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Documento extraoficial

Documento extraoficial que presenta las ideas a analizar por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y una excelente síntesis de la historia de las relaciones entre las iglesias de Oriente y Occidente. El documento no goza de la aprobación final del Pontificio Consejo y por lo tanto debe ser leído y estudiado en ese contexto, teniendo en cuenta el análisis que los patriarcas de ambos mundos harán luego. Las esperanzas de una vuelta a la unión del primer milenio son realmente excitantes y deben contar con todo nuestro apoyo y amor por nuestros hermanos, hermanas y padres de la querida Ortodoxia Oriental.

El papel del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia del primer milenio

Comité Coordinador Conjunto para el diálogo teológico entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa. Aghios Nikolaos, Creta, Grecia, Septiembre 27 – Octubre 4, 2008

Introducción

1. En el documento de Ravena, “Consecuencias Eclesiológicas y Canónicas de la Naturaleza Sacramental de la Iglesia – Comunión Eclesial, Conciliaridad y Autoridad”, católicos y ortodoxos reconocen el vínculo inseparable entre conciliaridad y primacía en todos los niveles de la vida de la Iglesia: “Primacía y conciliaridad son mutuamente interdependientes. Es por eso que la primacía en todos los niveles de la vida de la Iglesia, local, regional y universal, deben ser siempre considerados en el contexto de la conciliaridad, y la conciliaridad debe ser igualmente considerada en el contexto de la primacía” (Documento de Ravena, n. 43). Las partes también concuerdan que “en el orden canónico (taxis) testimoniado por la antigua Iglesia”, que fue “reconocido por todos en la era individida de la Iglesia”, Roma, como la “Iglesia que preside en amor”, de acuerdo a la frase de San Ignacio de Antioquía, ocupaba el primer lugar en la taxis y que el obispo de Roma era por lo tanto “el protos entre los patriarcas” (nn. 40, 41). El documento se refiere al papel activo y las prerrogativas del obispo de Roma como “protos entre los patriarcas’, “protos de los obispos de las sedes primadas’ (nn. 41, 42, 44) y concluye que “el papel del obispo de Roma en la comunión de todas las Iglesias” debe ser “estudiado en mayor profundidad”. “¿Cuál es la función específica del obispo de la ‘sede primada’ en una eclesiología de koinonia?” (n. 45)

2. El tópico para la próxima etapa del diálogo teológico es por lo tanto: “El papel del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia del primer milenio”. El objetivo es entender más profundamente el papel del obispo de Roma en el período durante el cual las iglesias de Occidente y de Oriente estaban en comunión, a pesar de ciertas divergencias entre ellas y así responder a la pregunta supracitada.

3. El presente texto tratará el tópico por medio de considerar los siguientes cuatro puntos:

– La Iglesia de Roma, prima sedes

– El obispo de Roma como sucesor de Pedro

– El papel del obispo de Roma en tiempos de crisis en la comunión eclesial

– La influencia de factores no-teológicos.

La Iglesia de Roma, “prima sedes”

4. Católicos y ortodoxos están de acuerdo en que, desde tiempos apostólicos, la Iglesia de Roma ha sido reconocida como la primera entre las iglesias locales, tanto en Oriente como en Occidente. Los escritos de los padres apostólicos testimonian claramente de este hecho. Roma, la capital del imperio, rápidamente ganó renombre en la iglesia temprana como el lugar del martirio de los santos Pedro y Pablo (cf Apocalipsis 11, 3-12). Ocupó un lugar singular y ejerció una influencia singular. A finales del primer siglo, invocando el ejemplo de los mártires Pedro y Pablo, la Iglesia de Roma escribió una larga epístola a la Iglesia de Corinto, que había rechazado a sus ancianos (1 Clemente a los Corintios 1, 44) y los urgió a restaurar la unidad y la armonía (homonoia). La carta fue escrita por Clemente, subsecuentemente identificado como el obispo de Roma (cf Ireneo, Adversus Haereses, 3, 3, 2), sin embargo no queda clara la forma exacta del liderazgo de Roma en esos tiempos.

