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Curtis Martin

¿Quién nunca se ha sentido frustrado tratando de leer la Biblia? El mismo libro es de por sí algo intimidante, con más de mil páginas y raramente con imágenes. Los personajes parecen haber sido extraídos directamente de la Iliada o la Odisea: «Misráyim engendró a los luditas, anamitas, lehabitas y naftujitas» (Génesis 10,13). Tratar de leer el Texto Sagrado puede darnos más transpiración que inspiración, así que ¿qué puede hacer el laico? Mucha gente lee comentarios modernos o hasta toman clases sobre la Biblia, siempre buscando pistas que puedan ayudar a abrir la Página Sagrada, aunque sea una rendija, para experimentar el gozo, la sabiduría y los efectos transformadores de vida, cosas de las cuales hablan los santos y muchos de nuestros amigos evangélicos. Aquí, empero, es donde más frecuentemente empiezan los problemas.

Un típico curso de «Introducción a la Biblia» casi nos compele a aprender un nuevo lenguaje y un nuevo alfabeto. Por ejemplo, en lugar de que Moisés sea el autor del Pentateuco (los primeros cinco libros), se nos dice que los verdaderos autores fueron Y, E, S y D. Justo cuando uno se familiariza con el profeta Isaías, primero nos dicen que son dos de ellos, después que son tres. A aquellos que pensaban que Mateo escribió el primer Evangelio se les dice que no es así, que fue Marcos, bueno, en realidad, que fue Q (o Q1, Q2, y Q3 para los más adelantados). Justo cuando las cartas de San Pablo estaban empezando a ser instructivas, alguien señala que no todas son de él. ¿Qué puede hacer el fiel Católico entre todo este enredado desastre? Cada nuevo vestigio de información solamente puede llamarnos la atención en lo poco que podemos aprender y saber.

¿Amnesia doctrinal?

No es siempre fácil discernir cómo la erudición moderna puede estar en unión con las enseñanzas oficiales de la Iglesia. Un reciente artículo que apareció en Catholic Twin Circle señaló que la mayoría de los eruditos dudan la naturaleza histórica de muchos pasajes en la Escritura: «La mayoría de eruditos norteamericanos generalmente consideran las narraciones de la Infancia -la visita de los magos, la huída a Egipto, la masacre de los inocentes-como leyendas religiosas creadas por los evangelistas o sus fuentes, para transmitir verdades teológicas sobre Cristo» (Hutchinson, «The Case for Christmas,» Catholic Twin Circle, p. 10, 12/24/95).

Esta postura no solamente es contraria a lo que muchos Católicos siempre habían creído como verdad, sino que también parece difícil reconciliar con la enseñanza del Magisterio. Por ejemplo, en el Silabus de Errores, el Papa San Pío X cita la siguiente declaración como ejemplo de la herejía Modernista: «en muchas narraciones el Evangelista registró, no tanto de las cosas que son ciertas o verdaderas, como cosas que, aunque sean falsas, juzgaron que eran beneficiosas para sus lectores» (Lamentabili Sane, 14, 1907). El Católico promedio quiere estar bien informado y ser inteligente, pero también quiere ser fiel. A partir de mis propios estudios, está muy lejos de ser claro cómo las dos posturas puedan estar unidas. Esto parece ser que algunos expertos en la Biblia están sufriendo de amnesia doctrinal.

Pero aunque la erudición moderna pudiera estar en armonía con las enseñanzas oficiales de la Iglesia, sigue pasando por alto lo más importante del asunto. El Vaticano II nos exhorta a interpretar la Escritura cuidadosa y esmeradamente y usar la erudición y sabiduría humanos (Cf. Dei Verbum, 12). A pesar de esto, al laico promedio le parece que los eruditos se han interesado más en sus propias «erudiciones» que en lo que la Biblia actualmente dice, como si las «lupas» de ellos fueran más importantes que el mundo a quien esas lupas fueron diseñadas para ayudar a ver. La misma Biblia advierte que algunos de sus textos son difíciles de entender (Cf. 2 Pedro 3,16), pero algunos eruditos modernos hacen que esta empresa parezca ser imposible.

