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Rafael Piña Valdez

Cuando Cristóbal Colón partió del puerto de Palos, España, el 3 de agosto de 1492 con rumbo de occidente, esperando trazar una nueva ruta de navegación entre Europa y las Indias, nadie imaginaba el impacto que dicha empresa tendría no solo para el comercio, sino para toda la cultura universal, en particular para el cristianismo. Sólo unos meses habían pasado desde que en enero, los Reyes Católicos de España, Fernando e Isabel, habían definitivamente vencido a los musulmanes, entrando triunfalmente en la Alhambra de Granada, logrando al mismo tiempo la expulsión de éstos después de ocho siglos de influencia mahometana en la península, y detener el avance del Islam que aspiraba (una vez más) conquistar a toda la Europa cristiana desde dos puntos estratégicos: España por el oeste, y Constantinopla (que había caído en 1453) por el oriente. La noticia de la victoria cristiana fue recibida en toda Europa con justificada alegría. En Roma, el Papa Inocencio VIII asistió a una solemne misa de acción de gracias y en Inglaterra el rey Enrique VII mandó que se cantase un Te Deum por la ocasión, [1] y es que, además de representar una amenaza para la fe y costumbres europeas, la Media Luna de Mahoma, si bien no había eliminado el contacto comercial entre Europa y oriente, si lo había mermado de manera considerable. De ahí que no resulte nada extraño que casi inmediatamente después de la victoria, ya con un poco más de recursos a su alcance, y con una gran preocupación menos, los Reyes Católicos se embarcaran a apoyar las empresas de Colón. Sin embargo, y sin restar de ninguna manera importancia a la potencial ganancia económica latente, existía otra motivación detrás de los viajes de exploración que Colón estaba a punto de inaugurar.

La motivación adyacente

Colón partió de Palos a bordo de la «Santa María», acompañado de otras dos embarcaciones, «La Niña» y «La Pinta». Pasó por las islas Canarias, donde tuvo que detenerse un par de semanas, y para el 12 de octubre del mismo 1492 hacía tierra en un islote del Caribe americano al que nombró San Salvador. En ese primer viaje recorre también otras islas, destacando Cuba y Haití, a la que llamó La Española. [2] Es aquí, donde la noche de Navidad del mismo año, encalló la «Santa María» en un banco arenoso frente a la costa. Colón mandó desarmar la carabela y construir con ella un pequeño fuerte en La Española , «El Fuerte de la Navidad». Las bases para el primer encuentro entre el cristianismo y los pueblos de las américas se habían puesto, y la Santa María se quedaría, literalmente, para siempre en el Nuevo Mundo.

A su regreso a España, Colón y los reyes españoles tuvieron que delimitar derechos sobre las nuevas exploraciones y tierras con Portugal, [3] situación que se tornó muy delicada. Ambas naciones pidieron la intervención del Papa Alejandro VI y este delimitó mediante una serie de Bulas Pontificias [4] los territorios que corresponderían a España y a Portugal para efectos de colonización y evangelización.

Destaca entre dichos documentos papales del año 1493, también llamados las Donaciones Apostólicas, la bula Piis fidelium, «solicitada por los reyes el 7 de junio…Se refiere a la elección de fray Bernal Boyl, entonces mínimo de San Francisco de Paula, como jefe de la misión espiritual que se enviaba a las Indias, y a los poderes que se le confieren». [5] Este es un documento que en sí no constituye parte de las Donaciones Apostólicas, pero habla de la prioridad que se daba al aspecto espiritual de las exploraciones. Por efecto de las bulas papales, España obtenía no sólo derechos sobre las tierras, sino la obligación de evangelizar a los habitantes de dichos lugares, enviando varones probos, temerosos de Dios, y experimentados en la conversión de almas. Y los reyes españoles tomaron como suya dicha obligación. Fray Bernal Boyl llegó con Colón a tierras americanas junto con el primer grupo evangelizador en el segundo viaje. A pesar de no saber que aquellos territorios no eran las Indias, lo que para todos era seguro es que dichas tierras no habían recibido el evangelio de Jesucristo. Es en Santo Domingo, en la isla La Española (hoy Haití y República Dominicana), donde se inicia formalmente la actividad misionera en el continente americano.

