la-pregunta-de-san-bernardo

Carlos Caso-Rosendi

pesar de las mucho o poco frecuentes oraciones, a pesar de las dudas o las certezas que uno pudiera tener ¿Cuántos de nosotros hemos madurado una pregunta que le pudiéramos hacer a Jesús si lo tuviéramos aquí, como lo tuvieron los apóstoles?

Lo primero que me viene a la mente es la pregunta de Job 13, 24: “Por qué escondes tu rostro y me cuentas entre tus enemigos?” Esa es la reacción natural ante los infortunios de la vida, especialmente cuando se alargan y se hacen cada vez más terribles. Ese “por qué” que es tan humano que, cuando Dios se hizo hombre, lo incorporó a su propia experiencia diciendo desde la Cruz “Padre mío, ¿Por qué me has abandonado?”.

Eso fue lo que me vino a la mente hoy cuando leía un párrafo de una escritora amiga que refería la historia de San Bernardo de Claraval. Si la historia es verdadera o no lo es, no es importante. Muchas veces las fábulas piadosas crecen alrededor del carácter esencial de un santo. Si lo que se cuenta del santo es rigurosamente verdadero, no importa. Lo que realmente importa es que el incidente revele algo que es distintivo de la santidad específica de esa persona. Porque santos hay muchos pero cada uno es único e irrepetible, algo así como almas que pertenecieran taxonómicamente a su propia e irrepetible especie.

La pregunta del millón que San Bernardo le hizo a Jesús, me parece sin ser teólogo, es única en la historia hasta ese momento. Los apóstoles quieren saber de la parousía y ensayan preguntas escatológicas; los Zebedeos piden permiso preguntando dónde pueden sentarse cuando llegue el Reino de Dios; San Pedro inquiere en pocas palabras sobre la longitud de la vida de Juan y recibe, como siempre, una respuesta ambigua un poco al estilo de “¿Y a ti qué te importa?”. En fin, siempre hay preguntones cuando Dios anda cerca, pero lo de San Bernardo es realmente asombroso en mi humilde opinión.

Porque San Bernardo se atrevió a preguntarle a Cristo si había alguna herida que no figurara en los Evangelios, o en la Tradición, una herida oculta de la que sólo Cristo supiera. Bernardo quería saber algo que no guardaba relación alguna con su propio dolor, sino con el dolor humano de Cristo. No creo que haya muchos santos tan bien enfocados en la experiencia de la Cruz como él. Esa pregunta lo revela todo y se non è vero, è ben trovato, como dicen a veces los romanos.

Y si la pregunta era buena, el premio fue una respuesta excelente. Cristo le confió a Bernardo la más selecta de sus heridas, una llaga en el hombro causada por la furca, la parte transversal de la Cruz. Los testigos de Jehová enseñan que Cristo fue clavado en un palo enhiesto y ocasionalmente niegan que los romanos crucificaran a los criminales. Hay muchas pruebas en contra de semejante invención pero la mejor a mi parecer, es la meticulosa distinción que el latín hace entre las partes funcionales de la cruz, la máquina vil, como la llama Luciano de Samosata. El palo vertical era el patibulum y el transversal se llamaba furca. Al patíbulo se agregaba un triángulo de madera o de hierro que los romanos llamaban sedile o “silleta”. Con las horas, el condenado a muerte se cansaba y debía “sentarse” sobre el sedile para poder elevar un poco el pecho y respirar. Eso estaba calculado para causar un acuciante dolor en el fin de la columna vertebral. Así pagaba el reo por cada bocanada de aire hasta que el cansancio lo vencía y moría asfixiado.

Entonces, volviendo a la herida oculta de Jesús, esa llaga en el hombro le fue revelada a San Bernardo como un tesoro y hay hasta quienes afirman que las oraciones que recuerden esa llaga de Jesús recibirán gracias sorprendentes, como quien saca tesoros perdidos en la profundidad del mar. Pero a mí me impresiona como San Bernardo invierte la inquietud del ser humano frente a Dios y se interesa por el dolor de El, tratando de llegar al fondo de la Divina Pasión como la amada que quiere saber exactamente cómo, por qué y hasta dónde, la ama su amado.

La Cuaresma perfecta, pienso yo, tendría el espíritu de la pregunta de San Bernardo, que se olvidó del dolor de su propia condición humana y puso adelante el dolor de Otro. Alejado once siglos del Calvario, Bernardo buscó el centro de la Historia en una herida, la más dolorosa, quizás la primera que la Cruz le causó al Salvador. Esta Cuaresma le quiero preguntar a Benedicto cuál fue el dolor que lo llevó al sacrificio de la renuncia; le quiero preguntar en silencio a una nueva amiga en la fe que perdió dos hijos en la flor de la juventud; le quiero preguntar a un anciano sacerdote que siente cada vez más su propia fragilidad; les quiero preguntar a los que sufren cerca mío dónde está la llaga. Quiero tener un interés en ellos y en su dolor que vaya más allá de la mera cortesía de preguntarles cómo se sienten. Quizás así Dios mismo me cuente entre sus amigos, vuelva su rostro hacia mí y me cuente sus secretos, como le debe haber contado calmadamente de aquella llaga al buen San Bernardo, el santo que buscaba la gracia en el dolor oculto.

En esta Cuaresma, pensad en los otros.

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