Recuerdo que cuando enseñé catecismo para el séptimo grado, hace algunos años, una noche íbamos a examinar el Evangelio de San Juan. El manual para maestros empezaba así: «Asegúrese de recalcar a los alumnos que el Apóstol Juan no fue el autor del cuarto Evangelio.» Aunque esto fuera verdad, esto no es catequesis -la Pontificia Comisión Bíblica, en sus resultados de 1907, declaró que San Juan tiene que ser reconocido como el autor. He aquí la tragedia: en el Evangelio de San Juan tenemos muchas enseñanzas maravillosas, incluyendo la más irresistible explicación de la Eucaristía (Juan 6), la institución del Sacramento de la Confesión (Juan 20,23), algunas de las más claras enseñanzas sobre la divinidad de Cristo (por Ej., Juan1:1-18; 8,58), y muchos penetrantes textos que en ninguna otra parte son encontrados. Pero todas estas cosas supuestamente debían de tomar el «asiento trasero» para que yo pudiera recalcar a los estudiantes que San Juan no escribió el Evangelio de San Juan. ¿Cómo puede esto ayudar a jóvenes para que profundicen su fe en Jesucristo y su Iglesia? Aunque ello fuera verdad, es relativamente insignificante.

Para mí, la confusión parecía innecesaria. Como un Católico-Romano alejado de la Iglesia Católica, fue por medio de leer la Biblia Protestante que llegué a ver que la verdadera Iglesia de la Biblia era, de hecho, el Catolicismo Romano. Como un reciente «reconvertido», rápidamente empecé a ver que leyendo la Biblia como Católico requería un aparente enfrentamiento a muchos retos y dificultades. Yo quería ser fiel a la Iglesia que había nuevamente descubierto en ser el Cuerpo místico de Cristo, pero parecía que los «expertos» me estaban quitando la Biblia de las manos. ¡Gracias a Dios por la Tradición y el Magisterio¡ Entre más escuchaba a los eruditos modernos, más confundido y frustrado me sentía. Decidí ir a las fuentes. Por medio de estudiar lo que la Iglesia declaraba en sus documentos oficiales, me di claramente cuenta que era su deseo que todos fueran Cristianos bíblicos y que todos los Cristianos bíblicos fueran Católico-Romanos.

He llegado a descubrir cinco principios básicos que nos permiten, a nosotros los laicos, leer la Biblia como Católico-Romanos y aumentar los beneficios que podemos obtener de la Sagrada Página. Hoy voy a compartir con usted estos principios, y después veremos un par de formas en las cuales podemos empezar nuestro propio estudio personal de la Palabra de Dios en la Escritura, para que esta «gran fuente de revelación Católica pueda estar accesible sana y abundantemente al rebaño de Cristo Jesús» (Papa Leo XIII, Providentissimus Deus, 2, 1893).

1. La verdad os hará libres: inspiración e inerrancia bíblica

«Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena.» (2 Timoteo 3:16-17).

El primer punto es darnos cuenta que la Sagrada Escritura es la misma Palabra de Dios. Así como la substancial Palabra de Dios se hizo hombre y se asemejó en todo a nosotros, «menos en el pecado,» así las palabras de Dios, expresadas en lenguaje humano, se hacen articulaciones humanas en cada aspecto, menos en el error (Papa Pío XII, Divino Afflante Spiritu, 37, 1943).