5. Poco tiempo después, en camino a su martirio en Roma, Ignacio de Antioquía escribió a la Iglesia de Roma con gran estima y como “digna de Dios, digna de honor, digna de ser llamada bendita, digna del éxito, digna de pureza”. Se refirió a ella como “la que preside en la región de los romanos”, y también como “la que preside en caridad” (“prokathemene tes agapes” Romanos, Saludo). Esta frase es interpretada de varias maneras, pero parece indicar que Roma tenía un papel regional de rango y liderazgo, y que se distinguía en las [virtudes] esenciales del cristianismo, a saber fe y caridad. Ignacio habló también de Pedro y Pablo, que predicaron a los Romanos (Romanos, 4).

6. Ireneo recalcó que la Iglesia de Roma era un punto de referencia seguro de la enseñanza apostólica. Con esta Iglesia, fundada por Pedro y Pablo era necesario que todas las Iglesias estuvieran de acuerdo (convenire), “propter potentiorem principalitatem”, una frase que puede ser entendida de varias maneras como “a causa de su más imponente origen” o “a causa de su mayor autoridad” (Adversus Haereses, 3, 3, 2). Tertulliano también alabó a la Iglesia de Roma “sobre las cuales los apóstoles [Pedro y Pablo] derramaron su entera enseñanza junto con su [propia] sangre”. Roma era la primera entre las iglesias apostólicas y ninguno de los muchos herejes que fueron allí en busca de aprobación fue jamás recibido (cf De Praescriptione Haereticorum. 36). La Iglesia de Roma era por lo tanto un punto de referencia tanto en lo que toca a la “regla de la fe” como también en la búsqueda de una resolución pacífica a las dificultades tanto internas como [de relaciones] entre ciertas Iglesias.

7. El obispo de Roma tuvo desacuerdos ocasionales con otros obispos. Con referencia a la fecha de la Pascua, Aniceto de Roma y Policarpo de Esmirna no estuvieron de acuerdo en 154 AD pero mantuvieron la comunión eucarística. Cuarenta años más tarde, el obispo Víctor de Roma, ordenó sínodos para zanjar la cuestión – una interesante instancia temprana de sinodalidad y de papas alentando los sínodos, por cierto – y excomunicó a Polícrates de Efeso y a los obispos de Asia cuando el sínodo rehusó adoptar la regla romana. Víctor fue reprendido por Ireneo por su severidad y parece que revocó su sentencia y que la comunión fue preservada. A mediados del tercer siglo, un serio conflicto surgió en lo tocante a si aquellos bautizados por herejes debieran ser re-bautizados al ser recibidos en la Iglesia. Refiriéndose a la tradición local, Cipriano de Cartago y los obispos del norte de Africa, apoyados por los sínodos reunidos por el obispo oriental Firmiliano de Cesarea, mantuvo que tales gentes debían ser re-bautizadas, mientras que el obispo Esteban de Roma, haciendo referencia a la tradición romana y de hecho a Pedro y a Pablo (Cipriano, Epístola. 75, 6, 2), dijo que no debían [ser re-bautizados]. La comunión entre Esteban y Cipriano fue severamente lesionada pero no fue formalmente quebrada. Así, los siglos tempranos muestran los puntos de vista y las decisiones de los obispos de Roma fueron desafiadas a veces por sus colegas. También dan muestra de la vigorosa vida sinodal de la Iglesia temprana. Los numerosos sínodos africanos de ese tiempo, por ejemplo, y la frecuente correspondencia de Cipriano con Esteban y especialmente con su predecesor, Cornelio, manifiesta un intenso espíritu de colegialidad (cf Cipriano, Epístolas. 55, 6, 1-2).

8. Todas las iglesias de Oriente y Occidente creían que la Iglesia de Roma ostentaba el primer lugar (i.e. primacía) entre las iglesias. Esta primacía era el resultado de varios factores: la fundación de esa iglesia por Pedro y Pablo y el sentido de su presencia vital allí; el martirio en Roma de estos dos apóstoles principales (koryphes) y la ubicación de sus sepulcros (tropaia) en la ciudad; y el hecho que Roma era la capital del Imperio y el centro de las comunicaciones.

9. Los primeros siglos muestran el vínculo fundamental e inseparable entre la primacía de la sede romana y la primacía de su obispo: cada obispo representa, personifica y expresa su sede (cf. Ignacio de Antioquía, Esmirneos 8; Cipriano, Epistola. 66, 8). De hecho, sería imposible hablar de la primacía del obispo sin referirse a su sede. Desde la segunda mitad del segundo siglo, se enseñó que la continuidad de la tradición apostólica estaba simbolizada y expresada por la sucesión de obispos en las sedes fundadas por los apóstoles. Tanto Oriente como Occidente han continuado manteniendo que la primacía de la sede precede a la primacía del obispo y es fuente de ella.

