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H. W. Crocker III

¿Hay que reformar al Islam? No. A menos que se considere beneficiosas una dosis extra de puritanismo, o se quiera alentar la destrucción de altares, cristales de colores y otras formas de “idolatría”, o se quiera impulsar la prohibición de festividades desenfrenadas como la Navidad y las Pascuas y aumentar apoyo para las escuelas islámicas fundamentalistas que se empeñan en aferrarse a la doctrina de “Solo el Korán y la Sunnah”. En efecto, daría la impresión de que el Islam ya ha tenido sus reformadores. Luteros islámicos modernos—como el difunto Ayatollah Khomeini, el troglodita Osama bin Laden, portavoz del nuevo Islam, los Talibanes (“talibán significa literalmente “estudiantes islámicos”)—se la han pasado despotricando contra la corrupción de Occidente (llamémosle “Roma” para abreviar) lo mismo que la secta puritana Wahhabi de Arabia Saudita que, no cabe la menor duda, es moderna ya que fue fundada en el siglo 18, el Siglo de las Luces.

Cristianismo, Islam y Edad Media: Mitos y verdades

¿Qué se puede esperar de Islam “reformado”?

¿Qué cambio novedoso le aportaría una Reforma al Islam? Los calvinistas impusieron severas penas a los que infringían los códigos de vestimenta y conducta pero aun dichas disposiciones no superan la rigidez de la ley sharia de Arabia Saudita. Lutero negaba el derecho divino del papa y manifestaba públicamente el derecho divino de los príncipes (uniendo a la iglesia y al estado, que estaban anteriormente separadas) pero esa doctrina ya forma parte integral del Islam, en el que está escrito que la mezquita y el estado deben estar unidos. Los reformadores protestantes repudiaron a la Iglesia Católica por coquetear demasiado con los pensadores clásicos y los artistas decadentes (como Rafael); muchos de ellos condenaron la doctrina católica del libre albedrío (creyendo, como creen los musulmanes, en una especie de fatalismo) condenando también a los católicos por hacer demasiado hincapié en la lógica y la razón tomista y por no dar suficiente énfasis a la interpretación de las Sagradas Escrituras.

Nadie acusa al Islam por cometer esos errores. Aun si se tratara de restituirlo a su forma pura, no corrupta tal como lo encarna el mismo Profeta Mahoma—un líder polígamo, promotor de guerras santas, que aprobaba el asesinato—resultaría difícil superar a Bin Laden y sus correligionarios reformistas.

De acuerdo, Occidente ya no es lo que alguna vez fue. En lugar de ver a Miguel Angel mientras pinta la Capilla Sixtina, tenemos a Andrés Serrano y su infame Piss Christ (un crucifijo sumergido en orines). En lugar del optimismo del Renacimiento, tenemos al pesimismo moderno (pagano) que cree ver a los dioses de la naturaleza vengádose de la superpoblación y contaminación causadas por los seres humanos. En lugar de un Occidente positivo que aprovecha su misión imperial de propagar la paz, el comercio y la caridad y moralidad cristianos, el Occidente de hoy despliega una ambivalencia incomprensible, fallando muchas veces en reafirmar sus propios valores. Hasta existen individuos occidentales—incluyendo algunos conversos al Islam—que piensan que las duras restricciones de los mahometanos contra el aborto, la homosexualidad y el secularismo (por no decir contra el judaísmo, el cristianismo, el hinduismo, y otros) les otorga una cierta superioridad moral. En eso no son distintos de ciertos liberales de Holanda y otros lugares. Sin embargo, esto sigue siendo, espero, la visión de una minoría.

Pero digamos en pocas palabras que evidentemente el Islam no necesita una Reforma. Si la imprenta, como se dice a menudo, avivó la revuelta protestante contra el cristianismo unido, Internet ha exacerbado con toda seguridad la revuelta islamita contra Occidente. Ya hemos tenido suficientes jihadistas que han colgado sus tesis en el internet. Gracias.

