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Vademécum de Apologética Católica

Algunas agrupaciones religiosas, como por ejemplo los Testigos de Jehová, han resucitado la antigua herejía arriana, que niega la divinidad de Jesús y lo presenta como un ser creado, una especie de ente excelso cuya naturaleza está entre lo humano y lo divino. Los textos de la Escritura que son usualmente presentados para cimentar estas ideas son, por ejemplo, Juan 14, 28 donde Cristo declara «El Padre es mayor que yo». Adicionalmente suele citarse Juan 20, 17 donde Cristo dice: «… asciendo ahora a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.» Otro texto usado frecuentemente es 1 Corintios 11, 3: «Cristo es cabeza de todo hombre, así como el esposo es cabeza de su esposa y Dios es cabeza de Cristo.» Estos y otros pasajes parecen convincentes a primera vista, al menos hasta que uno examina otros versículos que contradicen enteramente esta interpretación, algunos de los cuales hemos seleccionado a continuación. ¿Cómo es posible reconciliar estas dos representaciones? Primeramente, Cristo está claramente sujeto al Padre y sin embargo es uno con el Padre. Lo mismo ocurre con un padre y su hijo en la dimensión humana, el padre es en cierta forma «mayor» que su hijo y a la vez es igual a él en lo que toca a su naturaleza y substancia, de otro modo no podría ser llamado «hijo». De esa manera, Jesús es a la vez humano y divino. Ciertamente en su naturaleza humana él es creación y está, por lo tanto, sujeto al Padre. Pero no podemos enfocarnos solamente en su naturaleza humana sin considerar que—en su naturaleza divina—el Hijo es la Segunda Persona de la Trinidad. Tal cosa presentaría una imagen incompleta de Cristo que negaría otras partes de las Escrituras. Además, muchos de los pasajes citados por los que se oponen a la Trinidad, simplemente muestran que Cristo es Hijo de Dios y no que sea inferior. Esto incluye Mateo 3, 17 en el que oímos la voz de Dios diciendo «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.» De hecho, en Juan 5, 18 encontramos que ciertos enemigos de Cristo querían matarlo, no por violar las reglas del sábado sino por querer hacerse igual a Dios, al llamar a Dios su Padre.

Cristo fue perfectamente claro al explicar quién era y de dónde había venido. Si hubiera mentido o hubiera meramente creído ser el Hijo de Dios, entonces los líderes religiosos hubieran estado plenamente justificados en condenarlo a muerte.

Hechos 20, 28 — Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que El se adquirió con la sangre de su propio Hijo.

En este pasaje, Dios es la única posibilidad de referencia para el pronombre «El». Por lo tanto, San Pablo está afirmando claramente que Cristo es el Hijo de Dios, por decirlo así, su propia sangre.

Juan 1, 1-3 — En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.

Jesús, el Hijo, es la Palabra. En el principio El es al mismo tiempo Dios y está con Dios. En esta sencilla forma poética, Juan el Evangelista describe la relación que existe entre las personas de la Santísima Trinidad. La declaración de que todo fue hecho por la Palabra y sin ella nada fue creado, es en sí misma una prueba de que la Palabra no es creada, ya que tal cosa sería una contradicción lógica, una imposibilidad. El escritor y apologista católico José Miguel Arráiz Roberti nos explica:

