mi-cristo-echado

Horacio Bojorge

Quiero contarles algo. El cuatro de diciembre del 2002 fui por el día a Carmelo, departamento de Colonia, Uruguay. Está a tres horas de ómnibus de Montevideo. Resulta que el 11 de febrero de este año falleció allí María Rosa, un anciana que yo tengo por santa y muy llena de gracias místicas, por haber tenido, como sacerdote, el privilegio de asomarme al interior de su alma y ser testigo de la obra del Señor en ella. Con María Rosa nos conocimos en algunas de mis idas apostólicas a Carmelo y luego seguimos en comunicación epistolar. Ella me consultaba las cosas de su alma, porque como tantas almas buenas, que temen ofender al Dios que tanto aman, sufría a veces tentaciones de escrúpulos. Fue una hija de Dios de grandes deseos de santidad y apostólicos. Soñó con un Instituto secular que se dedicara a enseñar la Doctrina católica en nuestro pueblo sumido en la ignorancia de su fe.

Después de dos años de cáncer falleció santamente, como me dice su sobrina María Teresa. Con gran paz y sin quejas ni ansiedades. Y hete aquí que en su testamento me dejó un legado que fui a recoger el otro día. Resultó ser un Crucifijo que tiene una historia que te quiero contar, porque creo que tiene que ver con la mía y de algún modo con la tuya y la de tantas almas como tú a las que el Señor me pone en el camino para servir.

El Crucifijo de mesa que me legó María Rosa es una cruz de madera ¡muy liviana!, de sesenta centímetros de alto, hermosamente adornada con volutas de madera tallada y un techito en dos aguas, parecido a los techitos de los relojes de Cu-cú, con adornos en madera de ese estilo. Aunque entiendo poco de artesanías de madera, me parece que es un estilo suizo, austríaco o nordeuropeo. La madera es livianísima, llamativamente liviana y alguien entendido diría enseguida si es de alerce. Pero a mí me da que pensar en aquello de Mateo 11,30: “tomad sobre vosotros mi yugo, porque mi yugo es liviano y mi carga ligera”. El Cristo es de metal niquelado, y mide una cuarta de alto. (En centímetros 16 por 13. Más exactamente trece centímetros de la corona de espinas a la llagas de los pies; y doce centímetros de llaga a llaga de las manos (¡Perdoname Jesús! Te estoy midiendo como un paquete). En una cruz tan alta te han puesto mi Jesús. Esa es la impresión que da el Cristo clavado en la mitad superior. Pero al mismo tiempo, la cruz ornamentada, techada, habla del amor que quiere rodear y venerar al inocente odiado.

Y ahora la historia del Cristo. Me la cuenta el testamento de mi hija María Rosa, que era escribana. “El Crucifijo perteneció a la Inspección departamental de Escuelas de Colonia, de donde fue mandado retirar por el Gobierno (debió ser el de Batlle). La Inspectora de Colonia lo entregó a la familia Déniz Irurueta y la última sobreviviente, mi ex profesora Pepita Déniz me lo legó”. María Rosa no explica nada más acerca de por qué pensó en mí como depositario de este Crucifijo. Pero el Espíritu y los Ángeles me lo dan a entender. Y estoy seguro de que ella sintió que el legado era más elocuente que una carta.

Embalamos el Crucifijo lo mejor posible con la sobrina de María Rosa y saqué pasaje de vuelta para Montevideo. Mientras volvíamos en el ómnibus (me refiero al Señor crucificado y a mí), Él en el portaequipaje, empaquetado como un bulto más, (¡mi mejor equipaje eres Tú!), venía meditando de a ratos y comprendiendo y gustando.

Como no dejo de recibir luces acerca de este hecho y acerca de lo que significa, no sé qué cosas medité entonces y cuáles después. Te cuento lo que siento, como lo siento ahora. Siento que he sido nombrado heredero y elegido para dar hospitalidad y albergue al Cristo echado y a tantos miembros que corren su misma suerte. Echado de la escuela uruguaya, echado de la sociedad uruguaya. Pero que ha terminado siendo echado aquí porque venía siendo echado de Europa y de un mundo que había sido cristiano. Hasta tal punto que su expulsión forma parte de la misma historia de expulsiones y exilio que vivieron mis hermanos jesuitas de las reducciones del Paraguay.

Como un episodio más en esa historia de exilio, resulta que ahora he sido nombrado hospedero de un Cristo perseguido y expulsado en los mejores de sus discípulos (¡Saulo, Saulo! ¿Por qué me persigues?). Este hecho me inunda de luz y me traspasa de gozo sufriente.

