eucaristía-pasaje-a-la-vida-eterna

Carlos Caso-Rosendi

Al analizar el Evangelio de Juan, los sabios de los siglos pasados han encontrado una estructura intrincada y barroca, llena de preciosas conexiones . El Evangelio de Juan le ha valido al discípulo amado de Jesús el sobrenombre de Juan el Divino (John the Divine) entre los comentaristas de habla inglesa. No hay exageración alguna en ese honor.

Una de las herramientas que Juan usa es la contraposición. Por ejemplo, Cristo es «de arriba» pero el pueblo que El ha venido a salvar es «de abajo». Juan se esfuerza en mostrar que Cristo es una revelación en sí mismo de las realidades celestiales que la gente «de abajo» no puede contemplar normalmente (Juan 1, 18; 5, 27; 7, 28; 8, 19) pero que ahora «por gracia» sí pueden contemplar en Jesús, trascendiendo así el abismo que separa a Dios de los hombres por medio de Jesús mismo. En el misterio de la Encarnación, el cuerpo de Cristo obra como un puente entre el pueblo «abajo» y Dios «arriba». Ese es el mensaje principal del Evangelio de Juan. Pero en el mismo prólogo donde se nos presenta el misterio, Juan nos dice que «el mundo no le conoció» (Juan 1, 18). Esto luego se reafirma por boca de Juan el Bautista en Juan 1, 10 cuando el profeta le declara al pueblo que hay entre ellos uno «a quien no conocen». Esto que para nosotros es críptico, para los judíos de la época era una clara indicación mesiánica pues las tradiciones judaicas indicaban que el Mesías había de venir de tal manera que nadie sabría de dónde había venido.

Esta reflexión es sobre el capítulo seis de Juan. Al analizarlo veremos en qué consisten estos contrapuntos. Estas son algunas que saltan a la vista:

Carne que salva — Carne que perece

Mesías rey — Mesías víctima

El monte (altura) — La Sinagoga (en la costa baja del mar)

Reflexión

Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos.

La gente sigue a Jesús a la ribera del mar porque quiere ser sanada de sus enfermedades. La imagen evoca a Moisés con Israel frente al mar antes de la liberación de Israel por Dios.

Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos

Como Moisés, Cristo procede a subir a un monte y a sentarse, una expresión que frecuentemente acompaña la idea de un maestro que enseña, así como Moisés enseñó a Israel.

Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.

O sea, estaba próxima la celebración de la liberación de Israel y su paso de Egipto al desierto.

Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer.

Cristo presenta a Felipe con un problema insoluble. Como los israelitas frente al mar que no pueden cruzar al otro lado para escapar de Egipto, la humanidad está atrapada en atender a las urgencias y necesidades de la carne. El problema es insoluble para el hombre desde que Dios condenó a Adán a trabajar duramente para ganarse la vida. Felipe, el más práctico de los discípulos y quizás el mejor educado, entiende el problema y se declara incapaz de resolverlo.

Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.»

El análisis de Felipe es terminante. Doscientas veces el salario de un año no alcanzan para comprar suficiente pan para la enorme multitud. El nombre de Felipe viene del nombre del padre de Alejandro Magno, philo-hippos, «amigo de los caballos», o sea un nombre que implica o sugiere poder.

Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?»

Andrés, cuyo nombre significa «hombre» («andros» en griego), presenta la exigua realidad. Cinco panes de poca calidad, dos pececillos que un muchachito ha traído.

Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente.» Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos 5.000.

La gente se recuesta, como para un banquete oriental. En la imagen, la multitud recostada evoca el destino de toda la humanidad, la muerte final e inevitable.

Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda.» Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.

Cristo alimenta a la multitud recostada y sobra comida. El número de canastos es también el número de los apóstoles. El pescador de hombres, el que ve los campos blancos de trigo listos para la siega ha hecho un banquete comenzando con pescado y pan insuficientes. La imagen parece indicar la insuficiencia de los medios humanos (la sabiduría y poder de Felipe y la humanidad de Andrés) que Cristo multiplicará en doce apóstoles y luego en incontables fieles. Lo que antes había ocurrido en la intimidad de una casa en Caná, ahora ocurre en presencia del pueblo.

Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.»

