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Carlos Caso-Rosendi

¡El mundo brilla de alegría! ¡Se renueva la faz de la tierra! ¡Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo! ésta es la hora en que rompe el Espíritu el techo de la tierra, y una lengua de fuego innumerable purifica, renueva, enciende, alegra las entrañas del mundo. ésta es la fuerza que pone en pie a la Iglesia en medio de las plazas, y levanta testigos en el pueblo para hablar con palabras como espadas delante de los jueces. Llama profunda que escrutas e iluminas el corazón del hombre: restablece la fe con tu noticia, y el amor ponga en vela la esperanza hasta que el Señor vuelva.

Nuestro Dios es un Dios de detalles, que no hace nada sin una perfecta preparación previa. En el Génesis leemos que Dios creó el mundo y cuando estaba todo terminado “plantó un jardín”. En este marco hermoso, especialmente creado para la ocasión, Dios realizó la boda de nuestros primeros padres, Adán y Eva. El primero en llegar fue Adán. Pienso que Dios quería imprimir en Adán la experiencia que todo varón iba a tener en los siglos aún por venir. Adán conoció el jardín, dió nombres a los animales y tuvo tiempo de observar al menos una primavera y ver que cada animal tenía su pareja. Todos, menos el hombre. Lo primero que Adán debe haber notado es una vaga punzada en el centro del pecho, era el primer deseo profundo de la humanidad. El deseo lo puede haber hecho imaginar una compañera, siguiendo en su imaginación las diferencias y similitudes que observaba en los animales. La idea de la mujer, de su mujer, visitó la mente de Adán por largo tiempo.

Hay entre los maestros hebreos quienes piensan que Eva existía ya dentro de Adán. Ese pensamiento surge del relato mismo. Dios hizo caer sobre Adán un sueño profundo y extrajo de él una costilla para hacer de ella a Eva. La palabra hebrea para “costilla” es “sela” que también significa “mitad” o “costado”. Por eso algunos piensan que al sacar de Adán la “mitad” y crear a Eva, Dios hizo que para siempre ambas mitades quisieran volver a estar juntas. Esa tensión perpetúa el deseo de una parte por la otra y los regresa al principio de la creación, al mismo origen de la vida, como socios de Dios. El fuego de la pasión y el deseo es el agente indispensable de la vida. Los padres de la Iglesia vieron en el sueño de Adán, una figura de la otra Pasión, la muerte de Cristo, de cuyo costado salen sangre y agua, los testigos místicos de la Iglesia naciente del Espíritu, el agua y la sangre. Tanto amó Dios al mundoâ€&brvbar

Quien escribió en el Génesis sobre la falta de pareja que Adán sufrió en el principio, no registró una idea propia. Solamente una persona, Adán mismo, puede haber recordado ese tiempo. Por eso digo que Adán tuvo un deseo y más que un deseo una idea, una ilusión gozosa. Lo mismo que cualquier hombre joven que crece imaginando a una mujer que lo acompañará, pensando en muchas cosas distintas hasta que un día la ve y dice: “esa es” y la idea se transforma en una realidad que ya no es deseada vagamente, es amada y deseada específicamente, aparte de todas las otras mujeres del mundo.

En los proverbios de habla de otra mujer, Sophia, la Sabiduría que fue concebida al principio de todas las cosas. Ese pasaje es misterioso y muchos lo entienden de diferentes maneras. Yo creo que en ese pasaje está la semilla, el principio de lo que le pasó a Adán. Dios, desde lo profundo de la eternidad imaginó a alguien. El proceso como es natural suponerlo, nunca lo conoceremos del todo porque toca a las más profundas cosas de Dios. En su sabiduría Dios designó un día en que esta idea se haría realidad. En secreto la vió crecer y la escuchó cuando prometió dedicar su virginidad a El para siempre. En la consumación de los tiempos, como los antiguos monarcas orientales enviaban a un visir a que les buscara esposa, un ángel del cielo, muy próximo al trono de Dios vino a la tierna adolescente y le preguntó si estaba dispuesta a darle a Dios un hombre “¿Cómo puede ser eso?” le contestó la doncella “¿Cuando Dios sabe bien que soy virgen para siempre y no conoceré varón?” Y fue entonces el fuego del Espíritu Santo el que inició la mismísima vida de Dios en el vientre de María de Nazareth, la mujer que Dios imaginó desde lo profundo de la eternidad para ser Madre de todos los que reciban la vida abundante. En ese momento velado para siempre de la vista de hombres y ángeles, Dios experimentó el ser poseído por el amor de una mujer.

Con los meses nació Jesús y pasaron treinta años hasta ese día en Caná de Galilea. Otra boda. Jesús estaba entonces del otro lado del Jordán con sus nuevos discípulos. María ya estaba en la boda (en ese tiempo las bodas duraban muchos días). Este encuentro es como el encuentro de dos eras: la era de la Ley encuentra la era del Evangelio, el Antiguo Testamento encuentra el Nuevo. María recibe a Jesús y se da cuenta que algo ha cambiado. Quizás la hora de Dios para ese niño suyo ya ha venido.

“No tienen vino” le dice María. “¿Qué eres tú para mí?” le contesta Jesús, que ya es el Cristo manifestado al mundo. Era la frase que María esperaba. Su tiempo y el tiempo de Cristo han llegado. Cristo, con las palabras crípticas de su respuesta le ha preguntado “¿Estás lista para que una espada atraviese tu alma? ¿Estás lista para ser, ya no solo mi madre sino la Madre de todos mis discípulos? Y es ahí que leemos la última palabra de María registrada en los Evangelios: “Haced todo lo que El os diga”. El vino es creado usando el agua de la purificación. La boda se consuma. La Ley se transforma en Evangelio. El Mesías secreto caminará este mundo hasta la Cruz.

Y es en la Cruz que volvemos a ver a María y ahí Cristo la llama y le dice; “Mujer” y le entrega a su discípulo más amado con las palabras “ahí tienes a tu hijo”. Al discípulo le dice “ahí tienes a tu Madre”. Desde ese día María es madre de todos los discípulos de Jesús. Agua y sangre manarán del costado del Crucificado y ese mismo discípulo amado escribirá a toda la Iglesia: “hay tres que dan testimonio… el Espíritu, el agua y la sangre”.

Cuarenta días después de la Cruz en el mismo aposento de la última cena el fuego del Espíritu Santo se hace manifiesto a todos en el Pentecostés y la Iglesia echa a andar el camino que ya dura veinte siglos. Allí está María con sus hijos. Como en la otra boda, Cristo y María están cada uno de un lado del Jordán místico que separa el mundo de la Tierra Prometida.

Aquellos que estuvieron unidos, los dos corazones que latieron juntos se buscan a través de abismos inmensurables y edades que nadie puede imaginar. En algún lugar del cielo hay un jardín hacia donde la Iglesia viaja su viaje de centurias. En el centro del jardín un árbol espera a los peregrinos para darles el fuego de la vida abundante, realizar el deseo de Dios y culminar el propósito de Su Pasión. Ese árbol, misteriosamente, es la Cruz, la madera del sufrimiento que fructifica todo lo que toca.

Que el fuego del Pentecostés nos haga nuevos y el poder de Dios nos permita renovar con El la tierra.

 

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