reflexion-de-cuaresma

Horacio Bojorge

Estoy exponiendo en estos cuatro viernes de Cuaresma, la lectura comentada de un texto de la Primera Carta de Pedro: 4, 19 -5, 4, con la finalidad de mostrar que según San Pedro, para ser un buen presbítero hay que empeñarse en ser un buen cristiano. Y, dado que ser cristiano es vivir de cara al Padre como Hijo, para pastorear a los hijos, hay que ser, uno mismo, un buen hijo de Dios, que espeje en sí mismo la filialidad del Hijo y sea, con el ejemplo, modelo de filialidad, como lo es Jesucristo y lo fueron Pedro y Pablo. El Obispo y el sacerdote gobiernan como hermanos mayores, con el ejemplo de hermano mayor, es decir, de hijo mayor, que viven tomando ejemplo del Primogénito entre muchos hermanos: Jesucristo. Decía San Agustín: “para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano”. Nosotros podríamos glosarlo así: “Para vosotros puedo ser Padre, porque con vosotros anhelo y me empeño en ser hijo como el Hijo”. No podemos ser pastores, guardianes, defensores y nutridores del alma de nuestros fieles si no los presidimos, encabezamos, guiamos, alimentamos y defendemos en su fidelidad, en su condición de hijos. Cuanto mejores hijos somos, tanto mejores Padres resultamos.

San Pedro a los Pastores: “No mandonear, dar el ejemplo”

Lectura de la primera carta de Pedro

4, 19 Así que, los que padecen según la voluntad de Dios, pongan sus almas en manos de su fiel Creador sin dejar de obrar el bien.
5, 1 A los presbíteros, pues, de entre vosotros, les exhorto yo, el con-presbítero y testigo de los sufrimientos de Cristo y también el copartícipe de la gloria que está próxima a manifestarse.
2 Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino espontáneamente, según Dios; no por mezquino afán de ganancia, sino generosamente;
3 ni como enseñoreándose de la suerte confiada, sino engendrados Vulgata: “ex animo”, dócilmente, como modelos de la grey.
4 Y cuando aparezca el Pastor supremo, recibiréis la corona de gloria que no se marchita. De igual manera los menores sujetáos a los mayores. Y todos revestíos de sentimientos de humildad” (1ª Pedro 4, 19 -5, 5a).

Comentarios

Presbíteros… presbítero yo también

El término presbítero, se puede traducir por anciano, pero es propiamente alguien mayor o sea que es más en alguna dimensión, no solamente de edad, sino de experiencia o de vida en algún campo. Presbúteros es la forma comparativa de presbús, que significa propiamente “nacido antes”.

En el Antiguo Testamento, los ancianos que se sentaban en las puertas de la ciudad para juzgar, eran hombres provectos en sabiduría, en virtudes cívicas, como Booz. En el Nuevo Testamento, donde todos son hijos del Padre, el título de presbíteros puede referirse a los hermanos mayores, los nacidos antes. Indicando así precisamente su prioridad en su filialidad y que, por eso, pueden conducir a sus hermanos menores con el ejemplo y la palabra, con autoridad fraterno-paterna. Por eso, en 1ª Pedro 5, 5 se aconseja a los hermanos menores sujetarse a los mayores.

Así, Timoteo, aunque joven es enviado como presbítero, y Pablo lo exhorta “que nadie te menosprecie por tu juventud (neótetos)” (1 Timoteo 4, 12).

San Ignacio de Antioquía, refiriéndose al obispo de Magnesia escribe: “os conviene no abusar de la poca edad de vuestro obispo (epískopos), sino, mirando en él la virtud (dúnamis) de Dios Padre, tributarle toda reverencia. Así he sabido que vuestros santos ancianos (presbíteros) no tratan de burlar su juvenil condición (neoterikén), que salta a los ojos, sino que, como prudentes en Dios, le son obedientes o, por mejor decir, no a él, sino al Padre de Jesucristo, que es el obispo de todos (tô pantôn episkopô)”… “no es a este obispo que vemos al que se quiere engañar, sino que se pretende burlar al obispo invisible” (San Ignacio de Antioquía, Ad Magnesios 3, 1-2).

