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Carlos Caso-Rosendi

“La inteligencia humana es limitada. La estupidez, en cambio, no conoce límites”—Anónimo

Al entrar en la Iglesia Católica, hace ya un lustro, me maravillaba la coherencia y la monumental sabiduría de sus hombres notables. Habiendo pasado una buena parte de mi juventud leyendo las sandeces publicadas por los Testigos de Jehová, encontrarme de golpe con la profundidad de San Juan de la Cruz, de San Agustín de Hipona o Santo Tomás de Aquino me resultaba casi chocante. Me sentía y aún me siento como quien, habiendo vivido en Lilliput, hubiera sido transferido a la tierra de los gigantes. Cada línea del Catecismo, cada vuelta de hoja de la Imitación de Cristo conmovían y conmueven mis sentidos con su exactitud, belleza y coherencia.

Esa fue mi luna de miel, que no ha terminado aun, porque continúo sin terminar de leer a los Padres de la Iglesia y a las brillantes obras de tantos otros que le siguieron. Recientemente he dado en acercarme a Hans Urs Von Balthasar y ya me doy cuenta que no me va alcanzar lo que me queda de vida para aprender todo lo que ese magno autor puede darme. Von Hildebrand, Ratzinger, Maritain… solo consiguen que me lamente de lo corta que es la vida y que aspire a poder leerlos en la eternidad.

Interés morboso en el ocultismo y el misterio

Hace un tiempo un querido amigo con el que mucho y bueno he compartido, comenzó a preocuparme. Este buen hombre, buen católico se metió de cabeza en el asunto de las conspiraciones secretas. Pronto me llegaban mensajes, que a veces —en días de trabajo— me resultaba imposible terminar su lectura por lo extensos. Los temas se fueron concentrando en los “Illuminati”, la “Conspiración de la Nueva Era”, los “Soberanos Invisibles del Nuevo Orden Mundial”, la “Skulls and Bones”, los “Templarios”, etc. etc. la idiotez supina de tales escritos solo parecía ser superada por su extensión. (NOTA POSTERIOR: el pobre hombre terminó, recientemente, defendiendo el derecho de publicar fotos de homosexuales desnudos en sitios católicos. Algo olía mal y eventualmente dió su fruto.)

Quiero hacer la salvedad de que creo, firmemente, que existen lobbies, grupos de influencia política que concentran su acción en realizar ciertos objetivos: libertades especiales para los homosexuales y lesbianas, aborto sin problemas para todo el mundo, matrimonios entre personas del mismo sexo, eutanasia, acceso de menores al sexo con adultos y otras lindezas de la decadencia occidental en pleno curso. Esos lobbies son perfectamente visibles en el espectro político y social. Empero, la preocupación de mi amigo sólo toca parcialmente a dichas reales y muy visibles “organizaciones”. Su preocupación, de tono ya morboso, se fue concentrando en las misteriosas sociedades secretas creadas por los conspiracionistas. Estas sociedades de las sombras supuestamente lo controlan todo por medios francamente siniestros y no dudan en eliminar a sus enemigos por medios violentos. En este punto es interesante notar que no existe prueba terminante de que existan los “illuminati”, o cualquiera de los otros poderes invisibles. Para quien cree en su existencia esa es justamente la prueba de que existen pues tal como ellos nos lo han hecho notar, ¡son invisibles! Esa es también la prueba de que existen el unicornio y el monstruo de Loch Ness, su misma invisibilidad prueba que son invisibles. Perogrullesca demostración que no deja de convencer a algún descuidado.

Al desarrollar este tema debo anotar que el interés morboso en lo misterioso y lo oculto no está ausente en la grey católica; gracias a Dios parece que los interesados son minoría, pero están presentes por aquello de que “hay de todo en la viña del Señor”. En sus cartas, mi amigo fue incrementando el imaginario poder asignado a estos siniestros e invisibles personajes y en la larga letanía de escritos estrafalarios noté que a los grupos en cuestión se les asignaba el control de la economía y la política mundiales, la creación de sectas, el control de la cultura especialmente la cultura occidental, la producción de pornografía y una frondosa lista de males demasiado larga para ser presentada aquí.

