el crecimiento de la economía es tener un sentido del futuro. La humanidad tiene que estar ocupada en actividades a largo plazo, porque el conocimiento es un logro difícil y toma mucha determinación y sacrificio, se necesita perseverancia para acumular información y extraer conocimiento de ella. Por eso, si tenemos una familia, tenemos un interés vital en el futuro, hay una parte del futuro que de alguna manera nos pertenece. Pero cuando la familia se disgrega y rompe, la vida social se torna caprichosa e impredecible; los políticos solo se interesan en el poder puro, los comerciantes dejan la producción para volverse meros especuladores, el desorden irrumpe en el mundo en formas insidiosas y mortíferas a medida que la sociedad —incapaz de predecir el futuro— vuelve su interés hacia transacciones de corto plazo, tal como hemos visto en el caso reciente de Goldman Sachs, una institución con décadas de venerable reputación que se volcó a la realización de transacciones especulativas que duraban menos de un segundo y que no requerían ningún compromiso a largo plazo con el crecimiento estable de la economía. Predeciblemente, esa política de ganancias rápidas llevó a Goldman Sachs a la bancarrota y a un vergonzoso final.

En un párrafo que nos da un poco de esperanza Gilder escribe: “La economía no es un proceso que solamente puede cambiar después que hayan pasado generaciones. Puede ser renovada tan pronto como las mentes y las políticas puedan cambiar.” Uno de los grandes errores del Marxismo clásico consiste en creer que se necesitan largos períodos de tiempo y serias cantidades de voluntad política para reorientar un sistema económico. En realidad, la economía como estado de ánimo o expresión de la voluntad humana puede cambiar tan pronto como cambia mi disposición a pagar más (o menos) por la casa que está en venta en mi barrio, o por las manzanas que vende el frutero de la esquina. Hoy las economías del mundo se hallan empantanadas en un mar de deudas como resultado de décadas de financiar el presente a costa de vender el futuro. Personalmente creo que el problema de las deudas nacionales va a tener que ser enfrentado responsablemente pero es mejor ver esto como una oportunidad y no como un problema insoluble. Como decía Peter Drucker, el fundador de las teorías modernas de gerencia: “No se concentre en resolver problemas sin ver en ellos las oportunidades que ofrecen.” Los gobiernos del mundo se han concentrado en tratar de resolver problemas por medio de regular incesantemente todo tipo de actividades. La abundancia de leyes regulatorias y entes gubernamentales que cargan a la ciudadanía con todo tipo de reglamentos, rara vez soluciona nada. Volviendo a la parábola anterior eso sería como cuando se juntan dos líneas de teléfono y se pueden escuchar otras conversaciones al mismo tiempo. Ese ruido es distinto del ruido de fondo predecible que pertenece a la misma naturaleza del medio de transmisión. El ruido de las conversaciones en una línea fusionada con otras hace que sea más difícil comunicarse.

Cuando los Estados Unidos redujeron los impuestos un 61% y despidieron a la mayor parte de la fuerza laboral que había trabajado para el estado durante la Segunda Guerra Mundial, los economistas keynesianos predijeron una catástrofe económica sin precedentes. Sin embargo lo que pasó fue todo lo contrario: los Estados Unidos tuvieron un crecimiento económico nunca antes conocido en la historia que duró dos décadas y llevó al país a ser la economía número uno del mundo. No fue necesario emitir dinero e inventarle trabajo a la gente para continuar artificialmente el nivel de actividad económica de la guerra en la posguerra. Muchos economistas piensan hoy que la Gran Depresión hubiera durado seis meses si la administración Roosevelt simplemente hubiera atendido a los más necesitados, dejando que la economía se re-ordenara gradualmente como siempre lo había hecho hasta ese momento. Recordemos que en la historia de ese país hubo siempre contracciones económicas pero que éstas comenzaron a alargarse cuando el gobierno federal comenzó a ejercer políticas de intervención económica. No sin algo de tétrico humor, Ronald Reagan dijo que una de las formas más aterrorizantes de presentarse en el idioma inglés es: “Soy del gobierno y he venido a ayudarles.”