La Biblia es diferente de todos los demás libros ya que es inspirada por Dios. Pero es importante entender lo que la Iglesia quiere decir por «inspiración.» La Iglesia no quiere decir que la Biblia sea primeramente inspiracional, aunque frecuentemente lo es. Más bien, las Escrituras son referidas como inspiradas porque literalmente son impulsadas por Dios mismo. «La Sagrada Escritura no es como otros libros. Dictada por el Espíritu Santo, contiene materias de la más profunda importancia.» (Providentissimus Deus, 5). Es como dice el libro a los Hebreos, «Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos.» (Hebreos 4:12). El hecho que las palabras de la Escritura sean las mismas Palabras de Dios que se convierten en palabras del hombre le da un dinamismo interno que la hace diferente a los otros libros. Las Escrituras poseen una confiabilidad en la cual nosotros podemos poner toda nuestra confianza sobre lo que debemos creer y cómo debemos de actuar. Esta confiabilidad está basada sobre lo que la Iglesia llama inerrancia.

«..escritos [los libros de la Biblia] bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales fueron confiados a la misma Iglesia… [esta es] doctrina católica, que para los libros enteros con todas sus partes reivindica una tal autoridad divina, que está inmune de cualquier error.» (Divino Afflante Spiritu, introducción).

La inerrancia de la Biblia está basada en la integridad de Dios, quien no engaña ni puede ser engañado. Esta integridad, o fiabilidad, es la que distingue a la Biblia de todos los otros libros (Cf. Lamentabili Sane, 12). Típicamente, nosotros, como lectores, juzgamos los libros que leemos, decidiendo aceptar o rechazar las aserciones que encontramos. Pero las Escrituras -porque son escritas por Dios-juzgan al lector, llamándonos a una relación transformadora con el Autor principal, nuestro Padre celestial. Las Sagradas Escrituras, leídas a la luz de la Sagrada Tradición y con la guía del Magisterio, proveen esa firme fundación sobre la que podemos construir una vida de fe y apoyo en nuestra vida diaria (Cf. 1 Timoteo 3,15). La inspiración e inerrancia bíblicas son los principios fundamentales sobre los cuales la interpretación bíblica descansa.

Las palabras del Señor son verdaderas; para que él las diga, significa que él las dijo. «La Escritura no puede mentir y no se puede decir que la Escritura engañe ni admitir siquiera en sus palabras el solo error de nombre.» (Papa Benedicto XV, Spiritus Paraclitus, 13, 1920). Un ejemplo de esta lealtad a la Escritura no solamente se extiende a todos los santos, sino al mismo Señor nuestro que citó de toda parte de la Escritura con solemne testimonio: «no puede fallar la Escritura» (Juan 10, 35). Esta es la lealtad que también nosotros necesitamos si queremos experimentar los frutos que nuestro Señor quiere para los que «escuchan sus Palabras.»

2. Lo que siembres, eso cosecharás: la importancia de la sana interpretación

«Así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié (Isaías 55,11).

El tiempo que se use para leer la Biblia cuidadosamente y en oración, siempre será un tiempo de gran provecho. Esto, sin embargo, no significa que leer la Biblia sea fácil o sencillo. La Sagrada Escritura es como un gran lago, suficiente para que todos vengan y beban hasta saciarse, pero lo suficientemente profundo para que cualquiera se ahogue. Esta es la forma que Dios ha diseñado a la Biblia, para alentarnos a «escarbar» más profundamente pero con humildad. Al mismo tiempo que la Iglesia nos alienta a leer la Biblia, nos aconseja que la leamos cuidadosamente. Atención especial tiene que ponerse en los textos para que podamos discernir la intención del sagrado escritor. Esto incluye en fijarse en la forma literaria, o género, del texto: ¿es poesía, una parábola o una narración? La naturaleza del texto afectara el significado del pasaje:

«Excelentemente pertrechado con el conocimiento de las lenguas y los subsidios de la crítica, pase ya el exegeta católico a la tarea suprema entre cuantas se le imponen, esto es, hallar y exponer el verdadero sentido de los Sagrados Libros. Al hacerlo, los intérpretes católicos tengan siempre ante sus ojos que lo que más ahincadamente han de procurar es el discernir claramente y precisar cuál es el sentido de las palabras bíblicas…» (Divino Afflante Spiritu, 15).