Pero si bien al Islam no le hace falta una Reforma, no cabe duda que se beneficiaría de una contrarreforma. Vale la pena tener esto en cuenta. ¿No sería maravilloso si Kabul se convirtiera en un centro de arte barroco, si las esquinas de las calles de Teherán estuvieran salpicadas de grupos corales que cantaran los himnos de Palestrina, si el efervescente barrio de los artistas—Islamabad—estuviera lleno de pintores exponiendo sus experimentos con los estilos de Rubens, Caravaggio, y Poussin? Ah, sí! Ojalá sucediera algo así. Pero lamentablemente, pocos esperan que esto acontezca durante nuestras vidas, si es que sucede.

A pesar de las supuestas glorias del pasado islámico, se nos dice que el combativo Islam se ha quedado actualmente en la Edad Media. Pero el Islam no se ha quedado ni en la Edad Media ni en el Renacimiento ni en la Contrarreforma. Como ha escrito Charles Moore, el biógrafo oficial de Margaret Thatcher (convertido al catolicismo), «La palabra medieval no debería ser sinónimo de “bárbaro.’ La Catedral de Ely y el juicio con jurado y Giotto son medievales.» Lo mismo que la Carta Magna, Chaucer y Dante. También lo son las órdenes monásticas, la invención de la universidad y el desarrollo de la ciencia. También la caballerosidad, el capitalismo y el concepto de progreso. No asociamos ninguna de estas cosas con el Islam histórico.

De acuerdo, la Edad Media representa miles de años de historia y los primeros tiempos de la misma (aproximadamente del 500 al 1.000 d. de C.), algunas veces conocida como la Edad de las Tinieblas, sin duda tuvo sus claroscuros. La violentas excursiones de los vikingos no tuvieron una aceptación muy universal que digamos. Un papa que viviera entre los decadentes tiempos entre el siglo IX y el siglo XI, tenía una posibilidad entre tres de ser asesinado durante su mandato y los que sobrevivían podían ser desterrados o depuestos. Y además de una diversidad de bárbaros, magiares y mongoles, estaban los musulmanes que durante este período libraron una guerra santa contra media cristiandad, hasta que el valeroso Charles Martel los derrotó en la Batalla de Tours (y en otras batallas posteriores) impidiéndoles que aplastaran completamente a Occidente.

Pero lo claroscuro es tanto luz como oscuridad y hubo suficiente luz en los inicios de la Edad Media. Brilló con más intensidad en los monasterios, que no solamente—y gloriosamente—preservaron el saber clásico sino que también contribuyeron para que Occidente llevara a cabo importantes innovaciones agrícolas, tecnológicas y comerciales. La Iglesia aportó escuelas, organizaciones de beneficencia y las razones teológicas para abolir la esclavitud (ya que fue proscripta en el Occidente medieval, mientras crecía en el Islam, que en ese entonces estaba disfrutando su supuesta “Edad de Oro”). Aún siendo romana, la Iglesia también asumió muchas funciones de la administración pública de Roma.

Los logros de la “Edad de las Tinieblas” fueron monumentales. Como lo señaló el historiador Christopher Dawson, “En realidad esa edad fue testigo de cambios tan trascendentales como cualquier otro de la historia de la civilización europea; en efecto—como sugiero en mi obra [The Making of Europe]—fue la edad más creativa de todas, ya que concibió no ésta o aquella manifestación de la cultura, sino la mismísima cultura—la raíz y el terreno de todos los logros culturales posteriores [de Europa].” En este caso, como agrega Dawson, el historiador católico lleva ventaja porque él puede comprender mejor que ésta “fue tanto la edad de las tinieblas como la edad del despertar, ya que fue testigo de la conversión de Occidente, la fundación de la civilización cristiana y la creación del arte y liturgia cristianos.”

El resultado fue que Europa alcanzó su plenitud en la mitad y fines de la Edad Media (del año 1000 al 1500 d.C.). Se diseminaron las riquezas y el saber y donde estaban las ruinas de Roma, el hombre medieval creó una sociedad que fue mucho más humana, mucho más respetuosa de las mujeres, mucho más humanizadora del individuo, mucho más burguesa, es decir, con una clase media más importante y mucho más inventiva que las gloriosas civilizaciones del Mundo Clásico. La Edad Media constituyó una maravillosa época de frescura y vigor aún antes de alcanzar su plenitud en el Renacimiento.