Y es precisamente esa, la motivación de llevar a Cristo a aquellos que no lo tienen, la motivación adyacente que encontramos como un común denominador no sólo en los misioneros, sino en los principales personajes laicos que intervinieron en el proceso del «descubrimiento» y conquista de la América Española. A pesar de lo que se pueda llegar a pensar, la evidencia muestra que mano a mano con las motivaciones comerciales y el sentido de la aventura, se encontraba el deseo de expandir la fe católica, de sacar de la oscuridad de la idolatría a los pueblos recién encontrados, de transmitirles los valores cristianos.

El primer ejemplo de esto es el mismo Cristóbal Colón. En su bitácora de viaje, a bordo de la Santa María, escribe que se ha embarcado no solamente para encontrar una ruta marítima occidental para alcanzar las Indias, sino para poder llegar a la misma Jerusalén. [6] Aún es sus últimos días, cuando «cada vez era más inepto, mental y físicamente, pero no por eso dejada de fraguar fantásticos planes de navegar hacia el Poniente, para llegar por el Mar Rojo a libertar la Tierra Santa». [7] Otros hablan de su conciencia misionera y «algo mística», de su cristianismo «profundo y pontificio». [8] En uno de sus primeros registros en su bitácora al encontrar tierra firme en América manifiesta que la gente allí encontrada es sencilla y a su parecer abrazaran sin mayor inconveniente y de buena manera la fe cristiana. [9]

La reina Isabel escribe en un codicilo a su testamento que la razón principal por la cual les fueron otorgadas las concesiones papales en las tierras descubiertas, fue la evangelización de los pueblos, en sus propias palabras «procurar inducir y traer los pueblos de ellas y convertirlos a nuestra santa fe católica, y enviar a las dichas Islas y Tierra Firme, prelados y religiosos y otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir [a] los vecinos y moradores de ellas en la fe católica, y enseñarlos y doctrinarlos [en] las buenas costumbres, y poner en ello la diligencia debida». [10] En el mismo documento pide a su esposo el rey Fernando, a su hija la princesa Juana y a su yerno Felipe, que se esmeren en continuar esa labor, poniendo especial cuidado en la protección de los indios remediando toda posible injusticia contra ellos cometida.

La motivación espiritual y humanitaria queda plasmada en las razones de su venida que Fr. Bernardino de Sahagún, el gran recopilador e historiador español de la cultura azteca, dio a unos caciques indígenas a su llegada a territorio mexicano en la primera mitad del siglo XVI. Schlarman cita a Pius J. Barth y enumera las razones así: [11]

  1. Vinieron para convertir a los indios al verdadero Dios, por medio del Redentor Jesucristo, que predicó la misma doctrina que él mandó fuese predicada por sus Apóstoles y sucesores a todas las naciones.
  2. Fueron enviados a este largo y peligroso viaje, no para lograr alguna ganancia temporal, sino para la salvación y bien espiritual de sus almas.
  3. Vinieron a enseñar una doctrina que no es puramente humana, ni tampoco inventada por el ingenio humano, sino que tiene su origen en la revelación divina.
  4. Vinieron a dar razón a los indios del Reino espiritual, cuya cabeza es el Dios Omnipotente del cielo, el cual tiene un Vicario terreno en el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.
  5. Procuran el progreso cultural de los indígenas haciendo que cultiven su propia lengua, sus artes, y escribiendo gramáticas y diccionarios.
  6. Ellos predican celosamente y enseñan la doctrina católica y componen catecismos.
  7.  Administran fervorosamente los sacramentos.
  8.  Se ocupan en la enseñanza de aquellos conocimientos básicos de la civilización, como la lectura, la escritura, la aritmética y el canto, que facilitan la formación de un nuevo orden.
  9. Se esfuerzan en hacer desaparecer la adoración de ídolos.
  10. Construyen iglesias y hospitales.