10. Cipriano creía que la unidad del episcopado y de la Iglesia estaba simbolizada en la persona de Pedro—a quien le fue dada la primacía—y en su cátedra, y que todos los obispos sostenían esta común creencia (“in solidum” De Unitate. Ecclesiae, 4-5). Así, la cátedra de Pedro podía hallarse en cada sede, pero especialmente en Roma. Aquellos que se allegaban a Roma, venían a “la cátedra de Pedro, a la iglesia primordial, la mismísima fuente de la unidad episcopal” (Epístolas 59, 14, 1).

11. La primacía de la sede de Roma llegó a ser expresada en varios conceptos: cathedra Petri, sedes apostolica, prima sedes. Sin embargo, el dicho del Papa Gelasio: “Nadie juzga a la primera sede” (“Prima sedes a nemine iudicatur” cf. Epístolas 4, PL 58, 28B; Epístolas. 13, PL 59, 64A), que luego fue aplicada en el contexto eclesial y llegó a ser [causa de] contención entre Oriente y Occidente, originalmente significó sencillamente que el papa no podía ser juzgado por el emperador.

12. Las tradiciones de Oriente y Occidente reconocieron un cierto “honor” (timi) de la primera entre las sedes patriarcales que no era puramente honorífico (Concilio de Nicea, can. 6; Concilio de Constantinopla, can. 3; and Concilio de Calcedonia, can. 28). Implicaba una “autoridad” (exousia; cf Documento de Ravena, n. 12), que sin embargo era “sin dominación, sin coerción física o moral” (Documento de Ravena, n. 14). Aunque en el primer milenio los concilios ecuménicos fueron convocados por el emperador, ningún concilio podía ser considerado ecuménico sin haber tenido el consentimiento del papa, dado ya fuera antes o después [del concilio]. Esto puede ser visto como una aplicación a nivel universal de la vida de la Iglesia, del principio enunciado en el Cánon Apostólico 34: “Los obispos de cada provincia (ethnos) deben reconocer al que es primero (protos) entre ellos y considerarlos como su cabeza (kephale) y no hacer nada importante sin su consentimiento (gnome); cada obispo puede hacer solamente lo que concierne a su propia diócesis (paroikia) y sus territorios dependientes. Pero el primero (protos) no puede hacer nada sin el consentimiento de todos. Porque de esta manera prevalecerá la concordia (homonoia) y Dios será alabado a través del Señor en el Espíritu Santo” (cf Documento de Ravena, n. 24). En todos los niveles de la vida de la Iglesia la primacía es conciliar e interdependiente.

13. El emperador Justiniano (527-65) fijó el escalafón de las cinco sedes mayores: Roma, Constantinopla, Alejandria, Antioquía y Jerusalén, en la ley imperial (Novellae 131, 2; cf 109 praef.; 123, 3), contituyendo así lo que llegó a ser conocido como la Pentarquía. El obispo de Roma era visto como el primero en el orden (taxis), sin que se mencionara entonces la tradición petrina.

14. Bajo el Papa Gregorio I (590-604), continuó una disputa que ya había comenzado con el Papa Pelagio II (579-590) con el Patriarca de Constantinopla acerca del título “Patriarca Ecuménico”. Diferentes entendimientos entre Oriente y Occidente dieron lugar a la disputa. Gregorio vió en el título una presuntuosidad intolerable y una violación de los derechos canónicos de las otras sedes de Oriente, mientras que en Oriente el título fue entendido como una expresión de mayores derechos en el patriarcado. Más tarde, Roma aceptó el título. Gregorio dijo que él personalmente rechazaba el título de “Papa Universal” siendo honrado en cambio cuando cada obispo recibía el honor que se le debía (“mi honor es el honor de mis hermanos’, Epístola 8, 29). Se llamó a sí mismo, el “siervo de los siervos de Dios” (servus servorum dei).

