el-llamado-de-dios

Claudio de Castro

Solíamos ver a un hombre enfermo que asistía a misa todos los días y como un niño se maravillaba por las cosas del Señor. Con un esfuerzo sobrehumano se levantaba de su banca para ir a comulgar. Casi arrastraba los pies. Todos esperaban sabiendo que le movía un amor inmenso por Jesús Sacramentado.

Cuando ya no pudo levantrase, el sacerdote le llevaba la comunión a su banca y al final, cuando era imposible bajarse del auto, el padre caminaba hasta él y le daba la hostia santa. Su rostro, afligido por el dolor, se transformaba cuando recibía a Jesús Sacramentado y una leve sonrisa le iluminaba el rostro.

El dolor, las molestias, la incertidumbre, parecían quedar atrás.

Sin que él lo supiera, muchos lo observaban. Yo era uno de ellos. A veces me sentaba a distancia para verlo, pero sobre todo, para recordarlo.

Le conocí bien, era mi papá.

No sé si te conté, pero fue hebreo. Se convirtió algunos años antes de morir. Muchas veces me detengo a reflexionar sobre este hecho. Y en la forma que transformó nuestras vidas.

Dios lo llevó de la mano, desde niño, sin que él lo supiera, hasta el día en que murió. Y nos envolvió a todos en ese maravilloso misterio que a muchos les tiene reservado: la conversión.

Se llamó Claudio. Su padre tuvo el nombre de Moisés Frank, y sus abuelos: Abraham y Samuel. Todos provenían de una familia con raíces hebreas, y eran profundamente religiosos, respetuosos de la Torá. Me cuentan que Abraham fue Rabino. Curiosamente mi papá nunca celebró su Bar Mitz-Vah. Tampoco le recuerdo en la Sinagoga. En cambio, nos acompañaba a misa.

En algún lado escuché que estabas predestinado a la conversión.

A través de los años recibimos señales de este cambio sobrenatural.

En Costa Rica ocurrió un hecho significativo. Visitaba con mi mamá a Sor María Romero Meneses, en la Casa de María Auxiliadora. Una multitud de personas se preparaba para la procesión. Mi papá se mezcló entre el gentío.

De repente un descubrimiento asombroso…

-¡Sor María!-exclamó mi mamá. Y señaló hacia la procesión-¡Mire donde va Claudio!

Era quien cubría al Santísimo con el palio, al frente de la procesión.

-¿Puede creerlo?

-Sí Felicia-respondió sor María-Y también le veremos comulgar.

Esta profecía se cumplió al pie de la letra.

A los años nos enteramos de lo ocurrido. La iglesia estaba abarrotada de gente. Una monjita atraviesa la iglesia con dificultad, llega donde está mi papá y le pregunta:

-¿Nos haría el favor de llevar el palio?

Sin meditarlo mucho, acepta. ¿Sabía acaso lo que era un palio?

Mientras escribo pienso en él y en ese momento. Ya no puede echar para atrás. Debió ser impresionante. Siendo Hebreo, lleva el palio en la Casa de la Virgen.

-¿Qué habrá sentido?

-¿Cómo es que Dios me busca a mí, habiendo tantos a mi alrededor?

Nunca sabré con exactitud lo que sintió o lo que pensó. Seguramente esta experiencia lo estremeció hasta los huesos. La cercanía de Dios siempre estremece a las almas. Y las llama a vivir para él y por él.

¿Qué lo hizo cambiar? Esto ha sido un secreto celosamente guardado.

Supo ser reservado. Y esperó.

La cercanía de la muerte derribó las últimas murallas y le hizo dar el salto definitivo. Dios lo llamó y él respondió sin reservas.

Ambos parecemos escuchar:

-¿Claudio, me amas?

Y ambos respondemos:

-Señor, Tú sabes que Te amo.