Es de llamar la atención ese celo misionero, que para nuestra mentalidad moderna resulta casi incompatible con los abusos de poder y atrocidades que también se cometieron con los indígenas naturales de las tierras americanas. Pero el caso de los abusos y crueldades cometidos por la mayoría de los españoles, no pueden opacar los esfuerzos evangelizadores y educadores que emprendieron en los primeros años unos pocos misioneros, en número y recursos muy menores a la gran cantidad de laicos que se encontraban en las labores de conquista. Un celo misionero que se encontraba aún en la figura del temible Hernán Cortés, para desconcierto de sus biógrafos e historiadores, que no encuentran como reconciliar la profunda fe de hombres cuyas acciones muchas veces reflejaban tremendas barbaries. Esta aparente paradoja se vive aún en nuestros días, donde la gran mayoría de los que nos llamamos cristianos no vivimos de acuerdo a las doctrinas que profesamos, y donde son sólo unos cuantos los que dan ejemplo vivo día con día de lo que significa ser discípulos de Jesucristo. Pero a diferencia de los tiempos actuales, donde la fe se ha vuelto para la mayoría un accesorio dispensable en la vida diaria, en aquellos días, y para aquellos hombres, representaba la esencia de todo. Salvador Madariaga [12] lo ha puesto así: «Hay que desembrollar la madeja que forman las diferentes tendencias que componen la vida de aquellos turbulentos días. La corriente más pura y admirable era el celo por la fe de aquellos espíritus legítimamente españoles. En aquel tiempo la vida religiosa era la médula de toda la vida; no existían disidentes; pecadores sí había, pero el peor de ellos admitía la única verdad que existe».

La intervención del cielo

Quizá haya sido por esas incongruencias entre la predicación de los misioneros y los tratos de los conquistadores que muchos de los nativos indígenas resistían el cristianismo. En las islas donde se establecieron los primeros centros de colonización, como La Española y Cuba, el número de los nativos había sido mermado considerablemente. En las Antillas casi habían desaparecido. Casi la mayoría de los pocos restantes habían abrazado la fe. Pero en ninguna de las islas, grandes o pequeñas, se encontraban cantidades de indígenas tan numerosas como lo había en tierra firme, lógicamente. Y el territorio mexicano era el ejemplo perfecto de estas incongruencias.

Diez años después de la caída de la imponente Tenochtitlán, capital del Imperio Azteca, la paz parecía volver a esos territorios. A pesar de las matanzas que se registraron durante la toma de la ciudad a lo largo de dos años, y los muchos maltratos en los años posteriores, los esfuerzos evangelizadores comenzaban a dar fruto en pequeñas notas. En 1518, Juan Díaz, un clérigo acompañante de Juan de Grijalva había celebrado la primera misa en territorio mexicano. [13] Desde su llegada en 1519, Cortés se había empeñado, entre otras cosas, en destruir los templos de los ídolos y desarraigar las costumbres de los sacrificios humanos de entre los nativos. En 1523 habían llegado tres franciscanos, entre ellos el ilustre Pedro van de Moere, conocido en la historia como Fray Pedro de Gante, de familia acomodada en Europa, pariente cercano del Emperador Carlos V. Un año después había llegado un grupo de doce misioneros franciscanos también, de los cuáles, Fray Toribio de Benavente, conocido por los indios como Motolinia (el pobre), alcanzó el mayor aprecio y cariño de los indígenas. En 1526 desembarcaron doce frailes dominicos, y en 1527 llegó a la Nueva España su primer obispo, Fray Julián Garcés, también dominico, para regir la primera diócesis mexicana, la de Tlaxcala-Puebla. [14] En 1528 llegó Fray Juan de Zumárraga, franciscano, como obispo de la diócesis de México. Entrar en detalles acerca de los personajes, métodos, dificultades y contratiempos de la primera evangelización será tema para otra entrega. Baste aquí notar que para 1531, apenas treinta y nueve años después de la primera llegada de Colón a las Américas, cuando Pizarro ya comenzaba la conquista del Imperio Inca en el Perú, la Iglesia Católica en las islas y en la parte central del territorio mexicano contaba ya con una estructura y organización definidas. Sin embargo, y sin menospreciar los frutos cosechados por estos primeros misioneros, los indígenas aún mostraban una resistencia pasiva al evangelio. Es en este punto de la historia, cuando sucede un evento que alteraría para siempre la historia universal. ¡Sea quizá este el evento que originó la conversión en masa más numerosa de la historia del cristianismo en XXI siglos! Sin contar que tan buenos resultados había dado la primera ola de evangelización, lo que sucedió después nadie lo tenía previsto.