15. La coronación de Carlomagno por el Papa León III en el año 800 marcó el comienzo de una nueva era en la historia de los reclamos papales. Un factor que agregó a las diferencias entre Oriente y Occidente fue la emergencia de los Falsas Decretales (ca.850), que intentaban reforzar la autoridad de Roma para proteger a los obispos. Las decretales jugaron un papel enorme en los siglos subsiguientes a medida que los papas comenzaron gradualmente a actuar en el espíritu de los decretales, que declaraban, por ejemplo, que todos los asuntos importantes (causae maiores), especialmente la deposición de obispos, eran, en última instancia, la responsabilidad del obispo de Roma y que todos los concilios y sínodos recibían su autoridad legal a través de ser confirmados por la Sede Romana. Los Patriarcas de Constantinopla no aceptaron tal punto de vista que era contrario al principio de sinodalidad. Aunque de los decretales, de hecho, no se referían al Oriente, en un período posterior, durante el segundo milenio, fueron aplicados al Oriente por personajes de Occidente. A pesar de las crecientes tensiones, en el año 1000, los cristianos, tanto en Oriente como en Occidente estaban aún conscientes de pertenecer a una sola e indivisible Iglesia.

El obispo de Roma como sucesor de Pedro

16. El énfasis temprano en el vínculo que la Sede de Roma tiene con ambos Pedro y Pablo se desarrolló en Occidente de forma gradual en un vínculo más específico entre el obispo de Roma y el apóstol Pedro. El papa Esteban (a mediados del tercer siglo) fue el primero en aplicar Mateo 16, 18 (“tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia”) a su propio oficio. El Concilio de Constantinopla en 381 especificó que Constantinopla debería tener el segundo lugar después de Roma: “Por ser la Nueva Roma, el obispo de Constantinopla deberá gozar del rango de honor después del obispo de Roma” (cánon 3). El criterio invocado por el concilio para ordenar las sedes no fue por lo tanto el de la fundación apostólica sino el de la posición de la ciudad en la organización civil del Imperio Romano. Un criterio diferente para el ordenamiento de las sedes principales fue invocado por el sínodo que convino en Roma en 382 bajo la presidencia del Papa Dámaso. (cf Decretum Gelasianum 3). Aquí, tres sedes jefaturas son mencionadas, Roma, Alejandría y Antioquía, y nada se dice de Constantinopla. Fue expresado que a la Iglesia Romana le fue dado el primer puesto a causa de las palabras de Cristo a Pedro (Mateo 16, 18), y por ser fundada por Pedro y Pablo. El segundo lugar le fue asignado a la Alejandría, fundada por Marcos, discípulo de Pedro, y el tercer lugar a Antioquía, donde Pedro residió antes de mudarse a Roma. Esta idea de las tres sedes petrinas fue repetida por los papas del quinto siglo, como Bonifacio, León y Gelasio. Para los años 381-382, entonces, habían emergido dos criterios distintos para determinar el rango eclesial de una iglesia, el primero que asumía que tal rango debía corresponder con la posición civil de la ciudad en cuestión, y el segundo apelando más específicamente al origen apostólico y petrino.

17. La idea petrina fue desarrollada por el Papa León (440-461). Que hizo una marcada distinción entre el ministerio petrino específicamente y la persona que ejerce el ministerio, a quien él veía como un indigno sucesor (haeres) de San Pedro (Sermones 3, 4). Siendo sucesor, el Papa llega a ser “apostolicus” y hereda también el “consortium” de unidad indivisible entre Cristo y Pedro (Sermones 5, 4; 4, 2). En consecuencia, es su deber el cuidar de todas las iglesias (cf 2Corintios 11, 28; Epístolas 9, 120, 4). La precedencia de Pedro se funda en el hecho que Cristo le confió sus ovejas a él y solamente a él (Juan 21, 17; cf Sermones 83). El obispo de Roma es guardián de este privilegio tradicional de la iglesia de Roma, la tradición de San Pedro (cf. Epístolas 9; Sermones 96, 3). León se vió a sí mismo como “el guardián de la fe católica y las constituciones de los Padres’ (Epístolas 114), obligado a promover el respeto y la observancia de los concilios.

