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Carlos Caso-Rosendi

En el relato evangélico de la tentación de Cristo leemos que el diablo trató de hacer tropezar a Jesús con tres diferentes, ninguna de las cuales lograron su imposible objetivo de hacer pecar al Mesías. Me atrevo a hacer una comparación ya que en estos días la iglesia católica en los Estados Unidos se enfrenta con el gobierno federal que ha tratado de forzar a las instituciones católicas a proveer a sus empleados con servicios “médicos” que van en contra de la doctrina. Esos servicios incluyen entre otras cosas el aborto, los medicamentos abortifacientes y diversos medios anticonceptivos.

La atrevida propuesta del gobierno federal americano no ocurre de repente, lo único asombroso es que no haya ocurrido antes. Alexander Solyenitzin declaró que la mentira siempre es seguida por algún tipo de violencia. El diablo, mentiroso y asesino, tienta siempre con mentiras ya que no puede ofrecer a sus víctimas nada mejor que lo que ya tienen. Por lo tanto no es sorprendente que el ataque de la presente administración haya sido precedido históricamente por tres tentaciones que coinciden con lo que ya conocemos del modus operandi del maligno (Mateo 4, 1-11)

En el Evangelio según San Mateo leemos:

Jesús fue conducido del Espíritu de Dios al desierto, para que fuese tentado allí por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, tuvo hambre.

Esto lo vivimos todos los seres humanos. El comienzo del camino a la perfección comienza con alguna forma de privación. Es posible que nunca le demos mucha importancia a la comida, por ejemplo, pero cuando nos vemos privados de ella en forma involuntaria o voluntaria, como Cristo en este caso. Así en el ayuno nos vemos forzados a pensar en lo que nos falta y entonces tenemos una oportunidad de conocer esa gracia y a Dios que nos da el alimento diario. En el caso de los Estados Unidos se puede decir que la ausencia de alimento espiritual ha sido patente ya por un tiempo y que el país está hambriento de verdades espirituales pero aún no ha discernido la fuente de tales verdades. Es en este contexto que viene la tentación violenta de la que estamos hablando. Las fuerzas del mal atacan a la única fuente posible de verdad porque ésta se interpone entre los opresores y sus designios de gobierno total.

El problema que todos tenemos cuando nos enfrentamos a tentaciones es el mismo: no somos Cristo y a veces abrazamos la tentación porque está hábilmente disfrazada de bien. Estas son las tres tentaciones que la iglesia americana ha fallado en rechazar. Las analizo teniendo en cuenta el texto de S.S. Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazareth.

Entonces, acercándose el tentador, le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, di que esas piedras se conviertan en panes”. Más Jesús le respondió: “Escrito está: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”

No hay nada de malo en colaborar para alimentar a los pobres. En nuestra diaria bendición del alimento nos hacemos socios de Dios en esa tarea al decir “Señor, da algo a quienes nada tienen” y es uno de nuestros deberes fundamentales el dar aún más allá de lo que podemos para que otros más necesitados puedan comer. Cuando la iglesia americana cayó en la trampa de pensar que la justicia social gerenciada por el gobierno traería más almas a la iglesia, puso por decir así el caballo detrás del carro. Se olvidaron que la justicia social surge del Evangelio y no lo inverso. Al convertirse en meros dispensadores de la generosidad estatal, participando en todo tipo de programas gubernamentales de bienestar social, la iglesia americana pasó a ser una mera boca de expendio, un empleado con deberes que cumplir y obligaciones que obedecer: un simple proveedor de pan en vez de ser la conciencia del país al dispensar el pan espiritual del Evangelio antes que el pan material. No se puede servir a dos amos, al gobierno y a Cristo.

Después de esto le transportó el diablo a la santa ciudad de Jerusalén, y le puso sobre lo alto del templo y le dijo: “si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo, pues está escrito: Que te ha encomendado a sus ángeles, los cuales te tomaran en las palmas de sus manos para que tu pie no tropiece contra alguna piedra”. Replicóle Jesús: “También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”.