La foto

Dios no escatima medios para salvarnos. El ejemplo que nos brindan los santos es uno de ellos… Viendo su pequeñez, casi gritaron al unísono: “Tú eres Dios y nosotros simples mortales, ¿qué puedes esperar de nosotros? Y el buen Dios, sin hacerse esperar, les hizo entender. “Lo que busco es tu amor y tu confianza. No pido más”.

Te contaré una anécdota sobre la forma como Dios nos mueve a la santidad de las maneras más insospechadas:

En mi oficina tengo una foto. Todo el que llega tiene que ver con ella.

-¿Es usted?-me preguntan.

-No-respondo-Es mi papá.

Aparece feliz, sorprendido y algo ilusionado, al lado de la Madre Teresa.

Es como una foto imposible.

Entonces les cuento la historia:

“Mi papá trabajaba en una aerolínea. Cierta tarde lo llamaron desde el aeropuerto. El empleado, con voz angustiosa le consultaba. Tenían a una ancianita que había perdido su vuelo a Guatemala.

-No sabemos qué hacer con ella. ¡Es increíble!… no trae maletas, ni dinero, ni nada.

Mi papá confundido le preguntó:

-¿Al menos saben el nombre de esta señora?

-Oh sí… es la Madre Teresa de Calcuta.

Ya puedes imaginar lo que sintió mi papá. Abordó el primer taxi que encontró y se dirigió al aeropuerto. Atendió a la madre Teresa, le consiguió un vuelo a Guatemala y se fue con ella… Durante el viaje hablaron. Nunca supimos de qué, pero lo podemos suponer. Mi papá le pidió algo para recordar su encuentro y ella le escribió esta frase en un librito de oraciones:

“Sé santo, porque Jesús que te ama es santo”.

En Guatemala trabajaba el jefe de mi papá. ¿Sabes cuál era la mayor ilusión de su vida? Pues conocer a la Madre Teresa. Y mi papá se la presentó. Fue el día de la foto. El jefe de mi papá dejó todo lo que hacía, y acompañó a la Madre Teresa hasta su destino final.

Me han contado la alegría inmensa con que este hombre iba, junto a la Madre Teresa, en ese viaje de horas interminables.

Esa es la historia de la foto.

Hay algo más que debes saber sobre ella. Fue uno de los tesoros que conservaba mi papá al momento de morir. Por eso la guardo como tal: un tesoro.

Es increíble, un encuentro casual y ha tocado tantas vidas. La mía, la de mis hermanos, la de mi mamá, la de mi papá y ahora la tuya.

La santidad de una sola persona nos mueve a todos a la santidad. Esta era una virtud de la Madre Teresa. Su santidad nos envolvía. Esparcía por doquier el dulce aroma de Jesús. Y no dejaba de recordarnos que Jesús, el Amado, vive en los pobres. En ellos nos espera.

Tengo la foto aún en mi oficina. Allí la podrás ver. Sin embargo no olvides que lo verdaderamente importante no se puede ver. Y es el amor que pones en las cosas pequeñas. En lo sencillo. Esto es lo que nos hace santos. No la multitud de cosas que hacemos, sino el amor que ponemos en cada una.

¿Te has dado cuenta? Eres un santo que inicia su camino. La Madre Teresa lo sabía, por eso su mensaje, el que escribió en una pequeña página, también era para ti: “Sé santo, porque Jesús que te ama es santo”.

Ser morada de Dios

“El que me ama, guardará mi Palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14, 21)

Nos falta ser morada de Dios. Si Dios habitara en nosotros haríamos las cosas que le agradan. Tendríamos valor y caridad. Iríamos por el mundo con el corazón puro.

Miraríamos con la mirada del Amor, mirada de caridad, mirada de hermano. Sin saberlo, mi papá se preparó para esto: “ser morada de Dios”.

Recuerdo la tarde que me telefonearon al trabajo.

-Su papá está grave-me dijeron. Y fui al hospital a verlo.

El cáncer se le había propagado en el cuerpo y no había esperanzas.

Cuando llegué hablé con mi mamá.

-No hay mucho tiempo-le advertí-Pregúntale si desea un rabino o un sacerdote.

