la-leccion-de-nicodemo

Carlos Caso-Rosendi

Primeramente pido perdón a los filósofos, economistas, y a todos los que sean (o crean ser) sabios en las diferentes disciplinas que voy a tocar hoy en esto que escribo simplemente porque nadie lo ha escrito antes. Se han cumplido una docena de años desde aquella tarde en Londres en que fui recibido en la Iglesia. He pagado caro el atrevimiento de acercarme a la antigua luz de la verdad que empezó a brillar para nosotros aquel día lejano en que Abraham escuchó la voz de Dios, que por primera vez le dijo a un hombre “ven” en una invitación movida por el amor y la profundísima misericordia de Dios. Reconociendo eso, nuestro papa Francisco eligió una frase del Evangelio Según San Mateo: miserando atque eligendo que en tres palabras resume el misterio de Dios eligiendo hombres, cada uno de acuerdo a sus capacidades, para el trabajo que debe ser hecho en este mundo. Sin embargo hay veces en que los hombres no se prestan, como el sirviente malo de la parábola de los talentos, a trabajar en la obra que Dios les da. Algunos se niegan por rebeldía, como Jonás; otros por pura mentecatez, como Judas; y aún otros porque no escuchan con el corazón aquello que Dios les honra en solicitar porque ellos se han ensordecido con otras misiones a quienes nadie los llamó y el ruido de su futilidad les impide escuchar la llamada divina. Cuando Cristo entra en Jerusalem y el pueblo le aclama con palmas como a un rey, hubo quienes se quejaron de que la plebe se portara así —eran los que habían sido llamados antes a prepararse para recibir al Mesías— y Cristo mismo les recordó que si éstos no clamaran, las piedras clamarían. Por eso un servidor, que hace un poco más de doce años tenía tanta vida encima como la piedra más dura, sabedor que no llega ni siquiera a la condición de plebe, se anima a presentar este resumen que me ha tomado doce o más años entender. Lo hago en ausencia de los que debieran clamar pero se la pasan aburriendo con el discurso estéril de los que “saben porque no beben el vino de las tabernas”, para citar a Antonio Machado aunque no venga la cita exactamente al caso. Y ahora, al vino, que debe ser común porque no hay otro y común es quien lo sirve hoy.

El hombre y la mujer son concebidos en la oscuridad donde solamente Dios ve. Para los antiguos paganos era Eros el que suscitaba la fuerza de la vida que todo lo invade en la primavera. Esa fuerza primordial estaba detrás del ciclo creativo que corresponde a la generación de cosas nuevas. Los paganos intuían que era algo poderoso que todo lo invadía y renovaba. Eros en la mitología griega, es hijo de Zeus y de Afrodita. En suSimposio, Platón deduce que el impulso natural que es Eros está atado a la contemplación de la belleza. Eros persigue la belleza como una flecha persigue su objetivo sin detenerse. Esto, entendido en términos de los ciclos naturales que los griegos llamabananakuklosis implicaba que el deseo de Eros es eterno pues está atado a “volver una y otra vez pero siempre a un nivel superior”. Aún los antiguos sabían que el tiempo es un camino que lleva a algo mejor y en eso instintivamente conocían la existencia de eso que nos fue revelado a los cristianos como la redención de la raza humana. Por eso el Qohelet dice: “No digas: «¿A qué se debe que el tiempo pasado fue mejor que el presente?». Porque no es la sabiduría la que te lleva a hacer esa pregunta”. (Eclesiastés 7:10)

Eros era para los antiguos el guardián del fuego sagrado de la vida y la fuerza que impulsa a todo lo que está vivo hacia el próximo ciclo siguiendo lo que fue echado a andar por el Creador y siendo el Creador su destino último en el gran círculo misterioso de la vida que viene de Dios y a Dios se dirige siempre.