18. En el Cuarto Concilio Ecuménico (451), la lectura del Tomo de León fue seguida de la aclamación: “Pedro ha hablado a través de León”. Esto, sin embargo, no fue una definición formal de la sucesión petrina. Fue un reconocimiento que León, el obispo de Roma, había dado voz a la fe de Pedro, que se puede hallar particularmente en la iglesia de Roma. Después de ese concilio, los obispos dijeron que León era “boca en todo lo que concierne al bendito Pedro… impartiendo las bendiciones de su fe a todos, ” (Epistola Concilii Chalcedoniensis ad Leónnem Papam: Epístola 98 de León). De la misma manera Agustín se enfocó en la fe, más bien en que la persona de Pedro cuando dijo que [Pedro] era “figura ecclesiae” (In Jo. 7, 14; Sermón 149, 6) y “typus Ecclesiae” (Sermón 149, 6) en su confesión de la fe en Cristo. Sería entonces simplificar demasiado decir que Oriente interpreta la “roca” de Mateo 16, 18 como la persona de Pedro, mientras que Occidente lo interpreta como la fe de Pedro. En la Iglesia temprana, tanto en Oriente como en Occidente, la sucesión de Pedro era lo fundamentalmente importante.

19. Es importante tener en mente que toda sucesión apostólica es sucesión de la fe apostólica, individualmente dentro de una iglesia local. Desde una perspectiva eclesiológica, no es posible concebir que una sucesión entre personas ocurra independientemente o fuera de la fe apostólica y fuera de una iglesia local. Así, decir que Pedro habla a través del obispo de Roma significa que en en el primer lugar en el cual [obispo de Roma] expresa la fe apostólica, es su iglesia, recibida del apóstol Pedro. Es por sobre todo en este sentido que el obispo de Roma puede ser entendido como el sucesor de Pedro.

20. En Occidente, el acento se puso en el vínculo entre el obispo de Roma y el apóstol Pedro, particularmente desde el cuarto siglo en adelante, fue acompañado por una referencia creciente y más específica al papel de Pedro en el colegio de los apóstoles. La primacía del obispo de Roma entre los obispos fue interpretada como una prerrogativa que era suya por ser él el sucesor de Pedro, el primero de los apóstoles (cf. Jerónimo, In Isaiam 14, 53; León, Sermón 94, 2; 95, 3). La posición del obispo de Roma entre los obispos fue entendida en términos de la posición de Pedro entre los apóstoles. En Oriente, esta evolución en la interpretación del ministerio del obispo de Roma no ocurrió. Tal interpretación nunca fue explícitamente rechazada en Oriente durante el primer milenio, pero Oriente más bien tendió a entender que cada obispo es el sucesor de todos los apóstoles, incluso Pedro (cf. Cipriano, De Unitate Ecclesiae., 4-5; Orígenes, Comentarios sobre Mateo).

21. De manera similar, Occidente no rechazó la idea de la Pentarquía (cf. ibidem, n. 13) – de hecho, observó cuidadosamente la taxis de las cinco sedes mayores, Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén, alrededor de las cuales se desarrollaron los antiguos patriarcados de la antigua Iglesia (cf. Documento de Ravena, n. 28). Sin embargo Occidente nunca dió la misma significancia a la pentarquía como una forma de gobierno de la Iglesia, tal como Oriente lo hizo.

22. Es notable que estos entendimientos más bien diferentes de la posición del obispo de Roma y de la relación de las sedes mayores en Oriente y Occidente respectivamente, afirmadas en interpretaciones bíblicas, teológicas y canónicas bien dispares, coexistieron por varios siglos hasta el final del primer milenio sin causar una ruptura de la comunión.

El papel del obispo de Roma en tiempos de crisis de la comunión eclesial

23. En el primer milenio, la Iglesia experimentó muchos momentos en que la comunión eclesial estuvo en peligro, como por ejemplo, cuando las definiciones de Nicea fueron desafiadas por la condenación de los obispos ortodoxos de ciertos concilios del cuarto siglo reunidos en Oriente, y cuando la fórmula cristológica de Calcedonia fue desafiada por el monofisismo y el “Henotikon” (que causó el Cisma Acasiano) en el quinto siglo y luego por el monoenergismo y el monotelismo en el séptimo siglo y también al tiempo de la crisis icononclasta en los siglos octavo y noveno. Ambos, católicos y ortodoxos reconocen la importancia del papel que tuvo el obispo de Roma en esas ocasiones.

24. De hecho, desde el cuarto siglo en adelante, hubo un creciente reconocimiento de Roma como centro al cual el entero mundo cristiano podía dirigir sus apelaciones o requerimientos de ayuda en varias circunstancias. En 339-340 Atanasio, Obispo de Alejandría, pidió ayuda al Papa Julio. En las palabras del Papa, citadas por Atanasio, “El [Atanasio] no vino por propia voluntad, sino que fue llamado a comparecer por carta nuestra” (Atanasio, Apologia Contra Arianos 29; cf 20, 33, y 35). Así, pareciera que Julio no respondió simplemente al pedido de Atanasio, sino que él mismo tomó la iniciativa de “llamar a comparecer” al obispo de Alejandría. Aquí entonces, el papel del Papa pareciera haber sido algo más que meramente apelativo.

