cinco-anos-haciendo-historia

Carlos Caso-Rosendi

En estos días en que la Iglesia es atacada y el Papa es injustamente vituperado, muchos miran hacia atrás y ven en el Concilio Vaticano II un «error» que debe ser subsanado por medio de volver al estado anterior de las cosas. Otros consideran que el advenimiento de Joseph Ratzinger al papado es el «error» que no permitirá que el «espíritu del concilio» realice completamente el «aggiornamento» tan ansiado y que no es otra cosa que la Iglesia capitulando a las modas y vientos filosóficos del mundo.

Si Benedicto XVI fuera un político preocupado por su popularidad… estaría en un aprieto. Si pensara en términos de décadas, no podría hacer felices ni a unos ni a otros. Gracias a Dios, Benedicto piensa en términos del tiempo de la Iglesia. La frase «por los siglos de los siglos» que usamos en la liturgia, forma parte integral del pensamiento de Ratzinger ya desde hace muchos años y es evidente en muchas de sus obras que él ve a la Iglesia como una institución cuya luz brilla más allá de los ojos ciegos que solamente pueden contemplar el presente.

La memoria histórica de la laguna liberal que nos inunda piensa en términos de meses. Los que piensan los panfletos de la oficialidad reinante en el mundo, no pasan de recordar los pocos meses pasados y al proyectarse más allá, a los años, décadas y siglos, se reducen a una memoria selectiva que cuela el mosquito y se traga el camello. Como ejemplo ilustrativo del pensamiento histórico del Papa, baste apuntar a aquel discurso en Regensburg en el que se atrevió a apuntar la deficiencia islámica que no reconoce la razón y que por eso desemboca en la violencia que la caracteriza. El papa trazó en aquel discurso—que nadie en los medios se molestó en entender—un arco de muchos siglos, regresando a un diálogo entre dos hombres que vivieron en los miltrescientos que sigue tan vigente hoy, siete siglos después que las instituciones, los tiempos y las personas que lo presenciaron se han vuelto cenizas. Todos menos la Iglesia.

Dentro del ámbito católico los cultores del «zeitgeist» pueden patalear y los hipertradicionalistas también, la prensa y otros medios pueden deformar las cosas para tratar de tapar el sol con un dedo y no ver la realidad completa, en perspectiva. Para el Papa, que por designio divino es pastor de almas antes que cualquier otra cosa, no hay aggiormamento que valga a la hora de salvar almas. Tampoco nadie puede ser una baja calculada en esta batalla, ni los no nacidos, ni los pobres, ni los que somos incapaces de comprender a los elitistas del «magisterio paralelo» que son todos ellos papas por propia aclamación. Benedicto comprende, en su visión histórica, la trayectoria de la Iglesia a través de los siglos y se apresta a llevar la barca de Pedro a buen puerto. Sus puntos de referencia, las estrellas fijas que lo guían, son dos: la Eucaristía y María. Lo digo porque junto con el papado, esas son las cosas que nos hacen católicos. El Jesús Eucarístico, la Santísima Virgen y el Papa son esas tres cosas que no pueden faltar en la Iglesia, que de hecho nunca han faltado. Muchas veces antes, el «espíritu de los tiempos» las ha negado, pero observando la historia desde la perspectiva del Calvario en el 33 D.C. nos podemos dar cuenta que ésos son los elementos que nos han sostenido a través de las peores tormentas. La prueba está en el resultado: la Iglesia está aquí y seguirá aquí cuando el New York Times, el liberalismo, los sesentayochistas y los medios hostiles se hayan unido a Nerón, a los revolucionarios franceses, a Hitler, Stalin y otros enanos que arrojaron impotentes sus piedritas al imponente edificio que Cristo fundó.

Benedicto puede ver bien la necesidad del Concilio Vaticano II y su proyección verdadera de brazos abiertos a aquellos que perdimos siglos atrás en la reforma alemana y aún más atrás, a los que dejaron la unidad en 1054. Ambos están volviendo ahora como palomas al palomar. El regreso de tantos anglicanos, el goteo constante de conversiones en los Estados Unidos y el acercamiento de la Iglesia Ortodoxa en Oriente nos dan una idea de la gran tarea histórica que el Papa está realizando como fiel mayordomo de Cristo.

Dentro de la Iglesia también, hay quienes se han puesto a edificar sobre «otro fundamento» que no es Cristo. Y es justamente de ellos que llueven los ataques. Sean ellos los trasnochados cultores del fracasado marxismo de los sesenta, o los que edificaron su ahora bamboleante edificio sobre Maciel, no hay razón histórica para pensar que les irá mejor que a los donatistas o a los ultramontanos. Los enanos son enanos aunque hayan entrado al atrio. En la Iglesia, la única manera de ver más allá, es parándose sobre los hombros de los gigantes que nos precedieron y para eso hay que estar tan firmemente adherido al glorioso pasado, como ansioso de servir en el brillante futuro que Cristo nos muestra.

Benedicto completa un lustro al timón, un lustro de lucidez y coraje. Esa lucidez y ese coraje será lo que la historia guarde. Las pedradas de los enanos no dejarán ni mella en las antiguas paredes. El «no prevalecerán» es tan absoluto como Absoluto es el que lo pronunció.

Felicidades, Santo Padre, en su aniversario y que Dios nos conceda muchos más.