El cuidado y voluntad propios para examinar siempre nuestro entendimiento a la luz de las enseñanzas de la Iglesia nos ayudarán a esquivar los opuestos errores del fundamentalismo y la incredulidad.

La Biblia trabaja algo así como una gamuza, una tela de piel para secar el coche después de lavarlo. Una gamuza debe estar húmeda para que pueda absorber lo que esté mojado. Esta es la paradoja del estudiante de la Biblia: tenemos que conocer la Biblia para poder conocerla mejor. Esto significa que en nuestra primer lectura podemos pasar desapercibidos muchos elementos y aspectos que en otra leída nos mostrarán. Pero Dios ha diseñado a la Escriturade tal manera que el lector fiel pueda obtener algo cada vez que la estudie.

Una buena idea es la de empezar en terrenos más familiares. El punto de inicio ideal para la lectura afectiva puede ser leyendo el Evangelio de San Juan en el Nuevo Testamento. Los Evangelios nos son conocidos, los escuchamos en cada Misa cada semana, o diariamente si asistimos. Los personajes del Nuevo Testamento también nos son conocidos, como María, los Apóstoles, etc. Imponiéndonos un tiempo cada día para leer una porción, nos conducirá rápidamente a través del Nuevo Testamento y, entonces, podemos estar listos para regresarnos al principio.

El Antiguo Testamento es más difícil, tenemos que admitirlo. Los nombres, lugares y eventos pueden ser extraños para el lector moderno. Recomiendo una serie de cintas grabadas por el Dr. Scott Hahn tituladas Salvation History.[1] En estas cintas, el Dr. Hahn provee un enmarque donde podemos empezar a tomar sentido de la historia de la salvación en el Antiguo Testamento. Este enmarque ofrece un «archivero» en el cual podemos empezar a guardar la información al mismo tiempo que la leemos, es casi como el disco «floppy» de una computadora que necesita ser formateado antes de que allí se pueda guardar la información. Pero, más que todo, tenemos que evitar la tentación de sentirnos frustrados. Allí encontraremos cosas que no comprenderemos completamente. Cuando encontremos estas dificultades, habremos de darnos cuento que estamos en buena compañía: «Cualquiera que venga [a la lectura de la Escritura] en piedad, fe y humildad, y con la determinación de progresar, la encontrará con toda seguridad y se alimentará con el «pan que ha bajado del cielo» (Juan 6,41)» (Spiritus Paraclitus, 43).

El Papa Benedicto XV también reconoce: «San Jerónimo estaba firmemente adherido a este principio, si aparecían en los libros sagrados discrepancias, aplicaba todo su cuidado y su inteligencia a resolver la cuestión; y si no consideraba todavía plenamente resuelta la dificultad, volvía de nuevo y con agrado sobre ella cuando se le presentaba ocasión, aunque no siempre con mucha fortuna.» (Ibíd., 16).

Como en cualquier ocupación, existen muchas herramientas que pueden ser usadas para aumentar el beneficio de nuestra lectura. Primero y ante todas estas herramientas está la regular y perseverante lectura de la misma Escritura. San Jerónimo recomendó: «Sé muy asidua en la lectura y aprende lo más posible. Que te coja el sueño con el libro en la mano y que tu rostro, al rendirse, caiga sobre la página santa» (Ibíd., 42).

Solamente después de que hayamos leído y releído la Pagina Sagrada, podremos hacer efectivo el uso de otras herramientas. Existen comentarios modernos para todo el Nuevo Testamento… El Dr. Hahn tiene un buen número de comentarios y cintas sobre varios libros de la Biblia. Existen algunos documentos oficiales publicados por el Magisterio sobre el tema de la Sagrada Escritura (Papa León XIII, Papa Pío X, Papa Benedicto XV, Papa Pío XII, Vaticano II, y la Pontificia Comisión Bíblica antes de que el Papa Pablo VI removiera su condición magisterial) existen también un buen número de guías de estudio que están disponibles para una seria investigación, como concordancias, diccionarios, enciclopedias, etc. Pero estas herramientas, mientras que son útiles, nunca pueden reemplazar la lectura diaria y personal de la Biblia. La Palabra de Dios es esa perla de gran precio que merece toda nuestra atención.

