antes-de-llegar-la-cruz

Rafael Piña Valdez

“Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo… ; No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía. No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión. No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia. Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad…; De esta manera existía el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios…;
Inicio del Popol Vuh” [1]

Cuando hablamos de la Historia de la Iglesia en las Américas corremos dos riesgos. Por un lado el riesgo de caer en el falso y malsano triunfalismo de pretender que la tradición religiosa y espiritual del continente inició con la llegada de los misioneros cristianos, ya hayan sido españoles, portugueses o ingleses. Por el otro, el de exaltar de tal modo el deísmo precolombino que se quiera pensar que el cristianismo no vino a traer nada nuevo sino la destrucción de las antiguas tradiciones y la imposición por la fuerza de una creencia extraña y ajena para los naturales de estas tierras.

Aunado a esto, existe la dificultad para tratar estos temas de que en la América previa a la llegada de los europeos coexistían cientos de grupos de las más diversas tradiciones, lenguas, grados de avance científico-tecnológico y creencias religiosas. Sería muy irresponsable decir que las civilizaciones precolombinas de nuestro continente se representan únicamente por los aztecas del altiplano mexicano y por los incas del Perú. Cierto, éstas dos culturas fueron las que se encontraban en su apogeo a la llegada de los españoles, pero antes de ellas habían existido muchas otras que habían sentado las bases para el esplendor que maravilló a Cortés y a Pizarro.

Cerca del 1200 a.C. surgió una de las primeras grandes civilizaciones en México, los Olmecas. Mientras los israelitas habían tenido su éxodo y su travesía por el desierto, y cuando luchaban por la conquista de la tierra de Canaan, en la costa meridional del Golfo de México se gestaban las bases para las futuras civilizaciones que habrían de reinar en la parte central del altiplano mexicano y en Centroamérica. Se dice que hacia el año 900 a.C. los olmecas alcanzaron su esplendor, del cual tenemos legado en las gigantescas esculturas representando cabezas humanas que todavía hoy podemos admirar en los sitios arqueológicos de los estados mexicanos de Tabasco y Veracruz. Así, mientras el pueblo hebreo veía el esplendor de la monarquía bajo los reinados de David y del sabio Salomón, en centro y Sudamérica apenas se sembraban las semillas de las futuras civilizaciones azteca, maya, chibcha e inca. Durante los siguientes 2300 años aparecieron poco a poco centros de civilización como el de los Chiripas, a orillas del Lago Titicaca en Bolivia; los Maya-quiché en Tikal, Guatemala; los Zapotecos en Monte Albán, México; los antiguos Mayas del Tajín y Palenque; los Cesteros en el sudoeste de Estados Unidos; en el Perú las grandes civilizaciones andinas de los Mochicas y los Nazcas, y en las tierras altas del sur la civilización de Tiahuanaco; en el valle central mexicano los Teotihuacanos y posteriormente los Toltecas; en la península de Yucatán, los Maya-Toltecas; más al sur del continente los Guaraníes; en los Estados Unidos un sinfín de culturas como los indios Pueblo, Seminoles, Sioux, Navajo, Apache y Mohicanos. Si consideramos que la llegada de Colón a América se dio a finales del siglo XV d.C., la aparición de las dos grandes culturas emblemáticas que encontraron, la azteca y la inca, se había dado relativamente poco tiempo atrás. Los aztecas habían fundado su capital, México-Tenochtitlán, apenas en 1325. El inca Pachacuti, consolidador del imperio incaico, había empezado a reinar en 1438. [2]

En los extremos…; y más allá

En un principio mencionamos que existía el riesgo al hablar de la historia religiosa de las américas de llevar las cosas a los extremos. En las primeras crónicas de los conquistadores y misioneros muchas veces nos encontramos con uno de éstos rasgos. La impresión del encuentro entre dos mundos tan dispares y tan desconocidos entre sí provocaba toda serie de reacciones entre los personajes de ambos bandos, así lo describe José María Irabur:

“La Europa cristiana y las Indias son, pues, dos entidades que se encuentran en un drama grandioso, que se desenvuelve, sin una norma previa, a tientas, sin precedente alguno orientador. Ambas, dice Rubert de Ventós, citado por Pedro Voltes, eran “partes de un encuentro puro, cuyo carácter traumático rebasaba la voluntad misma de las partes, que no habían desarrollado anticuerpos físicos ni culturales que preparasen la amalgama. De ahí que ésta fuera necesariamente trágica” (Cinco siglos, 10). Quizá nunca en la historia se ha dado un encuentro profundo y estable entre pueblos de tan diversos modos de vida como el ocasionado por el descubrimiento hispánico de América. En el Norte los anglosajones se limitaron a ocupar las tierras que habían vaciado previamente por la expulsión o la eliminación de los indios. Pero en la América hispana se realizó algo infinitamente más complejo y difícil: la fusión de dos mundos inmensamente diversos en mentalidad, costumbres, religiosidad, hábitos familiares y laborales, económicos y políticos. Ni los europeos ni los indios estaban preparados para ello, y tampoco tenían modelo alguno de referencia. En este encuentro se inició un inmenso proceso de mestizaje biológico y cultural, que dio lugar a un Mundo Nuevo.” [3]

Este choque cultural se magnificaba al presenciar rituales como los que describe Schlarman:

“Ese mismo año de 1487, Ahuízotl, Emperador de los Aztecas…; iba a celebrar la dedicación del gran teocalli (casa de dios) o templo principal en la Gran Tenochtitlán. La solemnidad debía costar la vida a un crecido número de víctimas humanas que, en opinión de Torquemada, fueron 72,344; Ixtlilxóchitl las apreciaba en 80,000 y los códices Talleriano y Vaticano en sólo 20,000, cifra todavía horrorosa…; Los aposentos del templo, oscuros, horribles, hediondos, como un rastro de matanza, contenían ídolos repugnantes, y allí, vestidos de ropas negras y con las caras pintadas, sobre las que colgaba la cabellera llena de coágulos de sangre, los sacerdotes celebraban sus horrendos ritos rociando los ídolos con sangre humana y ofreciéndoles palpitantes corazones como a dioses entronizados en el templo…; “ [4]

El sacrificio humano existía, como existió en tantas otras culturas y tiempos, como parte del ritual religioso que vinieron a encontrar los conquistadores y misioneros entre algunos pueblos. Fray Bernardino de Sahagún describe como:

“tomábanlos dos por los pies y otros dos por las manos, y otro por la cabeza, y otro con un navajón de pedernal con un golpe se lo sumía por los pechos, y por aquella abertura metía la mano y le arrancaba el corazón, el cual luego le ofrecía al sol y a los otros dioses, señalando con él hacia las cuatro partes del mundo; hecho esto echaban el cuerpo por las gradas abajo, e iba rodando y dando golpes hasta llegar abajo; en llegando abajo tomábanle el que le había cautivado, y hecho pedazos le repartía para comerle cocido.” [5]

La reflexión más común ante tales prácticas tan extrañas para los europeos, y tan antiguamente desarraigadas de las costumbres religiosas euroasiáticas del siglo XVI, era que los que así obraban lo hacían por influjo y dominación del demonio:

“era esta tierra un traslado del infierno; ver los moradores de ella de noche dar voces, unos llamando al demonio, otros borrachos, otros cantando y bailando; tañían atabales, bocina, cornetas y caracoles grandes, en especial en las fiestas de sus demonios. Las beoderas [borracheras] que hacían muy ordinarias, es increíble el vino que en ellas gastaban, y lo que cada uno en el cuerpo metía… Era cosa de grandísima lástima ver los hombres criados a la imagen de Dios vueltos peores que brutos animales; y lo que peor era, que no quedaban en aquel solo pecado, mas cometían otros muchos, y se herían y descalabraban unos a otros, y acontecía matarse, aunque fuesen muy amigos y muy propincuos parientes.”Así lo relata el franciscano Motolinía en una de sus crónicas. [6]

Sin embargo, no todos los pueblos obraban con tal crueldad de costumbres. La idea general de que todos los pueblos de la América precolombina tenían prácticas sanguinarias ha sido en gran parte difundida por aquellos que no quieren tener un apego a la historia y que aún hoy en pleno siglo XXI siguen sintiendo un desprecio por todo lo indígena, especialmente por los indígenas, y que buscan en tal explicación una burda justificación para sus actitudes racistas y anti-evangélicas. En este afán han creado una leyenda negra en la tradición oral para desacreditar a las culturas precolombinas, de la misma manera que se ha creado una leyenda negra acerca de la supuesta crueldad generalizada de los españoles hacia con los indígenas para atacar a la Iglesia. [7]

