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Vademécum de Apologética Católica

La Iglesia Católica utiliza las Escrituras de la misma manera en que Jesús las utilizó. La Iglesia sabe que la mayor parte de las verdades bíblicas están ocultas y no pueden ser fácilmente discernidas ni se revelan automáticamente a los fieles con solo leer la Biblia. Jesús mismo tuvo que revelar el verdadero significado de las Escrituras a sus discípulos para que comprendieran los pasajes que se refieren a su propia vida. Fue necesario que Cristo hiciera esto aun cuando sus seguidores habían vivido, junto a Jesús, muchos de los acontecimientos predichos en el Antiguo Testamento.

La Biblia es en realidad una compleja colección de libros, escritos a lo largo de muchos miles de años por gente de diferentes culturas, que escribieron en diferentes lenguajes, cada uno con una visión particular del mundo de su tiempo. Es cierto que el Espíritu Santo inspiró a cada uno de los autores de la Biblia. Sin embargo eso no significa que los conocimientos de estos individuos fueran obliterados por la influencia divina mientras escribían. Para asegurarnos del significado del abundante contenido de las Escrituras, debemos entender con certeza lo que el escritor asume que sus lectores saben, sus perspectivas, su lenguaje y costumbres. Sólo entonces podemos llegar a apreciar en profundidad esa colección de libros que hoy conocemos como la Biblia. Contemplando estas dificultades vemos por qué la doctrina protestante de «Sola Scriptura» no puede asegurar al creyente la certeza necesaria para madurar en la fe, ya que, llegar a un entendimiento certero de las Escrituras, es en realidad una tarea gigantesca aun para los eruditos conocedores de los lenguajes, la historia y la cultura de la antigüedad.

Lucas 24, 13-35 — Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. El les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» El les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.» El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Los discípulos de Cristo habían tenido acceso a las Escrituras y las habían estudiado antes de que Cristo se las explicara. Sin embargo necesitaron una explicación «con autoridad» de aquello que tantas veces habían leído y que sin embargo no entendían plenamente. Nosotros no somos diferentes a ellos. ¿Cómo pudiéramos pensar que podemos llegar a entender aun los más difíciles pasajes, después de una mera lectura?

Hechos 17, 10-12 — Inmediatamente, por la noche, los hermanos enviaron hacia Berea a Pablo y Silas. Ellos, al llegar allí, se fueron a la sinagoga de los judíos. Estos eran de un natural mejor que los de Tesalónica y aceptaron la palabra de todo corazón. Diariamente examinaban las Escrituras para ver si las cosas eran así. Creyeron, pues, muchos de ellos y entre los griegos, mujeres distinguidas y no pocos hombres.

Muchos usan este pasaje para justificar la doctrina de «Sola Scriptura». Sin embargo, una lectura cuidadosa del mismo nos enseña que la Sagrada Tradición y las Escrituras son necesarias para llegar a conocer la doctrina autorizada por la Iglesia. En ninguna parte leemos que los judíos de Berea hubieran podido llegar a identificar a Cristo como el Mesías sin la ayuda de las enseñanzas apostólicas de San Pablo. De hecho, les hubiera resultado imposible llegar a tal conclusión sin ayuda alguna. Lo que este pasaje expresa es que, una vez que oyeron las palabras de San Pablo, revisaron las Escrituras para verificar la doctrina que acababan de recibir. Esto comprueba que ni ellos, ni Nicodemo, ni persona alguna hubieran podido llegar a la conclusión de que Cristo era el Mesías esperado, por medio de simplemente leer las Escrituras. Hasta el mismo San Pablo, uno de los grandes eruditos bíblicos de su tiempo, necesitó una revelación directa de Dios para entender la verdad. San Pablo nos cuenta en Filipenses 3, 5 que él fue educado y formado en el estudio de las Escrituras. No obstante, la «Sola Scriptura» no le permitió reconocer el simple hecho de que el Mesías había llegado a Israel. Tampoco recibió la luz del Espíritu Santo cuando estudiaba diligentemente las Escrituras como un fiel fariseo.

Efesios 3, 8-9 — A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo y esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en Dios, creador de todas las cosas.

