aqui-esta-el-hombre-2

Carlos Caso-Rosendi

Cuando Nuestro Señor colgó en la Cruz, nadie se dio cuenta que Su dolor humano comenzaba en ese momento a irradiar, como la luz del sol irradia, a todos los hombres de todas las épocas. La Cruz nos enseñó que el dolor y la muerte son nada ante el amor de Dios, que todo lo somete al poder Divino. El nos amó primero y por habernos amado sufrió para que por sus heridas fuéramos curados.

Años después, un escritor cristiano aconsejaría a su rebaño a permanecer en el amor, esa argamasa divina que une a todas las partes de la Iglesia a través del tiempo y del espacio: “Permaneced en el amor fraterno. No os olvidéis de la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles. Acordaos de quienes sufren en prisión, como si estuvierais con ellos encarcelados, y de los maltratados, pensando que también vosotros tenéis un cuerpo.” (Hebreos 13:3)

Desde el principio de la Iglesia, el Señor ha permitido que sus seguidores sufran tal como El sufrió. En algunos casos, a sus hijos preferidos, Jesús les regala astillas selectas de la Cruz. A mi entender, tal es el caso del Padre Gordon MacRae un hombre de bien, un inocente, que carga ya hace muchos años, una injusticia insoportable y muy difícil de comprender.

Acusado falsamente de un delito que no cometió, el Padre MacRae es uno de esos justos que han debido pagar en su cuerpo las culpas de otros pecadores, tal como lo hizo Cristo. Como todos los sacerdotes católicos, el Padre MacRae dedicó su vida a ser un alter Christus, otro Cristo en el servicio de la Iglesia. Jesús le tenía preparado un sacrificio especial que lo llevó a ser, como Cristo, acusado falsamente y condenado sin justicia ni piedad.

Hace unas semanas descubrí un artículo en el Wall Street Journal presentado una prestigiosa columnista, Dorothy Rabinowitz, ganadora del Premio Pulitzer. La autora también era entrevistada en un video que vale la pena ver y que recomiendo a aquellos que pueden entender inglés. Extraigo una frase importante del artículo que servirá de introducción al drama que les presento. La autora se refiere al juicio del Padre MacRae: “A aquellos que conocen los hechos de esta causa les resulta difícil imaginar que cualquier tribunal contemporáneo pudiera ignorar la perversión de la justicia que este caso representa.“

Tres meses antes de que el artículo apareciera, un juez de segunda instancia en el estado de New Hampshire (EUA) rechazó la apelación del caso sin tan siquiera oír testimonio alguno, sin juzgar sus méritos, ni la evidencia que existe de las graves violaciones de derecho que en este caso evidentemente se cometieron. Con el tiempo se apeló a la Suprema Corte de New Hampshire, que inexplicablemete también rechazó la apelación y se negó a oír el caso.

Nosotros en estos países del así llamado “tercer mundo” miramos muchas veces, por fuerza de costumbre, a los Estados Unidos como un modelo de lo que la administración de la justicia debiera ser. Si bien es cierto que los Estados Unidos han sido mejores que otros países en balancear el juego de los poderes del estado, también debemos admitir que las virtudes estadounidenses han sido muchas veces contrapesadas por vicios evidentes de los cuales la esclavitud y la segregación racial oficializada son solamente dos ejemplos entre muchos. En este caso que presento hay un hombre inocente, el Padre Gordon MacRae que lleva ya 20 años injustamente condenado en circunstancias que harían sonrojar a cualquier juez del viejo sistema de justicia soviético. El Padre MacRae, un ciudadano estadounidense con plenos derechos ha sido acusado por un delincuente amoral y juzgado culpable por la justicia de New Hampshire que, en este caso al menos, ha resultado ser tan infame como los tribunales de cualquier república bananera.

Estoy seguro que muchos, al llegar a este punto se imaginan que esto que les presento es una defensa motivada por la parcialidad que yo pudiera sentir como católico por un sacerdote caído en semejante desgracia. No hay tal cosa. Al presente, es bien conocida mi posición con respecto a monstruos como Marcial Maciel Degollado y otros pervertidos por el estilo. Mi desprecio por esos amorales, y por los anormales que los defienden y apañan, no conoce paliativos. Lo que me mueve no es la simpatía por un hermano sacerdote sino la evidente injusticia que queda a la vista cuando se examinan los hechos de este caso y se los somete al mero sentido común.

