cinco-siglos

Carlos Caso-Rosendi

Hoy es el 13 de octubre de 2012. Se cumplen 95 años del Milagro del Sol que tuvo lugar en Cova da Iria, Portugal en esta misma fecha el año de 1917. El 31 de octubre, casi una fecha espejo (13-31 parecen un reflejo el uno del otro) se cumplirán igualmente 495 años desde que Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Württenberg, Alemania; iniciando el proceso que llevó a la así llamada Reforma Alemana.

En Fátima, la Virgen María anunció a sus humildes pastorcitos sobre un acontecimiento que estaba todavía por ocurrir: la Revolución de Octubre, llamada así porque ocurrió el 25 de octubre de 1917 en el calendario juliano, que los ortodoxos rusos conservaban para no plegarse al más exacto calendario gregoriano, de odioso origen romano. En realidad la Revolución Bolchevique explotó el 7 de Noviembre de 1917 y resultó ser como aquella enorme piedra que un ángel arroja al mar en el Apocalipsis de San Juan: tal como la Virgen lo predijo a los pastorcitos, el “error de Rusia” se extendió por el mundo y hoy podemos decir sin lugar a dudas que tiñe el color político de todos los pueblos del orbe. Las ideas de Marx, propagadas por Engels e interpretadas por Lenin se expandieron por Europa primero y luego al resto de la humanidad. Con esa ola vino una nueva religión al mundo, hija del viejo Liberalismo europeo y heredera de muchos de sus vicios y fobias, entre ellos el odio visceral por Dios y el cristianismo.

En el libro de Job Dios le dice al mar “De aquí no pasarás. ¡Aquí se detendrán tus orgullosas olas!” (Job 38:11) Esta figura poética, vista a la luz del resto de las Escrituras es sugestiva ya que el mar muchas veces representa a la humanidad, a las naciones; y las profundidades del mar representan la morada de los enemigos de Dios: “Ciertamente Dios herirá la cabeza de sus enemigos, la testa cabelluda del que camina en sus pecados. El Señor dijo: De Basán te haré volver; te haré volver de las profundidades del mar” (Salmo 68: 21-22). Hoy podemos usar esa figura para ilustrar hasta dónde llegan las consecuencias del error que desparramó sus olas hasta alcanzar las naciones del mundo entero. He conectado entonces esta última ola con la predicción certera de la Virgen hecha en 1917 y sin embargo quisiera, al mismo tiempo, retroceder a un punto anterior en la historia que antecede a Fátima por cuatro siglos. Ya he mencionado antes el momento en que Martín Lutero echó a rodar la Reforma Alemana. No interesan a mi presentación las tesis luteranas sino tan sólo su espíritu, su carácter rupturista y su reclamo de la individualidad como una mera negación de la paternidad, primeramente del sacerdote, luego del obispo, finalmente del Papado. Seguramente Lutero no previó las consecuencias últimas de su rebelión. Pues pronto algunos monarcas pensaron que si Lutero podía cargarse al Papa, pues ¿porqué no cargárselo ellos también? Y si el monarca podía cargarse al Papa—pensaron los príncipes—¿por qué no cargarnos también al rey? Y así los burgueses también fueron impulsados a cargarse a los nobles y con el tiempo la plebe se cargó a los burgueses… la ola parecía haber llegado a sus últimos límites cuando los revolucionarios despacharon al Zar y a su familia, cuyo apellido por curiosa coincidencia, era Romanov.

La Reforma Alemana apenas cumplía el siglo cuando John Locke nació en Somerset, Inglaterra. De Locke se dice, con bastante justicia, que fue el padre del Iluminismo. Entre sus ideas hay una que forma el alma del modernismo y que sobrevive casi intacta hasta hoy. Locke propone que demos fin a las querellas religiosas del mundo cristiano, que confinemos la religión al ámbito académico o, mejor aún, a lo meramente privado. La idea es reducir el bagaje intelectual de Occidente a una sola meta: la reforma de la sociedad y la formación del carácter individual. De ahí a la revolución bolchevique y su hombre nuevo hay solo un paso. Esos tres bloques, la negación de las ideas cristianas, la creación de un nuevo orden social y de individuos que se ajusten a las circunstancias de ese nuevo orden, son los tres objetivos esenciales de todos los movimientos que vendrán el el futuro. La Reforma Alemana tardó solamente un siglo en dar nacimiento al primer huevo de la serpiente. Pero vendrían más.