Relata Fray Toribio de Benavente, Motolinía, en 1541, que eran alrededor de nueve millones los indígenas que se habían bautizado voluntariamente. «¡El sólo habría administrado el sacramento a unos trescientos mil!». [15] Fray Pedro de Gante informaba que en muchos días, el conducía a «la Iglesia de los Apóstoles a ¡entre cuatro y diez mil naturales!» [16] Lo que treinta y nueve años de encuentros, a veces pacíficos a veces muy violentos, no habían logrado, un encuentro entre uno de los indígenas y una enigmática jovencita de suave rostro lo estaba logrando, que por propia decisión, millones de almas abrazaran el cristianismo, la verdadera fe.

Entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531, hace 475 años, en una colina cercana a la hoy Cd. de México, el indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin, bautizado tiempo antes, recibió cuatro visitas de una señora que se presentó ante él como «la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra», según nos relata el Nican Mopohua [17] (náhuatl que significa «Aquí se narra»), texto escrito por primera vez por Antonio Valeriano, indígena colaborador de Fray Bernardino de Sahagún a mediados del siglo XVI, cuyo original ha desaparecido, y que rescató Luis Lasso de la Vega en un trabajo propio en el año de 1649. [18] Más lo que conocemos de dichas apariciones al indígena Juan Diego (hoy santo de la Iglesia Católica), no son sólo el producto de su testimonio y de lo recopilado en el Nican Mopohua. La señora dejó su imagen impresa en una tilma hecha de fibras de agave como prueba para todo aquel que quisiera verla. Dicha tilma, con la imagen, puede ser vista por cualquiera en la basílica que en honor de dicha señora se encuentra en la actual Ciudad de México.

Lo que los millones (en su inmensa mayoría indígenas pero también muchos españoles) de habitantes vieron (y siguen viendo) en la imagen fue algo espectacular. La señora tiene el vestido decorado con infinidad de símbolos; el manto repleto de estrellas; las manos juntas en actitud de oración; la mirada tierna; el sol brilla a sus espaldas y la luna está a sus pies; una figura de lo que parece un niño con alas de águila sostiene su vestido. Para los aztecas -y con ellos todos los demás habitantes de los distintos linajes propios de la región-cuyo único lenguaje escrito era el de los símbolos, la imagen era como un libro abierto. Le creyeron a Juan Diego, y le creyeron también entonces a lo que los misioneros les habían estado predicando por años. El mismo Dios, Señor del cielo y de la tierra, les había enviado una señal portentosa, y se las había enviado con uno de los suyos. Lo mismo que Dios había permitido que las señales milagrosas (a manera de confirmación) acompañaran la predicación de los apóstoles en las primeras décadas de le evangelización del viejo mundo (cf. Hechos 2, 43; 3, 1-10); ahora había permitido que su madre misma fuera esa señal que acompañara la predicación, también en las primeras décadas, de la evangelización del nuevo, como confirmando una vez más que él es el Dios universal, el único, y que su deseo es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Timoteo 2, 4).