Esto es exactamente lo que Pablo hizo por los judíos de Berea según se relata en Hechos 17, 10-12. San Pablo les enseñó lo necesario para que pudieran entender las verdades ocultas en las Escrituras. El Espíritu Santo no dirigió a cada creyente individualmente para que encontrara su propia interpretación.

1 Corintios 2, 6-8 — Sin embargo, hablamos de sabiduría entre los perfectos, pero no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, abocados a la ruina; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo, pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria.

Las verdades divinas son reveladas a la Iglesia, tal como Cristo reveló a sus apóstoles el significado más profundo de sus parábolas.

1 Corintios 2, 11-13 — En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales.

El discernimiento de las Escrituras no es fácil ni está automáticamente garantizado a los lectores. No hay garantía de que Dios nos dará espontáneamente a cada uno, la perspicacia necesaria como para entender las verdades de la Biblia.

Números 11, 27-29 — Un muchacho vino corriendo y comunicó la noticia a Moisés, con estas palabras: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento». Josué, hijo de Nun, que desde su juventud era ayudante de Moisés, intervino diciendo: «Moisés, señor mío, no se lo permitas». Pero Moisés le respondió: «¿Acaso estás celoso a causa de mí? ¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su espíritu!».

A pesar de los buenos deseos de Moisés, el Señor no nos ha otorgado a todos la capacidad de profetizar. Sin embargo esta es la base sobre la que se afirma la doctrina errónea de «Sola Scriptura» que espera que el Espíritu Santo lleve a todos los creyentes al conocimiento de las verdades de Cristo por medio de la interpretación individual de las Escrituras. En otras palabras, «Sola Scriptura» espera, erróneamente, que Dios haga un profeta de cada persona que lee la Biblia.

Hebreos 9, 23-28 — En consecuencia, es necesario, por una parte, que las figuras de las realidades celestiales sean purificadas de esa manera; por otra parte, que también lo sean las realidades celestiales, pero con víctimas más excelentes que aquéllas. Pues no penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro y no para ofrecerse a sí mismo repetidas veces al modo como el sumo sacerdote entra cada año en el santuario con sangre ajena. Para ello habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Sino que se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio. Y del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez y luego el juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, se aparecerá por segunda vez sin relación ya con el pecado a los que le esperan para su salvación.

El autor de la Carta a los Hebreos está hablando de la tipología del Antiguo Testamento. Esta tipología no se revela a sí misma, como ya hemos visto anteriormente cuando Cristo necesitó explicar a sus seguidores la realización de las profecías del Antiguo Testamento que se cumplían en El.

Hebreos 10, 1 — No conteniendo, en efecto, la Ley más que una sombra de los bienes futuros, no la realidad de las cosas, no puede nunca, mediante unos mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar año tras año, dar la perfección a los que se acercan.

La Iglesia Católica ve las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento como una sola unidad. Las personas, instituciones y prácticas del Antiguo Testamento prefiguran e iluminan su realización en el Nuevo Testamento. La revelación está entrelazada de esa manera en la Biblia para dar testimonio de su origen divino.

1 Pedro 3, 18-20 — Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu. En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios, en los días en que Noé construía el arca, en la que unos pocos, es decir ocho personas, fueron salvados a través del agua.

San Pedro nos explica como la Biblia forma un todo indivisible donde las diferentes partes se relacionan unas con otras. Quienes entienden esto se dan cuenta de la infinita profundidad de la sabiduría divina que nos enseña a través de la Iglesia y las Escrituras.

Juan 3, 14-15 — Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna.

El mismo Jesucristo usa la tipología para enseñarnos el significado de las Escrituras. Aquí él nos enseña cómo la serpiente de bronce erigida por Moisés en el desierto es una prefiguración de su muerte en la Cruz.

Hechos 8, 30-31 — Felipe corrió hasta él y le oyó leer al profeta Isaías y le dijo: «¿Entiendes lo que vas leyendo?» El contestó: «¿Cómo lo puedo entender si nadie me hace de guía?» Y rogó a Felipe que subiese y se sentase con él.

La actitud del etíope es la que todo amante de las Escrituras debiera tener: reconocer humildemente que carecemos del entendimiento necesario y someternos a la interpretación de la autoridad apostólica que el Espíritu Santo nos ha dado.

 

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