El Islam, deberá tenerse en claro, no se ha estancado en ninguna versión anterior de Occidente y sin lugar a duda no se ha quedado en la Edad Media, la “Era de la Fe” católica, durante la cual monjes, sacerdotes, agricultores, mercaderes, reyes, obispos y caballeros crearon la civilización dinámica—la suma de la cultura clásica, católica y germánica—o sea Occidente. Aún en su estado más humilde, como campesino, el hombre medieval no fue un talibán. Sus creencias eran totalmente diferentes. Creía en el sufrimiento de Cristo que llegó al mundo como una indefensa criatura y murió en la Cruz, en lugar de creer en un profeta conquistador que consideraba una blasfemia creer que Dios se rebajaría a esas indignidades. El hombre medieval creía en honrar a Dios y en divertirse y le importaba un rábano este mundo, parafraseando al poeta (y sacerdote) William Dunbar, “el Chaucer de Escocia.” Si bien el hombre medieval era amante de los festines, las celebraciones, los colores alegres y la juerga, también creía que el servicio, el trabajo y el comercio eran honrosos; que el intento de superarse como persona y el progreso eran posibles y que Dios había creado un mundo que cada ser humano podía entender a través de la razón, para que todo agricultor común y corriente—sin tener en cuenta su posición de subordinación a su señor feudal—pudiera encontrar caminos para mejorar sus técnicas agrícolas, lograr mejoras que lo beneficiaran a él, lo mismo que a su señor, porque cada hombre tenía derecho a recibir la parte que le correspondía de su trabajo.

El era, como lo somos nosotros, un hombre occidental, con todo lo que eso supone. Como lo expresó el popular erudito medieval—el Obispo Morris—aún hoy (o en 1968, cuando escribía), “Un agricultor de las tierras altas de Macedonia, un pastor de las montañas de Auvergne, lleva una vida más medieval que el hombre moderno. Un pionero estadounidense del siglo pasado, que salía con un carro de bueyes, un hacha, un arado y pala para abrir espacio para una granja en el medio del bosque, estaba más cerca de la Edad Media que de los tiempos modernos. Se autoabastecía, se curaba a sí mismo y a su familia con hierbas, cultivaba su propio alimento, machacaba sus propios granos, hacía trueques con extraños mercaderes al paso, se divertía en ocasionales bailes celebrados en graneros parecidos a los bailes en ronda medievales.” El pionero norteamericano y el campesino medieval eran nosotros y nosotros éramos ellos y ninguno de los dos es musulmán. Y para algunos de nosotros, la idea de platicar con un hombre de la Edad Media (o de la frontera norteamericana) es una perspectiva mucho más interesante que la idea de tratar de platicar con un joven de veintitantos años que envía mensajes de textos enganchado a un iPod cuya vida transcurre en lo que acertadamente se llama la «blogósfera.»

El mito de una Edad Media bárbara es parte de la ignorancia de nuestra época. Al principio, los protestantes propusieron el mito, los laicos lo han fomentado: hoy los hechos lo desmienten. De modo que salgamos blandiendo nuestras lanzas como los caballeros medievales para acabar con cinco de los principales mitos relacionados con la Edad Media.

Primer mito—El cristianismo medieval era bárbaro mientras que el Islam era refinado

Dado que hemos estado hablando de los musulmanes, comencemos con el mito de que en la Edad Media, el cristianismo era bárbaro, mientras que el Islam era refinado. He aquí una prueba sencilla: ¿Alguna vez han escuchado y disfrutado los cantos gregorianos? Con un poco de suerte, ahí no ha quedado la cosa; en realidad hemos escuchado la obra de compositores medievales ejecutada en instrumentos de la época. Tanto la música como los instrumentos son evidentemente nuestros. Tiende un puente natural hacia lo que la mayoría de las personas de manera genérica denomina “música clásica.” Nuestro sistema de notación musical data de la Edad Media, el cual tuvo su origen en monasterios, muy especialmente a través de la obra del monje benedictino del siglo once Guido D’Arezzo. Por otro lado, Mahoma, como sus seguidores talibanes, prohibió la música. Afirmaba que Alá, le había ordenado que suprimiera los instrumentos musicales, advirtiéndoles que “Alá verterá plomo derretido en los oídos de cualquiera que se siente a escuchar una cantora”—o, demás está decirlo—un trovador medieval.