Hasta ahí, me resultaba incómodo el tema pues le daba a un buen amigo el aura de “raro” que solía molestarme entre los Testigos de Jehová, entre quienes ciertas creencias similares han germinado de tanto en tanto; como la noción de que las vacunas y el menaje de aluminio fueron creadas por el diablo para enfermar a la gente, por ejemplo. O que los transplantes y las transfusiones de sangre constituyen canibalismo. Observar en un católico semejantes anormalidades me resultaba incómodo pero no dejaba de pensar que Cristo vino a salvar toda clase de personas y ahí se queda la cosa. Pero no termina ahí todo.

Eventualmente nuestro buen amigo descubrió que detrás de todo ese menjunje de conspiraciones estaban… “los judíos”.

Con esta nueva etiqueta surgen algunos problemas. Como los conspiradores judíos no andan de uniforme o dan tarjetas para identificarse como agentes secretos del mal, resulta que dicha acusación termina ensuciando a cuanto judío camina por el mundo. Eso es un serio problema. Una vez más me ví retrotraído al Buenos Aires de los años sesenta, cuando escuchaba acusaciones contra “los judíos” de boca de ignorantes. He aquí al colmo y fuente de todos los males: los precios de las cebollas suben, no porque seamos pésimos e indisciplinados consumidores que pagan lo que sea por una cebolla, no. Son “los judíos” los culpables del aumento. Hitler perdió la guerra no por ser un maniático incompetente sino porque “los judíos” le mojaron la pólvora y así ad infinitum. Desde el mal aliento, los resfríos y la caspa hasta los vaivenes bursátiles pasando por las epidemias y los terremotos, “los judíos” eran la causa de todo mal. Mal que causaban con el poder acumulado a través de siglos de encajonar oro mediante el cual dominan el mundo que inocentemente yace entre sus inclementes garras. Como si hicieran falta promotores para el mal… cuando nosotros los hombres somos tan buenos y tendemos a ser santos ¿verdad?

Historia personal

Mi curiosidad infantil en ese entonces imaginaba a los judíos como personas enormes de nariz ganchuda y de olor desagradable. Claro está que solo tenía ocho o nueve años y nunca había visto a un judío. Con el tiempo comencé a conocer judíos en serio, ya que en Buenos Aires hay una fuerte colectividad hebrea. No sin alguna sorpresa noté que no eran muy diferentes de los españoles o los italianos. Algunos vestían fastidiosamente elegantes, otros eran descuidados. Algunos eran pobres, otros eran ricos. Algunos eran simpáticos (como mis compañeros de escuela Mario y Saúl) otros un tanto antipáticos a diferente grado. Los había altos y bajos, rubios, pelirrojos y morenos, religiosos y ateos, de derecha y de izquierda, inteligentes y patanes, mujeriegos y castos, decentes y truhanes. Con el tiempo hice amistad con cierto señor judío ya muy mayor, a quienes sus hijos dejaban cuidando la librería de la familia. Su nombre era Cordovero. Había nacido en Alemania y emigrado primero al Brasil y luego a la Argentina donde se estableció en el negocio de los libros. Don Cordovero, a pesar de su nacimiento alemán era sefaradí, de ascendencia española que se remontaba al lejano siglo XV. En las tardes yo solía pasar por su negocio y él me recomendaba lecturas. Bajo su segura guía frecuenté los clásicos españoles que él conocía como nadie. Su castellano era seguro y breve, algo arcaico y severo pero agradable. Don Cordovero fue el primer judío que tuve de amigo y estoy seguro que debe andar por algun barrio judaico del cielo conversando de clásicos con Maimonides. Su bondad evidente, su paciencia y dulzura, su erudición y modestia borraron para siempre la imagen del judío que otros menos simpáticos—en su ignorancia—habían plantado en mi mente.

