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William Saunders

A veces me pregunto por qué me hice católico y qué serie de eventos me llevó a entrar en la Iglesia. Uno de esos eventos—aunque parezca paradójico—es que crecí en la Iglesia Metodista. No intento con esto despreciar lo que hoy es mayormente parte de un protestantismo de iglesias vacías. Los metodistas de mi juventud eran los mejores cristianos que he conocido. Me enseñaron a amar al Señor y tomarme seriamente la caridad ayudando a otros.

No había antocatolicismo entre esas personas en mi Carolina del Norte natal. Veían a los católicos como verdaderos cristianos tales como ellos mismos se consideraban. Dado el afecto y el amor que siempre he sentido por esa gente, si ellos hubieran sido hostiles al catolicismo, eso hubiera sido un verdadero obstáculo para mi. Pero ese no fue el caso y siempre permanecí abierto a la influencia del Espíritu Santo que me guió a la Iglesia en la vida adulta.

Entre estos nobles metodistas estaban mi padres. No pudiera haber pedido mejores padres. Tuve la bendición de crecer en un hogar cristiano feliz.

Mi padre falleció hace cuatro años, mi madre hace apenas un año. Ella era una verdadera dama, llena de energía, fe y buenas obras. Su frase favorita era: “Cuando la vida te brinda limones, haz limonada”. Y eso es lo que ella siempre hizo especialmente en sus dos últimos años, que tuvo que pasar en cama debido a un derrame cerebral.

La quería mucho y la extraño. Y aquí viene la segunda razón por la que me hice católico. Soy católico porque no soy un tonto y creo que solamente un tonto despreciaría los regalos que Dios nos da por medio de la Iglesia.

Entre esos regalos están lo que algunos llaman “prácticas piadosas”. Si bien algunos que no las entienden se burlan de ellas como si fueran supersticiones, la realidad es que ciertas prácticas, como “rezar el Rosario” realmente tocan nuestra humanidad, nuestra realidad como seres encarnados compuestos de carne y espíritu. No son simplemente oraciones que se hagan con la mente, son oraciones físicas. Por medio de pronunciar las palabras en voz alta, tocar las cuentas del Rosario, mover nuestros dedos, nuestra naturaleza física se entrelaza con la oración y así se une a nuestra naturaleza espiritual en súplica al Señor.

El Rosario fue un regalo que la Santísima Virgen María le dió a Sto. Domingo. Ella es el mayor regalo que hemos recibido los católicos. Para que podamos rezar con efectividad, ella nos dió las oraciones que mejor nos acercan a su Hijo. De esa manera estamos realmente en contacto con el poder real en el universo. Esto no es ninguna cháchara piadosa—recordemos que la única razón por la que hoy no estamos rezando cinco veces al día mirando a la Meca, es por la fe de aquellos que rezaron el Rosario pidiendo por la derrota de las fuerzas del Sultán en Lepanto en 1571. Eso es lo que recordamos en la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario cada mes de octubre. Por nuestras oraciones, el poder de Dios puede entrar y actuar en este mundo.

A diferencia de ciertas formas gnósticas de cristianismo, el catolicismo consiste en lo que podríamos llamar el gozo de la realidad, diferente del tipo de alegría vacía que es parte de la cultura popular en el mundo de hoy. La alegría católica está enraizada en la realidad. Y la realidad de este mundo es que todos sufrimos y morimos en éste —que, esperamos—sea nuestro camino a la vida eterna.

Cuando alguien que amamos muere, los extrañamos. No emocionalmente, sino físicamente. Quiero decir que deseamos tomarlos de la mano, abrazarlos… Pareciera que toda posibilidad de satisfacer esa necesidad se ha esfumado junto con la presencia física del ser amado.

Uno de los grandes dones del catolicimo—al menos en mi opinión—es poder ir a la tumba donde el cuerpo de un ser querido espera la resurrección. De esa manera podemos estar en una especie de proximidad física con aquellos que han muerto.

Hace dos semanas, por primera vez desde su funeral, visité la tumba de mi madre. Junto a un amigo, rezamos el Rosario en voz alta por el reposo de su alma. Me pareció que estar parado allí cerca de su tumba, recitando las palabras que Nuestra Señora nos enseñó, parecía más real que ninguna otra oración que hubiera rezado antes. Me sentí consolado y lo que es más importante, me sentí conectado con las realidades últimas de la vida—Dios, la Madre de Dios, mi madre, el más allá y la vida encarnada que vendrá con la resurrección de los justos.

Le doy gracias a la Iglesia Católica por darnos una fe que toca y transforma la realidad física. Le doy gracias por la fe que en la Cuaresma nos lleva a negar nuestra parte física para que podamos conectar con Dios más profundamente en la fe que nos lleva al Tridio Pascual que no enseña la realidad del dolor, el sufrimiento y la muerte. Una realidad compartida por Aquel que nos redimió por Su muerte en la Cruz y por nuestros seres queridos que han partido.

 


William Saunders es Decano Asociado del Family Research Council. Graduado en Leyes en Harvard, escribe frecuentemente sobre asuntos legales y política. ©2009 The Catholic Thing. Derechos Reservados. Traducido por Carlos Caso-Rosendi

Publicado originalmente en The Catholic Thing