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Vademécum de Apologética Católica

Para entender como se realiza la redención de la Humanidad, debemos primero entender «de qué» debe ser redimida. El cristianismo, desde el principio entiende que la Historia de la Humanidad comienza con la creación, continúa con la caída del hombre en pecado, de la cual caída Dios lo redime, restaurando así la condición original del mundo de los hombres. La visión mística católica de la historia como creación, caída y redención, es esencial para entender plenamente toda otra doctrina católica.

En la Biblia encontramos como ocurrió la caída:

Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, pero por la envidia (gr. acedia) del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él tienen que padecerla. (Sabiduría 2, 23-24).

La caída de la Humanidad en el pecado ocurre cuando nuestros primeros padres son seducidos a unirse a la rebelión de Satanás, el Príncipe de las Tinieblas, el demonio del cual se habla en este pasaje de la Sabiduría. Este demonio no era originalmente malo, ya que fue creado por Dios como uno de los ángeles más bellos y poderosos. Sin embargo, el hermoso ángel dejó que la envidia entrara en él y comenzó a desear ser como Dios, decidiendo por sí mismo lo que era bueno o malo, indiferente a la voluntad de Dios. Esa rebelión alcanzó a otros ángeles que se unieron al rebelde original. Todos ellos fueron expulsados del cielo y destinados a una condición inferior, como poéticamente describe el profeta Isaías:

¡Cómo has caído del cielo, Lucero, hijo de la aurora! ¡Cómo has sido precipitado por tierra, tú que subyugabas a las naciones, tú que decías en tu corazón: «Subiré a los cielos; por encima de las estrellas de Dios erigiré mi trono, me sentaré en la montaña de la asamblea divina, en los extremos del norte; escalaré las cimas de las nubes, seré semejante al Altísimo!». ¡Pero te han hecho bajar al Abismo, a las profundidades de la Fosa! (Isaías 14, 12-15)

Otro profeta, Ezequiel, nos cuenta como se produjo la caída del demonio:

Yo había hecho de ti un querubín protector,con sus alas desplegadas;estabas en la montaña santa de Dios y te paseabas entre piedras de fuego. Eras irreprochable en tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que apareció tu iniquidad: a fuerza de tanto traficar, tu interior se llenó de violencia y caíste en el pecado. Por eso yo te expulso como algo profanado, lejos de la montaña de Dios; te hago desaparecer, querubín protector,de entre las piedras de fuego. Tu corazón se llenó de arrogancia a causa de tu hermosura; corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor. Pero yo te arrojé por tierra y te expuse como espectáculo delante de los reyes. Con tus numerosas culpas, con tu comercio venal, profanaste tus santuarios. Pero yo hago brotar de ti mismo el fuego que te devora. Te reduciré a ceniza sobre el suelo delante de todos los que te miran. Todos los pueblos que te conocen están consternados por ti; te has convertido en un motivo de espanto y no existirás nunca más. (Ezequiel 28, 15-19)

Jesús explica que aquellos que no practican el Evangelio compartirán el destino de este ángel malvado:

[Cristo] luego dirá a los de la izquierda: «Alejaos de mí, malditos; id al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles. (Mateo 25, 41)

Si meditamos cuidadosamente en estas partes de la Escritura veremos que se pueden entender varias verdades fundamentales.

La primera es, que las criaturas de Dios fueron creadas libres, disfrutan de libre albedrío, libertad de acción para hacer cosas injustas, pecar, rebelándose contra Dios y experimentando la corrupción como consecuencia de su mala elección. (Deuteronomio 30,14-15).

La segunda es, que esa injusticia, el pecado, es una rebelión que afecta de manera directa o indirecta a todo el universo. El diablo arrastra tras de sí a una gran cantidad de los ángeles del cielo y también a la humanidad. Como resultado de la rebelión los cielos deben ser limpiados, la paz interior que Dios da a sus criaturas se transforma en un fuego torturador en el centro del alma de los rebeldes («hago brotar de ti mismo el fuego que te devora» Ezequiel 28, 15-19). Esta es la muerte eterna, o corrupción que padecen los impíos que siguen al Diablo y eligen libremente ser hijos de él. Lo contrario de tal proceder es aceptar ser como Jesús, Hijo obediente del Padre, que confía en el Padre y declara la verdad del Padre a los hombres, tal como lo describe el apóstol San Juan:

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que practica el pecado comete también la iniquidad, pues el pecado es la iniquidad. Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él, no peca. Todo el que permanece en el pecado, no le ha visto ni conocido. Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo. Quien comete el pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque Su germen permanece en él; y no puede pecar porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano. (1 Juan 3, 1-10)

La creación y caída de la Humanidad

En el Génesis vemos como Dios creó a los hombres. Hay algunos detalles en el relato de la creación que nos revelan que el Diablo ya había cometido su rebelión antes de que Dios creara al hombre. Dios le da a Adán y Eva un jardín en el cual vivir. En ese jardín de pureza ellos tienen todo lo necesario para vivir en paz con Dios. También disfrutan de la compañía de Dios, que los visitaba. Ambos Adán y Eva eran hijos de Dios y Dios era su Padre.

Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer. Y los bendijo, diciéndoles: «Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra». Y continuó diciendo: «Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento. Y a todas la fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde». Y así sucedió. (Génesis 1, 27-31)

Dentro de ese jardín los primeros humanos estaban protegidos por el amor de Dios, pero, como los ángeles, ellos habían sido creados libres y vino el tiempo en que fueron tentados por el Diablo que los sedujo para que se unieran a su rebelión contra el Padre:

La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho, y dijo a la mujer: «¿Así que Dios les ordenó que no comieran de ningún árbol del jardín?». La mujer le respondió: «Podemos comer los frutos de todos los árboles del jardín. Pero respecto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: ‘No coman de él ni lo toquen, porque de lo contrario quedarán sujetos a la muerte’». La serpiente dijo a la mujer: «No, no morirán. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal». Cuando la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir discernimiento, tomó de su fruto y comió; luego se lo dio a su marido, que estaba con ella, y él también comió. (Génesis 3, 1-6)

Nótese que la mujer y el hombre aceptan la palabra del Diablo por sobre la de Dios, Quien les ha dado todo lo que tienen y a Quien conocen por su trato diario. Al creer en las palabras del mentiroso, comienza a trabajar en ellos la corrupción de la muerte, que padecen aquellos que practican las obras del Diablo. Como consecuencia de este pecado original, la muerte entra en el mundo y toda la humanidad hereda esa corrupción de los primeros padres, Adán y Eva. Así como la rebelión de Satanás arrastró tras de sí a muchos ángeles (Apocalipsis 12, 4), así también los descendientes de Adán y Eva fueron arrastrados a la misma corrupción del Diablo, llevando con ellos a la tierra entera:

Y [Dios] dijo al hombre: «Porque hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol que yo te prohibí, maldito sea el suelo por tu culpa. Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. Él te producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado.¡Porque eres polvo y al polvo volverás!». (Génesis 3, 17-18)

De esto de comprende que el pecado altera la mimísima matriz del universo. Las decisiones morales que tomamos, alteran nuestra vida para bien o para mal. También tienen consecuencias que alteran el mundo natural y la vida de otras personas. Es por eso que Dios, en su amor, inmediatamente sale al rescate y propone la redención del hombre, anunciando que la descendencia del hombre pondrá fin a la mentirosa Serpiente original, que es el Diablo:

Y el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto maldita seas entre todos los animales domésticos y entre todos los animales del campo .Te arrastrarás sobre tu vientre,y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón». (Génesis 3, 15-16)

Este pasaje describe la acción de Dios para limpiar definitivamente al universo. El Diablo es condenado a ser vencido por la «descendencia (o linaje) de la mujer». La palabra que se usa en este verso es gunai (Griego: gunai gunai, ‘dama’). Esa misma palabra será usada por Jesús para identificar a su madre, María en el relato de las bodas de Caná, en el Evangelio de San Juan 2, 1-11. La descendencia de María de Nazareth son aquellos que hacen la voluntad de Dios obedientemente. Actúan como Jesús y no como Adán.

La ofensa infinita contra la justa paternidad de Dios

En el mundo en que vivimos, sabemos bien que no es lo mismo ofender a una persona que a otra. Por ejemplo, alguien puede llamar «estúpido» a otro en una incidente de tránsito, tan común en las calles de las grandes ciudades. Al cabo de algún tiempo, los participantes se habrán olvidado del incidente. Sin embargo si ese mismo insulto se usa contra el presidente de una nación, la injuria puede tener serias consecuencias, ya que el injuriado posee un grado de autoridad que debe ser guardada y obedecida prudentemente. La ofensa entonces, es proporcional a la majestad del ofendido. No lleva el mismo castigo ofender a un ciudadano común que ofender a una autoridad superior, a un embajador, un rey o un presidente.

Lo mismo sucede con Dios. La majestad de Dios es infinita y esta rebelión en la que participaron nuestros padres, fue una ofensa grave contra la majestad y justicia de Dios. De hecho fue una ofensa infinita, pues por sus actos, Adán trató a Dios de mentiroso y desconfió de la Palabra de Dios, haciéndose desobediente. Adán creyó en la promesa del demonio, de que «sería como Dios» y por ese acto, se atrevió descaradamente a decidir por sí mismo lo bueno y lo malo, dejando a Dios de lado, Quien amorosamente le había dado la vida, la paz y todo lo bueno que él poseía en el Edén. Esta abierta rebelión contra el Padre, es lo que llamamos el «pecado original» y su fruto final, la rebelión endurecida en la desobediencia es lo que el apóstol San Juan llama «la iniquidad» en 1 Juan 3, 1-10.