De hecho, dentro del mismo pueblo azteca, existía una corriente de pensamiento que pugnaba por restaurar los antiguos valores espirituales de sus antecesores culturales y religiosos, los toltecas, de quienes recibieron el legado los pueblos mesoamericanos del culto a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, el líder moral-espiritual convertido-en sacerdote-convertido-en dios de los toltecas que no aceptaba más sacrificio que el de mariposas y serpientes; que promovía el celibato y la castidad; los ayunos y los largos periodos de oración. Los pueblos del valle central de México y hasta el sur en Guatemala, recibieron la influencia de este Quetzalcoátl, llamado Kukulcán por los mayas, y Gucumatz por los quichés:

“Eran cuidadosos de las cosas de dios, sólo un dios tenían, lo tenían por único dios, lo invocaban, le hacían súplicas, su nombre era Quetzalcóatl. El guardián de su dios, su sacerdote, su nombre también era Quetzalcóatl. Y eran tan respetuosos de las cosas de dios, que todo lo que les decía el sacerdote Quetzalcóatl lo cumplían, no lo deformaban. él les decía, les inculcaba: Ese dios único, nada exige, sino serpientes, sino mariposas, que vosotros debéis ofrecerle, que vosotros debéis sacrificarle.” [8]

La evidencia histórica de un líder moral-espiritual que promovía altos valores de respeto por el hombre y la divinidad en el pueblo tolteca, y de cómo este hombre-dios influyó ampliamente en todos los pueblos del altiplano mexicano hasta Guatemala, ha llevado a los historiadores a desarrollar las más audaces e increíbles hipótesis acerca de la identidad de dicho personaje que aparece constantemente en los libros de historia como el hombre blanco y barbado que prometió regresar por el poniente para cobrar venganza, y que Moctezuma confundió con Cortés a su llegada a Veracruz. [9]

La concepción cosmológica de los aztecas incluía la creencia que el mundo y la humanidad habían existido en un periodo de cinco soles subsecuentes, cada uno de los cuales había terminado con un cataclismo y la consiguiente destrucción de los imperfectos humanos de los primeros cuatro soles. Al momento del encuentro europeo americano, se encontraban viviendo el quinto sol, el cual requería de sacrificios humanos para mantener su paso. Sin embargo esta creencia, que promovía y fomentaba las “guerras floridas” para lograr prisioneros para los sacrificios, no fue el común denominador ni del resto de los pueblos americanos ni de los mismos antepasados de los aztecas como hemos visto. La concepción místico-guerrera que requería de sacrificios en cantidades descomunales fue introducida por una verdadera “reforma religiosa” instituida hábilmente por Tlacaélel, “el hombre que hizo grande a los aztecas”, como dice Miguel León Portilla. [10]

Y de estas diferencias entre las prácticas del culto religioso y la vida moral entre los diferentes pueblos nos da testimonio el soldado-cronista Cieza de León:

“Porque algunas personas dicen de los indios grandes males, comparándolos con las bestias, diciendo que sus costumbres y manera de vivir son más de brutos que de hombres, y que son tan malos que no solamente usan el pecado nefando, mas que se comen unos a otros, y puesto que en esta mi historia yo haya escrito algo desto y de algunas otras fealdades y abusos dellos, quiero que se sepa que no es mi intención decir que esto se entienda por todos; antes es de saber que si en una provincia comen carne humana y sacrifican sangre de hombres, en otras muchas aborrecen este pecado. Y si, por el consiguiente, en otra el pecado de contra natura, en muchas lo tienen por gran fealdad y no lo acostumbran, antes lo aborrecen; y así son las costumbres dellos: por manera que será cosa injusta condenarlos en general. Y aun de estos males que éstos hacían, parece que los descarga la falta que tenían de la lumbre de nuestra santa fe, por la cual ignoraban el mal que cometían, como otras muchas naciones.” (Crónica cp. 117). [11]

En el extremo opuesto a aquellos que pretenden generalizar las prácticas sanguinarias y atribuirlas a todos los pueblos, se encuentran aquellos que quisieran convencer al mundo contemporáneo de que no ha habido mal más grande para los pueblos de las Américas que la llegada de los europeos, y que la fe cristiana fue impuesta más bien que abrazada fervientemente por unos seres humanos sedientos de conocer la verdad que nos hace libres (cf. Juan 8, 32) y ansiosos de no caminar más en la oscuridad, sino de tener la luz que da la vida (cf. Juan 8, 12). En este extremo se encuentran tanto algunos ateos como algunas personas que dicen creer en Dios. Algunos han ido más allá, y en su intento por desacreditar el auténtico mensaje evangélico traído a las tierras americanas con la verdadera autoridad apostólica que sólo la Iglesia Católica Romana tiene, han ido hasta el extremo ridículo de pretender que el mismo Señor Jesucristo, poco después de su resurrección, desarrolló un ministerio personal entre unos tales nefitas, supuestos habitantes de América (de los cuales no existe ninguna evidencia arqueológica ni histórica) haciendo así innecesario el mensaje de la salvación por la fe en Cristo Jesús traído por los primeros misioneros a nuestro continente en los siglos XV y XVI. [12]

