cristianismo-y-cultura

Robert Louis Wilken

Las divisiones existentes entre las iglesias les impiden brindar un testimonio común a la vida, la justicia, la paz, la dignidad humana y la solidaridad en un mundo que necesita urgentemente dicho testimonio.

Durante la primavera pasada en un viaje a Erfurt, Alemania, la ciudad medieval universitaria famosa por su claustro agustiniano en el que fue ordenado sacerdote Martin Lutero, me enteré que solamente veintidós por ciento de la población profesaba adhesión al cristianismo. Cuando surgió el tema de la religión en una charla con una joven en el salón de entrada del hotel, le pregunté si era miembro de alguna iglesia. Sin vacilar, respondió: Ich bin Heide. Soy pagana.

Es difícilmente una novedad descubrir paganos en el corazón de la Europa occidental donde una vez floreció el cristianismo. La pronunciada disminución de la cantidad de cristianos ha ocurrido durante generaciones, inclusive siglos. Lo que me sorprendió fue que al usar el término “pagano”, lo dijo sin la mínima turbación. No dijo que ya no iba más a la iglesia ni que no creía. Para ella, -el cristianismo-, sin duda la religión no solo de sus abuelos sino de sus padres, estaba ausente de su horizonte. Dos días antes, mi tren se había detenido en Fulda donde San Bonifacio, el apóstol de los alemanes, fue sepultado. Bonifacio había ido a Alemania a convertir a los paganos y en un gesto espectacular e intrépido taló el sagrado roble de Geismar. Los atónitos espectadores en seguida prestaron atención a las predicaciones de Bonifacio y se hicieron bautizar. Parecería que si el cristianismo tiene que volver a florecer en la tierra del Rin y del Elba tendrá que aparecer un nuevo Bonifacio que derribe los sagrados robles del secularismo europeo.

Con todo, lo que me impresionó aun más profundamente en Europa fue el debate sobre el prólogo de la nueva constitución de la Unión Europea. En ese tiempo estaba viviendo en Italia y había estado siguiendo la discusión en la prensa italiana. Todas las naciones de la Unión Europea son históricamente cristianas y la misma idea de Europa -que no es la creación de la naturaleza-fue la obra de la civilización cristiana. Los carolingios, los reyes cristianos, unieron en primer lugar los pueblos al oeste y este del Rin para formar una alianza política con la bendición del obispo de Roma. La historia de Europa es un drama espiritual fomentado por convicciones religiosas y no por influencias geográficas, económicas o tecnológicas. Sin embargo, los redactores de la constitución se rehúsan siquiera a invocar el nombre de cristianismo en su prólogo. Si bien reconocen en seguida la herencia de Grecia y Roma e inclusive el Siglo de las Luces en un intencionado acto de amnesia, omiten toda mención al cristianismo de la historia europea. No solamente el cristianismo es excluido de su rol en el futuro de Europa, sino que su nombre ha sido desterrado del pasado europeo. Uno se pregunta si la nueva Europa, desarraigada de su suelo cristiano, seguirá promoviendo los valores espirituales que han hecho de la civilización occidental una civilización tan singular.

Hablando con la joven en Erfurt y escuchando a hurtadillas el debate acerca de la constitución de la Unión Europea, me encuentro meditando sobre el futuro de la cultura cristiana. Durante mi vida y durante la vida de otras personas que estaban en la sala, hemos observado la caída de la civilización cristiana. Al principio, el proceso de desintegración fue lento, un desgaste paulatino y persistente, pero actualmente ha experimentado un mayor y repentino incremento -y lo que es más pertubador-se ha vuelto deliberado e intencional, propulsado no solamente por aquellas personas cultas que desdeñan al cristianismo sino también, ayudado e instigado por los mismos cristianos.

Tomemos por ejemplo el calendario. No estoy pensando en el desplazamiento del niño Jesús por Santa Claus o la Resurrección de Cristo por el Conejito de la Pascua, ni la transferencia de festivales que caen en mitad de semana, ej. Epifanía o Pentecostés o Todos los Santos, al domingo más próximo sino -lo que es mucho más llamativo-a la evacuación en masa del domingo como día feriado. A las 11 de la mañana del domingo las filas de gentes en las superferreterías; cargados con galones de pintura, viguetas de madera, o bolsas de cemento se extienden casi hasta detrás de las cajas registradoras como lo hacen un sábado a la mañana en los supermercados. La única diferencia que persiste entre el domingo y los otros días de la semana es que los centros comerciales abren más tarde y cierran más temprano. Las iglesias, especialmente los obispos de la Iglesia Católica, fueron cómplices en la desacralización del domingo como día feriado cuando introdujeron las liturgias los sábados a la tarde, llamadas Misas de Vigilia. Un nombre más adecuado sería las MacMisas. Los fieles pueden cumplir con su obligación entrando silenciosamente a la iglesia durante media hora o tres cuartos de hora, a las cinco ó las cinco y media del sábado por la tarde y tener todo el domingo para ellos sin la irritante molestia de tener que levantar a la familia para ir a la iglesia

