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Robert Moynihan

Por primera vez en 40 años, la antigua Misa Latina será celebrada en la iglesia más grande de los Estados Unidos, la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en conmemoración del quinto aniversario del ascenso de Benedicto XVI al papado

En cierta forma me parece desafortunado el uso de la expresión «forma extraordinaria» para describir la antigua Misa. Porque, después de todo, era algo de lo más común celebrarla católicamente todos los días de semana y cada domingo, por siglos.

Es común, ordinaria en el sentido que fue cosa de todos los días en que era la Misa de Newman, Chesterton y Pio X y Juan XXIII y de todos esos millones de almas que nos precedieron en esta vida.

¿Por qué debe ser considerado inusual, asombroso, algo que nos maraville, que la antigua Misa Tridentina sea celebrada como algo extraordinario? ¿Por qué no llamarla simplemente «ordinaria» en el sentido eclesiástico?

Y es que esa es la vieja Misa, a la que nuestros ancestros asistieron—el momento y lugar en que pidieron perdón por sus pecados, alabaron la santidad de Dios y encontraron a Cristo en la Consagración, entrando en unión con El a través del misterio de la Comunión.

Pero hoy nos asombramos cuando se celebra este rito extraordinario, porque se vuelto tan inusual.

Por cuarenta años fue virtualmente prohibida y fue en 2007 con su muy discutido—y opuesto por muchos—motu proprio Summorum Pontificum, que Benedicto XVI dejó en claro que la Iglesia y su Misa son verdaderamente cotidianas, ordinarias, de una forma profunda, aunque se las llame «extraordinarias».

Ordinaria en su legitimidad

Nunca prohibida, nunca despreciada, nunca condenada. Aceptada, abrazada y hasta honrada.

Y por lo tanto… extraordinaria.

Y de hecho también es correcto decir que es extraordinaria.

Es extraordinaria porque está enraizada tan profundamente en nuestra tradición que llega a alcanzar los tiempos anteriores a Cristo y nos habla en la emotiva, inolvidable poesía del David, el rey de Israel.

Extraordinaria porque se remonta más allá del mismo Nuevo Testamento y sus plegarias derivan de las mismísimas plegarias de los primeros cristianos, que las elevaron antes que el canon del Nuevo Testamento fuera establecido con certeza.

Extraordinaria porque porque fue escuela de santidad para incontables santos, siglo tras siglo, en cada nación del mundo.

«Introibo ad altare Dei»—»Iré al altar de Dios» (las primeras palabras de la Misa. Esta primera Misa, ordinaria y extraordinaria, regresará a la gran basílica americana, el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington, D.C.

Sería una pena si la Basílica no se llenara para esta celebración de la Eucaristía. Si usted está en la zona de Washington, y puede tomarse el tiempo necesario para asistir a esta Misa, este puede ser un momento en el que el pasado y el futuro se intersectan, cuando las viejas plegarias se oigan otra vez como si fueran nuevas.

Puede ser, de hecho, algo extraordinario.

 

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