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James Schall

Ralph McInerny ha muerto en South Bend esta mañana (Enero 29 de 2010). Varios de sus hijos estaban con él. Muchos, entre sus amigos , sabían que su vida llegaba a su fin. Fue un hombre de bien, el mejor. Vivió con el corazón alegre y el ojo vigilante.

McInerny nos introdujo a muchos a la lectura de Santo Tomás. No es que no lo hubiéramos leído antes, solo que McInerny nos dió una visión más amplia. Tengo fresco en la memoria la súbita reacción que tuve al darme cuenta de algo que McInerny escribió sobre cómo es que la filosofía y la revelación se relacionan. Hay cosas en la revelación que pueden ser conocidas por la razón, un hecho que sugiere que las fuentes de la razón y la revelación se conocen entre ellas.

Uno queda preguntándose si Notre Dame puede ser Notre Dame sin McInerny. Tuvo tantos alumnos allí. De hecho, McInerny vio el mundo y la Iglesia a través del prisma de Notre Dame, sin embargo la institución parece ir a la deriva. El siempre pensó que la idea de una institución dedicada a la «investigación» era más bien tonta ¿Para qué sirve conocer los detalles sin haber visto primero el gran panorama completo?

McInerny fue el impulsor de muchas cosas buenas. Casi sin ayuda dispuso una forma de propulsar los elementos católicos del intelecto para que fueran al mismo tiempo intelectuales y católicos. Estuvo detrás de la vieja revista Crisis, la Liga de Académicos Católicos y el Centro Maritain que tanto trabajo hizo en Notre Dame. Si una institución no cumplía con su cometido, él fundaba otra que lo hiciera.

McInerny fue un hombre feliz y ocurrente. Tuvo una esposa amorosa que le precedió en el camino al paraíso. Tuvo hijos y nietos. Fue siempre un pilar de normalidad para todos nosotros. Su autobiografía Sólo yo he quedado para contaros, es realmente entretenida, sin emabrgo su mismo título revela un cambio en la sociedad, en la universidad y sí, también en la Iglesia. Un cambio que nunca debió haber ocurrido.

McInerny dio las célebres Conferencias Gifford en Escocia hace ya unos cuantos años. Fue un alto honor que él mereció por su trabajo filosófico.

Fighting Irish

Si era posible, McInerny nunca se perdía un juego de los Fighting Irish. Si estaba de conferencia en alguna ciudad lejana uno de esos sábados de otoño, desaparecía durante las horas del juego. En los últimos años, las derrotas y el descenso a las segundas categorías, fueron una agonía para él que era un fiel seguidor del equipo.

Tenemos la impresión que estaba listo para la llamada de Dios. Había vivido plenamente la vida y lo sabía. ¿Cuál es su legado? nos preguntamos Su legado, a mi juicio, en uno de valentía intelectual. No fue tentado por la idea del prestigio, de poner los criterios del mundo por sobre la verdad. Es por eso, creo yo, que tantos de nosotros fuimos capaces de apoyarnos en su voz y en su valor.

McInerny nació en St. Paul, del cual guardaba gratos recuerdos. Asistió al seminario. Le dio su mejor esfuerzo, pero no era para él. Pero una vez que se aclimató en Notre Dame, encontró su lugar. Y sin embargo ese «lugar» no estuvo siempre a la altura del lugar en el que hubiera debido estar un hombre de letras perspicaz. La búsqueda de la verdad puede ser una tarea solitaria en medio de tanta algarabía.

Dr. Ralph McInerny

Su muerte nos deja sin la voz viva y la sabiduría en la que confiábamos y que ahora está relegada a nuestras memorias. Sin embargo, podemos leerlo a gusto. McInerny sobrevive en sus palabras, en sus hijos y en sus estudiantes.

McInerny fue un hombre feliz en un matrimonio feliz. No tuvo necesidad de contar sus bendiciones porque siempre estaban delante de él. McInerny persiguió la verdad toda su vida. Fue un verdadero profesor y supo poner primero lo primero en la vida. Nunca él mismo. Fue un hombre generoso que nos dio el regalo más precioso: el amor por la verdad, la apreciación del ingenio y el disfrute delicioso de la búsqueda.

 

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