La vida humana entonces se inicia en el acto creador divino. Nuestro ser es tan obra de Dios como lo es el mismo Universo que nos rodea. Con la vida Dios nos da una dignidad especial, una de cuyas características es la libertad que comparten todos los hijos de Dios. Somos libres de participar con Dios en poblar de almas el universo pero también somos libres de trabajar contra El, como bien lo demuestra el estado actual del mundo, muchos eligen trabajar en contra de los designios divinos, mal usando su libertad para lograr alguna ventaja temporal. Luego veremos por qué eso es una locura destructiva pero por ahora asumiré que el lector conoce bien la doctrina católica de la caída, redención y re-creación del hombre en la historia. Lo que nos importa ahora es definir algunos conceptos que son importantes para que el hombre viva mejor por medio de servir mejor a Dios desarrollando su conciencia. Veremos qué importante es que el hombre tenga una clara concepción del mundo eso que los alemanes bien llamaron Weltanschauungjuntando las palabras alemanas para “mundo” y “vista”. Hoy ese término se entiende como una concepción o aprehensión integral del mundo desde un cierto punto de vista. La Real Academia define “aprehender” como la captación y aceptación subjetiva de un contenido de conciencia. Creo que desde ahora podemos referirnos a este concepto como nuestra percepción del mundo. Lo que ahora vamos a revisar es la percepción católica del mundo, formada por nuestra experiencia personal y las enseñanzas objetivas de la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición que subsisten en las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia Católica.

Nuestra vida comienza entonces en la oscuridad del vientre materno. El propósito divino ha llevado a un hombre y a una mujer, que son dos almas, hasta un punto del tiempo en que, llevados por el impulso natural, conciben una nueva persona, una nueva alma que es única e irrepetible en toda la historia del universo. Este milagro imposible de comprender es lo que da origen a la vida de la persona humana y lo lanza en la corriente del tiempo a atravesar una serie de etapas sobre las cuales no tiene casi ningún control. Somos concebidos en el útero materno y unas cuarenta semanas más tarde somos expulsados de nuestro primer mundo a otro mundo desconocido que no podemos concebir. Nos tomará muchos años —como mostramos en la figura adjunta— comprender que, somos personas separadas de nuestra madre, que formamos parte de una familia y que esa familia se extiende más allá del grupo familiar inmediato a eso que los romanos llamaban la tribu. Con el tiempo tomamos conciencia de otras realidades que, junto con nuestra familia, formarán nuestro carácter y nuestra concepción del mundo y en algún momento de nuestra vida entenderemos que somos la obra única de un creador que nos ha dado esta primera vida, lo que los escritores del Nuevo Testamento llaman bios, la vida física que compartimos con toda la humanidad. Si llegamos a ser creyentes cristianos, sabremos que nos espera una vida distinta, el zoe, la vida que Dios tiene planeada para los fieles. No podemos concebir la realidad que nos espera entonces. Esto es similar al nacimiento que experimentamos cuando nuestra madre alcanzó las cuarenta semanas de gestación. Es imposible para un bebé en el vientre materno, imaginar las complejidades de la vida humana. Por designio divino debe esperar y gradualmente despertar a una concepción del mundo que es mayormente la conciencia de las verdades objetivas y la visión o concepción subjetiva que cada alma tiene del mundo y de la misión que en él tiene que desarrollar.

Jesús expuso este hermoso misterio a Nicodemo, un maestro de la ley judaica que lo fue a visitar. San Juan nos presenta esto en un cuadro lleno de simbolismo y significado como solamente lo puede hacer él:

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él». Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.» Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?». (Juan 3: 1-4)

Nicodemo viene de noche a encontrarse con Jesús. La oscuridad lo protege de ser reconocido por otros que pueden tener una actitud crítica y que no desean que los miembros del Sanedrín se codeen con este Rabino de enseñanzas escandalosas. Nicodemo sabe que las enseñanzas tienen que ser rectas, lo intuye primero porque los milagros que Jesús ha hecho son únicos en la historia y Nicodemo lo sabe bien. Este hombre debe ser de Dios. Lo que Nicodemo no se imagina es que ese hombre esDios. En eso, el maestro judío va a Jesús guiado por el impulso que lleva a todos los hombres a servir a la vida como una mariposa nocturna busca a la luz. Sin que él mismo se dé cuenta, comienza a renacer esa noche cuando Jesús le da algunos asuntos para contemplar. Lo que nos importa es esa parte en que Jesús le dice que debe nacer de nuevo para ver el Reino de Dios. Nicodemo no comprende y cree que para nacer de nuevo debe repetir su nacimiento natural, volviendo al vientre de su madre. Sin embargo Cristo está hablando no de la vida bios sino de la vida zoe, la vida que tienen los que llegan a la “tierra de los vivos” que no es otra cosa que el Reino de Dios. Nicodemo conoce bien las Escrituras pero no está familiarizado con estos conceptos que Jesús le presenta. La concepción del mundo que Nicodemo tiene, debe ser modificada para entender un poco mejor esas cosas que Jesús le está presentando.