3. Por nuestra Salvación: el propósito de la Sagrada Escritura

«La Iglesia… (a las Escrituras) siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe» (Dei Verbum, 21).

En su constitución dogmática Dei Verbum, literalmente «La Palabra de Dios,» el Vaticano Segundo provee la gema de enseñanzas oficiales de la Iglesia sobre la Sagrada Escritura. Partiendo desde la firme fundación de otras enseñanzas del Magisterio, los Padres del Concilio nos recuerdan la principal razón por la que Dios nos dio la Sagrada Escritura: «Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina.» (Dei Verbum, 2).

Todas las verdades acerca de la Escritura y cada una de las verdades que la Escritura contiene, conducen al Evangelio, la Buena Nueva, que el Dios vivo y eterno libremente escogió crearnos y luego descubrirse a Sí mismo, por las obras divinas de nuestro divino Salvador, Cristo Jesús, y que desea que regresemos a su divino amor por medio del poder santificador del Espíritu Santo. Toda la sabiduría y aprendizaje que podemos obtener de la Escritura son pocas en comparación a esta incomparable verdad. En un hermoso e importante pasaje de Dei Verbum, la Iglesia enseña: «Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación.»(Dei Verbum, 11).

Este pasaje tiene una de las más largas notas a pie de página que cualquiera de los documentos del Vaticano II. Esta nota da testimonio a la rica tradición sobre la que está basada la perspectiva Católica de la Palabra de Dios. La nota contiene referencias a San Agustín, al Concilio de Trento, al Papa León XIII y al Papa Pío XII, cada uno está afirmando, para la Iglesia y Cristianos individuales, la inspiración, inerrancia e importancia de la Sagrada Escritura.

Estas verdades proveen el enmarque por el cual podemos entender la Biblia dentro de la Iglesia. Es inspirada por Dios y, por tanto, completamente de confiar. Es rica en contenido y significado y merece nuestro ardiente y diligente estudio. Es una expresión del don de Dios a la humanidad, y se nos da por el bien de nuestra salvación.

4. El Nuevo Testamento a la luz del Antiguo: analogía de la Escritura

«Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo» (Dei Verbum, 16).

El Canon completo de la Escritura incluye 73 libros, pero, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, existe una unidad interior que también nos permite referirnos a la Biblia como un solo libro: «Prestar una gran atención «al contenido y a la unidad de toda la Escritura». En efecto, por muy diferentes que sean los libros que la componen, la Escritura es una en razón de la unidad del designio de Dios, del que Cristo Jesús es el centro y el corazón, abierto desde su Pascua» (CIC, 112).

Este principio de interpretación es llamado analogía de la Escritura. La analogía de la Escritura nos permite ver cómo los planes, promesas y alianzas de la historia de la salvación del Antiguo Testamento se cumplen en la persona de Jesucristo y en la fundación de la Iglesia Católica. La historia de la salvación, vista de esta manera, nos permite ver que la «Historia de El» se convierte en «Historia nuestra.» Esto nos hace que leamos las Escrituras con un nuevo interés. Lo que pudo haber aparecido como una obscura historia, se convierte en la historia de nuestra familia. San Pablo declara: «En efecto, todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rom. 15:4).

Cuando la Escritura es así considerada, ella misma nos invita a participar en, y nos provee con, una opinión de Dios. Llegamos a familiarizarnos con el «previo designio eterno que realizó en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Efesios 3,11). Nos hemos convertido en «conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo» (Efesios 2,19-20). Es con este conocimiento y por medio de una vida de oración que tiene que acompañarle, que podemos empezar a tomarle sentido a nuestras propias vidas y conocer nuestro lugar en el mundo moderno. El Vaticano II provee que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et Spes, 22); sin este conocimiento centrado en Cristo no tenemos esperanza de vivir la vida como Dios quiere que la vivamos.