En mi modesta opinión los problemas económicos se pueden resolver simplemente reduciendo el ruido regulatorio y creando un ambiente legal y social lo más predecible que se pueda. Eso no significa que se deba permitir que una corporación arruine el medio ambiente o explote inhumanamente a sus trabajadores porque eso es también ruido que eventualmente destruye la matriz económica. En el contexto de las leyes debe ser predecible el castigo a quienes falten a la solidaridad social necesaria para una sana convivencia y desarrollo ordenado. Si yo destruyo un bosque buscando una ganancia inmediata, pasándole el costo a la sociedad en general; estoy haciendo negocios que en nada benefician al entorno social en el que vivo. El castigo ejemplar de tales acciones debe ser parte de ese ambiente de predictabilidad. Los gobiernos deben aprender a separar al depredador corporativo de su opuesto, el productor corporativo que introduce orden y bienestar en la sociedad comprometido con el bien a largo plazo. Toda política de estado que toque o regule necesariamente aspectos de la economía debe ser primeramente sobria y medida, luego debe estar orientada a sentar las bases para que prosperen los que se comprometen con acciones que buscan enriquecer el futuro. Hasta ahora hemos hecho todo lo contrario y como resultado hemos vendido el futuro por poco para mal parchar los problemas del presente. Como resultado el futuro se ha hecho más difuso e impredecible y no hay planeamiento que pueda cambiar ese hecho.

Pero por más que las políticas de estado sean luminosas en este sentido, la acción de los gobiernos es limitada. El gobierno no es Dios sino meramente un agregado de gente que, en el mejor de los casos, cometerá pocos errores. Otras partes de la sociedad, que son componentes naturales de la misma, son mucho más importantes que el gobierno en lo que concierne a mantener economías sanas que prosperen razonablemente.

La estructura social de una nación descansa sobre la integridad de su componente básico que es la familia y muy especialmente las familias de las clases trabajadoras, las clases productivas y creativas, la así llamada clase media y las clases dirigentes. En el entramado moral de la nación debe existir un sentimiento de proyecto común unido a una fuerte prevalencia de la solidaridad. Esto es algo que los gobiernos no pueden insuflar en el pueblo por más avisos que publiquen y discursos que se pronuncien. En Argentina se puede ver cómo la mayoría peronista no ha resultado en un aumento de la solidaridad entre las personas a pesar de que el peronismo predica la importancia del comportamiento solidario como parte de su doctrina justicialista. Lo mismo ha pasado en otros países como la antigua Unión Soviética en la que los vecinos llegaron a vivir en constante temor unos de otros, sabiendo que un mero alcahuete podía arruinarles la vida. Por más que los afiches mostraran docenas de trabajadores marchando hombro a hombro con sus mandíbulas cuadradas orientadas hacia el futuro socialista, la dura realidad del día a día en el mundo soviético no tenía nada de solidaria.

Si la economía puede ser reparada rápidamente no puede decirse lo mismo de la familia que es la base antropológica sobre la que todo descansa. En las sociedades de Occidente la familia está declinando y eso no hay quien lo niegue. Ya sabemos que una familia sin padre no puede criar muchachos de provecho, quise decir muchachos, hombres jóvenes de sexo masculino. Son excepcionales las mujeres que pueden criar muchachos sin la ayuda de un padre. Este fenómeno es una de las causas por las que las cárceles estan mayoritariamente pobladas por hijos de madres solteras. La realidad es que si las tendencias de este tipo continúan vamos a necesitar un estado que sea capaz de criar, o por lo menos encarcelar, a los muchachos. Esta es la cosecha del liberalismo (entendido en un sentido clásico, como lo entiende el Padre Sardá i Salvany en su obra El Liberalismo es Pecado). Agreguemos a esto que muchos de esos muchachos perdidos estaban destinados a ser los creativos del futuro. No sabemos cuántos genios, cuántos que pudieran haber sido hombres capaces de mejorar la sociedad, terminaron en una cárcel, en el balde de los desperdicios en un abortorio, o muertos de una sobredosis en algún oscuro rincón.