Por supuesto, se podría replicar que en los EEUU (a diferencia de Europa) las iglesias están floreciendo y que la cantidad de cristianos está aumentando. Efectivamente, existen muchos cristianos en los EEUU, pero ya no podemos sostener más que es una sociedad cristiana. Si empleamos algún otro criterio que no sea la adhesión individual (lo que la gente dice si se les pregunta) o aun la asistencia a las iglesias, la influencia del cristianismo en la vida y la moralidad de nuestra sociedad está declinando. Y es probable que el deterioro continúe. Lo cual desemboca en la pregunta: ¿puede ser sostenida la fe cristiana por mucho tiempo -sin importar qué grado de fervor, con qué nivel de entusiasmo es proclamada por los evangelistas, con qué capacidad explicada por teólogos y filósofos (en CTI), o con qué nivel de inteligencia es traducida al idioma común por los apologistas-sin el apoyo y el enriquecimiento de la cultura cristiana? Y por cultura, no me refiero a la cultura superior, la Misa en Si Menor de Bach o el Llamado de San Mateo de Caravaggio sino la “cosecha total de pensamientos y sentimientos,” para usar la frase de T. S. Eliot, el modelo de la herencia de los significados y sensibilidades codificados en rituales, leyes, idiomas, prácticas, cuentos, y demás, que organizan, inspiran y guían el comportamiento, los pensamientos y afectos del pueblo cristiano.

Cuando se comprende a la cultura de esta forma, la clásica disimilitud entre Cristo y la cultura, popularizada en el libro de H. Richard Niebuhr -escrito en la década del cincuenta-con ese título, nos sirve de poca ayuda. Algunos han observado, con exactitud en mi opinión, que una dificultad que existe con su análisis es que esa “cultura” es en realidad otro término para el “mundo,” el territorio irredento en el que habitan los seres humanos. Según Niebuhr, la cuestión es cómo el evangelio, Cristo, puede penetrar en el mundo -la cultura-sin perder su carácter distintivo.

Con todo, me parece que el defecto con la idea de Cristo y la Cultura radica no en lo qué Niebuhr entiende por cultura sino en su forma de ver a Cristo. Para Niebuhr, Cristo es una idea teológica y gran parte de su libro está dedicado al análisis de los pensadores cristianos que delinean cinco tipos básicos de la relación entre esta idea teológica y la cultura. Niebuhr, en líneas generales, no se pronuncia acerca de la real experiencia histórica de la Iglesia -la cultura sobre el terreno-instituciones como el episcopado o el papado (no hay ninguna referencia a Gregorio VII y la controversia de la investidura), la vida monástica, la ley civil y el derecho canónico, el ordenamiento del espacio civil (la iglesia ubicada en la plaza central de la ciudad, etc. Pero Cristo ingresó a la historia como una comunidad, una sociedad y no simplemente como un mensaje y la forma de vida comunitaria que adopta es Cristo en el seno de la sociedad. La Iglesia es una cultura por derecho propio. Cristo no solamente se infiltra en una cultura; Cristo crea la cultura dándole forma a otra ciudad, otra soberanía con su propia vida social y política. Cristo es la cultura como ha sostenido recientemente Robert Jenson. Pensando en las reconocidamente superficiales observaciones, quiero ahora ocuparme de tres momentos de la historia de la Iglesia con el objeto de ejemplificar de qué manera Cristo se transforma en la cultura y resiste como cultura.