Todos nos acercamos a Jesús como lo hizo Nicodemo. Como Nicodemo, no lo sabemos todo y nuestra visión de las cosas siempre puede mejorar. Cristo elige no enunciar mandamientos como Moisés —eso vendrá luego— pero el impulso que lleva al cristiano a conocer a Cristo no es simplemente enterarse de una serie de reglas, sino satisfacer el deseo que naturalmente existe en nosotros de alcanzar la Fuente de la Vida. Como Eros, somos una flecha disparada por Dios en el momento de la creación para alcanzarlo a El y comenzar “otra vez pero siempre a un nivel superior” como creían instintivamente los antiguos paganos. Jesús le revela a Nicodemo en una forma condensada, simbólica y misteriosa, todo el contenido de su doctrina. Este nuevo discípulo de Cristo será seducido a desatar el contenido de esas palabras tan compactas. Esa será ahora la razón de su vida: entender, amar y alcanzar esa Luz que él vino a ver “en la noche”. Con el tiempo comprenderá que debe regresar, sí, al vientre de su madre. Debe volver a la tierra de donde vino, madre de todas las cosas y así pasar por la muerte para llegar a la vida que ahora se le revela el zoe que hasta ahora le era desconocido. El deseo de conocer a Cristo lo levará a esa vida nueva que es materialmente inconcebible pero que lo atrae con una fuerza irresistible que lo lleva más allá. Con el tiempo conocerá a otra Madre, la primera creación de Dios, el tesoro oculto que Israel ha venido llevando en sí desde el comienzo de su historia.

La Iglesia hace las veces de Cristo al presentarle el Evangelio a los Nicodemos de todos los siglos. Nos presenta la luz en la oscuridad de este mundo y enciende, o debiera encender en nosotros el deseo de la vida eterna por medio de darnos la concepción del mundo que necesitamos tener. Esto no es algo que la Iglesia pueda dar empaquetado y listo para usar. Tal como lo hizo Jesús con Nicodemo, la Iglesia nos da una versión breve de la verdad recibida. Los que recién llegamos tenemos la ventaja de tener a nuestra disposición la experiencia escrita de muchos santos que nos antecedieron. Ellos agregaron a las verdades objetivas y eternas su visión personal, subjetiva, del Reino de Dios. Esto sería comparable a contemplar un inmenso diamante de infinitas facetas desde innumerables puntos de vista. Cada visión contribuye a darnos una idea mejor de lo que tenemos frente a nosotros pero que solamente podemos contemplar desde nuestro punto de vista. Por eso es tan importante leer a los clásicos y a los santos, porque lo que deseamos y contemplamos, nuestro destino eterno, no es algo de este momento sino que es una realidad que atraviesa todas las dimensiones del tiempo y el espacio. Nos tomará toda la eternidad —y un día más— llegar a ver y entender todas las facetas de ese diamante. Entenderemos entonces que la satisfacción del deseo no es lo que nos hace felices, lo que nos hará reír con un gozo inefable será la satisfacción de saber que el gozo del deseo nunca acabará. En el Reino de Dios siempre será primavera y siempre estaremos enamorados. Thanatos no echa sombras sobre esa realidad imposible de imaginar. Eros sigue su viaje a la eternidad siempre hacia lo más alto, siempre a lo más profundo.

Nosotros, los Nicodemos de hoy, hemos perdido el rumbo en la noche. Modestamente, me parece que es hora de refrescar en forma simple y precisa, algunos conceptos que solíamos manejar bien y que ahora no nos resultan claros. Todas estas cosas que son el Reino de Dios reflejan su luz sobre este mundo. La vida que recibimos es limitada. Como decía el Padre Leonardo Castellani, hemos recibido un “pedacito de vida” y lo tenemos usar bien, tenemos que “hacer vida” y no solamente vivir ¿Cómo se hace vida? No podemos hacer vida, solo Dios puede. Sin embargo podemos bien-gastar lo que Dios nos ha dado. Eso es lo que Dios espera de nosotros, que hagamos producir su tesoro.

Ahora vamos a revisar algunas cosas que todo católico debiera tener claras. Lamentablemente son más los confundidos en esta oscuridad. Los religiosos callan, los nobles callan, el pueblo grita consignas indistintas. Ha llegado la hora de que clamen las piedras.

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