Gracias a los caricaturistas europeos, todos conocemos bastante bien los que piensan los musulmanes de pintar una imagen de Alá o su Profeta. Sin embargo, el mismo profeta, en realidad le prohibió a su pueblo todo arte visual que representara alguna forma de la fauna, desde hombres a ganado, lo que de alguna manera obstaculiza la libertad artística; libertad de la que todos en Occidente disfrutaban durante la Edad Media, sin mencionar el Renacimiento. Si bien la arquitectura islámica es más bien atractiva—por lo menos, para mi gusto— con frecuencia no se advierte que se inspiró en Bizancio y en algunos casos hasta fue construida por trabajadores bizantinos. La literatura islámica—aparte de las Mil y Una Noches y un puñado de otros poemas o cuentos—es pobre en comparación con la occidental y a diferencia de ésta, es mayormente la obra de disidentes y herejes. Aparentemente, los literatos musulmanes siempre han mostrado una tendencia a jugar el papel de Salman Rushdie para los imanes de turno.

En cuanto a la ciencia, las matemáticas y la tecnología, los musulmanes fueron bastante competentes en preservar y adoptar la herencia clásica de los cristianos (y los logros de los persas zoroástricos e hindúes) a los que conquistaron. No fueron tan competentes en superarla, lo que constituye una razón muy importante de por qué Occidente progresó y el Islam no. Otro motivo importante es que mientras los clérigos occidentales enseñaban la ley natural y que Dios había creado un universo racional y ordenado, los teólogos islámicos contraatacaban que nada—por supuesto ni la razón—podía limitar el poder de Alá; estaba más allá de toda restricción semejante, siendo los líderes musulmanes contemporáneos de Occidente. En el siglo doce, los filósofos musulmanes se declararon en forma contundente contra los clásicos paganos. Por otra parte, el hombre occidental sensato, no estaba interesado en la religión musulmana pero sin duda estaba dispuesto a aceptar y fomentar el saber islámico, tal como aceptó y fomentó el saber clásico. La adopción por parte de Occidente de los números arábigos (y el cero, que los musulmanes recibieron de los hindúes) es un magnífico ejemplo. Otro es que cuando el filósofo Averroes escribió sus glosas sobre Aristóteles, estas tenían más influencia en Occidente que en el mundo islámico. Y los tan vilipendiados cruzados no eran fanáticos: adoptaron sin problemas comidas, atuendos y las prácticas comerciales de Oriente.

No fue el hombre medieval cuya civilización enfrentó un milenio de marcha hacia la oscuridad; fue el musulmán. Para fines de la Edad de las Tinieblas, “La Edad de Oro” del Islam ya casi había acabado. Como ha escrito Norman Cantor, el célebre erudito especializado en la Edad Media, “El mundo islámico todavía no había comenzado su profunda decadencia en el año 1.050 …pero en líneas generales, los días de máximo esplendor del Islam habían llegado a su fin… En el año 1.050, en cada uno de los países de la Europa occidental, había grupos de personas enfrascadas en algún tipo de empresa novedosa. Europa ya no iba a la zaga de Bizancio y del Islam en ningún aspecto y en algún sentido había superado los logros más importantes de las dos civilizaciones con las que los pueblos que hablaban latín ahora competían por la hegemonía del Mediterráneo.” Occidente siempre fue inventivo aún durante la Edad de las Tinieblas. Eso forma parte de nuestro espíritu, así como la supremacía del Corán y solamente el Corán por sobre todas las cosas, forma parte del Islam.

Ya entonces como en la actualidad, los colegios islámicos fundamentalistas les inculcaban el Corán a sus alumnos para que lo aprendiesen de memoria. Las colegios católicos, entonces como ahora, enseñaban religión, filosofía, matemáticas (desde contabilidad hasta matemáticas superiores) y latín, entre otras materias. Los protestantes suelen achacarles a los católicos el hecho de que no conocen las Sagradas Escrituras. No se puede hacer la misma acusación a un musulmán educado en una madrassa que tiene que aprenderse el Corán de memoria y a quien se le prohíbe explícitamente interpretarlo.