5. La fe de nuestros padres: analogía de fe

«Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta» (2 Tesalonicenses 2,15).

Finalmente, el siguiente es un principio de interpretación que nos permite experimentar la anchura y altura, profundidad y largor de la plenitud de la Fe Católica-Romana. Este principio es llamado analogía de fe, y es descrito en el Catecismo de la Iglesia Católica: «Leer la Escritura en «la Tradición viva de toda la Iglesia». Según un adagio de los Padres «La Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos»» (CIC, 113). La analogía de fe está basada en el hecho de que «La Sagrada Tradición … y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia» (Dei Verbum, 10). Este depósito sagrado es dado por Dios y confiado a la Iglesia que es «columna y fundamento de la verdad» (1 Timoteo 3,15). La analogía de fe es la «arma secreta» de la Iglesia. Si nosotros, como Católicos, descubriéramos en nuestras vidas la analogía de fe, nos convertiríamos en asiduos trabajadores en la obra de la auténtica unidad Cristiana: «La unidad querida por Dios sólo se puede realizar en la adhesión común al contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una solución de compromiso está en contradicción con Dios que es la Verdad.» (Papa Juan Pablo II, Ut Unum Sint, 18).

Fue el descubrimiento de este principio de interpretación lo que me condujo de regreso a la Iglesia Católica. Aunque la Biblia es la misma Palabra de Dios transmitida en palabras de hombres, aún se encuentra amplio margen para el error humano y la mal interpretación.En el libro de los Hechos, el diácono Felipe se encuentra con un eunuco etiope que está leyendo un pasaje de la Sagrada Escritura, y Felipe le pregunta: «»¿Entiendes lo que vas leyendo?» él contestó: «¿Cómo lo puedo entender si nadie me hace de guía?» (Cf. Hechos 8:30-31). Existen más de 25,000 denominaciones Cristianas, cada una declarando que la Biblia es la única norma de fe. Así que sin alguien que nos guíe, nosotros no podríamos discernir el auténtico significado de la Santa Página. San Jerónimo se situó «hasta llegar a afirmar que «lo que sabía no lo había aprendido de sí mismo, ya que la presunción es el peor maestro, sino de los ilustres Padres de la Iglesia»; confiesa también que «en los libros divinos no se ha fiado nunca de sus propias fuerzas» (Spiritus Paraclitus, 36).

Muchos Cristianos sinceros no están de acuerdo en la interpretación bíblica. Por ejemplo, ¿se pueden tomar literalmente las siguientes palabras del Señor?: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Juan 6,53). Imagínese qué tanto podríamos beneficiarnos si pudiéramos hablar con el mismo San Juan y preguntarle qué fue lo que él entendió con lo que el Señor dijo. Bueno, esto es exactamente lo que los Padres de la Iglesia pudieron hacer. San Ignacio de Antioquia fue discípulo de San Juan y San Ignacio no se quedó callado al respecto. él escribe en su carta a la Iglesia en Antioquia: «Ellos [los heterodoxos] no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Cristo Jesús, carne que sufrió por nuestros pecados en la cual el Padre en su beneplácito levantó de entre los muertos. Ellos niegan el don de Dios y están pereciendo en sus disputas.»

Cuando descubrí la analogía de fe, me di cuenta que ya no estaba en mi propio ingenio y sujeto a mis propias limitaciones al tratar de descubrir la plenitud de la fe. Más bien, pude entrar en un «diálogo» con otros fieles seguidores de Jesucristo. También obtuve el sabio y ungido liderazgo del Magisterio, siervo y maestro de la Palabra de Dios. Para el Católico, las riquezas de la Biblia están completamente abiertas. Tenemos a la misma Palabra de Dios en la Tradición y la Escritura tal y como ha sido preservada y proclamada por la Iglesia Católica en su función de Maestra.

