el-reino-del-reves

Carlos Caso-Rosendi

Hace mucho tiempo había una canción de María Elena Walsh que decía así:

Me dijeron que en el reino del revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es policía y otro es juez
y que dos y dos son tres.

A no preocuparse. Cualquier semejanza con la realidad actual es meramente profética.

En alguno de mis divagues anteriores analizamos la deriva que viene de aquel momento fatal en 1517 en que Lutero clavó las tesis en la puerta de la Iglesia de Wittemberg. El espíritu de las famosas tesis consistió básicamente en negar la paternidad del Papa, de los obispos y de los sacerdotes. Si el cargo era merecido o no, eso lo dejamos al Justo Juez. Lo que nos interesa ahora es que la paternidad divina impuesta sobre Pedro antes que la Biblia cristiana existiera era ahora negada usando malandrinamente la Biblia que los sucesores de Pedro habían sancionado y que el mismo Pedro había—sin darse cuenta—colaborado en redactar.

Como todos los crímenes tienen consecuencias que el criminal ni se imagina, aquel crimen no fue la excepción. Atrás vinieron las rebeliones contra todo tipo de paternidades: contra el rey, contra el marqués, contra el burgués, contra “el gobierno”… y aquel verano parisino de 1968, contra “el sistema” o sea contra la precaria autoridad que dos guerras, varias revoluciones y cientos de conflictos habían podido establecer en este triste planeta al costo de millones de vidas sacrificadas en el altar de la utopía por venir… que ni siquiera era una utopía única, ya que fueron varias compitiendo ferozmente por la fidelidad de la raza humana.

Las ideas son importantes, son el ancla que mantiene nuestro barquito cerca del puerto de la realidad. Cuando arrastramos el ancla o la levamos descuidadamente, la corriente nos lleva lejos del puerto y podemos terminar perdidos. Pues bien, hasta el tiempo de Lutero creíamos a pie juntillas que la verdad estaba en Ese que nos dijo “Yo soy el camino, la verdad y la vida” y que además, poco antes de irse, dijo a Pedro: “Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam”. Importantes palabras que sostuvieron a los cristianos—a través de innumerables y crueles persecusiones—dándoles la certeza que Dios había estado entre nosotros, que había vencido a la muerte y que un día volvería “para completar su victoria”. Mientras tanto este triste mundo tenía el consuelo de contemplar esa cosa misteriosa que es la Iglesia y que, como la zarza ardiente de Moisés, falla en consumirse delante de nuestros propios ojos. Si Galileo pudo decir “eppur si muove” aún nosotros hasta hoy podemos decir de la Iglesia “eppur rimane”. Y a pesar de todo, permanece.

Aferrados a esa esperanza los cristianos de Occidente echaron a andar la civilización más innovadora (y más inesperada) de toda la historia. Alguien seguramente se acordaba de las palabras de San Juan: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto se conoce del Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo es venido en carne es de Dios: y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo es venido en carne no es de Dios: y este es el espíritu del anticristo, de cual vosotros habéis oído que ha de venir, y que ahora ya está en el mundo.” (1 Juan 4, 1-3) Pero por muchos siglos se dejaron esas palabras para el tiempo del fin, para un futuro lejano. Sin embargo, una lectura piadosa y detallada de las palabras de Juan revela lo suficiente como para entender que el espíritu rebelde ya estaba en el mundo y que con el tiempo se habría de revelar en el “hombre de la iniquidad”, ese anticristo que nadie sabe muy bien cómo es, pero que todos sabemos que no es bueno.

Esta inconstante humanidad que compartimos sabía lo justo: que Dios era verdad, que Cristo era Dios y que por lo tanto la verdad “en Dios” era un requisito fundamental para construir una realidad perdurable. Pero vino el anticristo—que estaba entre nosotros desde los tiempos de San Juan—y comenzó poco a poco a socavar los cimientos de la Cristiandad.

Hoy nos encontramos con la última onda de todo ese movimiento. El “cientificismo” que nos asegura que la ciencia (ausente de la historia más o menos hasta los tiempos de Lavoisier) mide y pesa todo lo que existe y que si algo existe que no puede ser pesado o medido, pues… no existe. Una pena que la propuesta sea filosóficamente inválida pues todo lo que pueda existir fuera de lo mensurable, o sea lo inmensurable, es declarado inexistente sin que realmente existan pruebas de que lo mensurable es TODO lo que existe. Pero me estoy yendo por las ramas.