Ahora la gente, habiendo comido, comprende que Jesús es el Mesías.

Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.

La gente espera un Mesías-Rey que solucione sus problemas y los libere como Moisés había liberado al Israel antiguo. Este punto de vista es carnal, «de abajo». Pero Cristo tiene otros planes. El es «de arriba» y como Moisés, se retira monte arriba solo. Moisés bajó del monte con las tablas de la Ley. Cristo bajará con el medio de salvar al mundo entero.

Al atardecer, bajaron sus discípulos a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse.

Los discípulos regresan a la casa de Pedro, se aproxima la fiesta y deben prepararse. Cruzan el mar en camino a Cafarnaúm. Es ya de noche y Cristo no ha venido a ellos. En la oscuridad el viento sopla sobre el mar y la imagen evoca el principio del mundo cuando el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas. La idea de liberación ahora se enriquece con la imagen de una nueva creación.

Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero él les dijo: «Soy yo. No temáis.»

Ya habiendo navegado un tiempo ven a Cristo venir caminando sobre el agua como lo profetizara Habacuc. Dios viene caminando sobre el mar profundo para salvar a su pueblo.

Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.

El destino de los discípulos no es la otra orilla del mar de Galilea, el destino es Cristo. Ni bien Cristo está en la barca, esta llega a destino.

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

En una imagen evocativa de la humanidad buscando a Cristo, el pueblo a quienes había alimentado el día anterior se lanza mar adentro a buscar al Mesías. Es una buena analogía de la humanidad que cruza el mar de la historia en busca de Dios.

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello.»

Cristo le aclara al pueblo que debe trabajar en consonancia con la voluntad de Dios. Es Dios el que ha marcado a Cristo con su sello y lo ha hecho Mesías y Maestro de Israel. El pueblo debe aprender a trabajar por el alimento que Dios ha determinado para la salvación de sus almas y no por la simple solución material. La «carne que perece» debe ser abandonada para obtener la «carne que salva» y que Jesús presenta a continuación.

Ellos le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado.» Ellos entonces le dijeron: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: «Pan del cielo les dio a comer.»

El pueblo entonces no puede entender lo que Cristo les presenta e insisten en repetir la experiencia de la antigua liberación de Israel. Quieren pan. Cristo no les ha negado el pan sino que lo ha usado para apuntar a una realidad mayor y trascendente. Cristo quiere liberar al pueblo de la muerte y de la opresión del mundo.

Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.» Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»

Cristo comienza su lección. Aquí el paralelo con Moisés se hace explícito. Dios desea dar vida al mundo y el mundo está hambriento de la vida de Dios.

Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida.El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día.

Y aquí está la lección de los panes y los peces: de la miseria del mundo Cristo hará el banquete del cielo, la Cena del Cordero, la Pascua Eterna porque la voluntad del Padre es que «nada se desperdicie» como en el caso de los doce cestos. Las necesidades materiales de los fieles serán cubiertas en este mundo pero lo importante es la salvación y preservación de sus almas. Eso se logra por medio del Pan del Cielo, de Jesús mismo. Y a continuación comienza la separación que evoca las separaciones del Génesis. La creación de una nueva humanidad está comenzando.

Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.» Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo.» Y decían: «¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?» Jesús les respondió: «No murmuréis entre vosotros. «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: «Serán todos enseñados por Dios.» Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.

Aquí se realiza la lección divina. Los murmuradores ven a Cristo como a un simple hombre y se niegan a creer que ha venido del cielo, del Padre. Sorprendentemente Cristo les enseña que para reconocerlo como el Mesías de Dios es necesaria la gracia que emana del Padre. En esta breve enseñanza Cristo comienza a desvelar el misterio de su divinidad y de su unidad con el Padre.

No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera.

El acto de «ver para creer» es transformado por Cristo en «creer para ver» y todavía más allá en «creer para ser». Creer en Cristo y creer en el Padre son esencialmente la misma acción. Jesús los retrotrae ahora a la experiencia de ser alimentados. El pueblo creyó que Jesús era el Mesías al probar el pan milagrosamente multiplicado. Jesús ahora les explica que el pan que tiene para darles es superior al maná de Moisés y la enseñanza que tiene para darles también. La ley de Moisés y el maná no salvaron a Israel de la muerte pero esta enseñanza y este pan nuevo que Cristo trae del cielo pueden dar vida eterna. Solo hay que creer en El.