Es verdad que en la Edad Media, la mayoría de los católicos conocían las Escrituras por lo que habían oído en la Iglesia o visto representado en ventanales de vidrios de colores o lo que leían—u oían recitar—de libros tales como The Heliand, el Evangelio Sajón en el que Cristo, el Paladín, ingresa al Fuerte Jerusalén para la última celebración en el salón de fiestas con sus compañeros de combate. Pero aceptaban las enseñanzas y la autoridad de su Iglesia y se mantenían ocupados construyendo fábricas de cerveza, preparando bebidas alcohólicas, tendiendo caminos, erigiendo ciudades e inventando y produciendo en serie: el estribo, los arneses para caballos y el molino de agua (o estrictamente hablando), perfeccionando el molino de agua que fue inventado por los romanos, que apenas lo usaron y que comenzó a ser valorado durante la Edad Media. También crearon una revolución agrícola con una rotación de cultivo para tres campos y mejoraron las herramientas y la tecnología agrícola, la especialización en productos, el transporte terrestre y marítimo y la dedicación exclusiva al comercio.

El único avance cultural que uno podría atribuir al Islam por sobre el Occidente medieval es la invención del harén. No obstante, hasta el hombre más machista podría pensar que el harén más bien no es justo con las mujeres. El racionalista podría agregar que da origen a presiones sociales que suelen ser bastante malsanas (dejando por todas partes hombres indisciplinados y sin compromisos). Los clérigos podrían añadir racionalmente que los monjes, monjas y sacerdotes célibes han hecho un mejor uso de su sacrificio sexual que los eunucos que protegían los harenes. Un propietario occidental de casa de modas sospecharía que el burkha fue inventado para ocultar algunos de los defectos (según los criterios occidentales) de las odaliscas. Y por último, los monarcas medievales, como el hombre moderno occidental, siempre podían eludir la enseñanza de la Iglesia practicando la hipocresía en serie en lugar de hacer acopio de mujeres en habitaciones especiales. Esta práctica monárquica se ha filtrado en la administración de empresas donde los depósitos abarrotados (harenes) han cedido su lugar al «inventario de justo a tiempo» (monogamia en serie), otro tributo a la eficiencia occidental.

Segundo mito—Las mujeres medievales eran oprimidas

Si bien estamos tratando el tema del bello sexo, prescindamos de la idea feminista de que la Edad Media católica fue una época de opresión contra las mujeres. Eso, aparentemente, resulta difícil de conciliar con la devoción medieval a la Virgen María; la invención medieval del amor cortés y romántico, la práctica de la caballerosidad y la existencia de reinas y princesas. En cada caso, encontramos a hombres que prometen lealtad, fidelidad, honor y protección a las damas; mujeres, se podría apuntar, con poder y favores, ya sea que pertenecientes a la realeza o mujeres románticas o divinas.

El Nuevo Testamento tiene más bien una mayor estima por el sexo femenino que el Corán. Jesús permanentemente trata a las mujeres con respeto. Los cristianos, desde el comienzo, hicieron lo mismo. El concepto de la mujer como “objeto sexual” es profundamente contrario al cristianismo de una manera que se diferencia ostensiblemente del paganismo y del islamismo. El cristianismo no hace alarde de tener prostitutas de templos o harenes, ni trata de blancas o huríes. El Nuevo Testamento nunca recomienda azotar a las mujeres, ni las compara con un campo para arar (como lo hace el Corán). Según la ley islámica el divorcio es una cuestión de cuatro palabras (“Me divorcio de ti”); las mujeres son propiedad privada y tienen básicamente dos finalidades (el lector puede imaginarse cuáles).

En el Occidente medieval, tanto la poligamia como el divorcio eran ilegales. Las mujeres podían gobernar desde tronos o pontificar desde bibliotecas de conventos de monjas y llevar la batuta de un hogar de clase media tal como lo ha hecho cualquier otra ama de casa occidental durante los últimos dosmil años. Las mujeres eran libres de vestirse como querían y podían ir a la taberna—hasta fabricar cerveza—si querían. Tenían empleos y aprendían oficios y profesiones. Si eran campesinas, trabajaban la tierra con sus esposos. Podían ser canonizadas o conducir a los hombres a la batalla (como Juana de Arco). Especialmente si pertenecían a órdenes religiosas, se destacaban en educación primaria, enfermería y otras “profesiones de vocación social” como las llamaríamos hoy día. Si pertenecían a la nobleza, heredaban y manejaban propiedades y recibían todas las obligaciones feudales debidas, acompañaban a sus esposos en cacerías o en las Cruzadas, asistían a las escuelas cortesanas en las que aprendían arte, modales y cómo administrar un hogar (desde medicina hasta enología, desde costura hasta contabilidad, desde jardinería a cómo tratar a los criados). También eran mecenas. Si las mujeres eran excluídas de las escuelas y universidades clásicas, lo cual sucedía, era menos por motivos cristianos, hablando con propiedad, que por motivos clásicos—por la interpretación aristotélica de que las mujeres son el sexo subordinado.

