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Emile Mersch

Nuestra redención por Cristo no se completa hasta que El muere. Esto es verdad también en lo que respecta a la redención que tiene lugar en el Cuerpo Místico: no terminará de completarse hasta que el cuerpo entero deje de morar en este mundo, o sea, hasta el tiempo del fin. No estará completa para caada uno de sus miembros hasta que ése miembro muera. El pecado no será eliminado hasta que todo esto suceda. Mientras este mundo dure hay ocasión de pecar porque estamos en un tiempo de prueba.

Va todo junto: el pecado es la razón de la muerte redentora del Salvador; el pecado es lo que causa la pasión y la muerte del Cuerpo Místico en el cual obra la redención. Sin embargo, en la muerte del Salvador, el pecado pertenece exclusivamente a otros. En la muerte del Cuerpo Místico por la cual la humanidad participa en su propia redención, el pecado no pertenece ya a otros, sino a los mismos hombres que lo componen. Es por eso que ambas pasiones difieren en forma. La Pasión de la Cabeza fue sin mancha… La pasión de la raza humana carece de esa pureza, que en su caso debe ser conquistada. La ley del pecado se agita maligna en el interior del hombre. Y este «cuerpo» de Cristo está diseñado para esos humanos, tal como son, para hacerlos mejores de lo que son. Este objetivo se logra, en gran parte, por las disputas y dolores que los hombres se infligen entre sí, sea a propósito o sin quererlo. También ocurre en ocasiones como resultado de una mezcla de malicia, distracción y buenas intenciones. La humanidad es pecaminosa. Lleva consigo el peso de sus crímenes pasados y nuevos.

Como consecuencia hay un intenso deseo de justicia y amor, un deseo insatisfecho por un mundo mejor que toma forma y se aviva en el alma humana no sin ayuda de la gracia. Pero este deseo apenas se dibuja en las oscuras soledades de la conciencia profunda y es por eso que sus manifestaciones son tan incoherentes que vivimos la tragedia de un gigante ciego y rabioso que vuelve sus armas contra sí mismo y así se destroza en la oscuridad. Esta es la clase de humanidad de la que la Iglesia está compuesta.

Nos ocupamos aquí de un asunto delicado que es la fuente de mucho desánimo y escándalo. No nos cuesta entender que la Iglesia debe tener sus mártires y que los inocentes deben sucumbir a la persecución o la enfermedad. Lo difícil de aceptar es, sin embargo, que tal sea la esposa de Cristo que El ha tomado para hacerla santa e inmaculada, sin impureza o mancha de ninguna clase.

Es duro aceptar que tal sea el cuerpo de Cristo que Dios ha elegido desde la eternidad para adornar con la gracia de Su adopción en pureza y santidad. Que ése objeto deba ser profanado por la envidia y la malicia y que esas miserables fallas morales deban aparecer tan prominentemente, aun en sus actividades más características… parece imposible de aceptar.

Sin embargo es así. El santo Cuerpo Místico es un cuerpo en el que la redención se logra sin que aparentemente se alcance a completar. En dicho cuerpo el pecado está presente y activo, ganando nueva fuerza con cada generación. En este cuerpo el pecado tiene su lugar necesario, un lugar del cual debe ser extraído. ése mismo lugar es donde ocurrirán las pruebas que lo expulsarán. En ése lugar obra la redención.

Sin lugar a dudas, el bautismo—que aplica la redención a cada individuo— elimina completamente el pecado contenido en el alma. Sin embargo el bautismo no seca la fuente del pecado, como claramente lo enseña el Concilio de Trento (D 802-6). La persona bautizada tiene que luchar contra las fuerzas que lo arrastran al pecado y también contra sí misma, porque a menudo será su principal tentador. No puede simplemente evitar todo pecado (D 833) y la terrible posibilidad de perder la eternidad se cierne siempre sobre su vida.

En forma similar, la fuente del pecado permanece en la Iglesia militante en general, ya que lo que el bautismo hace por el individuo, la muerte de Cristo ha hecho por el entero Cuerpo Místico. La Iglesia está compuesta de pecadores, de ahí que las grandes oraciones sean el rezo de grandes pecadores, «perdónanos nuestras ofensas», «Santa María, Madre de Dios, ora por nosotros pecadores». El pecado está en la Iglesia, es contagioso y no se puede erradicar. Como la mala hierba en el campo que crece una y otra vez obstinadamente, y no será exterminado hasta que la Iglesia misma no sea ya más, en el Dia del Fin, cuando llegue el tiempo de la cosecha.

La santidad de la Iglesia no es menos real por eso, pero es una santidad mas realista, la santidad de la Iglesia militante. La Iglesia es santa porque es obra y propósito de Dios y no porque los hombres contribuyan algo de sus propios recursos o actividades que parten exclusivamente de su propia voluntad ¡Pobres de los hombres que proclamen su propia justicia y se crean mejores que sus semejantes!

Una profunda similitud enlaza a los miembros dentro del Cuerpo Místico con el más depravado de los miembros del mundo. Los que tratan de ser sinceros se dan cuenta perfectamente de eso. Pero entonces, si los miembros del Cuerpo Místico son pecadores, deberán actuar como pecadores. Deberán tratar de deshacerse de sus pecados y al hacerlo darán indicios de esa voluntad de deshacerse del pecado y al hacerlo darán buena señal de la clase de pecado que los abruma.

Una excepción debe hacerse para aquellas acciones que Cristo realiza en la Iglesia. Por ejemplo, la administración de los sacramentos, la proclamación solemne de los dogmas. En esas cosas hallamos únicamente santidad.

En cualquier otro lugar, cuandoquiera que el hombre actúa como hombre, en las acciones del mejor de los cristianos y en las más excelsas cabezas de la Iglesia, la debilidad humana, la malicia y las huellas del pecado humano se descubrirán con frecuencia. Los mismos santos no escapan por completo a estas miserias hasta que llegan al instante de su mas completa madurez espiritual, al momento de su muerte. Debemos creer que la gracia tiende a salvaguardar a los pastores de la Iglesia en proporción a la importancia de sus actos. Esto, sin embargo no limita su libertad porque eso sería limitar la libertad natural del hombre.

 


Extraído de Emile Mersch, SJ., The Theology of the Mystical Body, (Teología del Cuerpo Místico) Publ. ET, Cyril Vollert, Sj. (St. Louis y Londres, 1951), PP. 305ff; citado por Hans Urs von Balthasar, en Spouse of the Word, Casta Meretrix, (Esposa de la Palabra, Casta Meretriz)

 

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