Las ideas de Voltaire y Rousseau bañaron de sangre el verano de 1814 y lanzaron al mundo a la vorágine de una lucha por el poder sin precedentes en la historia. Ya no eran reyes a la cabeza de ejércitos los que peleaban por el control de nuevos territorios. La guerra se peleaba ahora en el corazón de cada hombre. Enardecidos por sueños utópicos, inflamados por filosofías seductoras que prometían no detenerse hasta lograr la última libertad, el entero género humano se abocó a la tarea de destruir el viejo orden.

Llegó el momento en que un veterano idealista de origen judeo-germano, Karl Marx plantó también sus propias tesis. Atrás habían quedado las quejas de Lutero negando la paternidad papal, los hombres ahora negaban la misma paternidad divina en obras comoTotem y Tabú de Sigmund Freud, o El Origen de las Especies de Charles Darwin. Atrás había quedado el concepto cristiano de la noble creación, la caída de la raza, la redención en el amor de Dios, y la recreación de la sociedad y el individuo en el orden divino de la Iglesia militante en el mundo. Ahora el hombre se erguía orgulloso avanzando épicamente hacia las estrellas desde la miasma de los pantanos ancestrales. Este no era un hombre que quería conocer a Dios, sino un hombre que quería encontrar en sí mismo un dios nuevo.

En las Tesis Sobre Feuerbach, Marx propone que la acción política es el único derrotero válido para la filosofía. Su conclusión destrona el idealismo precedente y lo condena por ser meramente un intérprete de la realidad en vez de ser un modificador de dicha realidad: “Los filósofos hasta ahora han interpretado el mundo en varias maneras; el punto es cambiarlo”. [1] La influencia de la proposición original de Locke es innegable. La filosofía ha pasado de la contemplación a la acción y evolucionaría hasta producir elManifiesto Comunista cuya mismísima última línea invita a actuar: “¡Trabajadores del mundo, uníos!”

Si Freud había destronado la paternidad divina reduciéndola a una mera psicosis; si Darwin había destronado la fecundidad paternal de Dios en la creación, reemplazándola con un mero sistema selectivo activado por la fuerza bruta; ahora Marx volvíase levantando el puño cerrado contra el mismo rostro de ese Dios que había ordenado el mundo de una forma que Marx no aprobaba. La humanidad atacaba la paternidad divina en todos los frentes y deseaba romper con todos los límites naturales que la habían regido hasta entonces en un intento de parar la pirámide sobre su punta para que la base quedara mirando al cielo.

Llegó el otoño de 1914 y la Gran Guerra comenzó aptamente con el asesinato en Sarajevo del Archiduque Francisco Fernando y de su esposa la Condesa Sofía. Sus últimas palabras fueron para su amada esposa “No mueras, debes vivir, por nuestros hijos”. La amada condesa no sobrevivió y en los años que siguieron, la guerra y las revoluciones que se multiplicaron por el planeta, dieron fin a lo que quedaba de las testas coronadas, eliminándolas totalmente como en Francia y Rusia o privándolas de todo poder real. Las ideas inauguradas por la Reforma Alemana alimentaban una conflagración que envolvía al mundo entero.

De la monumental gresca de 1914-1918 surgió el problema de cómo repartir los recursos ahora disponibles a los nuevos estados soberanos. Surgieron muchas teorías y se propusieron muchas soluciones que se pueden resumir en tres grandes grupos:

a. El Capitalismo Liberal, capitalismo en manos de corporaciones privadas e individuos obrando dentro de los mercados del mundo sin ninguna intervención estatal.

b. El Fascismo, en el que el capital es asignado al cuidado de empresas y grupos de acción social en coordinación directa con el estado que las domina.

c. El Comunismo/Socialismo que subordina todo el capital y hasta los recursos humanos a la voluntad férrea del estado que todo lo posee y distribuye.