«Este pasaje es tan claro que algunos grupos interesados en negar la divinidad de Cristo se han visto obligados a deformar su traducción para sostener sus doctrinas erróneas. Los testigos de Jehová, por ejemplo, no aceptan la doctrina de la Trinidad, a pesar de la existencia de pasajes de las Escrituras que indican claramente que Cristo es Dios. Para ocultar esta verdad han debido adulterar su traducción de la Biblia. Los traductores jehovistas expresan el texto de Juan 1, 1 de la siguiente manera: «En [el] principio la Palabra era y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era un dios.» (Traducción del Nuevo Mundo). Para comenzar escriben dios con minúscula para referirse a la Palabra (Cristo), algo que no aparece en el texto griego. Luego agregan el artículo «un». Este artículo tampoco aparece en el texto griego. Como no es difícil comprobar que este «un» no es original del griego y es sencillamente un agregado, los testigos de Jehová han justificado el error de traducción inventando una nueva regla gramatical. Afirman que en el griego no existe palabra para indicar la idea de «uno» y por lo tanto, cuando una palabra no lleva el artículo determinado (jo, je, to, en griego; respectivamente el, la, lo, en castellano) debe colocarse delante la palabra «un, una». Esta regla es falsa, primero porque en griego existen palabras para expresar la idea de «uno, una» sin que tenga que suplirlas el traductor. Una de ellas es «eis» , «mia» (uno, una, uno), que Juan utiliza repetidas veces en su Evangelio. La otra es «tis», «ti» (uno, una, alguno, alguna), que también es utilizada repetidas veces en el Nuevo Testamento. Si Juan hubiera deseado decir que la Palabra (Cristo) era «un dios», hubiera recurrido con toda seguridad al empleo de eis o de tis. Cabe destacar que los autores de la Traducción del Nuevo Mundo, sin embargo, no siguen la regla que ellos mismos inventaron, como puede verse en su propia traducción en el mismo capítulo 1 del Evangelio de Juan, en donde en el versículo 6 se nos dice que un hombre (Juan el Bautista) fue enviado por Dios. Esta palabra está escrita en el original sin artículo determinado; no obstante los testigos de Jehová no han traducido la frase como «representante de un dios», sino «representante de Dios». Esta indocta traducción incurre con frecuencia en estas inconsistencias. Es necesario apuntar que la construcción poética de Juan 1, 1 no hace posible traducir «un dios» debido a que los dieciocho primeros versículos del Evangelio de Juan formaron en su conjunto un canto (muy posiblemente antifonal) que se utilizaba en las reuniones de la Iglesia primitiva. Tenía por ello una estructura (muy clara en los tres primeros versículos) de especial belleza, puesto que cada frase terminaba con la misma palabra con que empezaba la siguiente: «En principio era la Palabra y la Palabra era con el Dios y Dios era la Palabra». Esta construcción además hace girar su encanto (y su impresionante vigor) por medio de usar la palabra con que concluye una frase para comenzar la siguiente. Ambas palabras tienen el mismo valor, contenido y significado. Por esto el «Dios» del final del versículo 1 nunca podía ser «un dios», sino la palabra «Dios», con el mismo significado, contenido y fuerza con que concluye la frase anterior.» [1]

Juan 8, 58 — Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, YO SOY.»

El gran YO SOY (en griego: EGO IMI, en hebreo YHWH) era considerado el Nombre Sagrado e impronunciable tomado por Dios para darse a conocer a Moisés. Jesús está revelando su naturaleza en términos que aún sus enemigos pueden comprender y que, a los oídos de quiénes lo escuchan, justifica la ejecución por blasfemia. Es por eso que algunos entre el público trataron de apedrearlo, al entender claramente que Jesús reclamaba para sí la naturaleza divina.

Hechos 7, 59 — Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.»

¿Puede haber una indicación más clara de la divinidad de Cristo? Compare con Eclesiastés 12, 7: «Y el polvo vuelva a la tierra, como era y el espíritu vuelva a Dios, que lo dio».

1 Corintios 1, 23 — […] a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, de nosotros y de ellos. Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo.

San Pablo es bien claro. Los fieles han sido llamados a Cristo.

2 Pedro 1, 1 — Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha cabido en suerte una fe tan preciosa como la nuestra.

Pedro no pudo haber sido más explícito al referirse a la divinidad de Cristo.

Juan 10, 30-33 — [Jesús les dijo:] «Yo y el Padre somos uno.» Los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?» Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios».

Los judíos del tiempo de Cristo entendieron muy bien lo que Jesús dijo sobre su propio origen y no se equivocaban. Cristo les recuerda el origen divino de sus propios milagros pues su única defensa ante las acusaciones, era demostrar que las declaraciones acerca de su propio origen divino eran verdad.

Juan 5, 18 — Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios.

Si el origen divino de Cristo no fue sino un malentendido perpetuado por sus seguidores por años después de su muerte, entonces ¿por qué no trató de corregir esa confusión ante las autoridades religiosas para no ser condenado a una muerte horrible por un motivo equivocado?

Lucas 10, 18-20 — El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.»

