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David Warren

Es hora de darle palos a los demócratas. Y por demócratas no me refiero al partido americano que lleva ese nombre, ni tampoco a otro partido. Aquí en el Canadá los llamamos “Liberales”, “Conservadores” y cosas peores . En Europa usan el prefijo “Social” o “Cristiano” o el sufijo “del Pueblo”. Esas son todas marcas que definitivamente identifican a un cierto producto genérico.

Y aunque algunas marcas me disgusten más que otras, me reservo un educado, y a veces no tan educado, disgusto por tal producto. La política es un negocio cruel, pero es el vulgar rechifle a la “democracia” lo que me siento más inclinado a despreciar.

Esto por supuesto es una posición política para la cual estoy haciendo proselitismo. Mientras que, como lo digo de vez en cuando, no propongo derrocar ningún orden constitucional; me opongo a la deificación del César aun en esos casos en que ha sido transformado en un orden constitucional. Dado que los Estados Unidos han ido más allá que ninguna otra nación-estado en la deificación del orden constitucional, puede parecerle a algunos que soy anti-americano. Pero me adhiero estrictamente al principio de “odiar el pecado y amar al pecador”. Debo agregar que no podría odiar a los americanos siendo que yo mismo comparto el ser (norte) americano.

Los canadienses hemos hecho un desastre de proporciones con un orden constitucional diferente. En mi concepto todas las naciones occidentales continúan haciendo desastres con su clarinada por la “democracia”. Con ese argumento nos han convencido de imponer la tiranía de una burocracia centralizada que se ha impuesto por sobre la estructura subsidiaria natural; nos han inyectado política en todos los aspectos materiales de la vida y —por medio del cuerpo— en el alma misma.

Estamos drogados de “democracia” — por la idea de que toda decisión importante debe ser tomada colectivamente. El voto ha dejado de ser hace mucho una forma entre otras de elegir funcionarios y resolver disputas. Más bien se ha convertido en un eco de Jean-Jacques Rousseau, ese trompetero aturdidor, origen de todo lo que sea irritante y neurótico.

Creo que fue él quien diseñó precisamente la naturaleza de la “democracia” moderna, en la cual paradójicamente nuestra “libertad” consiste en convertirnos en miembros anónimos de la masa. El fue quien se adelantó a anticipar lo que ahora veo en lugares como el blog RealClearPolitics: la confusión absoluta entre la preferencia y el pronóstico.

De veras, lo puedo leer entre líneas en los comentarios de los expertos de todas las corrientes: un manchón informe entre lo que ellos piensan que de debería suceder y lo que ellos predicen que sucederá. Esto incluye, a mi parecer, a los expertos más astutos, hombres como Charles Krauthammer que tienen el don de quemar todas las patrañas superficiales para luego exponer las duras opciones subyacentes.

Seguramente él está de acuerdo conmigo en que la política es el “arte de lo posible” y cualquier derrotero político, ya sea democrático o no, debe comenzar con la realidad presente. El tirano más absoluto debe cuidar su trono siempre verificando con destreza los límites de su poder. No me refiero aquí a ese asunto.

En vez de eso, quiero enfocarme en el efecto de una droga espiritual. Una vez que la democracia es aceptada como inevitable y no meramente establecida, es casi imposible pensar en público, excepto en términos políticamente pragmáticos.

Este hecho real de la vida moderna se deja ver, por ejemplo, en el caso de “Obamacare”. Nos guste o no, la centralización obligatoria de los seguros médicos es ya un “hecho” en este debate y la discusión está restringida a resolver su forma. Toda posición palpable debe ser afirmada por estadísticas y todas las partes deben tratar de pronosticar qué prácticas políticas masajearán las futuras estadísticas en la dirección más complaciente al (vasto) colectivo.

“Nosotros el Pueblo” estamos en un agitado viaje en ómnibus. La discusión necesariamente omite el destino del ómnibus o quién debiera ser obligado a subir. La “democaracia” es un concepto tan inclusivo que todos estamos atrapados a bordo.

Elegimos al chofer, pero con aviso que pronto puede ser reemplazado. Los pasajeros discuten entre ellos sobre cómo maneja el tipo y hacia dónde debiera dirigirse. Si el chofer les presta atención, en ese mismo grado manejará distraído. Ocasionalmente algunos pasajeros gritan que el ómnibus irá a parar a un pantano, o se caerá de un puente, o en un precipicio, o irá a parar entre los árboles. Cuando llega la próxima elección entonces decidimos si los histéricos deben ser resistidos o apaciguados.

Pero no puede haber acuerdo en lo que toca al destino del viaje. La discusión consiste solamente en una competencia entre predicciones sobre dónde llegará el bus dada la elección más reciente.

Rousseau especificó este sistema de gobierno. Era un enfermo en su vida privada y hoy diríamos que era un antisocial. Su genio fue tal que llegó a transformar su propia y rara sórdida condición moral en una plaga universal: cuadrando el círculo entre liberté y egalité, las dos ideas contradictorias del Iluminismo —fraternité sería hoy políticamente incorrecta— Invirtió brillantemente los principios teológicos cristianos en camino a la resolución de su problema: de tal manera que ahora la libertad no consiste en obedecer a Dios, sino más bien en flotar con la corriente.

Somos todos Rousseaux hoy, si se me permite el uso del travieso plural. Todos estamos de acuerdo que el viaje al infierno de este bus es inevitable, excepto unos cuantos excéntricos quienes, como yo, gritamos como locos para que se nos deje bajar del vehículo.

“En Dios confiamos” … Bueno, sí, pero no para un observador externo, hay una falla fatal en esta fórmula. Se ha tornado efectivamente Rousseauista. Porque implica que Dios propone y el hombre dispone.

Homo proponit, sed Deus disponit, lo cual es suficientemente verdadero si lo vemos a la manera de Thomas à Kempis: “Porque las resoluciones del justo dependen más bien de la gracia de Dios que de la propia sabiduría; y en El siempre ponen su confianza, cualquiera sea la empresa.”

Pero en vez de eso lo vemos en nuestra moderna forma “democrática” en el sentido de vox populi, vox Dei.

Podremos pensar seriamente en nuestro destino político cuando dejemos de usar la palabra “democracia” como un lugar común o un lema y volvamos a preguntarnos de nuevo, a la vieja usanza cristiana, no lo que queremos nosotros sino lo que Dios quiere para nosotros; no qué camino seguiremos, sino más bien cuál es el lado de arriba.

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