Con el tiempo conocí otros muchos, algunos ahora son amigos de muchos años, otros he perdido a la marea de la vida. Lo cierto es que luego al familiarizarme con la Biblia y la Historia Sagrada fui ganando respeto por esa raza prolífica en sabios que por la gracia de Dios ha fecundado el mundo en que vivimos con tantas cosas buenas. De las cosas buenas que a mi me gustan puedo nombrar la música de Gershwin y de Mahler, los cuentos de Bashevis Singer, la física de Einstein y los Hagiógrafos. Pero hay mucho mas, mucho más que lo que mis preferencias recuerdan. Vivimos en una cultura enriquecida por esta raza sufrida y triunfante a la vez. Si sacáramos lo que es judío de nuestra cultura, ciencia y tecnología me atrevo a decir que muy poco quedaría.

Por eso cuando mi amigo comenzó a enviarme copias de los “Protocolos de los Sabios de Sión” y otras idioteces por el estilo mi primer impulso fue mostrarle la evidente incongruencia y falsedad de tales cosas. Pronto me di cuenta que mi amigo estaba más enfermo de lo que yo pensaba. Nada parecía afectar su convencimiento de que una conspiración judía mundial estaba por minar el mundo y la Iglesia. De pronto lo vi en la cúspide de su fiebre y me lo representé entre los mismos ignorantes que había conocido en mi infancia y me sentí muy triste.

Me sentí triste porque lo ví caído en la trampa de las mentiras y de la difamación hipócrita de los incapaces que no quieren admitir su propia incompetencia y deben traer estos magníficos gigantes imaginarios a la palestra para desviar la atención de su propia mediocridad. Lo que mas me entristeció fue ver que tanto él como otros católicos de cierto fuste y fama se aliaban para “demostrar” lo indemostrable. Lamentablemente

El choque con el Evangelio

El gran problema que se nos plantea, le dije entonces a mi amigo, es que debemos declararle el Evangelio a los judíos también. Si bien recuerdo Romanos 11 advierte bien claramente que con los judíos no se juega. Son el pueblo natural de Dios sin vueltas. Guay con quien te metes. Y si comenzamos a creer en conspiraciones judaicas, lo cierto es que estamos levantando falso testimonio contra el prójimo de Dios, amén de nuestro propio prójimo. Digo falso testimonio porque no creo que haya una sola corte de justicia en el mundo que pueda oír con probidad los argumentos a favor de estas teorías conspiratorias y confirmarlas. El caso entero está lleno de acusaciones y argumentos inconfirmables, demasiado antiguos para ser verificados, demasiado ambiguos para ser creídos cuando no demasiado fantásticos para ser tomados en serio. Lo cierto es que lo que se consigue con promover estas tonterías es justamente ahuyentar a los posibles judíos conversos (que son muchos) de la realidad de la Iglesia de Cristo. Y eso es un crimen en la Corte de Dios. Porque el escándalo a los más pequeños en la fe (los que recién llegan o quieren entrar) tiene como premio una corbata de piedra y un zambullón en el mar para sus promotores. No hay camino más directo al infierno que escandalizar a otros a gusto y a sabiendas con cuentos de viejas que son lisa y llanamente falsedades y cuya autenticidad no puede ser demostrada y dada su morbosa naturaleza, solamente pueden ser atribuídas a la imaginación popular.

Lo que la Iglesia piensa

En el sitio católico Corazones.org (en español) encontramos esta interesante y muy católica reflexión:

“Mas tarde con la evangelización del imperio, los gentiles llegaron a ser la gran mayoría de los cristianos. Algunos comenzaron a poner a un lado la identidad judía de Jesús y olvidaron que las críticas de Jesús y de San Pablo contra los judíos eran críticas desde adentro de la familia judía. Es necesario reconocer los cristianos han injuriado a los judíos mal interpretando algunos textos para atacarlos. Estas injusticias aumentaron el distanciamiento entre judíos y cristianos. El Concilio Vaticano II renovó la conciencia de los vínculos entre el judaísmo y el catolicismo. El Papa Juan Pablo II ha pedido perdón por las ofensas cometidas por los católicos.” Durante su pontificado la Iglesia ha buscado profundizar su entendimiento de los judíos a través del diálogo. En la actualidad algunos judíos están descubriendo que no hay contradicción entre ser judío y ser católico sino que mas bien la fe católica satisface la esperanza judía de encontrar al Mesías. Es así que un judío converso llegó a ser sacerdote y fundó la organización Remnant of Israel (Resto de Israel) para evangelizar a los judíos y dar a conocer los profundos nexos entre el judaísmo y la Iglesia Católica.” [1]

El problema que se nos presenta—si creemos en la existencia de conspiraciones judías y usamos nuestro catolicismo para dispersar dicha falacia herética dentro de la Iglesia—es ¿con qué cara nos presentamos delante de un judío para evangelizarlo y llamarlo al Mesías, Jesucristo? ¿Le diremos que debe dejar de comer niños católicos para la Pascua y debe abandonar esas locas ideas de controlar el mundo y dejarse de cometer atrocidades?

Es obvio que tales supersticiones resultan en detrimento del Evangelio y de la Iglesia y en la ruina de las almas expuestas al escándalo que en ellas produce el verse falsamente acusadas por católicos practicantes. El espíritu maligno de estas morbosas teorías, verdaderas miasmas intelectuales sin base histórica ni teológica corre en contra del mejor sentido de las declaraciones de la Iglesia sobre el tema de las relaciones con el judaísmo. Como por ejemplo el documento “Nosotros recordamos” expedido por la Santa Sede, cuya lectura recomiendo fervientemente [2]

Un pedido de ayuda

De corazón quisiera pedir a los católicos que lean estas páginas que reflexionen sobre la importancia de estos asuntos. Dios no va a ser tomado de sorpresa por una conspiración de ninguna clase. Dios todo lo ve y todo lo sabe, Su poder no falla y ya nos ha dicho que el mal no prevalecerá contra Su Iglesia (Mateo 15:13-20) Lo que si puede suceder, hermano católico, es que el interés morboso en el ocultismo te lleve a oponerte a la Iglesia, a su doctrina y conducta y te haga perder el camino estrecho. Muchas tentaciones estan disfrazadas de virtud. Si sientes que la salvación de la Iglesia depende de tí o de tu actuar en contra de un peligro real o imaginario, recuerda las palabras del Apóstol San Pablo:

“Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneos firmes. ¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos, y también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el Misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene.”

La lucha consiste en mantener la virtud propia en Cristo, la mejor arma con la que resistir a los poderes del mal. Esparcir libelos—violando los mandamientos—e impedir la llegada del Evangelio a las almas con escándalo y mentiras es la forma más rápida de sucumbir al mal y acabar encadenado por el Enemigo.

Colofón del libro de la Reina Ester

Mardoqueo dijo: ¡De Dios ha venido todo esto! Porque haciendo memoria del sueño que tuve, ninguna de aquellas cosas ha dejado de cumplirse: ni la pequeña fuente, convertida en río, ni la luz, ni el sol, ni el agua abudante. El río es Ester, a quien el rey hizo esposa y reina. Los dragones somos yo y Amán. Los pueblos son los que se reunieron para destruir el nombre judío. Mi pueblo es Israel, que clamó a Dios y fue salvado. Salvó el Señor a su pueblo, el Señor nos liberó de todos estos males; obró Dios grandes señales y prodigios como nunca los hubo en los demás pueblos. Por eso, Dios ha marcado dos suertes una para su pueblo y otra para los pueblos restantes; y estas dos suertes se han cumplido en la hora, ocasión y día determinados en presencia de Dios y de todos los pueblos. Dios entonces se acordó de su pueblo y dictó sentencia a favor de su heredad.


[1] Judaismo.

[2] Documento Vaticano sobre la Shoah.

{*} Ver también este escrito de G. Perednik.

{*} Y también este otro.