Al rato salió mi madre de la habitación y me dijo:

-Quiere un sacerdote.

Como pude conseguí uno y le expliqué lo que ocurría. Es una situación delicada. Un hebreo que desea convertirse. El sacerdote necesitaba estar completamente seguro. Entró a conversar con mi papá y al rato nos llamó para que pasáramos.

-Se va a bautizar-dijo, mientras se colocaba la estola y sacaba el agua bendita y el aceite crismal.

Yo fui el padrino. Mi mamá, la madrina.

Ocurrió entonces un hecho sobrenatural. Y a la vez tan humano. Se quedó dormido, placidamente, en paz.

El médico telefoneó en ese momento para preguntar cómo seguía mi papá. La enfermera le reportó que dormía y me pasó el teléfono.

-Algo está mal-me dijo el doctor preocupado-Mejor voy para allá.

-Lo que ocurre-le expliqué-, es que se bautizó.

-Ah-replicó aliviado-Esos son campos en los que no tengo ingerencia.

Entonces me comentó asombrado:

-Es increíble. Durante tres días le he dado sedantes como para dormir a un elefante, sin resultados y ahora sencillamente… ¡se ha dormido!

Ya todos hablaban de esto en el hospital cuando otro hecho dio que hablar. Al día siguiente trasladaron al recién bautizado, por su gravedad, a la sala de cuidados intensivos. De pronto, desde el pasillo, empezamos a escuchar los cantos religiosos que entonaba feliz, acompañado por el coro de las enfermeras, que durante largo rato se le unían y cantaban con él.

Desde aquella maravillosa ocasión, comulgó cada día de su vida y nos dio ejemplo de fortaleza, confianza y abandono, en la voluntad de Dios.

Mi vida la signaron los últimos años de mi padre. Su conversión al Catolicismo. Un proceso lento, con el tiempo de Dios, que llegó a madurar y dar frutos.

Ya lo decía un santo sacerdote: “La conversión es cosa de un momento, la santidad, de toda la vida”.

Recuerdo que cierto día encontré sobre su mesita de noche una biografía de San Martín de Porres.

-La habrá comprado en uno de sus viajes-pensé.

El libro tenía sus páginas gastadas por el uso.

Sin que él lo supiera, cuando marchaba al trabajo, tomaba prestado su libro y me sumergía en el pasado. Así conocí al simpático Fray escoba, su humildad incomparable, el amor inmenso que le profesaba a Dios y los muchos milagros que realizó a lo largo de su vida.

Dentro del libro descubrí varias estampitas de la Virgen y de San Martín.

En ese momento no supe valorar y comprender lo que eso significaba.

Creo que mi papá tampoco estaba muy seguro de ello, o aún no tenía fuerzas para reconocerlo. Pero sabía ya que el buen Jesús lo llamaba. Por eso su alma andaba inquieta y lo acercaba a la oración.

Cuando murió, mi madre me entregó algunos de sus objetos más preciados: un rosario, la Biblia, un pequeño devocionario con oraciones, y uno de sus libros preferidos: “Imitación de Cristo”. Cuántas veces lo habrá leído y releído. Cuántas veces lo habrá consolado en los momentos dolorosos de su enfermedad. De él extraigo estos pensamientos marcados por la entrega y el abandono.

“El Señor-Hijo, déjame hacer contigo mi voluntad, porque yo sé lo que te conviene. Tú piensas como hombre y sientes en muchas cosas según te persuade el afecto humano.

El Siervo-Señor, es verdad lo que decís: mayor es vuestra solicitud por mí, que todo el cuidado que yo puedo tener conmigo mismo. Haced de mí todo lo que os agradare, con tal que mi voluntad sea recta y permanezca firme en vos, porque no puede ser sino bueno todo lo que dispongáis de mí. Si queréis que esté en tinieblas, bendito seáis; y si queréis que esté en luz, seáis también bendito. Si os dignáis consolarme, bendito seáis, y si queréis atribularme, seáis igualmente bendito para siempre”. Amén.