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Vademécum de Apologética Católica

Como dijimos en la sección anterior, los autores sagrados son claros al describir la condición especial de María: Ella es la Reina sentada en el trono a la derecha del Mesías; es el Arca de la Nueva Alianza, pues su cuerpo alojó la Persona de Jesucristo. En una forma única y maravillosa, ella fue, durante los meses de su gravidez, la Morada del Señor y su Santuario. Ahora bien, si el arca antigua fue el arquetipo del arca nueva, solo tenemos que examinar la forma en que los israelitas veneraban el arca antigua para discernir cómo debemos venerar al arca nueva.

1 Crónicas 16, 4 — David estableció los levitas que habían de hacer el servicio delante del arca de Yahvé, celebrando, glorificando y alabando a Yahvé, el Dios de Israel.

Los sacerdotes ministraron delante del arca, mostrándole una especial reverencia. Y eso que ésta era un mero objeto. María es mucho más meritoria de nuestra veneración pues es una persona viva y es la persona más favorecida por Dios en toda la historia.

1 Crónicas 16, 37-38 — David dejó allí, ante el Arca de la Alianza de Yahvé, a Asaf y a sus hermanos, para el ministerio continuo delante del arca, según el rito de cada día y a Obededom, con sus hermanos, en número de sesenta y ocho y a Obededom, hijo de Yedutún y a Josá, como porteros.

Nótese el gran número de personas que fueron designadas especialmente para el ministerio y la protección del arca. Esto es una demostración impresionante de devoción.

Lucas 1, 28 — Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Este es un saludo dirigido a una reina. La salutación de la Vulgata, «Ave», fue la palabra utilizada para saludar al César, como en «Salve, César». También los soldados usaron esta palabra para burlarse del Señor antes de la Crucifixión. Por supuesto, para darle a su crueldad mayor sarcasmo, ellos se aseguraron de usar el vocablo de mayor alabanza. La palabra griega traducida como «llena de gracia» es «kejaritomene», que es en realidad una construcción verbal que significa «alguien que está en la perfección de la gracia». En ninguna otra parte de las Escrituras encontramos a un ángel que rinda tal homenaje a un ser humano.

Apocalipsis 19, 10 — Entonces me postré a sus pies para adorarle, pero él me dice: «No, cuidado; yo soy un siervo como tú.»

Es más, incluso el gran apóstol Juan cayó rostro en tierra en acto de adoración ante un ángel porque estaba abrumado por su presencia. Y Juan repite el mismo error justo tres capítulos después, en Apocalipsis 22, 8 y tuvo que ser corregido nuevamente por el ángel. Increíblemente, María, una sencilla niña de campo, no comete ese error. En cambio, es el ángel quien le rinde homenaje ¡Un homenaje que refleja su condición de Reina Madre de Nuestro Señor! Esto es más que una mera exageración y no tiene paralelo alguno en toda la historia de la salvación, como veremos en el siguiente pasaje.

1 Reyes 2, 13-25 — Adonías, hijo de Jagguit, fue donde Betsabé, madre de Salomón. Ella dijo: «¿Es de paz tu venida?» Respondió: » De paz.» Y añadió: «Quiero hablarte.» Ella dijo: «Habla.» El dijo: «Sabes bien que la realeza me pertenecía y que todos los israelitas habían vuelto hacia mí sus rostros para que yo reinara; pero la realeza se volvió y fue para mi hermano, pues de Yahvé le ha venido. Ahora quiero pedirte una sola cosa, no me la niegues.» Ella le dijo: «Habla.» Dijo: «Habla, por favor, al rey Salomón, que no te rechazará, para que me dé a Abisag la sunamita por mujer.» Betsabé contestó: «Está bien. Hablaré al rey Salomón por ti.» Entró Betsabé donde el rey Salomón para hablarle acerca de Adonías. Se levantó el rey, fue a su encuentro y se postró ante ella y se sentó después en su trono; pusieron un trono para la madre del rey y ella se sentó a su diestra. Ella dijo: «Tengo que hacerte una pequeña petición, no me la niegues.» Dijo el rey: «Pide, madre mía, porque no te la negaré.» Ella dijo: «Que se dé Abisag la sunamita por mujer a tu hermano Adonías.» El rey Salomón respondió a su madre: «¿Por qué pides tú a Abisag la sunamita para Adonías? Pues ya pide el reino para él, pues es mi hermano mayor y tiene de su parte al sacerdote Abiatar y a Joab, hijo de Sarvia.» Y el rey Salomón juró por Yahvé: «Esto me haga Dios y esto me añada, si Adonías no ha dicho esta palabra a costa de su vida. Y ahora, por Yahvé que me ha confirmado y me ha hecho sentar en el trono de David mi padre y le ha dado una casa como había prometido, que hoy mismo morirá Adonías.» El rey Salomón encargó de ello a Benaías, hijo de Yehoyadá, que le hirió y murió.

