la-pastoral-del-lobo

Carlos Caso-Rosendi

Cuando escucho la palabra “pastoral” siento lo mismo que sentía cuando mi maestra hacía chirriar la tiza al escribir en el pizarrón. No estoy hablando de la obra de Beethoven ni tampoco del buen uso de la palabra, que con muy poca frecuencia se usa bien. Hace unos años, creo que fue en 2007, fui invitado a dar una charla en español en una parroquia de Ohio que congregaba a unas 1000 personas entre adultos y niños mayormente de origen mexicano. El tema era la defensa de la fe. El párroco estaba preocupado por la gran cantidad de familias que se pasaban al pentecostalismo y al jehovismo, o “los atalayas” como localmente se llamaba a los Testigos de Jehová.

La charla de 45 minutos culminó y a pedido del párroco iba a ser seguida de treinta minutos en los que el público asistente haría preguntas. Las preguntas pronto derivaron al tema del uso de anticonceptivos. Y admito que no quería salirme del tema original, que era la defensa de la fe, pero luego que varias madres en el auditorio volvieran una y otra vez sobre el asunto, tuve que responder y lo hice exponiendo lo mejor posible aquello que recordaba del tema, especialmente Humanae Vitae y algunos puntos útiles de un libro que entonces estaba leyendo The Bible and Birth Control (La Biblia y el Control de la Natalidad) de Charles D. Provan. A la salida fui llamado aparte por el párroco quien me recriminó con dureza el haber “hablado de esas cosas”.

Las palabras de ese sacerdote apóstata y hereje, que se arroga el derecho de enseñar selectivamente al rebaño confiado a su cargo, son parte de los que eufemísticamente suele mencionarse como “la pastoral del Concilio Vaticano II” y de ahí que ese uso capcioso de la palabrita me haga chirriar los dientes. Es que, implícito en ese tipo de comunicación está la mentira que el Concilio Vaticano II nos impulsa a codearnos con el mundo, a ser amigotes del mundo. Se transmite la idea, novel en círculos cristianos, que el pastor se tome unos tragos con el lobo y que ambos charlen de las necesidades del rebaño. Flor de “pastoral” es esa.

La práctica de esta abominación es, en la opinión de este pecador, lo que ha erosionado primero la autoridad moral de la Iglesia cuando se habla de estos asuntos desde Roma. Y luego, al agregarse todo lo demás, el guiño a la homosexualidad codificado en la doctrina herética “Dios no castiga”, también presentada como “nadie va al infierno”; esta falta de ganas de hablar con claridad finalmente se traduce en la tolerancia del pecado, luego en la enseñanza torcida o la promoción de la ignorancia. También sigue a esto la estupidez asesina de enseñar abiertamente el mal, como lo hacen ya varios “evangelizadores” católicos de la tele y el internet. Estamos contemplando la “pastoral” del lobo.

Que continúen entre nosotros las diversas abominaciones, que los templos se vacíen, que las homilías sean áridas y hasta ininteligibles, que la grey sea llevada por el viento de cualquier estupidez de moda … nada de eso debiera sorprendernos. Pareciera que amar al pecador no fuera bastante. Ahora resulta que también hay que amar sus pecados, practicarlos y enseñarlos. O por lo menos tolerarlos con una sonrisa. Que nadie se confunda: sobre este tipo de indiferencia muchos santos han tronado anatemas a través de los siglos. La Iglesia sobrevivirá, pero esas “iglesias” con minúscula, farisaicas y nicolaítas están equivocadas desde el principio y no pueden salvar a nadie ni nadie las puede salvar de su persistente desobediencia, como ya nos han avisado los santos: “ellos en su avaricia os explotarán con palabras falsas. El juicio de ellos, desde hace mucho tiempo no está ocioso, ni su perdición está dormida.” 2Pedro 2:3

Huir de esa “pastoral” lobuna no es pecado. Hay suficientes hombres santos a quienes escuchar y seguir. Solamente hay que asegurarse que hablen con la voz del Pastor y eso no es difícil de hacer porque conocemos Su voz. Juan 10:27

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