25. Requerimientoss de ayuda a Roma en momentos de crisis fueron acompañados, a veces, de requerimientos similares a otras sedes eclesiásticas mayores. Juan Crisóstomo (404), por ejemplo, apeló no solamente a Roma sino también a los obispos de Milán y de Aquilia. Así, la acción tomada por el obispo de Roma intentaba ser coordinada, en un espíritu conciliar, con acciones de otras sedes mayores. Además, las inciativás del obispo de Roma tendían en general a ser tomadas dentro del marco del Sínodo Romano y se referían usualmente a ese sínodo. También desde este punto de vista, tenían por lo tanto un carácter conciliar o sinodal. Por ejemplo, en la correspondencia durante la querella fociana, los obispos de Roma recalcaron que ellos habían tomado sus decisiones de acuerdo con las reglas canónicas y sinódicamente (“regulariter et synodaliter” o “canonice et synodaliter”).

26. El procedimiento a seguir en las apelaciones a Roma fue elaborado por el Concilio de Sárdica (342-343, Cánones 3-5). En él se decidió que un obispo, habiendo sido condenado podía apelar al papa y que luego éste, si le parecía apropiado podía ordenar que se le juzgara de nuevo en juicio a ser conducido por los obispos de las diócesis adyacentes a la del obispo condenado. Si así lo requería el obispo condenado, el Papa podía también enviar representantes para asistir a los obispos de las diócesis vecinas. Aunque la intención original fue tener un concilio ecuménico, Sárdica fue en realidad un concilio local que tuvo lugar en Occidente. Sus cánones fueron aceptados en Oriente en el Concilio de Trullo (692).

27. La más clara descripción de las condiciones necesarias para que un concilio fuera considerado ecuménico fueron dadas por el Séptimo Concilio Ecuménico (Nicea II, 787), el último concilio reconocido como ecuménico por ambos, Oriente y Occidente:

– debe ser aceptado por las cabezas (proedroi) de las iglesias, y deben estar en armonía (symphonia) con él

– el Papa de Roma debe ser un “co-operador” o “co-laborador” (synergos) con el concilio

– Los Patriacas de Oriente deben estar “de acuerdo” (symphronountes)

– la enseñanza del concilio debe estar de acuerdo con la de los concilios ecuménicos anteriores

– el concilio debe ser dotado de un número específico, de tal manera que sea ubicado en una secuencia aceptada por el total de la Iglesia.

Aunque el papel del Papa sí se menciona específicamente aquí, hay diferentes interpretaciones de los términos, symphonia, synergos y symphronountes. Este asunto requiere mayor estudio.

28. Puede afirmarse que en el primer milenio el obispo de Roma, como primado (protos) entre los patriarcas, ejerció un papel de coordinación y estabilidad en cuestiones relacionadas con la fe y la comunión, en fidelidad a la tradición y con respeto por la conciliaridad.

La influencia de factores no-teológicos

29. Durante el primer milenio, una cantidad de factores que no eran directamente teológicos tuvieron un papel considerable en las relaciones entre las iglesias de Oriente y Occidente e influyeron el entendimiento y el ejercicio de la primacía del obispo de Roma. Estos factores fueron de varias clases, por ejemplo, políticos, históricos, socio-económicos y culturales.

30. Como indicación de los factores relevantes, los siguientes pueden ser listados:

– la terminología, mentalidad e ideología del Imperio Romano

– las fluctuaciones de la política imperial en lo que respecta a la vida de la Iglesia

– el traslado de la capital imperial a Oriente

– la declinación y caída del Imperio Romano de Occidente y las consecuencias que esto tuvo para el equilibrio político y cultural entre Oriente y Occidente

– el distanciamiento cultural progresivo entre Oriente y Occidente, que dió lugar a un desconocimiento mutuo, separación y mal entendimiento

– la expansión musulmana a los territorios de Alejandría, Antioquía y Jerusalén, así como también las regiones del norte de Africa y España

– el ascenso del Imperio Occidental de Carlomagno

– la influencia personal de ciertas figuras históricas.