El abogado americano Robert Rosenthal apela a la Suprema Corte de New Hampshire con estas palabras:

“ … se trata de una estafa para obtener dinero de la Iglesia Católica como compensación legal. Tom Grover, un criminal drogadicto y alcohólico, acusó al Padre Gordon MacRae de abusarse de él hace años. El juicio civil que presenta Grover – en el que se condena a MacRae – le reportó cerca de 200,000 dólares. No se han hallado testigos de los presuntos hechos delictivos a pesar de que se alega que ocurrieron en lugares muy concurridos. Los reclamos de Grover se contradicen con hechos objetivos y concretos (por ejemplo: cerraduras bloqueadas que el acusador declara que funcionaban correctamente, hechos ocurridos en una oficina a la que MacRae no tenía acceso, alegaciones sobre un juego de ajedrez que para entonces no había sido aún comprado.”

Thomas Grover, el acusador del Padre MacRae asegura que fue violado por el sacerdote en por lo menos cuatro ocasiones separadas. También asegura que regresó una y otra vez al lugar de las supuestas violaciones porque al salir, se le olvidaba completamente lo que había pasado. La puerta de acceso a la oficina donde las violaciones supuestamente ocurrieron, está en un lugar muy concurrido y a la vista de las otras oficinas de la parroquia. El periodista Ryan A. MacDonald, en un artículo publicado recientemente afirma que “la entrada era el lugar más transitado en la parroquia de Saint Bernard en los años 1980” y sin embargo nadie, lo que se dice nadie, vio a Thomas Grover entrar, o salir, de ese lugar. Tampoco se lo vio cerca de la ventana detrás de la cual dice haber sido violado. Dicha ventana se puede ver claramente desde otros edificios de la parroquia y además da —a toda vista— a la calle principal del pueblo. Thomas Grover, un conocido delincuente, en 1994 recordó, teniendo 27 años de edad, haber sido violado cuatro veces en el verano de 1983. Grover explica su retorno al lugar donde fue supuestamente violado, diciendo que un síndrome de estrés postraumático le hizo hecho olvidar completamente las violaciones cada vez, hasta que las recordó todas, muchos años después. Las jugosas compensaciones que la Iglesia empezó a pagar entonces, le deben haber refrescado la memoria. Una gran parte del testimonio de Grover no coincide con las circunstancias y los lugares en los que el Padre MacRae desempeñaba su trabajo en 1983.

Acuciado en estas extraordinarias circunstancias, el Padre MacRae fue abandonado por sacerdotes que podrían haber testificado a su favor. Luego fue abandonado por su propio obispo de la Diócesis de Manchester. Nadie quiso que la falsa acusación “salpicara” a otros en la parroquia o en la diócesis y por eso entregaron al Padre MacRae a su suerte.

Los católicos de buena conciencia no podemos dejar que esta injusticia perdure. Esto es una apelación para que cumplamos con el consejo apostólico citado antes en Hebreos 13:3. Eso incluye al presente Obispo de Manchester, New Hampshire y a las autoridades de ese estado que pueden revisar el caso. También es necesario colaborar financieramente con el Padre MacRae para que tenga los medios de defenderse.

La comunidad de New Hampshire tiene también la obligación de revisar este caso. Mucho tiempo ha pasado desde la época de las cazas de brujas en esa parte del mundo. Este caso no deja a New Hampshire haciendo un buen papel delante del mundo y delante de otros estados americanos. Es importante que los obispos estadounidenses y nuestro Santo Padre en Roma recuerden que la política de “billeteras abiertas” está tentando a muchos delincuentes y personas inmorales a causarle más daño a la Iglesia. Me da la impresión que se está tapando un error con otro error, se está administrando mal la confianza y las limosnas que hemos depositado en manos de nuestros obispos.

Barrabás ya escapó, Judas ya recibió sus monedas: ¡he aquí el hombre, Gordon MacRae! Obispos de la Iglesia ¿Qué hacemos con él?

aqui-esta-el-hombre-1

Anuncios