ser-catolico

Carlos Caso-Rosendi

Todas las cosas que nos pasan debieran enseñarnos algo, tanto los detalles aparentemente sin importancia que vivimos en el día a día como los grandes triunfos y desastres con los que tenemos que enfrentarnos de tanto en tanto. Rudyard Kipling, el gran poeta británico meditaba: “Si puedes enfrentar el triunfo y el desastre y tratar de la misma manera a esos dos impostores”. En estas pocas semanas pasadas he tenido que enfrentarme a las acciones de unos cuantos necios que me hacen pensar ¿es que nunca van a aprender? Y por oposición tuve la gran gracia de compartir algunas horas en compañía de hombres sabios que me hicieron pensar ¿es que nunca voy a aprender?

Fueron un par de semanas excepcionalmente ricas en buenas experiencias, porque tanto valen los necios como los sabios si estamos dispuestos a aprender. También cumplí, este día de la Asunción de Santísima Virgen, mis doce años en la Iglesia. Cuánto han cambiado las cosas desde esa tarde en Londres, llena de sol y de expectativas por lo que esa nueva etapa de mi vida traería. Cuántas buenas personas me han enseñado este negocio, a la vez simple y complejo, de ser católico.

A la luz de los acontecimientos de la semana y reflexionando en los doce años de buenas y malas experiencias puedo decir que he aprendido más de las malas experiencias que de las buenas. Pero aún prefiero las buenas. Para empezar hago la lista de lo que queda en la columna del “debe”, o sea lo que no debiera ser parte de la experiencia católica pero que algunos tienen equivocadamente como esencial:

Buscar en la revelación privada el sustento diario y la información espiritual que nos sostenga.

Poner la devoción por sobre la obligación. Lo sacramental por sobre los Sacramentos y la enseñanza magisterial.

Situar lo emocional por sobre lo racional.

Esperar de Dios una vida de consuelo constante hasta que lleguemos al cielo y sentir desazón cuando experimentamos tribulaciones que son, después de todo, lo que el Señor nos prometió: “Es por muchas tribulaciones que se llega al Reino de los Cielos”.

Creernos la rosca del tornillo y pensar que nuestros dones son necesarios para la Iglesia. En esto particularmente recuerdo el llamado del Concilio Vaticano II para una mayor participación de los fieles. Estoy seguro que más de un religioso debe estar esperando que los fieles se cansen y lo dejen solo un poquito. Es posible que muchos de los problemas que tiene la Iglesia tengan su origen ¡en la multitud de laicos que están tratando de salvarla!

Nada de eso es muestra de una fe bien formada. Y dejo constancia que sufro en mayor o menor medida de todos esos defectos. Si no los sufriera, no los conocería.

Pero ¿qué hace falta para ser católico?

Conocer y estudiar las enseñanzas del Magisterio, usando como guía el Credo. Creo que el Modernismo que nos inunda se vería en figurillas para causar daño si cada cristiano supiera bien a fondo lo que significan las primeras palabras del Credo: “Creo en Dios Padre Todopoderoso”. Dejo eso ahí para meditar.

Aceptar por medio de la razón todas las cosas que la Iglesia enseña hasta donde nos dé el seso y de ahí en adelante, aceptar el resto por fe.

Confesarse y comulgar tan frecuentemente como sea posible, teniendo claro que son los Sacramentos y no los sacramentales, el medio principal para acercarse, conocer y ser conocido por Dios.

Tener el ojo y la espada lista para poner en fuga a las emociones, esos dragones traicioneros que viven en la oscuridad de nuestro corazón y que raramente están lo suficientemente purificados como para confiar en ellos. Las emociones sirven a la pasiones y no a la razón, mucho menos a la fe. Oponer la virtud, que guerrea contra las pasiones, a la emoción.

Reconocer humildemente que Dios no va a usar los dones y talentos que El nos ha dado hasta que nosotros no tengamos un corazón purificado, sin egoísmo ni orgullo.

El error de la era es creerse que somos más “avanzados” que los medievales y al mismo tiempo -esto es un poco esquizofrénico pero es lo que pasa-le ponemos vallas al desarrollo de nuestro intelecto pensando que basta tener fe. Pero luego, cuando nos enfrentamos de golpe con alguien que puede encontrar las palabras de Cristo en la Biblia, nos vemos en la incómoda tesitura de tener que admitir la ignorancia de nuestra propia fe. No podemos defender a nuestra Madre Iglesia porque nunca nos molestamos en aprender otra cosa que los movimientos exteriores de la fe. La batalla se presenta ante nosotros de golpe y somos niños, o soldados mal entrenados, mal armados y caemos rodando por el suelo al primer embate.

Pensar como un Católico, con “C” mayúscula, no como un secularista, o como un pagano, o un protestante. Muchos que leen esto y muchos de las pobres almas que me encontré estas semanas pasadas creen ser católicos y hasta creen serlo tanto como para descalificar a otros. Se han convertido en “jueces que dictan fallos injustos” necios que se cavan la tumba con sus propias bocas.

La lectura del Evangelio de hoy (domingo 18 de abril) incluye esta frase del Señor Jesús: “He venido a traer fuego al mundo, y ¡cuánto deseo que esté ya ardiendo!” lo que me recuerda una frase fresca y coloquial en el español sudamericano de S.S. Francisco: “Hagan lío” o sea vamos a dar vuelta este mundo con el fuego de Cristo y para eso hace falta la chispa del Evangelio y la madera de la Fe. Somos agentes del mismo Dios que se presentó como una zarza que ardía, pero no se consumía. Ese mismo Dios que liberó a Israel está por liberar al mundo.

Que El nos halle listos y ocupados en algo que valga la pena.

 

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