Para mediados del siglo II, los cristianos estaban empezando a ser conocidos en el mundo romano pero no llevaban las marcas que generalmente relacionamos con una comunidad diferente. En el pasaje frecuentemente citado proveniente de la llamada Epístola a Diogneto (que es en realidad una apología), los cristianos no se distinguen de los demás ni por nacionalidad (egipcios, escitas), ni por el idioma (arameo o bereber), ni por las costumbres. No tienen sus propias ciudades y su modo de vida es circular sin ser notados. Se sabía que los cristianos honraban a Cristo como Dios, se negaban a venerar a los dioses y diosas griegas y romanas y se reunían habitualmente para celebrar una comida ritual. Sin embargo, existían pocos otros elementos para identificarlos. Se reunían en las casas de los miembros más acaudalados, en su culto usaban el habla de la ciudad en la que moraban, no eran terratenientes, no poseían templos; en realidad no poseían en absoluto ninguna estructura edilicia o cementerio propio, ningún calendario religioso. El obispo no era un personaje público y la iglesia, como entidad social, era invisible.

Por ejemplo, tomemos al arte cristiano primitivo. Si un cristiano de los años 200 deseaba tener un objeto en su casa que diera expresión artística a su fe cristiana, ¿qué compraba? Iban a una obrería, ej. de lámparas y elegían una lámpara estampada con un símbolo convencional que pudiera denotar una interpretación cristiana, una paloma, un pez, un navío, un ancla o un pastor conduciendo a un cordero. Cuando se colocaban en un hogar cristiano, un símbolo que tenía un significado para los romanos era revestido con un significado cristiano: la paloma por mansedumbre, el pez por Jesucristo Hijo de Dios Salvador, el pastor por la filantropía o Cristo por el buen pastor. Al comprar y exhibir objetos como lámparas o anillos o sellos que los cristianos creaban, el primer arte cristiano (del cual tenemos conocimiento), pero lo que los símbolos representaban yacían “en los ojos del observador” y no en el objeto. En lo que respecta a la sociedad romana, el cristianismo era invisible.

Sin embargo, al comienzo del siglo III, la comunidad de Roma dio un paso audaz. Mancomunaron sus recursos para adquirir un lote de tierra y construir una cámara sepulcral subterránea y encargaron a artistas el decorado de muros y cielos rasos con frescos. La tierra fue ubicada en la Via Appia Antica a las afueras de la ciudad y actualmente es conocida como la catacumba de San Calisto. Un cristiano romano de nombre Calisto supervisó la construcción y luego fue nombrado obispo de Roma. Solamente han sobrevivido algunas pinturas aunque la misma catacumba está -en su mayor parte-intacta y comprende algunos nichos sepulcrales; es un enorme cementerio subterráneo con capillas, cielos rasos y muros decorados y pinturas que describen personajes y relatos bíblicos. Su construcción representa un trabajo organizado (excavadores, dibujantes, enlucidores, pintores) por parte de la comunidad cristiana en Roma para crear un espacio exclusivamente cristiano. Las catacumbas no constituyeron escondites durante la persecución; eran camposantos y sitios de veneración cuya ubicación no era secreta. Cuando los cristianos enterraban a sus muertos o iban a la catacumba para celebrar la Eucaristía, sus actividades estaban a la vista de sus conciudadanos.

La construcción de una catacumba cristiana requería una planificación cuidadosa y dinero. No solamente era necesario escoger la disposición de todo el complejo, incluyendo las escaleras, cámaras, capillas, sino también cómo se decoraría el cielo raso y qué cuadros adornarían las paredes y abonarles a los trabajadores. La mayoría de las habitaciones eran cuadradas, permitiendo que un diseño simétrico sea impreso en un cielo raso de enlucido blanco. El cielo raso formaba un tipo de dosel sobre toda la habitación y se pintaba un medallón en la parte superior para hacer resaltar una imagen destacada. En ciertos casos, la figura de un joven pastor conduciendo a un cordero sobre sus hombros ocupa el medallón central. Otras pinturas incluían la figura de Orfeo (interpretado como Cristo) con su lira rodeada por animales [Cristo, a diferencia de Orfeo, doma hasta la bestia más salvaje, los seres humanos, decía Clemente de Alejandria], Daniel como desnudo heroico y Jonás cuando es echado por la borda. La forma de las imágenes es habitual a partir del arte romano pero colocándolas juntas con las pinturas de muros del sacrificio de Isaac, Moisés golpeando la roca en el desierto, Daniel en la guarida del león, el Bautismo de Jesús, estos cristianos romanos crearon un santuario exclusivamente cristiano.

Lo que los cristianos emprendieron en la Via Appia Antica estaba siendo realizado por otras comunidades cristianas casi al mismo tiempo. Como ha señalado el historiador de arte Corby Finney “se estaba produciendo un acontecimiento cultural de cierta importancia” y aquí podemos observar una “transición de los modelos de ajuste y adaptación que eran materialmente invisibles para un nuevo nivel de identidad cristiana que era palpable y visible”. Por primera vez, los cristianos estaban comenzando a crear una “cultura material”, algo tangible, que ocupa espacio, es público (aunque subterráneo), y evidentemente, cristiano.