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.» Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Así como el que cree tiene vida eterna, el que come vive para siempre. Pero la multitud no está dispuesta a aceptar esta enseñanza radical. Anclados en la literalidad y la simpleza no alcanzan a ver la nueva realildad que Cristo presenta. Ellos simplemente quieren un rey que les de pan y ciegos en su convicción no aceptan a un Dios que les ofrece vida eterna.

Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»

Cristo presenta ante el pueblo la realidad de esta Pascua Final en la que el verdadero Cordero de Dios debe ser consumido para sobrevivir. Cristo ofrece a las multitudes la vida abundante, la mismísima vida divina que ha bajado del cielo pero para obtenerla hay que apurarse a comer la carne del Cordero de Dios que el Bautista ya anunciaba al principio del Evangelio de Juan.

Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm. Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?…

La enseñanza nueva es enunciada en el llano y no en el monte. Dios ha bajado a los hombres con su regalo, se ha rebajado, se ha humillado a venir a ellos al lugar de su residencia para salvarlos pero los hombres, ciegos, se escandalizan aún antes de la ignominiosa muerte del Calvario.

«El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada.Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. «Pero hay entre vosotros algunos que no creen.» Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: «Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.» Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él.

Los hombres se han centrado en la carne, en su propia carne. Atrapados en la realidad de sus necesidades se niegan a ver la realidad trascendente que Cristo les presenta. Habiendo tenido un encuentro cara a cara con la gracia de Dios, no han sabido recibirla porque el foco de su atención son sus propias necesidades materiales, que desean satisfacer a su manera y que les impide ver la realidad de Cristo. Han estado frente a Dios que les ofrece vida eterna y han creído ver a un mero rey que les ofrece pan. Desilusionados por su propia ceguera, se marchan.

Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.» Jesús les respondió: «¿No os he elegido yo a vosotros, los Doce? Y uno de vosotros es un diablo.» Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, porque éste le iba a entregar, uno de los Doce.

Ahora Cristo se vuelve a los Doce para ver si ellos también desean marcharse. Es Pedro el que responde bien pues reconoce primero que no hay para ellos otra opción. La salvación la ven solamente en Cristo, las palabras de Cristo han revelado para ellos la fuente de vida eterna y la divinidad del Señor. Uno, sin embargo queda que no cree, el Iscariote. Ese mismo que luego en la Ultima Cena abandonará la mesa antes de que Cristo consagre el pan y el vino de su sacrificio. El Iscariote solamente probó la cena de la celebración, apurado por sus planes de traicionar al Maestro sale del recinto, sin probar el pan y el vino, se pierde en «la oscuridad de afuera».

Colofón

Los contrapuntos que Juan presenta son varios pero todos apuntan a la comunión con Cristo. La comunión comienza por prestar atención a las palabras de vida que Cristo ofrece, la nueva ley del amor. Eso lleva a sus discípulos a una comunión más profunda que se realiza en la Cena del Señor, la Eucaristía. Creer que Cristo puede entregarse a nosotros en la Eucaristía es lo que hacen los discípulos que creen en sus «palabras de vida eterna» y son llevados a la Pascua Verdadera, la realización final de la figura del cordero pascual.

Los cinco mil comen el pan perecedero, alimentan la carne que «no sirve para nada». La Iglesia (los discípulos) aceptan comer la carne que es «verdadero alimento» pero uno de ellos es «diablo», resiste la enseñanza y es justamente el que se retira de la cena pascual antes de la primera Eucaristía, para traicionar al Maestro. Ese es el que Juan reconoce luego como «el que moja el pan en el plato» con Cristo. Tal como los cinco mil, el Iscariote come la comida ordinaria con Cristo pero no «permanece» y se retira «a la oscuridad de afuera». Este orden de cosas está fuertemente conectado a la liturgia de los primeros siglos de la Iglesia en la cual los neófitos participaban de una «cena de caridad» pero se retiraban antes de la consagración, la cual estaba vedada de ver a quienes no fueran cristianos plenamente iniciados y miembros permanentes de la comunidad.

 

Anuncio publicitario