Por mucho que les disguste a los anticlericales, la verdad está a la vista. Hasta en Rusia ahora se propone volver a la familia, a las virtudes clásicas y —esto es lo más asombroso— a Cristo. Es llamativo que sean los otrora comunistas quienes reconozcan hoy las virtudes de la sociedad cristiana, la sociedad de la conciencia fuerte formada en la convicción de la trascendencia del hombre, la existencia de Dios y el amor al prójimo.

Esta torre de Babel moderna que los hombres han estado construyendo está destinada a fracasar de la misma manera que la primera: Qui Verbum Dei contempserunt, eis auferetur etiam Verbum hominis. Quienes despreciaron la Palabra de Dios fueron privados así también de la palabra humana. El ruido de fondo en la sociedad moderna está aumentando. Las ranas del Apocalipsis croan incesantemente hasta hacer imposible la comunicación, la inmundicia moral hace imposible el amor, los estados tratan de crear familias contra natura para llenar las necesidades de planes que jamás llegarán a implementarse. Los parlamentos del mundo pasan más y más leyes para proteger derechos humanos y como resultado hombres y mujeres están perdiendo más y más su humanidad. Desde el centro vienen órdenes confusas y no es maravilla que las economías se apaguen y que no haya un compromiso con el futuro a medida que la esperanza del hombre se disipa y todo se vuelve incierto.

Para quienes hemos pensado largo y tendido en estas cosas hay un solo camino a seguir: debemos volver a las tradiciones de nuestros ancestros y ayudar a Dios a reconstruir la Iglesia asaltada por todo tipo de fuerzas hostiles. Reparada la Iglesia, la humanidad seguirá su ejemplo. Debemos confiar en eso porque de otro modo es imposible reconstruir la familia como unidad fundamental de la sociedad humana. Se requiere entonces una evangelización valiente y profunda fundamentada en el ejemplo personal y el sacrificio, que lleve a las gentes del mundo la esperanza que tanto necesitan y que ponga esa esperanza sobre las bases firmes del Evangelio de Cristo. Debemos ser valientes, tener fe y avanzar llevando la Cruz en alto, confiando en Dios.

Aquellos que buscan seguridad y certeza total viven siempre en el pasado, porque el pasado está fijo y nadie lo puede cambiar. El que está esperando que las condiciones se den de tal manera que el resultado de su inversión financiera esté garantizado por un mercado “seguro” nunca llegará a invertir, menos aún ganar, un peso. Los gobernantes que demanden una completa y verificable predicción de que dejar tranquila a la Iglesia, avanzar con la reducción de impuestos y reglamentos innecesarios, resultará en una mejor economía… esperan en vano. Del hombre que había construido un futuro absolutamente predecible dijo Jesús “¡insensato!” (Lucas 12:16-21). Resulta obvio que lo único que podemos hacer es preparar el campo lo mejor posible y esperar la lluvia temprana y la lluvia tardía. El resultado de cada cosecha ya se verá y no hay plan quinquenal que valga. Dios tiene la última palabra y debemos confiar en El.

No es líder el que tímidamente espera un consenso total antes de avanzar una decisión. El futuro le pertenece solamente a quien se entrega totalmente a la corriente y busca la cresta de la ola confiando no en sus propios planes sino en la potencia de Dios, el único que puede guardar el futuro del hombre cuando el hombre se ha puesto al servicio de Dios y del prójimo. Sin ser cristiano, Aristóteles resumió el asunto perfectamente cuando dijo: “Donde nadie falla en ser justo, ninguno deja de ser bendecido.”


Este artículo está en gran medida informado por una reciente entrevista de George Gilder para Uncommon Knowledge.

Anuncios