Los cristianos que planificaron y construyeron esta catacumba habían pensado mucho en su empresa como los obispos y filósofos habían invertido en la defensa de la fe, comentando las sagradas Escrituras o afrontando los cuestionamientos de los críticos. Significativamente, la cultura cristiana adopta una forma material primero en relación con el afecto y recordación de la Memoria muerta, especialmente los fieles difuntos; es una marca determinante de la identidad cristiana. Los vivos se unían en oración con los santos cuyas plegarias, según el libro de la Revelación, eran “tazones de oro llenas de incienso”. Al organizar la comunidad para construir un sepulcro y adornarlo con cuadros que describían relatos bíblicos, los cristianos estaban forjando una identidad pública que persistiría durante generaciones. Según el Credo de los Apóstoles (en su significado primitivo), “Creo en la comunión con los santos”. Su objetivo no era anunciar el evangelio a una cultura extranjera, sino cultivar la vida interna de la Iglesia.

Un segundo ejemplo proviene de un período posterior y el argumento aquí no es el espacio sino el tiempo, la creación de un calendario cristiano. Los teólogos y eruditos en la Biblia le han dado una gran importancia a la compresión de kairos del Nuevo Testamento, el momento en el que algo decisivo ha de acontecer, un momento extraordinario largamente esperado. “El momento se cumple y el reino de Dios está cerca; arrepiéntete y cree en el Evangelio”. (Marcos 1:15). Pero existe otro tipo de tiempo: el cálculo de los días y estaciones. Para los primeros cristianos, había solamente un día: el día de Resurrección celebrado cada vez que se reunía la comunidad, normalmente los domingos. Ya en el libro de la Revelación, se menciona el Día del Señor”, la Kyriake Emera (libro de las Revelaciones 1:10) y en el Didaké, del “Día del Señor”, (Did. 14). Para mediados del siglo II, los cristianos habían comenzado a celebrar un festival anual, la Fiesta Pascual (muerte y Resurrección de Cristo) que se iniciaba con una vigilia al anochecer del sábado y seguía durante la noche hasta la mañana.

Con el correr del tiempo, se añadieron otras festividades. La Navidad había comenzado a observarse en la Roma de mediados del siglo IV. El Cronógrafo de Roma, una especie de calendario compilado para los cristianos romanos a mediados del siglo IV, enumera los feriados romanos, fechas de entierros de obispos y mártires romanos y el nacimiento de Cristo, todo en el orden del calendario, y no en orden histórico. “En el octavo día de las calendas de enero, nació Cristo en Belén, Judea.” La Navidad pronto fue complementada por la festividad de la Presentación de Cristo en el Templo, cuarenta días posteriores a su nacimiento. La Ascensión y Pentecostés quedaron como días fijos. El año cristiano fue organizado en dos ciclos vitales: uno centrado en el nacimiento de Cristo y el otro en su Pasión, Muerte y Resurrección. Como el arte cristiano primitivo (y posterior) el año litúrgico, como lo denominamos actualmente, poseía un formato narrativo extraído de las sagradas Escrituras, especialmente los evangelios. A través del ritual, grabó la narrativa bíblica en las mentes y corazones de los fieles, no solamente como una cuestión de devoción privada sino como un acto totalmente público que marcaba el ritmo de la vida comunal.

Al iniciarse el siglo III, la cantidad de cristianos existentes era inferior al porcentaje de la población del Imperio Romano constituido por alrededor de 60.000.000 de personas. Para el 300 posiblemente haya habido 6.000.000 de cristianos en el Imperio pero para la mitad del siglo, la cantidad se había incrementado hasta más de treinta millones, o sea, cincuenta por ciento de la población. El rápido crecimiento, la conversión del emperador Constantino al cristianismo, su vigoroso programa de construcción de iglesias, modificaron la práctica pública. Significativamente, el calendario cristiano se convirtió en un calendario cívico. En 321, Constantino convirtió al domingo en un feriado público. Es propio de una persona superficial y petulante denostar los aspectos políticos del Constantininismo, ignorando al mismo tiempo los esfuerzos de los antiguos cristianos de estampar el rostro de Cristo en las costumbres de la sociedad, en el ordenamiento del tiempo, en la arquitectura y la ley (ej. Prohibición del infanticidio, una forma antigua del control de la natalidad). El objetivo de convertir los domingos en un día feriado era proporcionar tiempo para que los cristianos pudieran asistir al culto público, aunque tuvo un efecto secundario de transformar a los domingos en un día de ocio, sentando de esta manera las bases de sabat cristiano.