En los reinos antiguos del Oriente Medio, el rey tenía muchas esposas. Así que la persona que asumía el rol de reina era la reina madre, la propia madre del rey. En este pasaje, vemos al rey Salomón rindiendo homenaje a su madre, Betsabé. De hecho él mismo reconoce que no puede rehusar sus peticiones. Esta imagen nos da una clara idea del lugar que ocupaba la reina madre. El rey le rinde homenaje en cuanto la ve, le provee de un trono; además ella se sienta a su derecha, una demostración vívida de su lugar y su poder. El rey aprueba su petición incluso antes de haberla escuchado. Otra nota interesante: en esta ocasión Betsabé está abogando por un enemigo y rival de Salomón, Adonías, que había engañado a la reina. Es más, en lugar de denegar su petición, Salomón en cambio ordena la muerte de Adonías—su único camino para salir de la situación—Jesús, el cumplimiento de toda la realeza en la historia de la salvación, trata a su propia madre con igual respeto que el mostrado por el imperfecto rey Salomón a Betsabé, incluso hasta el punto de ofrecerle un trono. Si Jesús decide darle a María este nivel de honor, reconociéndola como Reina del Cielo (ver la cita de Apocalipsis 11, 19–2, 1, en María como el Arca de la Nueva Alianza), entonces ¿cómo podríamos nosotros honrarla menos si nosotros somos infinitamente menos dignos que Nuestro Señor?

2 Reyes 11, 1-3 — Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que había muerto su hijo, se levantó y exterminó toda la estirpe real. Pero Yehosebá, hija del rey Joram y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías y lo sacó de entre los hijos del rey a quienes estaban matando y puso a él y a su nodriza en el dormitorio, ocultándolo de la vista de Atalia y no le mataron. Se

is años estuvo escondido con ella en la Casa de Yahvé, mientras Atalía reinaba en el país.

Observamos que la madre del rey gobernaba en lugar del rey tras su muerte hasta que la sucesión se establecía.

Salmo 138, 2 — Hacia tu santo templo me prosterno. Doy gracias a tu Nombre por tu amor y tu verdad, pues tu promesa ha superado tu renombre.

Somos instruidos a «posternarnos» (inclinarnos) hacia el templo que contiene el arca antigua. ¡Con cuánta mayor razón debemos reverenciar la nueva arca! Por tanto vemos que «inclinarse» ante María no sólo es aceptable, es lo que se espera de aquellos que están sujetos a la Nueva Alianza, es decir, los cristianos. En otras palabras, si nosotros nos rehusamos a venerar a María, equivaldría a que los israelitas, en su profesión de amor a Yahvé, rehusaran rendir homenaje a la Morada del Señor. Pero por supuesto, esta situación sería completamente impensable.

Levítico 19, 30 — Guardad mis sábados y respetad mi santuario. Yo soy Yahvé.

María es el santuario del Señor en una manera mucho más verdadera y más íntima de lo que jamás fue el templo de Salomón. A través de María, Jesús recibió su naturaleza humana y a través de ella recibió el sustento de su vida humana. Por tanto reverenciar a María está completamente de acuerdo con las Escrituras.

Salmo 134, 2 — ¡Por las noches alzad las manos hacia el santuario y bendecid a Yahvé!.

Se nos dirige a asumir una postura de inclinación ante el santuario de Dios. Asimismo, vemos que cuando nosotros bendecimos a María—»el santuario»—nosotros estamos realmente bendiciendo al Señor. Este hecho es clave para comprender la devoción católica a María.

