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Carlos Caso-Rosendi

Me pregunto: ¿quién lee este blog? No tantos lectores como digamos, The Huffington Post, Rorate Caeli pero mis pocos lectores son una barra dura y algunos de ellos me siguen desde los días en que publiqué la historia de mi conversión en aquel primer sitio web allá por 2004. Entre mis lectores quizás haya uno, un sacerdote, un obispo, o quizás un laico que pueda hacerle llegar estas palabras a Su Santidad Francisco, nuestro Papa en Roma. Quizás me ayude un poco haber nacido en el mismo país que el Papa. Yo sé que nuestro Papa Francisco recibe miles de cartas por día y eso me llevó a pensar que quizás sea más efectivo usar el Internet para llegar a sus oídos.

Perdone entonces Su Santidad la informalidad de este pedido, no soy muy bueno en eso de ser formal pero este serio pedido que le presento requiere la atención del Papa. Creo haber leído en alguna parte que ciertos enfermos fueron curados cuando la sombra de Pedro, nuestro primer Papa, les tocaba. A través de la historia, por el poder de Dios, muchos pontífices han efectuado o han sido objeto de hermosos milagros como aquella vez cuando el ángel libró a San Pedro de la prisión según se cuenta en la Biblia en Hechos 12: 1-19.

Me atrevo a pedir a Su Santidad por uno de sus sacerdotes, el P. Gordon MacRae, quien ha pasado ya la mayor parte de dos décadas en prisión. El P. MacRae fue juzgado y condenado en lo que sólo puede ser descripto como una farsa judicial. Aún más vergonzosa que la imperfecta justicia humana que él recibió, fue el casi perfecto silencio que la Iglesia ha mantenido mientras el P. MacRae sufre su cruz.

Yo no sé si es legalmente posible extraer al P. MacRae de su prisión. Sé que muy buenos expertos legales han examinado el proceso que lo llevó a esa situación y han hallado serias fallas procesales. Muchos han escrito sobre su caso en prestigiosas publicaciones, Otros como yo han levantado sus voces tanto como pudieron para denunciar esa injusticia. Hoy yo quiero pedir que se rompa ese silencio de la Iglesia que Cristo fundó. Pedro estuvo ausente bajo la Cruz de Cristo, solamente Juan y María permanecieron cerca. Creo que Juan oyó el latido del Sagrado Corazón, esa noche de la Ultima Cena cuando puso su oído sobre el pecho del Señor. Oírlo fue suficiente para formar su joven intelecto en el camino de la perfecta lealtad a Nuestro Rey. Por supuesto, allí en el lugar de la Crucifixión estaba también María, cuya perfección le permitió, por la gracia de Dios, tener ese mismo corazón latiendo en su precioso seno virginal. Nuestra Bendita Madre fue también perfectamente leal a El pero fue un poco más lejos porque, como madre que es, tuvo que reemplazar la envidia en el corazón de Eva con otro deseo sagrado y sin pecado: ella deseó en forma total y perfecta para sí los horrores y el dolor de la Cruz. Al hacerlo completó su misión de ese día. Cualquiera que haya visto a una madre atender amorosamente a un hijo enfermo, puede entender la agonía de María en el Calvario. Nuestro Señor lo confirmó con sus palabras a Juan: “Hijo, allí tienes a tu Madre”. Y luego a María: “Madre allí tienes a tu hijo”. María y Juan son desde entonces modelos para los fieles de todos los tiempos. Pedro, nuestro primer Papa estaba tristemente ausente.

Por supuesto estas son cosas que Su Santidad ya sabe. Mi humilde pedido hoy es que Su Santidad agregue al carisma de Pedro ese amoroso rasgo de lealtad que nuestro primer Papa — quizás por designio divino — falló en ejercitar aquella noche.

Querido Santo Padre, escuche por favor el perfecto latido del Sagrado Corazón como un soldado que escucha el tambor para seguir marchando al paso. Unase a Nuestra Señora que desea para ella misma los dolores de la Cruz y vea el caso del P. Gordon MacRae. Rompa, por favor, el vergonzoso silencio de nuestros pastores y muéstreles el camino como Cristo lo hizo con todos nosotros cuando nos enseñó: “¿Cuándo te vimos enfermo o en prisión y te visitamos? Y el Rey respondiendo les dirá: “Amén, os digo, que en la medida que lo hicísteis por uno de estos mis más pequeños, por Mí lo habéis hecho” (Mateo 25:39).

Santo Padre, perdóneme por favor este atrevimiento pues estoy lejos y ni siquiera estoy seguro si sabría enviar una carta como corresponde. Antes de terminar este mi humilde pedido por el P. MacRae, permita a este pecador solicitar además su bendición y encomendarme a sus santas oraciones.

En el amor de Cristo y María Santísima,

su hijo,

Carlos Caso-Rosendi

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