Asimismo, se deberá recordar que el éxito del cristianismo también modificó el cálculo del tiempo histórico. Dionsio el Exiguo, monje escita del siglo VI, fue el primero en fechar los acontecimientos “desde la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo,” ej. Anno Domini, A.D. Su sistema fue adoptado en el siglo VII en Inglaterra en el Sínodo de Whitby y utilizado por el Venerable Beda en su Ecclesiastical History of the English People.

Al marco básico de la Navidad, Presentación, Pascuas, Ascensión, Pentecostés se le agregaron días especiales en recordación de los mártires y santos. Con el tiempo, los momentos decisivos del año, el cambio de las estaciones, la plantación y cosecha de cultivos, el sacrificio de animales, se produjeron todos en días que llevaban el nombre de santos o acontecimientos en la vida de Cristo. Esto está perfectamente ejemplificado en las novelas de Sigrid Undset, ej. Kristin Lavraansdatter, ambientada en la Escandinava medieval. Los mercaderes extranjeros llegaban para comerciar sus mercancías en el “Holy Rood Day,” el día de la Santa Cruz. Existía el día de San Halvard en primavera, San Lavrans en el solsticio medieval, la Natividad de la Virgen en septiembre, San Clemente a fines del otoño.

El calendario litúrgico quita la celebración religiosa del ámbito de lo intencional y la hace habitual. La repetición de los días y festividades de los santos del Señor fue una especie de metrónomo espiritual que garantiza que la vida comunal se desplace en concordancia con los misterios de la fe. Más adelante, las costumbres se organizaron alrededor de las festividades y los días de fiesta.

No deberíamos subestimar la importancia cultural del calendario y su indispensabilidad para una vida espiritual madura. Los rituales religiosos conllevan un énfasis de sentimiento humano acumulado durante siglos; motivo por el cual no pueden ser creados con facilidad y resultan tan difíciles de recuperar una vez que se los deja decaer. Nos conmueven más profundamente que las conmemoraciones nacionales, ej. el Dia de la Independencia o Día de los Caídos por la Patria). Por ejemplo, la temporada de Adviento, nos recuerda de manera predecible que la Iglesia vive según otro tiempo, señalado en el hogar por un simple ritual, el encendido de una vela violeta de Adviento colocada en una guirnalda perenne un atardecer oscuro a principios de diciembre. Debido a que los días festivos y las temporadas sagradas guardan ángulos rectos con el calendario convencional, brindan una terminación regular y fija de la actividad y con ello el don del ocio (un sine qua non de la cultura como nos enseñó Josef Pieper). Los días festivos se transforman en momentos de reflexión y contemplación que nos abren las puertas al misterio y a la trascendencia. ¿Para cuándo, escribió Auden (en su poema “Thank you Fog”), “debemos volver a ingresar, cuando se acaben los días de indulgencia, al mundo del trabajo y el dinero, cuidando de no cometer errores”?

Por último, otra manera en la que el cristianismo formó su propia cultura es en el idioma. En su magistral “San Agustín y el fin de la cultura antigua”, Henri Marrou, el historiador francés, describió el ambiente gramatical y retórico en el que San Agustín fue educado en el Imperio Romano a fines del siglo IV. En los días de Agustín, los escritores cristianos se beneficiaron con un sistema pedagógico que había existido durante cientos de años. Cuando escribió su tratado Sobre la Doctrina Cristiana, ensayo sobre la interpretación y explicación de las sagradas Escrituras, asumió que sus lectores sabían gramática latina y técnicas retóricas para expresarse correctamente.

Pero cien años después, este mundo ya no pudo ser más dado por sentado. Por ejemplo, pocas ciudades podían afrontar el gasto de pagar maestros y mantener escuelas. A comienzos del siglo VI, surgieron de la Iglesia varios sobresalientes pedagogos, tales como Boecio, Casiodoro, Benedicto de Nursia, Isidoro de Sevilla, el Venerable Beda. No se les encargó la tarea de transformar los conocimientos existentes sino de preservar y transmitir lo que se había olvidado o traducir lo que ya no se podía leer. El cristianismo asumió la responsabilidad de administrar los mecanismos del latín.

