6-de-agosto-1945

Carlos Caso-Rosendi

En esta semana se recordaron los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki que marcaron el fin de la II Guerra Mundial en los que perdieron la vida entre 150 y 200.000 personas: civiles y militares japoneses, esclavos chinos y coreanos y prisioneros de guerra de diversos países aliados que habían caído prisioneros de las fuerzas armadas japonesas en diversos puntos del teatro bélico.

Las cifras son frías pero necesarias para poner en perspectiva la horrible experiencia de los primeros ataques atómicos de la historia -roguemos porque también sean los últimos- en una guerra que mató a más de 50 millones de personas, de las cuales unos 10 o 15 millones fueron muertos por la agresión japonesa en el Pacífico.

Siempre, para estas fechas aparece alguien condenando el uso de ese tipo de armas que son ciertamente condenables, tanto o más que las guerras que generaron su uso. Esa guerra que Winston Churchill llamó “la más evitable de la historia” y que sin embargo ocurrió y trajo sobre la humanidad aún peores consecuencias que la Gran Guerra Europea que pasó a la historia como la Primera Guerra mundial.

Los que protestan contra el uso de las armas nucleares, sin embargo, olvidan convenientemente la horrible realidad de las agresiones del Nazismo alemán y del Imperialismo Japonés. Pareciera que últimamente, a pesar de todo lo que la historia registra, sólo Occidente es merecedor de ser recordado como culpable de algo. El brutal sometimiento de Nanking por los militares japoneses, recordado por Iris Chang en su libro The Rape of Nanking, o la esclavización de poblaciones civiles por el ejército actuando en conjunción con el complejo industrial japonés son raras veces mencionados. Se condena asimismo la presencia naval norteamericana en el Pacífico hasta este día, pero no se tiene en cuenta que la armada americana es quizás la mayor fuerza responsable por la estabilidad de esa parte del mundo. Dicha estabilidad ha sido bien aprovechada por los países de esa región, incluyendo primeramente a Japón, quienes vienen desde hace años tomando la delantera entre las naciones industrializadas del planeta. Corea, Singapur, Japón, Taiwan y últimamente China han resurgido como potencias industriales gracias a la relativa seguridad que emergió de la Pax Americanade la segunda mitad siglo XX.

Los cristianos esperamos que un día llegue la paz mundial que prometen las Escrituras cuando describen el Reino de Dios. Y aunque es nuestra obligación poner nuestras esperanzas en ese reino divino, también es cierto que este planeta que habitamos no es precisamente una escuela de señoritas. Hasta que venga Cristo es tarea nuestra administrar la paz, sufrir la guerra y buscar la justicia en todo, de la misma manera que los siervos de Dios de todas las épocas, muchos de los cuales fueron guerreros.

Los militaristas japoneses planeaban mantenerse en el poder por medio de usar el enorme costo humano de una posible invasión a las islas de Japón. De hecho ambos contrincantes estimaban que los japoneses iban a perder 20 millones de vidas, mayormente civiles. Los aliados, mayormente americanos, estimaban que podían tener cientos de miles de bajas a juzgar por la experiencia ganada en los desembarques en Africa, Italia y Francia. Al tiempo de los bombardeos atómicos, las fuerzas japonesas estaban causando cada mes la muerte de unos 200 a 300.000 chinos, coreanos, vietnamitas, indonesios, burmeses y otros asiáticos. Ya venían haciendo eso desde antes del bombardeo de Pearl Harbor. Quizás todo eso entró en el tétrico balance que la dirigencia política americana tuvo que hacer antes de decidirse a usar un arma tan terrible. El presidente Truman lo expresó así: “Me doy cuenta del trágico significado de la bomba atómica … Es una terrible responsabilidad la que ha caído sobre nosotros … Damos gracias a Dios que tal responsabilidad haya caído sobre nuestros hombros y no sobre los de nuestros enemigos; y rogamos que El nos use en Sus caminos y para Sus propósitos”.

Muchos especulan que un bombardeo incruento hubiera sido suficiente para que el Japón se rindiera. Eso queda desmentido por la negativa a la rendición que hizo necesario el segundo bombardeo de Nagasaki y la declaración soviética de guerra que llegó casi al mismo tiempo que el bombardeo de Hiroshima. Es fácil condenar a Truman y a otros políticos de su tiempo porque se nos va olvidando la brutalidad de los regímenes que ellos tuvieron que enfrentar y el terrible goteo de vidas que se hubiera prolongado por años si las bombas atómicas no se hubieran usado. El bombardeo ocurrió en el día de la Transfiguración y ciertamente el mundo fue transfigurado en un breve momento y se abrieron las puertas de los apocalípticos escenarios de la guerra fría.

Debemos rogar, especialmente por la intercesión de Nuestra Señora de Fátima, para que venga la solución definitiva a los interminables conflictos del mundo en que habitamos. Debemos recordar que ningún agente humano podrá traer la paz prometida por Cristo, aunque todos estamos obligados a buscarla por todos los medios. Cristo vendrá en el momento que El elija y para un servidor, ese momento no puede ser demasiado pronto. Maranatha.

 

 

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