El Capitalismo Liberal, opuesto al capitalismo meramente natural que había reinado desde el comienzo del mundo, recorrió a los tumbos su corta y sangrienta historia desde el establecimiento en Amsterdam de la primera Compañía de las Indias Occidentales (Vereenigde Oost-Indische Compagnie) hasta la gran debacle de la bolsa de New York en 1929, que dio principio a la Gran Depresión de los años treinta. En la mayoría de los países occidentales este tipo de capitalismo fue emparchado con diversas variantes de medidas de corte socialista o fascista, según conviniera. El Capitalismo Liberal, con sus vastos mercados abiertos a la iniciativa individual sin otro control que los vaivenes impredecibles de la bolsa… desapareció para siempre.

El Fascismo compitió por un tiempo, pero adolecía del mal que siempre aqueja a todas las empresas estatales, el anquilosamiento general y paralizante. Por un tiempo la maquinaria armamentista y la expansión de los mercados por mera fuerza militar sostuvieron el sistema, pero enfrentados con los límites naturales de la conquista armada el Fascismo estiró ignominiosamente la pata sobre la cubierta del USS Missouri en el verano de 1945.

El Comunismo probaría que hasta para morir iba a ser lento e ineficiente. Aunque las hambrunas y el desabastecimiento ya habían destruído las economías del bloque soviético para 1950, no fue sino hasta 1991 en que un miembro del politburó soviético admitió en la última reunión del cuerpo: “Sencillamente, no podemos seguir viviendo así.” Afuera, en las calles de Moscú, Boris Yeltsin agitaba borracho la bandera con los colores de la Rusia Imperial pero ya sin el escudo del zar.

Todas estas cosas no detuvieron la ola. El marxismo sigue siendo una idea popular y los gobiernos de todo el mundo, incluídos ahora hasta los mismos Estados Unidos, se rigen en mayor o menor manera con principios que emanan del ideario marxista.

Al buen observador del panorama económico no se le escapa que al crecer la cantidad de medidas socializantes disminuye el bienestar general, mientras que cuando lo opuesto ocurre las economías parecen revivir. Hasta los acérrimos comunistas chinos han tenido que liberar inmensas áreas de su economía para generar algún tipo de riqueza. Entretanto lo opuesto parece estar pasando en los otrora prósperos países norteamericanos como los Estados Unidos y Canadá: a medida que se estatizan mayores sectores de la economía parece apagarse la prosperidad material.

El marxismo, esa última encarnación del liberalismo iluminista, parece estar llegando a sus últimos suspiros ¿Y ahora qué?

Un santo cívico de nuestro tiempo, Aleksandr Isayevich Solzhenitsyn dijo una vez que la mentira siempre es seguida por alguna clase de violencia. Su conclusión se fundamenta en la condena del demonio por Jesús: “Ese era mentiroso y asesino desde el principio”(Juan 8:44) Solzhenitsyn asocia esas palabras de Cristo con la particular modalidad del estado soviético que fabricaba diariamente una narrativa que debía ser aceptada para evitar las más serias represalias.

Hoy el mundo se enfrenta al fin de la sangrienta fantasía desatada y alimentada por quinientos años de desobediencia y mentecatez. Las pilas de muertos se han sucedido como si nada de una generación a la otra y sin embargo ese paraíso universal de feliz libertinaje y abundancia sin par nunca se produjo. Creo que es razonable esperar que nunca se producirá. Pero, para los transgresores los desagradables y molestos hechos no meritan un cambio de conducta.

Para nosotros que ya llevamos cinco siglos aguantando las chapuzas de estos improvisados, ha llegado el momento de levantar nuestras cabezas porque nuestra liberación se acerca. Es hora también de meditar en el nuevo mundo que surgirá después del colapso. No estaría mal terminar esto con una llamada a la acción parafraseando parcialmente la exhortación de Marx: Los filósofos hasta ahora han cambiado el mundo en varias maneras; ahora nos toca reconstruirlo.

Nuestras clases dirigentes perecerán de la misma manera que las clases dirigentes romanas perecieron: por inoperancia y depravación. Pero también así como la Cristiandad emergió del cuerpo muerto del Imperio Romano, un nuevo orden cristiano surgirá cuando esta crisis haya madurado y borrado de la existencia todos los planes humanos de un orden sin Dios. A nosotros nos queda abrazar el futuro y transformar el mundo en un lugar donde los hombres de buena voluntad puedan vivir su vida poniendo su confianza en Dios.

¡Manos a la obra!


[1] “Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert; es kommt aber darauf an, sie zu verändern”

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