Casiodoro nació en 485 en una familia senatorial del sur de Italia. Durante su edad madura, sirvió en la corte de los reyes ostrogodos de Italia, haciendo uso de sus talentos literarios, compilando edictos y cartas oficiales, registrando acontecimientos notables durante el reinado de los reyes. Cuando tenía setenta años, volvió a su patria y fundó un monasterio en Squillace en el extremo sur de la costa de Italia. Allí, trasladó su biblioteca y reunió a un grupo de eruditos para que hicieran copias de las sagradas Escrituras, los clásicos de la literatura cristiana latina y traducir obras griegas. Por otra parte, escribió un compendio de aprendizaje cristiano y secular titulado Institutiones divinarum et humanarum lectionum.

Este constituyó un tipo de libro sustancialmente diferente de los escritos de Agustín o Ambrosio o Jerónimo. Su principal propósito fue proporcionar a sus lectores instrucción elemental en las “cartas divinas.” De modo que Casiodoro comienza con un listado de libros bíblicos, el orden y separación de los libros, cómo han de ser interpretados y breves comentarios acerca de los maestros cristianos, Hilario, Cipriano, Ambrosio, Jerónimo, y otros. Pero por otra parte, uno se topa con un capítulo titulado, “Sobre los Escribas y Recordando la Ortografía Correcta”. En la segunda parte del libro referente a las “cartas seculares”, dedica una sección a la gramática que denomina “la base de los estudios liberales”. Su objetivo era transmitir las aptitudes básicas de la gramática y la retórica con el propósito de copiar las sagradas Escrituras con exactitud. “Cada palabra del Señor escrita por el escriba es una herida infligida a Satanás”. Cuando Casiodoro tenía noventa años, escribió “Sobre la Ortografía”, un manual de deletreo para sus copistas. Las letras latinas “v” y “b” eran especialmente dificultosas para los copistas que trabajaban en forma auditiva: había que deletrear “habere” y no “avere”, “laborare” y no “lavorare” [como en el italiano].

Otro escritor conocido casi completamente por sus estudios gramaticales, lingüísticos y enciclopédicos fue el obispo español, Isidoro de Sevilla. Aunque no era un pensador de primer nivel, puede ocupar el segundo puesto cómodamente. Dante lo coloca en el cuarto nivel junto con el Venerable Beda y Ricardo de San Victor. Nacido en una pequeña aristocracia rural de Cartagena, se formó en una escuela monástica en Sevilla bajo la supervisión de su hermano Leandro que era obispo de Sevilla. En el año 600 sucedió a su hermano como obispo de Sevilla y como obispo Isidoro ejerció una profunda influencia en la liturgia y las leyes de la iglesia española.

Su “Etymologias” es una enorme enciclopedia que intentó resumir todas las ramas del conocimiento, recurriendo a una vasta reserva de escritores clásicos. Isidoro se dedicaba a una empresa no diferente a la de mi colega Eric Hirsch cuyo Dictionary of Cultural Literacy posiblemente el lector conozca. Enumera los significados de las palabras y objetos y lugares y personas. Asimismo, es autor de libros que llevan títulos tales como, “Lo que el alumno de quinto grado debe saber”.

En otro tratado, “Liber differentiarum sive de proprietate sermonum”, Isidoro se ocupa del significado de las palabras y las diferencias que se deben hacer para utilizarlas correctamente. Por ejemplo: la diferencia entre “aptum” y “utile”, la primera corresponde a un momento y la segunda a un espíritu emprendedor; “alterum” y “alius”, la primera se refiere a la “otra de dos”, la última a “otras entre muchas” “audire” y “exaudire”: la primera significa “oír” y la segunda “escuchar” “sanguis” y cruor”, dos palabras que significan “sangre” la primera como sangre vital, la segunda la sangre que brota de una herida. La lista no se diferencia mucho de lo que encontraríamos hoy en una obra de filología: la diferencia entre “sexual” y “sensual”, “celos” y “envidia”, “permiso” y “licencia”, “congruente” y “congraciado”, “brutal” y “cruel”, etc. Leyendo a Isidoro me vinieron a la memoria algunas cosas en las que pienso con frecuencia. “Sucede que soy uno de esos pedantes,” diría el crítico Joseph Epstein, “que se enorgullecen tranquila pero confortablemente en utilizar palabras tales como “decimar” y “decantar” con dulce precisión. Me desagrada mucho el adjetivo “prestigioso” y hago todo lo que está a mi alcance para evitarlo. Nunca uso “puntual” como sinónimo de ‘específico’. Me preocupo por estas cosas en mis propios escritos y en mi manera de hablar y tomo nota de los errores de los demás. Ser un pedante, como espero que el lector esté comenzando a colegir, no es una tarea fácil; La paga es ínfima, el reconocimiento no existe y apenas queda algún tiempo libre “. Esto resume bastante bien la situación en que se encontraba Isidoro.