Hay una edad según la carne y otra según el espíritu. Y el Señor puede poner a un niño a presidir (Marcos 9, 36-39). Porque un niño puede ser representante del Verbo Hijo eterno. O un joven obispo ser sacramento del Padre eterno.

Juan, en su primera carta 1, 12-14 se dirige a los cristianos como hijitos, jóvenes y padres. No se refiere a tres categorías de edad física, sino a tres categorías de edad espiritual, de edad de vida cristiana, o de aspectos de la vida cristiana que pueden coexistir en el cristiano. Equivaldrían a lo que en teología ascética y mística conocemos como vía purgativa, iluminativa y unitiva. Tres estados de la vida cristiana.

Son también tres aspectos por los cuales todo cristiano, y toda la comunidad de cristianos, refleja en sí la semejanza trinitaria.

1) Con el Hijo (hijitos por el nuevo nacimiento y el conocimiento del Padre),

2) el Espíritu (jóvenes, por el vigor y victoria sobre el Maligno) y el

3) Padre (por el conocimiento del Hijo).

En este horizonte de significación, los presbíteros serían cristianos que han alcanzado la edad madura, adulta en la fe, por su fidelidad en las tribulaciones y persecuciones. Son de los que Juan caracteriza como Padres, porque participan en el conocimiento perfecto que el Padre tiene del Hijo: “Os escribo a vosotros padres, porque habéis conocido al que es desde el principio” (1 Juan 1, 14).

Hay, además, una pequeñez en la carne en la que Dios puede obrar grandes cosas para que brille su poder en la debilidad humana, y el hombre no se atribuya su obra. Así Paulus pequeño, poca cosa, elige llamarse con ese nombre que hace resaltar que su dignidad apostólica le es dada por vocación divina, no por naturaleza: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15, 10).

Compresbítero, testigo mártir y copartícipe

Pedro, al exhortar a los hermanos mayores en el conocimiento de Cristo, exhibe ahora el título principal de su mayorazgo, por los cuales ha sido establecido en la condición presbiteral, o sea de precedencia en la generación temporal: “testigo martus de los padecimientos de Cristo” (5, 1) a lo que agrega algo que es inseparable de su exaltación en la Cruz como hijo obediente: la manifestación de su gloria: “participante, además, de la gloria que va a manifestarse” (5, 1). Pablo, dirá, coincidentemente: “a fin de conocerle a él y sentir en mí el poder de su resurrección y la comunión (koinonían) de sus padecimientos, siendo configurado (summorfizomenos: en voz pasiva, no media) con su muerte” (Filipenses 3, 10-11). Pablo suele expresar más explícitamente que Pedro, la invitación a ser imitado (sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo). Pedro sugiere aquí la invitación a ser como él, dejándola en segundo plano.

Partícipe: koinonós, el asociado, el copartícipe, que tiene comunión y parte en razón de la pertenencia común. Así los hijos tienen parte en una herencia común. La participación en los sufrimientos inherentes a la vocación cristiana, es arras y garantía de la participación en la gloria aneja que les es común: “Los que quieran vivir piadosamente en Cristo padecerán persecución” (2 Timoteo 3, 12) “Es necesario que pasemos muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.” Es decir, en la condición filial (Hechos 14, 22).

La participación (koinonía: sociedad, asociación, comunión) en los sufrimientos de Cristo es, por lo tanto, la configuración, que comunica al cristiano la “Forma” de Cristo, (“Sed forma facti gregis”, Vulgata) con la que el pastor, es capaz de “guiar, alimentar y conducir” a la grey. Si esto es propio de todo cristiano santo, es el carisma indispensable para quien recibe el ministerio pastoral, que implica conducir, alimentar y defender al rebaño.

La misma identidad cristiana, la misma identidad filial, la configuración y conformación con el Hijo, la comunión en sus padecimientos por ser Hijo… son el cayado del pastor. Como decía San Agustín: “Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano […]. Lo primero comporta un peligro, lo segundo una salvación” (Sermón 340, 1).

Pastoread…Vigilando… poimanate… episkopountes La acción pastoral se presenta aquí como una vigilia de pastores, que guardan el rebaño de día y de noche, aguardando la venida del Señor. Los verbos recuerdan las recomendaciones esjatológicas de Jesús (Marcos 13, 33-37). Es la mirada permanente e inteligente acerca de lo que ve suceder a la grey del Señor que puede venir en cualquier momento de la noche.