El grado de “subordinación” de las mujeres podría observarse en la impúdica—y bien “liberada”—esposa de Bath en los Cuentos de Canterbury de Chaucer. Ella podría echar por tierra cualquier idea de que las mujeres medievales eran oprimidas. La Esposa de Bath, después de todo, elige a sus esposos—cinco en total—guiándose por el caudal del potencial novio (se jacta de haber dejado a los primeros tres sin un céntimo antes de que murieran) o por sus atributos viriles, esto incluye a uno de los apuestos portadores del féretro en el funeral de su cuarto marido. Encuentra la felicidad con el quinto esposo (su favorito) luego de convencerlo—a golpes de puño—de los derechos que a ella le corresponden. La pelea comienza cuando ella, enfadada, arranca una página de “The Wicked Wives” el libro que él ha estado leyendo en voz alta. En todo esto, cita a las Sagradas Escrituras, observando que “Derecho tengo sobre su cuerpo de por vida y no él. Como bien dijo el Apóstol: que el esposo debe dar a la esposa el amor que por derecho le cabe.” Su historia es bastante más divertida y escandalosa que lo que permitiría el actual Islam “medieval”. Sin embargo, en la Edad Media de Occidente, era un estereotipo común, como lo sería hoy mismo si apareciera de golpe en el sofá de nuestra sala.

Tercer mito—la cultura medieval era burda e ignorante

Chaucer nos enfrenta cara a cara con la cultura medieval y lejos de ser burda e ignorante, la consideramos una parte inteligente e iluminada de nuestra herencia literaria. Si los castillos y catedrales, el arte, los oficios y la música medieval no son suficientes; si Beowulf, la Canción de Rolando, el Cantar del Mio Cid, y la Morte D’Arthur no le dicen nada; si Boesius, Boccaccio, Dante, Petrarca y Macchiavelli no significan nada, si Ud. no tiene ninguna consideración por San Anselmo, San Francisco y Santo Tomás de Aquino, para escoger simplemente a un puñado de riquezas literarias de la época, entonces realmente no hay mucho más que decir.

Cuarto mito—la política medieval era despótica

Del mismo modo, la política medieval no era ni burda ni ignorante, ni totalitaria o despótica. Todo lo contrario; la Edad Media—desde el comienzo—practicaba la separación y muchas veces el conflicto entre la Iglesia y el Estado. Fue la Reforma, el deseo del estado de absorber a la Iglesia, lo que integró a la Iglesia y al Estado al precipitar la creación de la iglesia estatal. La política medieval apoyaba una amplia dispersión de poder, que es lo que propugnaba el feudalismo y la razón por la que los nobles de Inglaterra—encabezados por el Arzobispo Católico de Canterbury, Stephen Langton—pudieron poner límites a la Corona con la Carta Magna. El hombre medieval creía en la gran jerarquía de la sociedad, en la que cada hombre y mujer tenía derechos y obligaciones y era individualmente responsable ante Dios.

El hombre medieval nunca fue amenazado por el totalitarismo. Un estado totalitario ni siquiera era posible hasta que la Reforma abolió a la Iglesia que servía de freno al poder estatal. De hecho el feudalismo preservaba una forma extrema de federalismo, donde prosperaban ciudades estados (como las repúblicas de los mercaderes de Italia). En la Edad Media, un mercader no solo podía fundar su propia empresa, sino que hasta los adolescentes entusiastas podían emprender su propia Cruzada (la Cruzada de los Niños) y un cruzado fracasado como San Francisco podía lanzar su propio movimiento religioso. Es probable que la Edad Media haya estado desgarrada por las guerras, las conquistas, las rivalidades políticas, las contiendas entre caballeros y las guerras contra los herejes albigenses o los infieles musulmanes. Pero desde el punto de vista político, la Edad Media fue, en todo caso, una época en que la dispersión del poder secular estaba más cerca de la anarquía que del despotismo y la Iglesia estaba generalmente del lado del libertarianismo político—si no religioso—con el objeto de protegerse de la ambición de monarcas y príncipes.

