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Daniel Iglesias Grèzes

Algunos comentarios sobre el libro: P. A. Hillaire, La Religión demostrada o los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia (Librería Católica Internacional, Barcelona 1920, 3ª edición; versión castellana de la 16ª edición francesa por Monseñor Agustín Piaggio).

El prefacio de “La Religión demostrada…” del P. Hillaire está fechado el 8 de diciembre de 1900. Este notable libro tuvo una gran difusión en todo el orbe católico durante la primera mitad del siglo XX, pero luego cayó rápidamente en el olvido, en parte debido a la crisis general de la apologética católica.

La parte primera y principal del libro (pp. 3-524) está estructurada en cinco capítulos que se corresponden con las siguientes cinco “verdades”:

  1. Hay un Dios criador de todos los seres.
  2. El hombre, criatura de Dios, posee un alma espiritual, libre e inmortal.
  3. El hombre necesita de una religión: sólo una religión es buena, y sólo una es verdadera.
  4. La única religión verdadera es la religión cristiana.
  5. La religión cristiana no se halla más que en la Iglesia católica.” (pp. 1-2).

En esta primera parte se fundamentan extensamente estas cinco “verdades”, por medio de 206 preguntas y respuestas.

En la segunda parte (pp. 525-568), titulada “¿Por qué somos católicos?”, el autor vuelve sobre los mismos temas, pero presentándolos de forma mucho más resumida. La estructura de esta parte es similar a la de la anterior, pero tiene una forma más práctica y silogística. Esta parte comprende cinco apartados que se corresponden con las siguientes cinco proposiciones:

  1. Todo hombre razonable debe creer en Dios, criador del mundo.
  2. Todo hombre que cree en Dios, debe creer en la inmortalidad del alma, destinada a glorificar a su Creador.
  3. Todo hombre que cree en Dios y en la inmortalidad del alma, debe practicar la religión exigida e impuesta por Dios.
  4. La religión impuesta por Dios es la religión cristiana: luego todo hombre que cree en Dios debe ser cristiano.
  5. La religión cristiana no se halla más que en la Iglesia católica: luego todo cristiano debe ser católico.

Por consiguiente, todo hombre razonable debe ser católico.” (p. 525).

La tercera y última parte del libro (pp. 569-673) es un “Compendio de la doctrina cristiana”.

Este célebre escrito del P. Hillaire, como toda obra humana, tiene luces y sombras.

Sus méritos son muy grandes. Suministró a varias generaciones de católicos un acceso fácil a un conjunto muy completo y ordenado de argumentos a favor de la razonabilidad de la fe católica, presentados de un modo muy claro, conciso, sólido y generalmente convincente, con muchos pasajes amenos y recordables.

Sin embargo, no hay por qué ocultar que esta obra presenta algunas debilidades: por ejemplo, el tono algo triunfalista empleado con frecuencia por el autor y cierta apariencia de agresividad hacia los no católicos, que se trasluce en algunos pasajes, como los textos ya citados. Allí parece no tomarse en cuenta que hay muchos motivos subjetivos que impulsan a personas razonables a apartarse de la verdad objetiva en materia religiosa, ni que fuera de los límites visibles de la Iglesia católica se puede encontrar muchos elementos de la religión cristiana, aunque no su substancia plena e íntegra.

La obra contiene algunas deplorables expresiones antisemitas (cf. pp. 439-440) e incurre en grandes exageraciones en el capítulo dedicado a la francmasonería (pp. 437-452). La intensidad volcánica de este capítulo [1] se explica en gran parte por la situación de la Francia del 1900. La muy fuerte y manifiesta hostilidad desplegada por los masones contra la Iglesia Católica produjo una especie de obsesión antimasónica en los católicos de esa época, sobre todo en Francia.

Por otra parte, el autor tiene cierta tendencia a probar sus tesis o refutar las posiciones contrarias con demasiada facilidad. Por ejemplo, para probar la eternidad del infierno aporta cuatro argumentos; el primero de ellos consiste en que la creencia de todos los pueblos afirma la eternidad del infierno, lo cual no es cierto (cf. pp. 70-72).

Inevitablemente, el libro ha envejecido. Unos cuantos de los ejemplos citados por el autor se refieren a las relaciones entre señores y siervos, propias de su época, pero que resultan extrañas y malsonantes para el lector contemporáneo. Obviamente, varios textos manifiestan el rol secundario o subordinado de la mujer en la sociedad del 1900. En otros casos, los argumentos del P. Hillaire no pueden ser más fuertes debido al desconocimiento de ciertas verdades científicas en su época.

Por ejemplo, la primera prueba de la existencia de Dios expuesta por el P. Hillaire (pp. 5-6) es en el fondo el “argumento kalam”. Allí el P. Hillaire dice lo siguiente: “El universo no ha existido siempre tal como es ahora. He ahí un hecho reconocido por todas las ciencias modernas. La geología, o la ciencia de la tierra, la astronomía, o la ciencia del cielo, la biología, o la ciencia de la vida, etc., todas reconocen que el mundo tiene un principio.” (p. 5).

