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David Warren

Quiero hablarles de una “reforma” de la Iglesia que me gustaría ver realizada. Usaré la palabra “reforma” como sinónimo de “restauración” y no de la manera en la que corrientemente hoy se usa. Me gustaría regresar al latín restaurado como el idioma normal y también normativo de la Santa Misa, por varias diferentes razones. Sin embargo para el presente propósito ofrezco solamente una razón: contribuiría a la restauración de las parroquias; lo que a su tiempo contribuiría a la unidad de la Iglesia.

“La Eucaristía no es un asunto privado,” nos explicaba el entonces Joseph Ratzinger en una memorable homilía. (Fue en tiempo de Corpus Christi, y se la presenta en el primer volumen que aparecerá como su Obra Completa traducido al inglés, recién publicado por la editorial estadounidense Ignatius Press, en su página 405.) No es un encuentro en un club, una reunión de gente que comparten un ideario, o disfruta de la mutua compañía. De hecho, ninguna institución humana en toda la historia se parece a la Iglesia Católica en lo que toca a la diversidad de sus miembros. Eso no es accidental sino más bien la intención que le confió su Fundador desde el principio. La Iglesia es iglesia para todas las almas y El quiso decir todas las almas.

En los viejos tiempos, en los primeros siglos cuando nos perseguían los romanos de una manera muy similar a como pasa hoy día más en el mundo árabe que en el mundo occidental — solíamos establecer nuestras iglesias dondequiera que hubiera cristianos, a la vista cuando fuera posible y en las catacumbas cuando no lo fuera. En esos viejos tiempos, cuando la iglesia comenzaba a afianzarse, especialmente en el área que rodea al Mediterráneo, particularmente en Anatolia, Egipto, y Africa del Norte — se hizo costumbre una peculiar y muy controvertida práctica: habría una (1) iglesia en cada pueblo o en cualquier otra jurisdicción o “parroquia”. Fíjese en ese número con cuidado, que es muy diferente del dos, el tres o cualquier otro número. Porque no era la intención de que hubiera iglesias para “grupos especiales” adaptados a clases específicas, o etnias, o aficionados a tal o cual cosa, o grupos de ninguna otra clase.

Ratzinger escribe: “En esos tiempos, en el mundo del Mediterráneo en que el cristianismo se desarrolló primeramente era característico que en la Eucaristía, que un aristócrata que había encontrado su camino al cristianismo se sentara junto a un estibador de Corinto, un miserable esclavo, que bajo la ley romana no era considerado ni tan siquiera un hombre y era tratado como ganado. Era característico en la Eucaristía que el filósofo se sentara junto al analfabeto, la prostituta y el recaudador de impuestos convertidos se sentaran junto al religioso asceta que había hallado su camino a Cristo.”

Esto era, como está de moda decir en nuestros tiempos, “transgresivo” de parte de la Iglesia. La gente se resistía a ser así distribuída en los asientos y en verdad, como nos lo recuerda la literatura de la época, los “bien-pensantes” seculares lo consideraban un escándalo y contra naturam. Un escándalo no tan grave como el escándalo teológico, sin embargo: la mismísima idea de que Dios pudiera tener un Hijo, que fuera tan débil y desafortunado como para permitir que lo crucificaran en público. (Cuando los musulmanes se burlan de nuestro relato de la vida de Jesús, usan los mismos argumentos que usaron los antiguos romanos.)

Bueno, tratemos un escándalo a la vez. El escándalo de hoy es poner esa clase de gente en una sola Iglesia, en general y — específicamente todos en la misma localidad y el mismo templo. A las muchas objeciones que se levantaban, aún desde adentro, la respuesta de los obispos era: “No os matará.”

La insistencia de los protestantes de antes en que los servicios religiosos debieran realizarse en “un lenguaje que la gente pueda comprender,” hay que tomárselo con soda. Cualquiera que posea un misal católico de antes del Concilio Vaticano II, notará que el latín estaba traducido al idioma vernáculo en columnas paralelas, en caso que alguien hubiera querido saber de qué se trata. Y al tener que ir a Misa po lo menos cada domingo, con el tiempo le tomaban la mano. Por supuesto que había gente alérgica al latín aún en 1962 y no se murieron de eso.

Y ahora ¿qué pasa si en una gran ciudad tenemos gente que hable un idioma que no sea el vernáculo de la mayoría? O si hay quienes estén más o menos adaptados a la lingua franca pero permanecen suficientemente “multiculturales” y asisten a la Iglesia Católica que los agrupa por etnias o idiomas (siempre y cuando todavía vayan a la Iglesia).

El amable lector puede comenzar a barruntar para qué sirve el latín que una vez fue y debe necesariamente permanecer como la lingua franca de la Iglesia de Occidente; como el griego lo es en la Iglesia de Oriente, incluso en aquella parte de las iglesia orientales que continúan en comunión con Roma. Estos ya difícilmente son los únicos idiomas pero donde sea que la Iglesia Católica ha viajado — y ya ha alcanzado el mundo entero — el latín es el primer lenguaje al que se echa mano.

No quiero tocar el asunto del cisma sino indirectamente. Más bien observo que un atributo de la Iglesia es su unicidad. Los asuntos de forma pueden cambiar ligeramente de provincia en provincia, de diócesis en diócesis, aún si se quiere de parroquia en parroquia, pero debe quedar claro en cada caso que hay una sola Iglesia más allá de la localidad, debe ser claro que es una sola Iglesia. (Es dolorosísimo que el fiel católico contemporáneo debe frecuentemente cambiar de parroquia para no tener que oír herejías predicadas desde el púlpito).

¿Ha cambiado hoy la situación en el mundo? Por supuesto. Las cosas son distintas hoy de lo que eran en el primer siglo. Pero el hecho es que la variedad de las cosas cambia, no la Iglesia. En lo que toca al importantísimo asunto de la ontología humana y la vida inmortal, no hay tal cosa como un católico “de diseño”.

Como siempre lo hago en estos ociosos ensayos, invito al amable lector a pensar, a profundizar en estas cosas. Las conclusiones que presento son aquellos que me parecen obvias e indiscutibles aún cuando al lector le parezcan sutilezas fáciles de descartar. Y sin embargo las pienso a fondo en este contexto: que el aluvión de toda esta desintegración litúrgica no nos ha venido, a mi ver, en nombre del Señor Jesucristo, sino en nombre del “espíritu del Concilio Vaticano II”.

Quiero llamar la atención a algo que no está ni puede estar bien; cómo arreglarlo es algo que está muy por sobre mi autoridad y mucho más allá de mi control. Cristo arreglará todo en la plenitud de los tiempos y los medios que El usará sobrepasan nuestra imaginación. De todos modos, cuando algo está equivocado debemos admitirlo que lo está y hacer lo que sea posible para restaurar el buen orden poco a poco, desde Roma para abajo. Pienso que es necesario ver, cada vez con mayor claridad, que el abandono del latín — y la adición de tantas otras innovaciones “modernizantes”— ha llenado la Iglesia de parches entrelazados en una confusa red de ajustes y chapuzas que eventualmente se van a desarmar.

La nuestra no es una religión o iglesia tribal. Tampoco pertenece a una clase o a una raza determinada. Su credo no cambia según el lugar. Adoramos juntos al mismo Dios Triuno, el mismo Padre, por el mismo Hijo, en el misterio que impulsa el mismo Espíritu Santo.

En la Carta a los Gálatas, hacia el fin del capítulo tres dice San Pablo” “No hay ya ni hebreo ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay ni hombre ni mujer. Porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.

 

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