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Carlos Caso-Rosendi

Leyendo los diarios argentinos de la semana, me sorprendió la cantidad de artículos dedicados a Eric Hobsbawm, el historiador marxista inglés. Hobsbawm acaba de morir a la buena edad de 95 años, lo que le permitió ser testigo adulto de la mayor parte del siglo XX. Otro notable inglés, A. N. Wilson se detuvo a observar ácidamente que las obras de Hobsbawm desaparecerán por ser poco menos que propaganda soviética mal escrita. Aparentemente Wilson no cree en dejar tranquilos a los muertos y se resiste a tener misericordia de un historiador que fue a su manera un inmisericorde apologista del experimento soviético.

A diferencia de su contemporáneo Arthur Koestler, el autor del famoso El cero y el infinito,[1] Hobsbawm nunca se desilusionó del stalinismo y continuó siendo un comunista convencido hasta su último día. El libro de Koestler resume la desilusión de muchos que vieron en la Rusia soviética “el final de la historia” a la manera marxista y que fueron forzados a presenciar el final del marxismo a la manera usual de la historia.

Tengo entendido que el mismo Marx comenzaba a abrigar algunas dudas sobre el materialismo dialéctico en las semanas que precedieron a su muerte. Le molestaban esas cosas que parecían flotar sobre la historia, impertérritas ante el cambiante paisaje económico y las catastróficas mutaciones de las estructuras del poder. Esos valores metahistóricos en la cultura parecían indicarle a Marx que bajo la superficie del profundo río de la historia, pasaban corrientes poderosas cuya importancia no convenía ignorar. Es una pena que no le quedara tiempo para poner las barbas en remojo.

Koestler fue capaz de volverse sobre sus pasos y admitir su error. Hobsbawm nunca lo hizo. El calamitoso derrumbe de la Unión Soviética y los continuos, ya casi predecibles fracasos de todos los experimentos socialistas hasta la fecha, lo dejaban frío. Aunque algunos como el talentosísimo Niall Ferguson alaban su capacidad de síntesis y el análisis preciso de las fuerzas que en cada era movieron los marcadores históricos; yo por lo menos, con mi modesta afición a la ciencia histórica, me atrevo a lanzar algunas preguntas que tienen que ver con las últimas preocupaciones de Marx y la aparente miopía de Hobsbawm.

Hace no mucho tiempo, en 1994, Hobsbawm indicaba que el colapso soviético le molestaba menos por la abrumadora cantidad de muertos (algunos hablan de 30 millones) que dejó atrás, que por haber fracasado ostensiblemente en producir la utopía. Ese paraíso de los trabajadores que ciertos intelectuales juzgaban como la inevitable llegada de una fase de la historia cuyo arribo no se podía evitar. O sea que, después de los Gulags, los batallones de castigo, las hambrunas deliberadamente desatadas sobre las regiones desobedientes a Moscú, las purgas políticas, etcétera… Hobsbawm solo atinaba a sentir tristeza porque el costoso Golem se había negado a caminar, desmoronándose ignominiosamente a pesar de la cantidad de vidas sacrificadas para allanarle el camino. Hobsbawm mismo agregó que las vidas perdidas no vuelven y—si valió la pena segar millones de vidas para acabar con Hitler, Tojo y Mussolini—entonces bien valió la pena matar unos cuantos millones más para ver si la idea soviética funcionaba.

Para colmo de males, la estrepitosa debacle soviética no hizo mella en sus convicciones políticas. No hubo cambio a la Koestler. Me pregunto si la evaluación tan positiva que Niall Ferguson hace de Hobsbawm tuvo en cuenta las peculiaridades éticas del pensamiento hobsbauniano, o simplemente alababa algunos aspectos positivos de su obra. Tanto Niall Ferguson como Hobsbawm, talentosos o no, fallan a mi ver en la tarea fundamental del historiador. Ferguson es un historiador de la economía y por eso lo incluyo. Sus libros Civilization the West and the Rest[2] y The Ascent of Money son muy educativos y están muy bien escritos. También revelan un agudo sentido de observación de las causas y efectos que moldearon la historia económica de la Edad Moderna. Lo que ambos historiadores fallan en observar es eso que Marx alcanzó a intuir fugazmente pocas semanas antes de que el fin de la historia le llegara a él personalmente: las realidades que evidentemente trascienden lo histórico y que mucha gente no ve porque simplemente forman parte del paisaje y están demasiado acostumbrados a verlas ahí paradas. No las notan como el espectador en un cine no toma en cuenta esa pantalla blanca sobre la cual las imágenes se mueven para entretenerlo.