Cristo es quien imparte estos poderes sobrenaturales a sus discípulos. No le pide al Padre que se los otorgue porque no necesita hacerlo, ya que El es Dios. Nadie, entre los grandes profetas de la antigüedad judaica, jamás hizo cosa semejante.

Filipenses 2, 6-8 — Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.

Este pasaje implica que Cristo existía en la forma de Dios, o sea tenía la misma clase de vida que Dios y estuvo humildemente dispuesto a aceptar una naturaleza humana, tal como lo expresa el Credo Niceno. «Engendrado, no creado, de la misma Naturaleza que el Padre.»

Mateo 11, 27 — Todo me ha sido dado por mi Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Juan 14, 6-10 — Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.» Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre». ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras.»

Juan 17, 3 — Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y al que tú has enviado, Jesucristo.

La oración de Jesús revela su naturaleza divina.

Apocalipsis 22, 13 — Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Ultimo, el Principio y el Fin.

Cristo se refiere a Sí mismo con la misma frase que Dios usa para describirse a sí mismo en Isaías 41, 4 y 44, 46; en Apocalipsis 1, 8 y 21, 6. A quien conoce las Escrituras no le hace falta agregar más. El sentido de la frase no puede ser más claro.

Como evidencia de la divinidad de Jesús, los escritores del Nuevo Testamento adjudican a Jesús el cumplimiento de varios textos y profecías que normalmente se aplican al Yahvé del Antiguo Testamento. A continuación presentamos una lista con algunos de los muchos ejemplos que existen.

Salmos 16, 8-11 — Tengo siempre presente al Señor: El está a mi lado, nunca vacilaré. Por eso mi corazón se alegra, se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro: porque no me entregarás a la Muerte ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. Me harás conocer el camino de la vida, saciándome de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha.

Comparar con Hechos 2, 25-28.

Salmos 68, 19 — Subiste a la altura llevando cautivos, recogiste dones entre los hombres—incluso entre los rebeldes—cuando te estableciste allí, Señor Dios.

Comparar con Efesios 4, 8.

Joel 3, 5 — Entonces, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará, porque sobre el monte Sión y en Jerusalén se encontrará refugio, como lo ha dicho el Señor y entre los sobrevivientes estarán los que llame el Señor.

Comparar con Romanos 10, 13.

Isaías 6, 10 — Embota el corazón de este pueblo, endurece sus oídos y cierra sus ojos, no sea que vea con sus ojos y oiga con sus oídos, que su corazón comprenda y que se convierta y sane.

Comparar con Juan 12, 40.

Isaías 45, 23 — Lo he jurado por mí mismo, de mi boca ha salido la justicia, una palabra irrevocable: Ante mí se doblará toda rodilla, toda lengua jurará por mí.

Comparar con Filipenses 2, 10-11.

Deuteronomio 10, 17 — Por eso, circuncidad vuestros corazones y no persistáis en vuestra obstinación, porque el Señor, vuestro Dios, es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, valeroso y temible, que no hace acepción de personas ni se deja sobornar.

Compare este texto con Apocalipsis 17, 14 y luego con Apocalipsis 19, 16.

Si los Testigos de Jehová y otros neo-arrianos están en lo correcto en lo que toca a la naturaleza de Cristo, entonces su muerte no podría habernos redimido, ya que sólo Dios podía pagar el precio para rescatar a la humanidad de la maldición que nos sobrevino por la desobediencia de Adán. No aceptar que Cristo es Dios, equivale a admitir que Cristo, el hombre, fue un blasfemo que recibió el justo castigo por su impiedad. Para comprender este importantísimo tópico es necesario apreciar la gravedad del pecado original en el que se ofende a Dios directamente. Una falta contra la infinita majestad de Dios requiere, en toda justicia, una infinita compensación. Es por eso que solamente Dios puede lavar esa ofensa en nombre del hombre y provee al Hijo del Hombre—Cristo mismo—cuyo sacrificio reúne las características necesarias para una justa redención de la humanidad, efectivamente lavando por completo la ofensa cometida contra la Divina Majestad.


[1] Comentario de José Miguel Arráiz Roberti en su artículo Errores de la Traducción del Nuevo Mundo, publ. por Católicos Ecuménicos, 2006 con citas incorporadas de Las sectas frente a la Biblia de César Vidal Manzanares, publ. Ediciones Paulinas, Madrid, 1991.

 

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