Isidoro reconoció que la gramática, “la ciencia de expresarse correctamente” es la base de la educación. Apuntala el edificio de la lectura, la escritura y el habla pero también el arte de pensar y comprender. La gramática no es simplemente una cuestión de amo, amas, amat, o puer, pueri, puero; aunque se ocupe de eso. Es el estudio de la manera en que el idioma funciona y de las reglas que rigen la relación de las palabras y la lógica de los conceptos. Sin la enseñanza de la gramática, no puede existir transmisión alguna del texto de las Sagradas Escrituras ni comprensión de su contenido; por ende, ninguna cultura cristiana.

La cultura vive del idioma y los sentimientos, pensamientos y sensaciones de una cultura cristiana que se forma y guía por el idioma de las sagradas Escrituras. San Agustín creía que existía un idioma claramente cristiano, lo que él llamaba la forma de hablar de la Iglesia (ecclesiastica loquendi consuetudo). Consideraba, por ejemplo, al vocablo “mártir” (testigo) una palabra autorizada por la Biblia (significativamente, en los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles) y santificada por el primer uso cristiano. Sería “contrario al uso de la iglesia”, sostenía Agustín, reemplazarla con el término latín convencional correspondiente a “héroe”, vir. Salvator (salvador) también es una palabra bíblica con marcadas alusiones cristianas: natus est vobis hodie Salvator, qui est Christus Dominus. En el latín convencional, “salus” significaba salud y no salvación. Con todo, los cristianos de habla latina, acuñaron las palabras “salvare” (salvar) y “salvator” (salvador), vocablos que evitaban los gramáticos latinos.

¿Puede un cristiano alguna vez pronunciar la palabra “hisopo” (como en “lávame con un hisopo y quedaré limpio”) sin llamar la atención para cultivar a “un corazón humilde y contrito?”. Palabras como obediencia, gracia, sufrimiento (en su forma bíblica de paciencia), imagen de Dios, varón de dolores, adopción, voluntad de Dios, cuando son empleadas repetidas veces desarrollan nuestra imaginación y canalizan nuestros afectos. El recitado de los salmos día tras día, semana tras semana, transforma las palabras de los salmistas provenientes de los textos ha ser interpretados en nuestras palabras de alabanza, súplica, confesión, agradecimiento y adoración a Dios, lo mismo que palabras por las que nos reconocemos ante Dios, “¡Oh, Señor, tú me has buscado y me has reconocido! . . . Aun antes de que una palabra se pose en mi lengua, ¡mira!, Oh, Señor, tú lo sabes todo”.

Si hay un idioma distintivamente cristiano, debemos ser cautos con respecto a la traducción. No podemos transmitir a la generación siguiente el significado de las palabras si nosotros no nos mantenemos firmes a ellas. Jerusalén no puede volverse Paris o Moscú o Nueva York sin perder su arraigamiento en la narrativa bíblica. Ciertas palabras deben ser empleadas tal cual han sido recibidas en el hablar cristiano, i.e. Padre, Hijo, Espíritu Santo, Señor (como en “Señor, ten piedad”), “gloria” (tal como se usa en el Evangelio de Juan para la pasión de Cristo), “pecado” (“contra ti solamente he pecado”), “derramado” (como en “se derramó a si mismo tomando la forma de un sirviente”), “resurrección” (como en “al tercer día resucitó de entre los muertos”), “carne” (como en “los caminos de la carne”) , ej. actos mentales como idolatría o celos, no solamente pecados del cuerpo, como fornicar; inclusive “sí mismo” como en la parábola del hermano mayor, “volvió en sí mismo”. No servirá de nada borrar el término “sí mismo” y colocar en su lugar “volvió en sí” como lo consigna el actual leccionario católico; ni tampoco servirá traducir, por ignorancia e ideología, el primer verso del Salmo uno “bendito es el hombre” como “benditos son los que” como lo hace NRSV, excluyendo de esta manera la antigua escritura cristológica del salmo.

La cultura material y con ella, el arte, el calendario y con él, el ritual, la gramática y con ella el idioma, en particular el idioma de la Biblia, son solamente tres de los muchos ejemplos (la vida monástica sería otro) que podrían exhibirse para ejemplificar la densa textura de la cultura cristiana, la plenitud de vida de la comunidad que es la forma de Cristo en el mundo.