En realidad, la ciencia de la época no ofrecía puntos de apoyo muy firmes para esta última afirmación. Constataba sí que la tierra y los seres vivos habían sufrido cambios en el tiempo, pero hasta ese momento seguía predominando la visión de un universo material globalmente estático. Recién en la década 1920-1930 se descubrió la expansión del universo y se formuló la teoría del Big Bang. Dicha teoría, que más adelante fue confirmada por varios datos experimentales y que hoy goza de un apoyo casi unánime entre los científicos, ofrece un fortísimo indicio de la no-eternidad del mundo, afirmada por la fe cristiana.

Me detendré ahora en un punto particular de la doctrina católica que creo que no fue muy bien expuesto por el P. Hillaire:

“23. P. ¿Por qué ha creado Dios el mundo?

R. Dios ha creado el mundo para su propia gloria, único fin verdaderamente digno de sus actos; y, además, para satisfacer su bondad comunicando a los seres creados la vida y felicidad de que Él es principio.

Dios no podía crear sino para su gloria: Él debe ser el único fin de todas las cosas, por la razón de ser su único principio. Dios no podía trabajar para otro, porque Él existía solo desde toda la eternidad. Aparte de esto, ningún obrero trabaja sino para su propia utilidad. Si trabaja para otro, es porque espera ser remunerado. Dios, comunicando el ser, cuya fuente y plenitud posee, no podía proponerse otra cosa que grabar en sus criaturas la imagen de sus perfecciones, manifestarse a ellas, ser reconocido, adorado, glorificado por ellas como un padre es bendecido, amado, alabado por sus hijos.” (p. 36).

Lo menos que se puede decir de este pasaje es que evidencia una pobre filosofía del trabajo. El ser humano no trabaja sólo por dinero, sino también para auto-realizarse en el trabajo y para servir a los demás y dar gloria a Dios con su trabajo. A través de la analogía planteada entre el obrar de Dios y el obrar del hombre, la forma individualista y utilitarista en que se enfoca aquí el fenómeno del trabajo humano refuerza la impresión de que el pasaje favorece (seguramente en forma involuntaria) la visión de un Dios que crea el mundo por motivos egoístas o egocéntricos.

Creo que no es un simple anacronismo comparar ese pasaje con el siguiente y bellísimo pasaje del Catecismo de la Iglesia Católica:

III “El mundo ha sido creado para la gloria de Dios”

293 Es una verdad fundamental que la Escritura y la Tradición no cesan de enseñar y de celebrar: “El mundo ha sido creado para la gloria de Dios” (Cc. Vaticano I: DS 3025). Dios ha creado todas las cosas, explica S. Buenaventura, “non propter gloriam augendam, sed propter gloriam manifestandam et propter gloriam suam communicandam” (“no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla”) (sent. 2,1,2,2,1). Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad: “Aperta manu clave amoris creaturae prodierunt” (“Abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas”) (S. Tomás de A. sent. 2, prol.) Y el Concilio Vaticano I explica:

En su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas, el solo verdadero Dios, en su libérrimo designio , en el comienzo del tiempo, creó de la nada a la vez una y otra criatura, la espiritual y la corporal (DS 3002).

294 La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros [2] “hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,5-6): “Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios” (S. Ireneo, haer. 4,20,7). El fin último de la creación es que Dios , “Creador de todos los seres, se hace por fin `todo en todas las cosas’ (1 Co 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad” (AG 2).”

Dios, que es amor, creó el mundo libremente por amor, para compartir su infinita felicidad con seres distintos de El.

Mi conclusión es la siguiente: “La Religión demostrada” del P. Hillaire debe ser apreciada como una muy valiosa expresión de la apologética católica tradicional, pero para poder ejercer un influjo importante hoy necesitaría ser re-escrita casi por completo. Dicho de otro modo, sería muy conveniente que hoy algunos pensadores católicos acometieran de nuevo la ardua tarea que el P. Hillaire realizó con tanta brillantez en 1900: presentar de forma sintética y convincente el conjunto completo de los fundamentos racionales de la fe católica, en diálogo con los hombres de nuestro tiempo y tomando en cuenta el estado actual de los conocimientos científicos, filosóficos, históricos, bíblicos y teológicos.


[1] Dicho capítulo contrasta fuertemente, por ejemplo, con el artículo “Masonry” (Masonería) de The Catholic Encyclopedia, escrita en los Estados Unidos de América de 1905 a 1914. Este artículo, sin dejar de ser crítico con respecto a la masonería, tiene un carácter sereno, mesurado y erudito.

[2] Esta oración, gramaticalmente incorrecta, debería ser corregida según la versión latina (que es la versión típica) del Catecismo: “Él nos predestinó para ser hijos adoptivos…” La versión francesa (que es la versión original) dice: “Hacer de nosotros “hijos adoptivos por medio de Jesucristo; tal fue el beneplácito de su voluntad,…””, lo cual es otra forma de corregir el error señalado. La versión portuguesa sufre el mismo error sintáctico que la española. La versión inglesa es gramaticalmente correcta, pero no traduce de un modo muy exacto ni la versión francesa ni la latina en este punto: “Dios nos hizo “para ser sus hijos por medio de Jesucristo…””