Esto no es lo peor que ha pasado. La verdad llegó aquí luego de ser extraída del campo divino, para ser puesta progresivamente en diferentes contenedores. Hubo hasta un presidente argentino que declaró “la única verdad es la realidad” sin saber que eso lo adhería al inmanentismo pre-cartesiano. Pero él andaba un poco atrasado… no es su culpa que nadie se hubiera tomado el tiempo de enseñarle filosofía. Por lo tanto no lo culparemos por haber sido intelectualmente desprolijo y un tanto anacrónico. Porque ya para entonces el mundo pensaba que la verdad estaba en la práctica política. Marx había concluído—y con él muchos otros—que la verdad era lo que conducía a una política de bienestar general. Y bienestar hubo, para el Politburó y la dirigencia soviética, para los dirigentes y algunos burócratas de alto rango, pero esa parte “general” que incluía al pueblo entero resultó ser tan magra o quizás más flaca que la generalidad archiconocida de los tiempos de la vieja aristocracia. Era como si la aristocracia simplemente hubiera cambiado de guardia y los nuevos guardias fueran un tanto más inservibles que los viejos aristócratas.

La verdad—lamentablemente—siguió rodando peñascos abajo. Llegaron unos franceses fumando cigarrillos negros y bebiendo Pernod en largas vigilias por los cafés de Argelia y de París. Los existencialistas concluyeron que al final la única verdad era vivir. Así, sin anestesia. Uno de ellos, tan miope como sexualmente impotente, concluyó que el ser humano es un extranjero que ha caído en una trampa. Encerrado en un mundo brutal e incomprensible busca la luz pero no la encuentra. No queda otra que consumir café y quemar Gauloises, lagrimeando mientras escuchamos a Edith Piaf:

Balayés pour toujours 
Je repars à zéro

O sea, empecemos desde cero, desde la nada. Pero como nada viene de la nada — eso es un truco que sólo el Dios de los cristianos puede ejecutar — lo que nos toca es esto que podemos vivir hoy: algo de compañía, más Pernod y más Gauloises mientras el cuerpo aguante.

Llegamos al cero: era 1957 ahora lo único que faltaba declarar era que la verdad no existe. Y como decía sabiamente mi abuela, “nunca falta un roto para un descosido” y el roto llegó, lo tenemos aquí en todo su apestoso esplendor. El mundo del relativismo, de la no-verdad finalmente ve la luz del sol después de tantos discutibles vericuetos filosóficos.

La política que había quedado más o menos en Marx—”acción o nada”—heredó estas nuevas conclusiones. Con Marx al menos teníamos una cierta ética orientada a buscar el bien de las clases trabajadoras. Pobre Marx que tuvo que perder aún la pobre pátina ética que lo justificaba, al menos en el corazón de algún idealista a la violeta. La acción política marxista y el relativismo llegaron, ambos mezcladas en un cocktail venenoso y mortal. El Reino del Revés está aquí y el caballo se ubica, algo intrigado y desconforme, detrás del carro de la realidad. Como toda justificación natural ha dejado de existir, la ética es simplemente lo que se nos da la gana practicar: el “do your thing” de 1968…

Este es un gran momento para ser un político sin escrúpulos. O mejor dicho éste es un gran momento para ser un político escrupulosísimo pero con escrúpulos hechos a medida en la sastrería del relativismo salvaje: “todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor” y en la vidriera irrespetuosa de este siglo XXI todo se ajusta y nada se conserva. Las necesidades de la acción política dictan la ética a seguir: matrimonios sin mater ni matris, madres que asesinan a sus hijos para conservar un “nivel de vida” (¡vaya juego de palabras!) y gobiernos de “bienestar” repartiendo malestar en mamporros a diestra y siniestra a medida que los recursos se achican y no alcanzan para comprar la complacencia del inquieto populacho.

El reino del revés ha llegado predicho en detalle por María Elena Walsh: dos y dos son tres. No nos dan las cuentas y ya ni hay baraja para dar. No nos queda ni el cuatro de copas, ni resto para irse al mazo.

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