Para Marx, Engels y sus seguidores contemporáneos, el noble fin de la dictadura del proletariado bien justificaba el uso y hasta el abuso de la violencia. Esa peculiaridad persiste en todos los sabores de marxismo que la humanidad ha probado hasta hoy. Pero supongamos que pudiéramos traer a Marx en una máquina del tiempo y le permitiéramos ver los resultados: que la violencia y los millones de muertos no alcanzaron para producir nada duradero, que todo resultó ser un callejón sin salida en que enormes experimentos como Rusia y China tuvieron que virar hacia una especie de pacto con la tozuda naturaleza humana para evitar el fin del marxismo: esa agonía lenta y onerosa que consume a Cuba, Corea o la fiebre asesina que quemó en pocos años al Khmer Rouge en los infames campos de la muerte ¿Qué hubiera pasado si Marx hubiera visto de antemano que la historia no era un tren imparable como él la imaginaba, sino una serie de meandros en los que la humanidad camina más o menos a ciegas sin que una “dialéctica científica” le sirva mejor de mapa que sus propios ancestrales instintos?

Marx no pudo ver el final de las ideas que irresponsablemente echó a rodar. Apenas sintió un cierto malestar contemplando esas cosas misteriosas que sobreviven a los cataclismos de la historia como si nada. Sin embargo Niall Ferguson y Hobsbawm tuvieron tiempo al menos de ponerse en el lugar de Marx y completar la observación por sí mismos. Ferguson evolucionó hacia el conservatismo inglés, Hobsbawm nunca avanzó mucho más allá del stalinismo de su juventud, en otras palabras, fue un verdadero hombre de fe (con perdón). Ambos sin embargo se las arreglan para observar la corriente de la historia obviando el efecto que la persona de Cristo ha tenido en ella, la trascendencia de las ideas cristianas, sus consecuencias políticas y ese gorila de mil kilos en la sala de la historia antigua, medieval y moderna: la permanente, indestructible y al mismo tiempo débil Iglesia; que desafía los afanosos años de la humanidad presidiendo muy señorona sobre las tumbas de sus poderosos enemigos de antaño mientras sobrevive como si nada a los enemigos de hoy.

Esa presencia metahistórica, más vieja que las naciones, esa aventura que nació en una colina de Caldea hace cuatro mil años y sigue incólume su viaje de siglos es aparentemente indestructible a pesar de su también aparente fragilidad.

Yo creo que Hobsbawm fue una especie de Balaam, aquel “vidente” del Exodo a quien una pobre burra tuvo que avisar de la presencia de un ángel. Balaam se esforzó en vano por maldecir al pueblo de Dios y se dice que luego de fracasar en su intento de destruir lo indestructible, pereció aplastado en Jericó.

Políticos e historiadores harían bien en leer la historia de Balaam en la Biblia y memorizar su enseñanza: que para ir a la universidad del ángel primero es necesario tomar lecciones en la escuela del burro. Quizás los editores de los diarios argentinos debieran hacer lo mismo. Este burro, entre otros, está dispuesto a dar un par de lecciones gratis en la permanencia del Evangelio, y el verdadero fin de la historia: una utopía verificable, el paraíso real que a falta de mejor nombre llamamos “el cielo”.

 

 


[1]El cero y el infinito (Sonnenfinsternis , que significa “eclipse solar”, en alemán,Darkness at Noon “oscuridad al mediodia”, en inglés) es la principal novela del autor británico de origen húngaro Arthur Koestler. Publicado en 1940, narra la historia de Rubashov, un miembro de la vieja guardia de la Revolución rusa de 1917 que es primeramente alejado del poder, para luego acabar encarcelado y juzgado por traición al Gobierno de la Unión Soviética que él mismo había ayudado a crear.

[2]Publicado en español con el título Civilización. Occidente y el Resto, traducido por Francisco José Ramos Mena. Editorial Debate, Barcelona, 2012. 509 pp.

NOTA: Para quienes entienden inglés y afirman que Hobsbaum nunca defendió las masacres perpetradas por Stalin por favor proceder al minuto 11:00 de esta entrevista y escuchar atentamente.  El argumento de Hobsbaum es que “valía la pena matar unos cuantos millones de personas para ver si se podía hacer funcionar el comunismo.” Eso es algo monstruoso y debería ser más que suficiente para execrar a ese insecto venenoso para siempre. “Intelectuales” de su calaña son básicamente tóxicos en cualquier sociedad. Nótese también con cuanta frialdad describe el hecho de que algunos de sus parientes fueran despachados por los nazis.

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