Satisfacción de la ofensa

El verdadero Redentor del Hombre es Jesucristo. Como decimos en el Credo, durante la Misa: «Quien por amor a nosotros y por nuestra salvación descendió del cielo, y tomando nuestra carne de la Virgen María, por el Espíritu Santo, fue hecho hombre, y fue crucificado por nosotros bajo el poder de Poncio Pilatos, padeció, y fue sepultado…» Las palabras del credo apuntan a la Encarnación, (gr. enanthropesanta, pathonta) como el elemento más importante de la Redención.

La Encarnación es la unión de Dios (en este caso, Dios el Hijo) con la naturaleza humana. Esta es la condición necesaria de la Redención eficaz. Esto es preciso para satisfacer la ofensa contra la infinita majestad de Dios, que requiere que un acto disculpatorio de la ofensa tenga la misma majestad. Pero también debe haber un elemento de humillación, el hombre debe humillarse ante Dios, a Quien ha ofendido. Esto se logra cuando el Hijo de Dios se encarna, se hace hombre. De esa manera El puede efectuar ambas cosas: desde su altísima majestad divina hasta la plena humillación humana en la cruz, Jesucristo y solamente Jesucristo satisface las condiciones necesarias para borrar la ofensa original. Santo Tomás de Aquino dice:

«Para que exista una satisfacción adecuada es necesario que el el acto de aquel que satisface posea un valor infinito y proceda de quien es a la vez Dios y Hombre.» (Suma Teológica, III:1:2: ad 2um)

Sacrificio

El sacrificio, en su sentido bíblico, es la inmolación o destrucción de algo ofrecido a Dios. Ya muy temprano en la historia los hombres entendieron, quizás instintivamente, que nacían debiéndole algo a Dios. Caín y Abel en el Génesis, ofrecen sacrificios a Dios, quemando parte del producto de su trabajo. (Génesis 4, 3).

Jesucristo lo explica así:

Yo soy el buen pastor.El buen pastor da su vida por las ovejas […] Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente.Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre. (Juan 10, 11-18)

O sea que, para agradar y desagraviar al Padre, Cristo ofrece un sacrificio justo sufriendo en su cuerpo humano el castigo suficiente como para reconciliar al Padre ofendido con la humanidad ofensora. En esto es fundamental entender que el sacrificio podía ser ofrecido solamente por un hombre que nunca hubiera pecado (algo imposible para los hijos de Adán). De esa manera no solo se satisface la ofensa contra Dios, también se rescata a la descendencia de Adán del destino aciago que el pecado original les ha legado. Eso es lo que Jesús mismo explica:

Entre vosotros no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de vosotros; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. (Mateo 20, 26-28)

Por eso vemos que el amor de Dios se manifiesta desde el principio en proveer la «descendencia» de que misteriosamente habla en Génesis 3, 15. Esa descendencia es el Hijo de Dios hecho hombre. El viene a compensar la ofensa infinita contra el honor del Padre y también a rescatar a la humanidad de las consecuencias de esa ofensa. A eso, el amor de Dios agrega el que Cristo nos enseñe a vivir en paz con el Padre, nos reconcilia con el Padre y también nos enseña a ser hijos obedientes del Padre.

Nuestra participación en la redención

Al ser redimidos y ser hechos hijos de Dios, debemos seguir el ejemplo filial perfecto de Cristo, imitándolo en todo. Eso incluye los sufrimientos y el rechazo que Jesús padeció cuando fue un hombre tal como nosotros. El mismo padeció sin tener culpa alguna, es por eso que nosotros también debemos sumar nuestros sufrimientos a los suyos para poder ser dignos hijos del Padre. El apóstol San Pablo lo explica así:

[…] gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz. El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados. […] El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia:El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos. Y a vosotros, que en otro tiempo fuisteis extraños y enemigos, por vuestros pensamientos y malas obras, os ha reconciliado ahora, por medio de la muerte en su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprensibles delante de El; con tal que permanezcáis sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis, que ha sido proclamado a toda criatura bajo el cielo y del que yo, Pablo, he llegado a ser ministro. Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia. (Colosenses 1, 12-24).

Cristo nos invita a ser parte de su propio Cuerpo Místico, la Iglesia. Como San Pablo, nosotros también participamos en la redención de la humanidad, dando ejemplo de ser hijos del Padre por los padecimientos que ocasiona el ser rechazado por el mundo, que es enemigo de Dios. Cristo nos da el privilegio de sufrir con El, participando con nuestro propio cuerpo (que ahora es parte del Cuerpo de Cristo, la Iglesia) en el trabajo de redención que El realiza en la Cruz.

 

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