Génesis 27, 29 — Sírvante pueblos, adórente naciones, sé señor de tus hermanos y adórente los hijos de tu madre. ¡Quien te maldijere, maldito sea y quien te bendijere, sea bendito!

Aquí Isaac está diciendo que su hijo, Jacob, es merecedor de la alabanza y el homenaje de naciones enteras. Cuánto más loable es María, que llevó al Señor en su vientre, que lo alimentó de su propio cuerpo, que le enseñó a caminar y hablar y a vivir conforme a la ley.

Génesis 49, 8 — A ti, Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano en la cerviz de tus enemigos; inclínense a ti los hijos de tu padre.

La profecía de Jacob sobre su hijo, Judá, incluye a sus hermanos postrándose delante de él. Desde que ésta es una ocasión de gran alabanza no hay manera de que sea ofensiva a Dios. Los hermanos de Judá no se postran en adoración, pero en cambio ellos le muestran la reverencia que se merece. Y cuánta más reverencia se merece la Santa Madre de Jesús, quien llevó a Dios en el vientre en una forma mucho más cercana e íntima que la de aquella Arca de la Alianza que llevó las tablas de la ley de Dios. Dios ordenó una reverencia tan profunda al Arca que el menor contacto no autorizado fue castigado con la muerte inmediata.

Génesis 33, 3 — Y él se les adelantó y se inclinó en tierra siete veces, hasta llegar donde su hermano.

Cuando Jacob se reunió con Esaú «se inclinó en tierra siete veces». No hay indicación de que el homenaje de Jacob a su hermano, «postrarse en tierra siete veces», fuera ofensivo para Dios. Así que ¿cómo puede ser ofensivo para Dios cuando nos inclinamos ante María quien es mucho más merecedora de nuestra veneración que Esaú?

Josué 5, 13-15 — Sucedió que estando Josué cerca de Jericó, levantó los ojos y vio a un hombre plantado frente a él con una espada desnuda en la mano. Josué se adelantó hacia él y le dijo: «¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos?» Respondió: «No, sino que soy el jefe del ejército de Yahvé. He venido ahora.»

Cayó Josué rostro en tierra, le adoró y dijo: «¿Qué dice mi Señor a su siervo?» El jefe del ejército de Yahvé respondió a Josué: «Quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es sagrado.» Así lo hizo Josué.

Algunos cristianos no católicos se escandalizan a veces del honor que los católicos le rinden a María. Eso es porque desconocen que en las Escrituras se registran diversos grados de adoración. El mayor grado es «latria», la adoración que solamente se debe a Dios. De «latria» proviene el término «idolatría», que es la acción de dar a un ídolo lo que solamente es de Dios. El menor grado de adoración es «dulia», o sea, el respeto que se debe a los ángeles y a las personas santas. En medio de estos dos grados de adoración, está la «hiperdulia», el respeto especial que se le da a María, la Madre del Rey Eterno de Israel, Nuestro Señor Jesucristo.

En este ejemplo tomado de la Biblia, vemos como Josué da al guerrero del Señor, un ángel, el debido respeto (dulia). Las Escrituras no indican que Josué haya cometido un pecado al haber hecho esto. El punto es, Josué no le estaba ofreciendo al ángel más adoración que la debida, tampoco lo hacen los católicos que invocan la intercesión de María. La Iglesia siempre ha enseñado que María es una persona creada por Dios, aun cuando ha sido altamente bendecida por Dios, María es creación de Dios, compartiendo ese aspecto de su ser con el resto de la humanidad. Sin embargo, la posición de María como Madre de Dios y Reina del Israel Eterno, la hace merecedora de un altísimo honor que por supuesto es menor que la adoración que se debe solamente a Dios.

1 Samuel 28, 14 — Saúl le preguntó: «¿Qué aspecto tiene?» Ella respondió: «Es un hombre anciano que sube envuelto en su manto.» Comprendió Saúl que era Samuel y cayendo rostro en tierra se postró.

El rey Saúl se postra ante el espíritu del difunto Samuel. Nótese que el santo profeta Samuel no lo revoca de esta acción, por tanto nosotros debemos concluir que postrarse ante Samuel no fue ofensivo para Dios.