Estabas en la Inspección de enseñanza primaria del departamento de Colonia y el gobierno te hizo retirar. ¿Qué razones pudieron tener los guardianes y servidores del bien común para expulsarte? ¿A quién amenazaba tu presencia? ¿A quién ofendía? ¿A quién dañaba? Son preguntas retóricas. Efusiones de afecto. No necesitan respuesta porque es historia sabida. Son razones conocidas y pretextos hipócritas. Fue avasallamiento violento de las mayorías creyentes. Fue el drama de la acedia convertida en civilización y cultura, encaramada al poder político.

Te echaron. Te desterraron. A Ti y a los tuyos, que es lo mismo. Eres un Cristo echado, un Cristo no querido. Tú no eres “mi Cristo roto», como el que enciende la piedad y el afecto del Padre Cue, sino mi “Cristo echado”.

La Inspectora de primaria te entregó a una familia. Como a María tu cuerpo bajado de la Cruz. Con un gesto de piedad y respeto al inocente expulsado, afrentado y vencido en apariencia. Pero es necesario ser echado para poder ser recibido. De Cristo echado pasaste a ser un Cristo recibido, un Cristo acogido con amor, un Cristo custodiado como huésped honroso. No insististe en derribar las puertas que se cerraban. Te hospedaste en la casa de los que te recibían. El Cristo echado es también el Cristo recibido. el Cristo venerado a través de generaciones.

Me estremezco pensando que cuando María Rosa se preparaba a morir y pensó dónde dejar y a quién confiar al Cristo echado, el Espíritu Santo le hizo pensar en mí y le puso el deseo de legármelo. Fue una decisión largamente rumiada por ella, madurada en oración y meditación. Es para mí tan expresiva como una carta escrita. Sí, María Rosa, entiendo perfectamente lo que me quieres decir haciéndome heredero y hospedero de tu Cristo echado.

María Rosa y su hermana Nelly, como tantos otros católicos “conservadores” también sufrieron una especie de ostracismo o de exilio interior en la misma Iglesia y por parte de sus pastores. Una nueva concepción de la catequesis a la que se pensaba, no sin razón, que no podrían adaptarse (o avenirse), aconsejaba cambiar los cuadros de catequistas en las parroquias. De una manera u otra también a ellas les tocó seguir la suerte del Maestro y fueron más o menos comedidamente, más o menos elegantemente, más o menos afectuosamente despedidas. Ya no de la escuela pública sino de las instituciones parroquiales y de la catequesis parroquial.

María Rosa vivió en un cierto ostracismo la fidelidad a formas de piedad y de fe que los responsables de la Iglesia pensaban sinceramente que era mejor que desapareciesen y que por lo tanto no era conveniente difundir, ni dejar difundir por los que aún vivían según ellas. Eran formas que se condenaron a morir con sus portadores.

El legado de María Rosa me persuade de que ella vivió esa situación dentro de una Iglesia y bajo la autoridad de unos pastores a los cuales permaneció inquebrantablemente fiel, consciente de que era aquella una misteriosa comunión con el Cristo echado. Y creo que por eso me lo legó. Nunca hablé con ella de mi situación eclesial y de las consecuencias de que miren como un “cura conservador” a quien es en realidad un progresista que “está de vuelta”. Sin embargo su legado me confirma en que no lo necesitó para comprender con su perspicacia espiritual y femenina. Su legado es como un comentario que me alcanza después de muerta.

Su legado me parece, también, una elección. No de María Rosa. Sino del Señor que le comisionó dármelo a entender, alcanzarme este signo elocuente. Jesús mismo me alcanza esta cruz liviana y este Cristo echado a través de ella. Por eso me consuela tanto recibirlos. A Él a María Rosa y a todos los echados. Jesús mismo me elige para que lo hospede.

Dicen que unas de las tareas de los caballeros andantes medievales era amparar a los peregrinos y a los sin techo ni protección alguna. No hacían sino imitar a Cristo en su condición histórica concreta.

Mirá que vengo a tu casa porque me echaron. No es el discípulo mayor que su maestro. Si a mí me han recibido también a vosotros os van a recibir. Voy a vivir contigo como María fue a lo de Juan.

Oh mi Maestro, varón de dolores ante quien se vuelve el rostro. Mi Dios saciado de oprobios. Pero recibido también, y por eso mismo con mayor amor, piedad y devoción, por tantos. Como ahora por mí. Esta visita, esta elección, me hace sentir qué bienaventurado soy en lo poquito que me toca vivir configurándome con mi Maestro. Gracias Jesús. No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Gracias María Rosa, por este mensaje. Por este legado. Por este encargo. Por esta misión que el Señor te había dado y ahora me delegas. Intercede por mí para que la cumpla bien y hasta el fin.

Como Tú.

 

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