Estar advertidos de los factores no-teológicosen que actúan en las relaciones entre el Oriente y el Occidente cristiano y una apreciación de como han interactuado con los varios factores teológicos, permiten un entendimiento más profundo de la vida y la fe de la Iglesia y en particular de las diferencias que se han desarrollado entre Oriente y Occidente.

Conclusión

31. A través del primer milenio, Oriente y Occidente estuvieron unidos en ciertos principios teológicos fundamentales, en lo que respecta, por ejemplo, a la importancia de la continuidad en la fe apostólica, la interdependencia de la primacía y conciliaridad/sinodalidad a todos los niveles de la vida de la Iglesia, y con un entendimiento de la autoridad como “servicio (diakonia) de amor”, teniendo como objetivo “el reunir a toda la humanidad en Jesucristo” (cf. Documento de Ravena, nn. 13-14). Aunque la unidad de Oriente y Occidente fue perturbada a veces, los obispos de Oriente y Occidente nunca fallaron en estar conscientes de pertenecer a la misma Iglesia y de ser sucesores de los apóstoles en un mismo episcopado. La colegialidad de los obispos fue expresada en la vigorosa vida sinodal de la Iglesia en todos los niveles, local regional y universal. A nivel universal, el obispo de Roma actuó como protos entre las cabezas de las sedes mayores. Hay muchas instancias de apelaciones de varias clases hechas al obispo de Roma para promover la paz y sostener la comunión de la Iglesia en la fe apostólica.

32. La experiencia del primer milenio afectó profundamente el curso de las relaciones entre las iglesias de Oriente y Occidente. A pesar de las crecientes diferencias y cismas temporarios durante este período, se mantuvo la comunión entre Oriente y Occidente. El principio de “diversidad en la unidad”, que fue explícitamente aceptado en el Concilio de Constantinopla realizado en 879-880, tuvo una significancia particular para el tema de esta instancia de nuestro diálogo. Distintas divergencias de entendimiento e interpretación no impidieron que Oriente y Occidente permanecieran en comunión. Había un fuerte sentimiento de pertenecer a una sola Iglesia y una determinación de permanecer en la unidad, como un solo rebaño con un solo pastor (cf. Juan 10, 16). El primer milenio, que ha sido examinado en esta instancia de nuestro diálogo, es la tradición común de ambas iglesias nuestras. Los principios básicos teológicos y eclesiológicos que han sido identificados aquí, esta tradición común, deberá servir como modelo para restaurar nuesta completa comunión.

3 de Octubre de 2008

Con referencia a este documento aparecido en inglés en el semanario italiano Chiesa, dependiente del diario La Repubblica, el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos ha expresado lo siguiente:

“El Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos ha constatado con dolor que ha sido publicado, por un medio de comunicación, un texto que está siendo examinado por la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa en su conjunto.”

“El documento publicado es un texto previo, que consiste en una lista de temas por estudiar y por profundizar, hasta ahora discutido sólo en mínima parte por la mencionada Comisión.”

“En la última reunión de la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, tenida en Pafos en el mes octubre pasado, se había establecido explícitamente que el texto no sería publicado hasta que no fuera examinado en su totalidad por la Comisión.”

“Hasta hoy no existe ningún documento concordado y por tanto el texto publicado no tiene ninguna autoridad ni oficialidad”.

 

NOTA DEL TRADUCTOR: Esta traducción, por lo tanto, reproduce meramente un borrador que carece de autorización oficial, cuya versión autorizada será publicada al tiempo apropiado por la Santa Sede. El objeto de esta publicación es solamente educativo, ya que el texto contiene información valiosa que nos ayuda a conocer mejor la historia de la Iglesia y la afirmación gradual del patriarcado romano a lo largo de los siglos. Esperamos que sirva al propósito de la unidad de las iglesias de Oriente y Occidente, alegrando al Sagrado Corazón de Cristo con la esperada unión fraternal de ambos hemisferios de su rebaño. Que así sea.’,1,14,0,88,’2010-01-31 18:56:18′,62,’Documento Extraoficial 2010-01-31 21:05:57′,62,0,’ 2010-01-31 18:56:18El papel del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia del primer milenio 13,0,29,’El papel del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia del primer milenio El papel del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia del primer milenio’,0,3038, Documento Extraoficial’)