Esto significa que los Católicos, entre todos los Cristianos, deberían de ser los más bíblicos. Alguna gente se preocupa de que por medio de leer la Biblia nos alejemos de la Iglesia, pero por lo que he visto, es todo lo contrario. Los Católicos que leen la Biblia dentro de la Iglesia, ayudan a otros a que vengan a la Iglesia. Los Católicos que son ignorantes de la Biblia son fácilmente conducidos a «iglesias bíblicas» que correctamente se enfocan en la importancia de la Palabra de Dios, pero lo hacen fuera del contexto dado por Dios; la familia de Dios que es la Iglesia.

Dos formas de empezar

Existen muchos estilos y métodos para estudiar la Sagrada Escritura. El más básico es un estudio inductivo de la Biblia: dirigirse directamente a las palabras de la Escritura y permitir que le enseñen a uno como si fuera una maestra. Usted, como Católico, debe hacerlo a la luz de los cinco principios de interpretación ya mencionados. Estos principios nos permiten leer la Biblia en libertad y con confianza, sabiendo que si encontramos algo que no entendemos o que parezca contradecir a la Iglesia, humildemente podemos diferir y dejar que la Iglesia nos guíe en la correcta interpretación. Los Evangelios pueden ser los más fructíferos si se usa este método inductivo. En ellos somos confrontados por las mismas Palabras y Persona de Jesucristo quien nos invita al arrepentimiento y a creer en la fe retándonos a vivir, no por este mundo, sino por el mundo futuro.

Así mismo, cada pasaje de la Escritura es una invitación para que transformemos nuestras vidas. San Pablo escribe: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Romanos 12, 1-2).

Otro tipo de estudio es el estudio deductivo, en donde permitimos que un tópico o enseñanza nos conduzca a la Escritura para mostrarnos su fundamento y principios bíblicos. Quizá la guía más efectiva para un estudio deductivo es el Catecismo de la Iglesia Católica. El Catecismo está lleno de referencias bíblicas, tanto que un teólogo modernista le acusó de citar la Biblia en una «forma como lo hacen los fundamentalistas» (E. A. Johnson, Jesus Christ in the Catechism,» / «Jesucristo en el Catecismo, America Magazine, p. 208, 3/3/92).

Leyendo artículos de interés en el Catecismo y, luego, siguiendo las referencias en la Sagrada Escritura le permitirá a usted interactuar con las enseñanzas de la Iglesia, lo cual es la finalidad para la cual el Catecismo ha sido destinado. En cierto sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica no es la última palabra en enseñanza Católica, sino, más bien, es su primer palabra, conduciéndonos a un estudio más profundo a través de las extensas referencias y notas al pie de la página. Es una maravillosa síntesis de enseñanzas que fluyen de la Sagrada Tradición de los Padres, de los Santos, de los Concilios eclesiásticos y, especialmente, de la Sagrada Escritura que contiene la misma alma de la sagrada teología; el estudio de Dios. Por medio de utilizar estos principios y técnicas, nosotros los laicos podemos evitar la confusión que algunas veces rodea a los estudios modernos de la Biblia. Las teorías vienen y van, pero la enseñanza oficial de la Iglesia Católica nos provee con una guía estable para conducirnos y transformarnos en lo que hemos sido llamados: hijos de Dios.


Curtis Martin está doctorado en Teología en la Universidad Franciscana de Steubenville. Es presidente de Catholics United for the Faith (Católicos Unidos por la Fe). Es un destacado orador del Instituto para la Aplicación de Estudios Bíblicos ( The Institute of Applied Biblical Studies), fundado por el Dr. Scott Hahn. Curtis y su esposa Michaelann residen en Steubenville, OH, con sus hijos, Brock, Thomas, Augustine, y Mariana.

Traducido por Rodrigo Castro Morelos, Coahuila, México.

Las citas bíblicas están tomadas de la Biblia de Jerusalén

[1] NOTA DEL TRADUCTOR: no estoy seguro si estas cintas están en español. En todo caso, el título traducido es Historia de la Salvación.

 

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