Esta es la tentación común de “apurarlo a Dios” por medio de forzar las circunstancias y hacer abuso de la ya natural imprudencia humana, como quien dice equivocadamente “no arreglo los frenos del auto porque confío en la protección de Dios”. Para la iglesia la tentación consistió en encarar proyectos enormes aprovechando la temporaria prosperidad del país para engrandecer edificios e instalaciones, proliferando programas de todo tipo, etc. Nada hubo de malo en eso, con una excepción quizás: el católico estadounidense quería demostrarle a sus compatriotas que era tan americano como ellos y que la lealtad al Papa de Roma no disminuía su patriotismo o dedicación a la causa americana. Un buen ejemplo de esa actitud fue el discurso que John F. Kennedy diera en Houston ante un grupo de pastores protestantes que en su gran mayoría desconfiaban que un católico pudiera tomar decisiones en la presidencia sin caer en conflictos de lealtad entre Roma y Washington. Kennedy nunca respondió católicamente a esa preocupación sino que se rindió al prejuicio protestante para ganar su aprobación, algo que luego su hermano Edward “Teddy” Kennedy amplificó con su vociferante apoyo a la causa del aborto. La iglesia americana se tiró de las almenas del templo para participar así activamente en proyectos originalmente bien intencionados pero que hirieron profundamente el espíritu cristiano que animara originalmente a la revolución americana. La iglesia debería haber sido conciencia y guardián de ese espíritu, demostrando así su adherencia a los mejores intereses del país y su lealtad a los principios que lo fundaran. Pero con los ojos cerrados por la tentación eligió el camino de un americanismo estéril y se convirtió sin quererlo en socia de un falso profeta.

Todavía le subió el diablo a un monumento muy encumbrado y mostróle todos los reinos del mundo y la gloria de ellos. Y le dijo: “Todas estas cosas te daré si, postrándote delante de mí, me adoras”. Respondióle entonces Jesús: “Apártate de ahí Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo, y a él sólo servirás.”

Después de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos se encontraban en una posición irrepetida en la historia. Habiendo derrotado al fascismo internacional y armados con las armas más poderosas de la historia, además de haber ganado una posición moral envidiable. Los promotores de la doctrina del destino manifiesto vieron en esto una señal de que la grandeza americana se extendería por el mundo inaugurando una era de prosperidad y paz. La Pax Americana nunca se realizó completamente pero la combinación de las ambiciones de reforma social del Frankin D. Roosevelt, la prosperidad de la posguerra y el dinamismo materialista impuesto por la producción de elementos de guerra; lograron cambiar la naturaleza austera de la república y en el curso de una sola década le dieron un carácter imperial. Nuevamente ante la iglesia americana se presentó la tentación de subirse al carro triunfal. Cristo podría haber recibido del diablo los reinos del mundo para mejor proclamar el Evangelio y sin embargo no lo hizo porque sabía que lo temporal y lo eterno no pueden trabajar juntos para la gloria de Dios si el socio es justamente el enemigo de Dios. De ahí la palabra “apártate” que justamente se repite como una severa admonición a Pedro y a la Iglesia en Mateo cap. 16. Nuevamente la iglesia americana fue cegada y no pudo ver la verdad de la situación. Los elementos “progresistas” amparados por el éxito temporal y material del país ganaron influencia y terminaron de poner a la iglesia en la apretada situación en la que ahora se encuentra.

Después de esto, lo dejó el diablo y he aquí que se acercaron los ángeles y le servían.

La resistencia perfecta a la tentación abre completamente las puertas a la gracia. En el caso de Jesús los ángeles aparecen para completar con gracia el trabajo de esa obediencia perfecta. Pero ¿en qué resulta este proceso cuando caemos en tentación? Justamente en todo lo contrario. La gracia divina actúa, ya no para premiar la obediencia, sino para educar al alma en los duros caminos de las purgaciones de Dios. Así es que ya por una década la iglesia en los Estados Unidos atraviesa un crisis moral que comenzó con los escándalos de pedofilia en Boston y sigue sin duda hasta hoy. Se ha perdido estatura moral delante del pueblo americano, se ha perdido el respeto de muchos fieles que ven como se venden iglesias y otros edificios del tesoro de la Iglesia para pagar por las consecuencias de la mala conducta de clérigos desobedientes e infieles. Muchos se han ofendido al ver que los mismos que miraron para otro lado cuando el escándalo ocurría están ahora a cargo de vigilar a los laicos como si éstos hubieran sido los culpables del desastre.

El resultado de estas tentaciones es que los ángeles están sirviendo un plato muy amargo a la iglesia americana. Es de esperar que tanta amargura produzca el dulce fruto del regreso al camino del servicio de Dios. Con Cristo no hay nada imposible y sin El, nada se puede lograr.

Si el Señor no edifica la casa,
en vano trabajan los albañiles;
si el Señor no custodia la ciudad,
en vano vigila el centinela.

Es inútil que madrugueis;
es inútil que veleis hasta muy tarde
y os desvivais por ganar el pan:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!

El asunto es entonces volver a ser amigo de Dios aunque el mundo entero nos tenga de enemigos. La amistad con Dios es buen negocio y como muy bien lo dijera alguien antes:“the business of America is business.”

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