Entre los muchos símbolos hay uno en particular que pasa desapercibido para la mayoría de los que vemos la imagen el día de hoy, acostumbrados como estamos a no prestar atención a los pequeños detalles. No sucedió así con Juan Diego; no sucedió así con Fray Juan de Zumárraga cuando la imagen se descubrió ante sus ojos; y ciertamente no sucedió así con los millones que la vieron en aquellos primeros años. Es una pequeña joya en el cuello de la señora, resplandeciente más que el oro, y en esa joya una cruz. La misma cruz que los indígenas habían visto en los escudos de los españoles; la misma cruz presentada por los misioneros; la misma cruz que estaba en el estandarte que ondeaba del palo mayor de la embarcación en la que había llegado Cortés en 1519, cuyo nombre era la «Santa María de la Concepción», y que llevaba la invitación en latín: «Amici sequamur crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincemus (Amigos, sigamos la Cruz. Si de veras creemos en ella, de verdad, en este signo venceremos)»: [19] la Cruz del verdadero Dios por quien se vive. Ella no pedía para sí la adoración que sólo al verdadero Dios corresponde, nunca la ha pedido, y nunca nadie la ha adorado como tal. Lo que los millones de indígenas le dieron a la señora -así como millones antes y después de ellos, de todas las razas-fue el amor, respeto y honor que se le deben a una madre, tal cual aparece en las escrituras, «dad a cada cual lo que se debe» (Romanos 13, 7). La «Santa María» se había querido quedar en las Américas, acompañando a todos sus pueblos, desde su primera venida con Colón. El Señor entregaba a todos los pueblos de América una madre, a esa multitud de discípulos amados, tal como lo hiciera con otro Juan, siglos atrás (cf. Juan 19, 26-27). Ellos la acogerían en su casa, y ella se quedaría para siempre.

 

 


 

[1] Schlarman, Joseph H.L. México Tierra de Volcanes. De Hernán Cortés a Luis Echeverría Alvarez». 11 edición. Editorial Porrúa, S.A. México, 1978. p. 16

[2] Badde, Paul. La Morenita. Cómo la aparición de la Virgen configuró la historia universal. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. México, 2005. p. 14

[3] Portugal había emprendido pocos años antes la exploración de la costa occidental de áfrica con la venia papal, y se pensaba con «derechos» sobre los descubrimientos de Colón.

[4] Lopetegui, León S.J. y Zubillaga, Félix S.J. Historia de la Iglesia en la América Española. La Editorial Católica, S.A. España, 1965. pp. 42-44. Los nombres de dichas bulas son: Inter caetera; Eximia devotionis sinceritas; una segunda Inter caetera, y Dudum siquidem. Para tener una mejor comprensión acerca de las concepciones medievales del poder temporal pontificio refiérase al capítulo VI de la misma obra.

[5] Ibíd.

[6] Badde, Paul. p. 13

[7] Schlarman, Joseph H.L. p. 25

[8] Lopetegui, León S.J. y Zubillaga, Félix S.J. p. 41

[9] Documentos para el estudio de la Historia de la Iglesia en América Latina. Extracto del Diario de abordo de Cristóbal Colón. http://webs.advance.com.ar/pfernando/DocsIglLA/Colon-indigenas.htm

[10] Documentos para el estudio de la Historia de la Iglesia en América Latina. Aspectos indianos del testamento de Isabel la Católica. Para leer el codicilo completo véase: http://webs.advance.com.ar/pfernando/DocsIglLA/IsaCat-Testamento.htm

[11] Schlarman, Joseph H.L. p. 154

[12] Schlarman, Joseph H.L. p. 48

[13] Gutiérrez Casillas, José. Historia de la Iglesia en México. Editorial Porrúa, S.A. México, 1974. p. 27

[14] Ibíd., p. 38

[15] Badde, Paul. p. 22

[16] Ibíd.

[17] Versión en castellano del Nican Mopohua presentada en el libro de Badde.

[18] Ibíd. p. 24

[19] Ibíd. p. 15