No… sino Pedro pone a continuación tres cláusulas adversativas que muestran cómo no debe pastorear vigilando el presbítero; y, por el contrario, cómo debe hacerlo:

1) no forzados, sino espontáneamente, según Dios (kata Theón: es según el ejemplo que da el Padre fuente de la gracia y de la iniciativa creadora y salvadora)

2) no por mezquino afán de ganancia, sino generosamente (prothumós, como el Hijo)

3) ni como enseñoreándose de la suerte confiada, sino engendrados dócilmente como modelos de la grey (como rige el Espíritu Santo Señor y dador de vida: El amor gobierna sin dominar ni dirigir)

Intuyo en esta fórmula ternaria una inspiración trinitaria: en la que

1) el Padre es la fuente de la generosidad y de la gracia, de la misericordia libérrima, a la que Pablo gusta llamar “el beneplácito de su voluntad… con la que nos agració” (Efesios 1, 5).

2) el Hijo es el que prothumós, existiendo en forma de Dios no se aferró a su condición divina, sino que por amorosa obediencia al Padre, despojándose de todo, se anonadó a sí mismo y tomó la condición o la forma de un esclavo, para alcanzarnos la libertad (Filipenses 2, 5-8). Desnudo en la Cruz, entregó su espíritu al Padre y a nosotros su Madre.

3) el Espíritu Santo pertenece la instalación del Señorío o Reino del amor. Es la Herencia, o sea la misma vida que el Padre comunica con el Hijo y con nosotros.

No enseñorearse (katakuriéuein) la grey, no mandoneando Porque la grey no es propia, sino del Señor de los Pastores, sus “mozos de pastoreo” no pueden adueñarse de ella para hacer lo que quieran.

Jesús contrastó la conducta de los Reyes y Señores de este mundo que dominan sobre los pueblos con la fuerza y les cobran impuestos, con la conducta del Siervo, que da su vida en rescate por muchos, y que es el dechado que han de imitar los apóstoles (Marcos 10, 42). Katakuriéuein, (de kurios, Señor, kurieuo, actuar como Señor o dueño) se usa en la Septuaginta con el sentido de dominar a los enemigos y opositores, sometiéndolos por la fuerza.

Aquí, se sugiere que los presbíteros o ancianos que tienen el cuidado de la comunidad de creyentes, no deben usar su autoridad espiritual en beneficio propio (ni económico, ni social o de prestigio o gloria) pero ni siquiera tampoco en forma de voluntarismo directivo y planificador; sino con un soberano y divino desprendimiento y una absoluta docilidad a la gracia. Imposible para la carne, pero posible por divina regeneración.

También San Pablo rehúsa “dominar” la fe de sus fieles: “No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe” es decir, “Non quia dominamur fidei vestrae”, Vulgata (2 Corintios 1, 23-24).

Ambos nos sugieren una pastoral “no directiva” al modo de los gobiernos de las organizaciones estatales, empresariales, comerciales, sociales. Sino basadas en la docilidad al Espíritu y al servicio de las iniciativas y de la directividad divina. Más atenta a la gracia que a la tentación pelagiana de sustituir su impulso por iniciativas humanas que no proceden de ella.

Juan Pablo II se preguntaba: “Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede “programar” la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral? En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias” (Novo Millennio Ineunte, 31)

La suerte confiada

El latín clerum, el griego kleros, que traducimos por “suerte”, significa el instrumento que se usa para echar las suertes y repartir algo por suertes: piedrecitas, palitos, dados. Ejemplo: la repartición de las tierras por sorteo en el libro de Josué (1, 6).

Por extensión, se le llama suerte, a la parte de tierra, o en este caso de la grey, que le es asignada por sorteo o le cae en suerte a alguien, y que por lo tanto no le pertenece. Al menos no por mérito, ni por compra, ni por adquisición o decisión propia. En la suerte reluce de alguna manera la voluntad de Dios (Proverbios 16, 33). Las tierras labrantías, que no eran propiedad privada en el antiguo Israel, se asignaban por sorteo cada año. Los oficios de los levitas en el templo eran asimismo asignados por sorteo.