Lucas 2, 51 — Bajó con ellos y vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

María retrasa el inicio del ministerio de Jesús. Aunque todavía es un niño, el estaba en el proceso de revelarse a sí mismo a los ancianos del templo mediante su interpretación autorizada y magistral de las Escrituras (v. 47). Aún así, ante la indicación de María, El dejó el templo y regresó a su casa con María y José.

Juan 2, 4 — Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.»

Cristo no desea actuar aún y sin embargo accede a la petición de María, que inevitablemente lo revela como profeta, convirtiendo el agua en vino. Por tanto, María determina cuándo comienza realmente el ministerio de Jesús.

Juan 19, 26-30 — Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed» Había allí un

a vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.» E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

María también participa en el ministerio de Cristo. El acto final de Jesús antes de morir fue poner a Juan a su cuidado, recién entonces Jesús «entregó el espíritu».

Apocalipsis 12, 17 — Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.

María es considerada la madre de todos los creyentes. Este pasaje reafirma el hecho de que desde la Cruz, Jesús nos entregó a su madre a todos nosotros, no únicamente al apóstol Juan, como ya hemos explicado.

Lucas 2, 34-35 — Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»

El profeta Simeón, definitivamente compara el sufrimiento de Jesús—y su poder revelador—con el de María.

Salmo 45, 7-18 — Tu trono, como el de Dios, permanece para siempre; el cetro de tu realeza es un cetro justiciero… una hija de reyes está de pie a tu derecha: es la reina, adornada con tus joyas y con oro de Ofir… Embellecida con corales engarzados en oro y vestida de brocado, es llevada hasta el rey… Yo haré célebre tu nombre por todas las generaciones: por eso, los pueblos te alabarán eternamente.

En esta exquisita profecía mesiánica, nosotros vemos a una reina de pie a la derecha del Mesías. Esta misteriosa mujer sólo puede ser María. Nosotros sabemos que esta profecía se refiere a María con sólo mirar su Magnificat en Lucas 1, 48, ya citado previamente. El evangelista coloca a María autoproclamándose «por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada».

Nuevamente, esta referencia no puede ser un error. Lucas nos está informando—en términos que cualquier judío de su tiempo pudo haber reconocido instantáneamente—que María es el cumplimiento de esta hermosa profecía de la princesa con adornos de oro.

1 Samuel 4, 22 — La gloria ha sido desterrada de Israel, porque el Arca de Dios ha sido capturada.

La nuera de Elí hace este asombroso comentario después de que el ejército de los israelitas ha sido derrotado y el Arca de la Alianza es capturada por los filisteos. Nótese que la «gloria» de Israel (Dios) fue desterrada cuando el arca fue capturada. Para nuestras mentes, esto suena extraño. Dios está en todas partes ¿no es así? ¿Y no es Dios mismo la gloria de Israel en lugar de la caja que contenía las tablas de la ley, la vara reverdecida y el maná? ¿se puede considerar esto como una forma de idolatría que desmerece la adoración de Dios? Obviamente no. Dios, en su misterioso e inescrutable designio, sedió a sí mismo a través del arca haciendo visible su presencia en la luz «shekinah». El usó el arca para desplegar su poder y su presencia. Cuando el arca fue tomada, la gloria de Israel se fue. Éste es el misterio y la majestad de la Encarnación. Que la existencia física—incluída nuestra propia humanidad—tiene un significado real y tangible. Es decir, la realidad no es un mero reflejo o ilusión, como propone el budismo, pero es el campo de batalla donde tiene lugar la lucha entre el bien y el mal, donde las almas inmortales son perdidas o salvadas. Es aquí donde nosotros alabamos a Emmanuel—»Dios con nosotros»—esto es, Dios compartiendo nuestra realidad física. María fue el primer tabernáculo de esta realidad impresionante. María como la nueva y viviente arca, es gloriosa en formas que el arca antigua—su predecesora y modelo—nunca pudo serlo. En un sentido real y maravilloso, María es la gloria del nuevo Israel, la alianza sellada entre Dios y el hombre a través de la sangre salvadora de su divino Hijo. El hecho de que una persona—una persona creada—pueda ser honrada por Dios de esta forma es un impresionante regalo para todos nosotros.

 

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