Quinto mito—La Edad Media fue excepcionalmente violenta

Indudablemente, la Edad Media fue muy violenta pero no hubieron un Hitler, un Stalin, o un Mao. La Edad Media efectivamente tuvo sus inquisidores pero los diversos mitos que rodean a las inquisiciones hoy en día han sido prácticamente demolidos y cualquiera que lo desee puede enterarse estudiando es registro histórico serio y pertinente. Los tribunales inquisitorios de la Edad Media no infundían terror a las personas de Europa occidental. Su alcance era limitado, sus procesos judiciales y castigos eran más benévolos que los de sus homólogos laicos. El castigo de la Inquisición consistía a menudo en una penitencia y en gran parte de Europa, la Inquisición nunca existió. No fue una organización característica o de fundamental importancia durante la Edad Media. Su imposición data del siglo XII cuando fue creada para contrarrestar la herejía albigense. La Inquisición española—la inquisición “de peor reputación”, actuaba bajo cédula real y no papal. La historia de estos tribunales se extiende durante un período de aproximadamente seiscientos años, expirando en la España de principios del siglo XIX. En los trescientos cincuenta años de la Inquisición española, de la cual se han preservado meticulosamente todos los documentos, el total de sentenciados a muerte es aproximadamente unos cuatro mil. El total de ejecutados es menor.

Cuando se trata del recuento de víctimas, los miles de años de la Edad Media ni se aproximan a las hecatombes del progresista siglo XX. Si las guerras de la Edad de la Fe han de ser consideradas como un escándalo que desacredita al cristianismo, entonces ¿Qué debemos pensar de los genocidios autorizados por el estado, los asesinatos en masa y los exterminios perpetrados por los nazis paganos y los comunistas ateos? Estos últimos lograron en el transcurso de setenta años—apenas el largo de una sola vida—asesinar muchísimas más personas que el inquisidor medieval más eficiente hubiera podido matar con las armas a su dispocisión en esos tiempos.

Hubo muchas luchas durante la Edad Media. Hubo atrocidades en el campo de batalla, asesinatos en catedrales y masacres en ciudades. Pero el hombre moderno no es la persona indicada para ponerse a juzgar al hombre medieval como si fuera moralmente superior. En la Edad Media, los nazis hubiesen sido denunciados como herejes, se hubiese organizado contra ellos una cruzada papal y hoy estaríamos leyendo libros progres describiendo cómo la Iglesia Católica suprimió en forma violenta e injusta—a través de la Inquisición y una Cruzada—un movimiento “hereje” alemán que solamente quería usar pantalones cortos, ir de excursión por los bosques, cantar canciones paganas, liberar al pueblo de la superstición carca, fomentar la enseñanza y ciencias laicas y desarticular el poder político y religioso de Roma. Ya hemos escuchado muchas veces ese cuento, como por ejemplo con la idealización de los cátaros.

El hombre medieval ha tenido que sufrir muchas difamaciones de este tipo: los propagandistas anticatólicos del siglo XX lo acusaron de creer que el mundo era plano. Y hoy tenemos el mito de que los terroristas homicidas del Islam “se quedaron en la Edad Media” en lugar de formar parte del Islam del siglo XXI. La Edad Media fue más gloriosa y encomiable de lo que muchos parecen reconocer. El hombre medieval merece un efusivo brindis de nuestra parte; mejor un hombre medieval que el rap o las noticias de al-Jazeera.

Publicado Originalmente en Inside Catholic.


H. W. Crocker III ha publicado recientemente Triumph: The Power and the Glory of the Catholic Church: A 2,000-Year History. Su novela cómica galardonada The Old Limey y su libro Robert E. Lee on Leadership están disponibles en edición rústica. Su último libro es Don’t Tread on Me: A 400-Year History of America at War, from Indian-Fighting to Terrorist-Hunting.