La asignación de los carismas se le atribuye al Espíritu Santo; la de los ministerios, al Hijo; la de todas las operaciones, al Padre en el siguiente texto de San Pablo:

“Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor (Jesús) es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios (Padre) el que obra todo en todos” (1 Corintios 12, 4-6).

Por vocación, por sorteo, es asignada la parte de su grey a los obispos y presbíteros, para su cuidado espiritual: su pastoreo, conducción y defensa. Los tres oficios del Pastor y del Rey en el Antiguo Testamento, como el Salmo 22 (Vulgata) lo atestigua.

La grey como herencia confiada al hijo

El término kleros, suerte, también sugiere y evoca la palabra kleronomía, herencia, ya que también la herencia se repartía por sorteo. Y, por extensión se llamaba suerte la parte heredada por sorteo.

En el caso de Cristo, que ha sido puesto por el Padre como heredero kleronomon: “En estos últimos tiempos nos habló por medio del Hijo a quien constituyó heredero (kleronomon) de todo (Hebreos 1, 2).

Cristo ha sido puesto como heredero, es decir en su calidad de Hijo, al frente de la casa (oikos) del Padre y es el archipastor (arjipoiménos), pastor de los pastores.

Hay aquí un paralelismo con Moisés, pastor también y a quien se puso al frente del pueblo de Dios: “Ciertamente, Moisés fue fiel en toda su casa oikon como servidor, para atestiguar cuanto había de anunciarse, pero Cristo lo fue como Hijo, al frente de su propia casa oikía, que somos nosotros” (Hebeos 3, 5-6).

Cristo está ahora al frente de la casa como hijo y heredero. Él es el verdadero heredero, y los obispos y presbíteros solamente cuidan, por ministerio delegado, de la grey dada a Cristo por el Padre: “los hombres que tú me has dado… Tuyos eran y tú me los has dado no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos cuida en tu nombre a los que me has dado; ” (Juan 17, 6.9.11)

Suerte, herencia, casa, templo espiritual

La carta a los Hebreos pone en relación la herencia universal de Cristo, el Hijo, con el hecho de haber sido puesto al frente de la casa Hebreos 1, 2; 3, 6. La Casa es en el Antiguo Testamento y la tradición judía, uno de los nombres del Templo de Jerusalén, Casa de Dios.

Jesús anunciaba el advenimiento de un nuevo templo, una nueva casa. La Casa de su Padre: es el Templo de su Cuerpo. Él había anunciado que ni en Samaria ni en Jerusalén se adoraría al Padre, sino en el templo, la casa “que somos nosotros”, como explica la carta a los Hebreos.

Los ministros son administradores confiables

Los obispos y presbíteros están pues al frente de la casa, o de la grey, como administradores ministros que han de ser hallados confiables. De un administrador, afirma san Pablo, se exige que sea hallado “confiable” pistós; digno de confianza, confiable:

“Que nos tengan los hombres por administradores huperetas de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se exige de los administradores es que uno sea hallado confiable” hina tis euréthe pistos (1 Corintios 4, 1-2).

Que sea digno de confianza, es decir que no se apropie de los bienes que se le confían para administrarlos”. Es decir, no que él se crea digno de confianza, sino que el Señor lo examine y juzgue tal: “Aunque mi conciencia nada me reprocha, ni yo mismo me juzgo, el que me examina y juzga es el Señor” (1 Corintios 4, 4).

Los pastores tenemos que pasar una auditoría. ¿Y sobre qué se nos interrogará y examinará? Sobre si hemos sido forma de la grey: si hemos sido hijos como el Hijo, para que los hijos pudieran ser “imitadores nuestros como nosotros de Cristo” “sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Corintios, 4, 16; 11, 1; cf. Filipenses 3, 17; 1 Tesalonicenses 1, 6; 2, 14. “No os hagáis indolentes sino más bien imitadores de aquéllos que mediante la fe y la paciencia heredan las promesas” (Hebreos 6, 12).

 

Publicado previamente en el blog del P. Horacio Bojorge, S.J. Toma y Lee.

 

 

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