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Carlos Caso-Rosendi

Aparte del título de Papa Emérito, improvisado a las apuradas debido a la novedad de la primera abdicación en siglos; de que el anillo de Pedro haya sido destruído y que Benedicto XVI ya no tenga el poder de gobernar la Iglesia, no pueda nombrar obispos ni crear cardenales, la herencia de este Papa es inmensa. Se ha alejado porque su salud le impedía regir la Iglesia tan efectivamente como es necesario en estos tiempos. Los informes que nos llegan dicen que está cansado pero tranquilo y esperando seguramente el resultado del cónclave que Dios mediante se realizará en los próximos días.

Creo no equivocarme al afirmar que la principal misión que Benedicto se impuso fue la purificación de la Iglesia. Esa purificación que tantos escándalos han demandado ya por décadas. La liturgia, como centro de la adoración fue el marco en el que se centró la acción purificadora de Benedicto ¿Por qué? Porque la culminación, el ápice de la adoración es la Misa, la participación de todos los fieles de todos los tiempos en el sacrificio único de Cristo en el Calvario. Cerca de la Cruz, la Liturgia es fundamentalmente la manera apropiada de comportarse ante la magnitud central del misterio que nos salva. En eso creemos y por lo tanto así nos acercamos al árbol de la vida.

Por las cosas que he escuchado decir a Benedicto, creo que él se sentía peor que yo ante el repetido sacrilegio que hemos presenciado en forma constante desde los días en que se instituyó el Novus Ordo. Como Benedicto, que es un músico excepcional, yo también como músico me siento ofendido un poco más por tanto ruido desastrosamente desigual y mal logrado. A veces yo también me refugio en Palestrina y añoro los días en que nos acercábamos a Cristo con todos los sentidos. Es triste acercarse a comulgar entre la bambolla de melodías que no fueron pensadas para adorar a Dios sino para excitar pasiones. El rasgo distintivo entre lo sagrado y lo profano, tan claro para el hombre del mundo antiguo y medieval, se ha perdido completamente junto con el orden litúrgico, que varía ya no de país en país–lo cual sería suficientemente grave–sino de parroquia en parroquia. El desorden, como un humo maligno, se expandió desde la Misa a la administración de todos los sacramentos hasta el punto que ya todo es opcional: una parroquia carece de confesión, otra la ofrece pero la absolución se da sin la reflexión de la penitencia ni el signo del arrepentimiento en la forma de un acto de contrición. Todo es igual, nada es mejor. De todo eso Benedicto fue testigo. Lo que tantos santos vieron en visiones, la gran apostasía, el desorden, los diablos sueltos por la nave de la gran Iglesia de Dios… Benedicto lo tuvo que enfrentar con un cuerpo enfermo, con una visión dañada, bajo el acecho de muchos enemigos, sin poder confiar en su clero, ni tan siquiera en el más simple de sus servidores de cámara.

Summorum Pontificum sigue sin ser completamente aceptada. Hay demasiados rebeldes. Pero al menos Benedicto ha restablecido la Misa Tradicional e hizo un esfuerzo titánico para reintroducir la solemnidad en la adoración de las Iglesias de todo el mundo. Esto no es cosa sin importancia: es algo vital y creo que todos debemos actuar decididamente para volver al respeto solemne. En nuestro vestido, pobre o rico, en nuestra atención durante la Misa, en nuestra asistencia: buscando la Misa más solemne que podamos encontrar en nuestro entorno y negando nuestra presencia a aquellos lugares en los que no se celebra dignamente el misterio.

En cuanto a los escándalos, eso es algo que nos toca a los hombres católicos. Yo sé lo que tengo que hacer si el sacerdote es un depravado y actúa como tal. Hay leyes en los países contra eso. Cautos como palomas pero astutos como serpientes debemos intervenir para atrapar a los lobos y ponerlos a buen recaudo. El Papa no lo puede hacer todo y con el obispo mucho no se puede contar en estos días. Este asunto será resuelto hombre a hombre entre ciudadanos. O actuamos o nos cubre el bochorno de la colaboración. Yo no había nacido todavía para salvar judíos, como Pio XII lo hizo durante el Holocausto. Pero no me van a echar la culpa del colaboracionismo de este holocausto de niños y jóvenes. El lobo va a ser detenido en donde lo encuentre y por los medios que sean necesarios. Las ovejas no serán abandonadas. Cualquier católico, con pantalones y el resto de los aditamentos masculinos en su sitio, debe estar dispuesto a sufrir por actuar heroicamente en favor de la justicia y para el bien de la juventud. Esa es una manera de ser santos. La Iglesia no es menos nuestra que de Benedicto, defendamos la viña que Dios nos dejó a cargo y no la dejemos caer. No es válido hacerse el otro, mirar para otro lado, o desconocer; a menos que quieras que Cristo te lo haga a tí en el último día.

Otro ejemplo de Benedicto: defender la verdad objetiva. Esto es una queja personal: estoy cansado de los católicos que me corrijen la plana aduciendo su escalafón de almanaque: “Yo estudié en escuela de hermanas etc. etc.” Ultimamente estoy respondiendo a eso: “Bien, entonces me haces un resumen del contenido de la Summa Theologica y me explicas la unión hipostática. Luego me puedes recatequizar”. Eso me resulta más delicado que llamar directamente la atención a la ignorancia supina de las intervenciones de estos maestros ciruelas. Benedicto ha hecho eso: nos ha dejado un edificio intelectual, una herencia de incalculable valor para usarla en la defensa de la verdad. Ha dejado a Schillebeeckx, Kung, Pagola, Dolan, y toda esa murga, achatados bajo la sombra del gigantesco valor de la obra ratzingeriana. Esa obra se estará estudiando en los siglos por venir. Parece mentira que tanto fuego cupiera en un pecho tan pequeño ¡Con cuánta razón le decían Das Panzerkardinal!

La barca de Pedro va saliendo de los zargazos y ya se siente el aroma del mar abierto. Este es el tiempo en que más sufriremos por nuestra fe, pero también es el tiempo en que se salvarán más almas. El rebaño es pequeño, eso lo dijo Cristo claramente, pero ese es un término relativo, creo que El lo comparaba con el número total de la descendencia de Abraham, ancha y numerosa como las estrellas de los cielos, como la arena del mar.

Estemos listos con Benedicto para dar razón de nuestra fe. De los males de esta generación atroz, Dios hará un bien aún mayor. El mundo pasa y también su deseo, pero los que hacen la voluntad de Dios permanecerán en El para siempre. Como Benedicto que, dándolo todo, comenzó la reconquista de la Iglesia. ¡Animo que yo he vencido al mundo!, dice el Señor.

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