Nada es más urgente hoy que la supervivencia de la cultura cristiana. Sin embargo, en las últimas generaciones, esta cultura se ha vuelto peligrosamente poco convincente. En este momento de la historia de la Iglesia en este país (y en Occidente), resulta menos apremiante tratar de convencer a la cultura alternativa en la que vivimos de la verdad de Cristo que para la Iglesia contar su propia historia y alimentar su propia vida, la cultura de la ciudad de Dios, el estado cristiano. Esto no va a ocurrir sin el renacimiento de una disciplina moral y espiritual y el resuelto esfuerzo por parte de los cristianos de defender los restos de la cultura cristiana. El hecho desgraciado es que la sociedad en que vivimos ya no es mas neutral con respecto al cristianismo. Los Estados Unidos serían un entorno mucho menos propicio para la práctica de la fe si todas las características de la cultura cristiana fueran arrancadas de nuestra vida pública y el comportamiento cristiano, fueran toleradas en situaciones restringidas.

Si ha de producirse una renovación de la cultura cristiana, las costumbres son más vitales que los renacimientos, rituales más edificantes que las alturas espirituales, el credo más penetrante que la revelación teológico profunda y la celebración de los días de los santos más edificante que celebrar el Día de la Madre. Existe una gran sabiduría en la difamada frase “ex opere operato”, el efecto está en la acción. La intención es como una caña que se agita en el viento. Es la acción lo que importa y si hacemos algo por Dios, en la acción Dios hace algo por nosotros.

Termino con algunas líneas de un poema de Dana Gioia, hoy directora del Fondo Nacional de las Artes de los EEUU.

Siempre habrá aquellos que rechazan la ceremonia,
que sostienen que la propuesta no requiere ninguna fanfarria,
aquellos que exigen que el espíritu permanezca inmóvil,
como un santo en el desierto, alimentado solamente por la fe,
para no venerar en ningún templo sino las condiciones meteorológicas.

Gioia reconoce el aspecto significativo: Los símbolos nos traicionan. Son siempre más o menos que lo que se quiere significar por ellos. Por ende:

¿No habrá ninguna procesión a la luz de antorchas porque somos débiles?
Alabados sean los rituales que celebran el cambio,
viejas túnicas usadas para nuevos inicios,
protocolo solemne donde el alma mutable,
rodeada por la experiencia antigua,
crece joven en el vestido blanco de la imaginación.
Porque no son los rituales lo que honramos,
sino nuestra confianza en su significado, estos ritos
nos honran como testigos, ya sea para observar
a los amantes jurarse fidelidad en un mundo indiferente,
o un recién nacido lavado con agua y aceite.

Si Cristo es cultura, que las veredas se iluminen con fuego en Vísperas de Pascua, que se detenga el tránsito para dejar pasar a una columna de cristianos que agitan ramas de palmas una mañana de primavera, que las calles sean bloqueadas mientras los fieles se reúnen para la procesión de Corpus Christi. Entonces, otros sabrán que existe otra ciudad entre ellos, otro estado cuyo rostro, como el de los ángeles, está vuelto hacia el rostro de Dios.

Breve reseña sobre el autor: En una carrera que lo ha llevado a ejercer profesorados en el Lutheran Theological Seminary, la Universidad de Fordham, La Universidad de Notre Dame y actualmente la Universidad de Virginia, en la que ocupa la Cátedra para Historia del Cristianismo “William R. Kenan Jr.”, el aporte que ha hecho Robert Wilken al estudio de los primeros tiempos del cristianismo es tanto sustancial como multifacético. Es famoso su trabajo pionero en la historia social e intelectual del origen de la iglesia y sus diversos libros, como “The Christians as the Romans Saw Them” han sido muy aclamados. Sus otras obras incluyen “The Land Called Holy: Palestine in Christian History and Thought”, “John Chrysostom and the Jews” “Rhetoric and Reality in the Late Fourth Century”, “Judaism and the Early Christian Mind” y “The Myth of Christian Beginnings”. En los EEUU, es un reconocido líder en la erudición patrística y sus libros reflejan su interés por la historia del cristianismo y el pensamiento cristiano. Su libro más reciente, “The Spirit of Early Christian Thought: Seeking the Face of God”, proporciona una fascinante mirada al pensamiento de los primeros escritores cristianos tales como Celso, Orígenes, San Agustín y Gregorio de Nyssa.