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Luciano Gulli

Si un dia le hubieran dicho a Vittorio Messori que iba a llegar a arrodillarse para besar el anillo de dos papas y a ganarse la vida entre curas, obispos y cardenales, no lo hubiera creído. No, no él que a sus veinte años se comía a los curas vivos y era un liberal agnóstico con simpatías por el PCI (Partido Comunista Italiano). Ni su familia, de fascistas emilianos sin complejos, ni siquiera sus maestros laicistas de la Universidad de Torino, ciudad donde Messori alcanzó la fama. Gente del calibre de Norberto Bobbio, Alessandro Gallante Garrone, Luigi Firpo. El estudio, las conexiones sociales, la formación laica—porque estaba destinado a los libros—lo hacían el candidato ideal de la Enaudi. Y así las cosas—aún el estrepitoso suceso de sus libros no lo ha liberado de la obligación de escribir—para Ediciones Paulinas o Familia Cristiana. En su caso (algo que él mismo admite) no se puede negar la evidencia de una intervención decisiva, casi a brazo partido, de la Divina Providencia.

Messori me recibe como si fuera el guardián del lugar, en el vasto silencio de la milenaria abadía de Maguzzano, tras los olivos y cipreses que enmarcan al Lago de Garda. En una sala de la abadía, de cual el escritor se ha convertido en gran custodio (tiene un estudio aparte que perteneció alguna vez al monje de guardia). Se ve una foto de Gabriele D’Annunzio, como siempre de rigurosa bufanda posando entre dos humildes frailes. La foto está fechada el 19 de septiembre de 1922. Me cuenta Messori, risueño: “En esa época los periódicos del mundo entero hablaban de la conversión del poeta, y hasta decían que iba a entrar a la vida religiosa en este convento. El respondía que ‘sí, monaco… perché no?’ Pero era un simple juego de palabras non sancto. Comprensiblemente los frailes no recibieron bien ese comentario.”

La conversión de Messori llega en 1964, cuatro años antes del mítico 68 del cual hablaremos ahora. Fue entonces que, para no enfadar aún más a Galante Garrone, a Bobbio y a sus propios familiares, Messori comenzó a asistir a Misa veladamente. “Al principio fue una aventura interior… “secretum meum mihi” como decía San Agustín: “mi secreto es solamente mío”. Aquí es cuando debo responder a la inevitable pregunta de cómo sucedió. Entiéndase que yo no había renegado de la cultura laicista. Reafirmaba el laicismo, la ideología. Simplemente me fui a otra parte. Me di cuenta, por el camino, que la cultura laica era insuficiente porque responde a las demandas anteúltimas: la cosa política y cultural. Para lo que no tiene respuestas es para las cuestiones últimas, el sentido de la vida y de la muerte.”

Después de una breve experiencia como editor de la publicación de los Salesianos, Messori entra en la Stampa Sera, bajo la dirección de Alberto Ronchey. “Escapaba de un destino intelectual”, sonríe encendiendo un cigarrillo. “Aquello fue algo colorido, alegre, en el ’68, duró unos cuantos meses. Había motivos para protestar, eso estaba claro. La universidad era un anacronismo, una baronía. La moral era a menudo mero moralismo: Pero la temporada de flores, ese hermoso mayo del ’68 duró poco. Luego llegó el momento de fanatismo ideológico, y acto seguido, los años de plomo y las drogas.”

Incluso en los periódicos, en los que hasta entonces reinaban los directores como los monarcas absolutos (la redacción de La Stampa se ponía de pie cuando aparecía el director) el poder terminó en manos de los jacobinos. Eran los CDR, comités de redacción, en un clima de asamblea permanente, los que decidían haciendo la parte de patrones, decidiendo los títulos e incluso la contratación. Y, por supuesto, los más extremistas eran los niños ricos de la burguesía de Turín, como lo fue durante la Revolución Francesa, provocada por los ricos y los progresistas de clase media y aristócratas camuflados. Una minoría, arrogante, violenta y agitadora que mientras se quemaba el techo de la planta impresora de Mirafiori, estaban de brindis para celebrar las llamas en la casa de los propietarios, los odiosos Agnelli, que eran quienes les pagaban esos generosos salarios. ”