Para concluir es conveniente recalcar, que la afirmación que el apóstol Pablo hacía acerca de la universalidad del pecado, era tan válida para los judíos como para los griegos, para los aztecas e incas como para nosotros hoy en día, ya que todos pecaron (cf. Romanos 5, 12). Es decir, la necesidad de salvación es universal, independientemente de la geografía y de la época; independientemente de que tan terribles hayan sido nuestras antiguas prácticas y que tan erradas nuestras creencias. Podemos confiar en las Sagradas Escrituras donde nos dicen:

“Pero te compadeces de todos porque todo lo puedes y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si algo odiases, no lo habrías creado.” (Sabiduría 11, 23-24)

Las antiguas civilizaciones americanas tuvieron, como todos los pueblos de la antigüedad, grandes rasgos de esplendor espiritual que la tradición católica ha llamado las semillas de la verdad, la Iglesia reconoce en todo hombre de todo tiempo “la presencia en él de un cierto germen divino”, [13] y reconoce en las otras religiones “la búsqueda, entre sombras e imágenes, del Dios desconocido pero próximo ya que es él quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas y quiere que todos los hombres se salven. Así, la Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero que puede encontrarse en las diversas religiones como una preparación al Evangelio y como un don de aquel que ilumina a todos los hombres, para que al fin tengan la vida.” [14]

Como dijo San Clemente de Alejandría a finales del siglo II, “Dios nunca es débil. Como Su voluntad es Su obra, y esto es llamado el universo; así, también, Su deseo es la salvación de todos, y esto ha sido llamado la Iglesia”.


[1] Popol Vuh, Antiguas Historias del Quiché. Traducidas del texto original con introducción y notas por Adrián Recinos. Fondo de Cultura Económica. Decimoséptima reimpresión. México, 1986.

[2] Ciudades desaparecidas, misterio de las civilizaciones olvidadas. Selecciones del Reader”s Digest. México, 1982. Tabla cronológica.

[3] Iramur, José María. Descubrimiento y evangelización.

[4] Schlarman, Joseph H.L. México Tierra de Volcanes. De Hernán Cortés a Luis Echeverría Alvarez. 11 edición. Editorial Porrúa, S.A. México, 1978. p. 21

[5] De Sahagún, Bernardino. Historia General de las cosas de Nueva España. Ed. Porrúa. México, 1985. p. 100

[6] Iramur, José María. Descubrimiento y evangelización.

[7] A este respecto léase el libro de William S. Malby La leyenda negra en Inglaterra. Desarrollo del sentimiento antihispánico. Fondo de Cultura Económica. Primera edición en español. México, 1982

[8] León Portilla, Miguel. Los antiguos mexicanos. Fondo de Cultura Económica. Séptima reimpresión. México, 1985. p. 30

[9] La alta espiritualidad encontrada en los pueblos de mesoamérica bajo la influencia de este Quetzalcóatl, ha llevado a algunos incluso a afirmar que se trataba de un misionero cristiano que había llegado a predicar al territorio americano en el siglo V o VI. Para más acerca de esta hipótesis tan discutida y tan poco aceptada por la comunidad de historiadores actuales, véase las Notas a la Historia General de las cosas de Nueva España, de Carlos Ma. De Bustamante, suplemento al libro III” que se encuentra como anexo en la edición de la obra de Sahagún mencionada anteriormente.

[10] Para una explicación extensa y documentada de ésta transformación de la práctica religiosa del pueblo azteca, refiérase a los capítulos I y III de la obra de Miguel León Portilla aquí citada.

[11] Iramur, José María. Descubrimiento y evangelización.

[12] El libro de Mormón.  Intellectual Reserve, Inc. EUA, 1999

[13] Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual. No. 3

[14] Catecismo de la Iglesia Católica, párrafo 843

[15] Hahn, Scott y Aquilina, Mike. Living the mysteries. A guide for unfinished Christians. Our Sunday Visitor, Inc. EUA, 2003. p. 106

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