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Cesare Cavalleri

Por apologética se ha entendido siempre la disputa con los adversarios de la fe, una especie de duelo que culmina con un remate victorioso. Cabe recordar que en el maravilloso fresco de Filippino Lippi “Triunfo de Santo Tomás” – pintado por encargo de Oliviero Carafa entre el 1489 y 1492 en la basílica romana de Santa Maria Sopra Minerva-el santo, representado en un trono, no se limita a señalar el error caído frente a él (representado por un anciano enojado que tiene un rollo con las palabras “malitiam Sapientia vincit”, trad. ‘la malicia vence a la sabiduría’) pero para mayor seguridad, le impone en un pie. Tomás es también flanqueado por cuatro figuras femeninas (Gramática, Retórica, Lógica y Filosofía) que ni siquiera se dignan mirar al derrotado.

Sin embargo, la apologética más moderna no intenta humillar para refutar el error, sacudiendo por el cuello al adversario. Como se ilustra en el Catecismo de la Iglesia Católica, que refleja la experiencia teológica y pastoral del Concilio Vaticano II, la idea es más bien a exponer “las buenas razones de la fe”, argumentando de manera positiva, dinámica pasando, por decirlo así, de la “dialéctica” a la “narrativa”. Por otra parte, Paulo VI, en la encíclica Evangelii Nuntiandi (1975) ya observada que “el hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros”.

Así, incluso Vittorio Messori, el príncipe de los apologistas contemporáneos, ha elegido transmitir su testimonio de fe explicando las consecuencias permanentes de eso que le ocurrió en su juventud turinesa una tarde de agosto de 1964, cuando Jesucristo irrumpió súbitamente en su vida, transformando a un muchacho bastante libertino de veintitrés años y criado en una cultura estrictamente secular, en un cristiano católico consciente de la responsabilidad de participar a otros de la alegría redescubrir la fe. Vino luego un libro de 432 páginas titulado Perché credo–Una vita per rendere ragione della fede (publ. Piemme, Casale Monferrato 2008), en en el que Messori accedió a contestar las preguntas de Andrea Tornielli. Por error, el apellido del autor aparece en el índice de la obra como “Tornelli” que en italiano significa “molinete”. Y en realidad las preguntas de Tornielli resultan ser “molinetes” que Messori usa para facilitar nuestra entrada a una apologética sólida y fascinante, narrando en primera persona su viaje por la vida.

Así desfilan ante el lector los principales problemas del cristianismo de hoy: la reforma litúrgica, la defensa y promoción de la vida, la necesaria diversidad de los católicos en la vida política (“una minoría para nada insignificante”) la relación entre ciencia y fe, entre la fe y la filosofía. Es este último punto el que Messori utiliza para replantear la autocrítica que ya expusiera en el epílogo de la oncena reedición de La Hipótesis de Jesús: afirmándose en Pascal, que en en sus Memorias afirma haber encontrado “al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob y no el de los filósofos y los sabios”. Aunque Messori también fue tentado por una falsa elección excluyente entre la fe y la razón, posteriores reflexiones lo convencieron que el cristianismo es la religión de la inclusividad en la cual los extremos opuestos conviven, como debe corresponder a la religión del “Dios Perfecto” y del “hombre perfecto”. Esa inclusividad es la herramienta metodológica preferida por Messori (y que quizás repite un poco demasiado en este libro), algo que justamente coincide con el lema personal de Jean Guitton, otro reconocido maestro: “Soy católico porque quiero todo”. El último capítulo es un acto apasionado de fe y amor por la Iglesia, en el que Messori llega a conmoverse repitiendo de memoria el Pentecostés de Manzoni, versos, que en mi opinión, están entre lo más feo de la literatura italiana.

Un apologista bellísimo, un libro profundísimo, que confirma la fe de los creyentes y extiende una mano fraterna a los que no creen, pues se centra en el encuentro personal de Messori con Cristo en el Santo Sudario de Turín del cual Messori es también un defensor apasionado.

Traducido del italiano por Carlos Caso-Rosendi.

Publicado originalmente en Avvenire