De esos años, Messori tiene recuerdos personales, que requieren que encienda otro cigarrillo. “Fui a una conferencia de prensa del fundador de Amnistía Internacional, Peter Benenson, que abrió una oficina en Turín. El programa era sobre los coroneles de Grecia, el Chile de Pinochet, y también la falta de los derechos humanos en Europa Oriental. Estos eran los puntos salientes de la conferencia de prensa de Beneson. Escribí dos esquelas. Pero cuando vi el periódico impreso, me di cuenta de que todas las referencias a los países del comunismo habían desaparecido. Protesté al jefe de reporteros, Ernesto Gagliano. Extendiendo sus brazos me murmuró: “¿Qué se puede hacer? El CDR lo ha leído y lo ha aprobado…”. Esto ocurrió en La Stampa. Lo mismo pasaba en el Corriere della Sera del que se escapó a la carrera Indro Montanelli para fundar lo que hoy es La Giornata.”

La embriaguez de esos años afectó aun a la Iglesia. Recuerdo la temporada de ‘sacerdotes trabajadores’ que finalmente fueron expulsados por los trabajadores porque les quitaban oportunidades de empleo a los padres de familia. El protagonista de este extraño incidente proveniente de una lectura pro-proletaria del Evangelio fue el cardenal de Turín, Michele Pellegrino. Eran los años de la carta pastoral titulada Peregrino Caminemos Juntos. ¿Junto con quién? —¡Pero con los comunistas, por supuesto! Messori sacude la cabeza. “Pellegrino, hombre santo, distinguido estudioso de la patrística, pero sin experiencia pastoral, que se tomó en serio el mito de la clase obrera, olvidando que en la Fiat, incluso en esos años, los miembros del sindicato eran minoría, y también los de la FIOM, (Federación Industrial Obrera Metalúrgica). Todas eran minorías una dentro de otra.”

“Cuando lo entronizaron arzobispo, Pellegrino recibió un regalo de los fieles, como era la tradición, una cruz pectoral de oro. Que vendió, demagógicamente para dedicar los ingresos a “los marginados” luego de sustituir la cruz por una de madera. ¿Demagogia o la caridad evangélica? Cuando se dirigía a su seminario, en Rivoli, fue recibido por los futuros sacerdotes, y así de sotana, alzaba los brazos a puño cerrado y repetía la consigna como un mantra, por las calles:”—¡Viva Marx, Lenin, viva, viva Mao-Tse-Tung!”. Yo, que estaba allí como periodista, lo he visto con mis propios ojos. Resultado: en unos pocos años, el seminario se vació y se vendió la propiedad. Eso era en aquel entonces. Hoy la diócesis de Turín, tiene dos millones de bautizados y dos órdenes de sacerdotes al año. Cuando está bien está muy bien. Cuando anda mal, es un cero total”.

Messori es el único periodista que ha entrevistado a dos Papas (Cruzando el Umbral de la Esperanza, Juan Pablo II: treinta millones de ejemplares en 53 idiomas, y el Informe Sobre la Fe con el entonces Prefecto del Santo Oficio, Joseph Ratzinger) estuvo allí, inmerso en la locura de los años sesenta, “esperando que terminara el carnaval,” y continuaba su lenta búsqueda de la verdad del Evangelio. “De la iglesia salían la confusa multitud de sacerdotes y monjas que habían descubierto Marx, Freud, Nietzsche. Yo, golpeaba a las puertas de aquella Iglesia, decepcionado por sus maestros. En silencio, trabajé en La Hipótesis de Jesús, en medio de todo esa festichola cato-comunista. Y después de dos años, el libro vendía sólo en Italia, un millón de copias.”

Paseando por el claustro del convento, antes de retirarme, le pido que me defina, el legado de sesenta. Lo piensa un poco. Entonces dice: “Todas las revoluciones, desde el iluminismo en adelante son revoluciones fallidas. Con la excepción de la revolución sexual. Los que tenían veinte años en los sesenta, fueron los que llegaron a cuarenta en la década de los ochenta, la generación más hedonista, desvergonzada, egoísta y depredadora del siglo. Vea los estragos que han provocado en la vida emocional, la familia, el sexo, el aumento en la infelicidad de la gente. El 53 por ciento de los matrimonios en Milán y Turín termina en los tribunales.

Comenta sobre la homofobia: “Si bien antes de los sesenta era lamentable el trato que se daba a los homosexuales, hoy nos hemos pasado a la “homocracia”, y se arrastra a los tribunales, incluso alguien que llame “normales” a los que no son gay. Es un nuevo conformismo. Una nueva inquisición. No hemos ganado nada.”

Traducido por Carlos Caso-Rosendi.


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